Relato 050 - Octavio
No sabe cuánto tiempo pasó en realidad, porque entonces tendría que retroceder cuatro baldosas para recordarlo, y ya era tarde para cuando ese pensamiento cruzó por su cabeza. Su madre seguramente ya le estaría diciendo:
- Octavio, vamos que se nos hace tarde.
Resoplaría moviendo la cabeza hacia ambos lados y continuaría hablando aunque a partir de ahora le hayan quedado un par de pelos de su flequillo recto desordenados, producto del resoplido. Y entonces Octavio ya no tendría que escucharla más en el resto del camino, porque estaría divertido pensando en aquellos pelitos.
- No empieces con el asunto de las baldosas, hoy no hay tiempo.
Pero obvio que había tiempo, había muchísimo tiempo, y Octavio lo sabía, pero ya se había aburrido de hacer enojar a su madre bastante seguido, por lo que prefería continuar caminando pensando en los pelitos que no eran la gran cosa pero eran algo al fin, y esperar hasta algún otro día de la semana para sacar a luz un “berrinche”, así lo llamaba ella, palabra que sacaba de quicio a Octavio al no estar familiarizado con la misma por considerarla anticuada, de nulo interés y de sonoridad ridícula. No sonaba tan bien como la endocitosis que había aprendido en el colegio, o como el cartel del consultorio de Otorrinolaringología que veía cada vez que su madre lo llevaba al médico – que estúpidamente lo llevaba al médico, porque según él, ella estaba malgastando su sueldo, él no estaba enfermo, sólo se divertía pensando, como todos los niños -. Y entonces “berrinche” aparecía para estropearlo todo. No le permitía llevar a cabo ninguna de esas ramificaciones divertidas que lo hacían pensar durante horas. Porque berrinche siempre sería: berrinche. Y punto. Y nada más que eso. Lo único que seguiría sería su mente en blanco, y pensar en el color blanco era lo que más padecía su pequeña cabeza, era un pensamiento muy comúnmente usado, agotado por millones de niños pensantes, y adultos también. Y seguramente abuelos, y abuelos que no han llegado a ser tales, pero que se los nombra así igualmente porque suena más acogedor que anciano, que denota de manera más cruel su fin. Este era otro pensamiento que incomodaba a Octavio, y que lo derivaba en un montón de otros ejemplos similares de cuando las cosas no eran llamadas correctamente por su nombre. A causa de esto, podría pasar noches llorando, encerrado en la cocina, porque encerrarse en su cuarto le parecía estúpido, no entendía por qué todos los niños lo hacían, le estaban dando la solución en las manos a sus padres, que lo único y menos complejo que podían hacer era ignorarlos durante un buen tiempo hasta que el “berrinche” se les pasara. Pero los de Octavio no eran “berrinches”, nunca podrían serlo porque esa palabra ya había sido eliminada de su diccionario - en realidad nunca había llegado a existir -. Cuando su madre la nombraba sentía una especie de bloqueo mental, como si le quitaran la posibilidad de pensar para siempre, y eso le producía unas jaquecas increíbles que le arruinaban lo que quedaba del día. De esta manera había logrado que su madre no la volviera a pronunciar, o al menos hacía tiempo no la había vuelto a escuchar.
Y llorar le hacía bien, sentir la sal en su cara le recordaba al mar, y el mar era algo bueno, pero que tenía prohibido dada su condición. Una vez de niño, siendo más niño que ahora, a mitad de década, pensaría él, ya que le gusta pensar en sinónimos no enroscados pero sí alternativos a los usos cotidianos que se le adjudican a términos tan familiares e incesantemente repetidos, porque lo cansan, lo agotan e incluso lo “estresan”, término que le encanta evocar desde que el médico lo mencionó en el análisis, una enfermedad no realmente considerada como tal y que él sufre al igual que un montón de personas más, pero no niños, sino adultos y abuelos y/o ancianos – ahora no se preocuparía en desarrollar por enésima vez el dicotómico binomio que se produce al pensar en la denominación adecuada hacia los seres humanos más ancestrales que habitan en la Tierra, o tierra, no está seguro de si la mayúscula es necesaria en los pensamientos. En el colegio le significaría una falta de ortografía, ¿pero aquí realmente importaba?, ¿pensamos en mayúsculas y minúsculas cuando pensamos? Octavio prefería retomar el relato y dejar que su mente diluyera la cuestión de las mayúsculas, pero era tan difícil dejar pasar un pensamiento, tan atractiva la idea de desarrollarlo…-.
A partir de allí - no se sabe muy bien en qué parte, si en la del análisis médico, en la búsqueda alternativa a términos familiares, en la evasión del pensamiento Abuelo vs. Anciano o en el dilema de las mayúsculas - fue cuando se dio cuenta que tenía una misión con su estrés, que debía sacarle provecho al tenerlo a tan temprana edad. No terminaba de comprender del todo bien de qué se trataba pero disfrutaba sabiendo que lo padecía, ya que le permitía pensar en un gran abanico de palabras interesantes y nuevas.
De todas maneras, nunca hubiese dicho que tenía cinco años cuando le sucedió lo del mar, sino que diría algo así como que a mitad de década se encontraba jugando en la orilla del mar, armando un castillo de arena y pensando en el rastrillo, en el pequeño rastrillo de plástico rojo y amarillo que le habían comprado sus padres, - o le habían traído los Reyes Magos recientemente - y que por alguna extraña razón le molestaba su presencia, porque nunca lo usaba, de hecho lo aborrecía, odiaba ese objeto que no servía de mucho, para qué existía la pala sino, y para rastrillo ya tenía sus manos con cinco dedos, o mejor dicho, con media década de dedos - aunque no estaba muy seguro de esto, de si eran aplicables los años a los dedos -.
Octavio se había metido al mar y había tratado de pensar en el movimiento que hacían las olas, se parecía tanto a la bañera desbordada en el baño de su casa cuando tenía un cuarto de década, que se volvía un pensamiento realmente placentero. Le permitía evocar el primer pensamiento que podía recordar de toda su existencia – el primer “berrinche” según su madre, y luego de “berrinche” agregaría “atroz”, ya que el desborde de la bañera le costó el cambio de los pisos de madera del vecino-. Sólo que esta vez había algo diferente en ese pensamiento, algo se movía en el mar, y él iba decidido a buscarlo, tenía que encontrar aquello que hacía que el pensamiento fuese diferente esta vez, era un enigma o quizás una pequeña trampa que le tendía su mente, algo así como una alucinación, pero no. Entonces rojo y amarillo. Entonces aquel pequeño e inútil utensilio de plástico flotando allí. Alguien lo había arrojado, ¿había sido él? Quizás no, y había sido sólo la fuerza de su pensamiento evocando el repudio que le producía aquel objeto. Y sí, seguro debía haber pasado eso. Pero entonces sintió unas desmesuradas ganas de correr a recuperarlo para tenerlo en sus manos y destrozarlo por haberse movido de donde estaba, en su estúpido lugar al lado del castillo, cumpliendo su función: servir para nada.
Ahora lloraba en la cocina, sin el mar y sin el rastrillo - por suerte - Aunque había una cuchara que su madre usaba para retirar los fideos del agua que se le parecía bastante, y al encontrar el parecido no pudo evitarlo. Era un rastrillo más, ya no veía la diferencia, se merecía aquella lenta y sudorosa muerte. Derretido en la cocina ahora sí que era completamente un objeto inútil, nadie lo usaría, por lo que colgó sus restos – el mango de madera – al lado del resto de los demás utensilios que sí servían. Ahora este utensilio se sentiría discriminado, pensó, como se sentía él cuando las baldosas avanzaban bajo sus pies sin darle tiempo a pensarlas una a una. Se creían superiores incluso siendo pisoteadas por miles y miles de calzados durante el año - y algún que otro pie descalzo que nunca faltaba - Entonces tuvo ganas de pensarlas, una por una, a todas las de la ciudad, para enseñarles lo que era enfrentarse a él, y que se sintieran tan mal como el rastrillo que no era rastrillo que acababa de ser destrozado, y como el pensamiento del abuelo que no es abuelo - que también produce un fastidio inmenso-.
Ya se sentía el forcejeo de un cerrajero, palabra ordinaria y descoordinada de su real proveniencia: llave. Cerradura no contaba. Porque lo importante del asunto es la llave, algo así como un objeto de capacidades inmensas, ya que te permite el ingreso hacia otro espacio. Entonces para Octavio en vez del cerrajero era el llavero, pero no, ese era el objeto que se cuelga en las paredes para a su vez colgar las llaves, o el objeto que según los gustos elige el dueño de las llaves para agregarle a modo de identificación o adorno a las llaves propiamente dichas. Y no, entonces el cerrajero no podía ser llavero pero el llavero podía ser dos cosas al mismo tiempo. Y no, ahora no podría salir a la calle a vencer a las baldosas, y todo por un estúpido cerrajero, y todo por un estúpido “berrinche” de encerrarse en la cocina por pensar en los abuelos y en los ancianos, y en todos los casos similares, y ahora peor, por haber pensado en que había ocasionado un “berrinche”. Terrible dolor de cabeza. Puntadas y no, tenía que vencerla como a las baldosas, una estúpida palabra como el estúpido rastrillo. Tenía que quemarla, pero era una palabra. Tenía que ser antes de que el cerrajero o el llavero lograra abrir la puerta, pero era una palabra. Tenía que salir a matar baldosas con rastrillos, ayudado por un grupo de abuelos y ancianos, pero era una palabra. Tenía que hacerse un análisis médico después o antes de retroceder cuatro baldosas, o mejor dicho, después o antes de retroceder una mitad de década menos uno de baldosas, pero era una palabra. Tenía que parar el goteo de términos sin sentido que le inundaban el cerebro, pero era una palabra. Tenía que darse cuenta de que el goteo ahora lo estaba haciendo flotar a la misma altura que estaba colgado el rastrillo no rastrillo, pero era una palabra. Todo por la palabra, la palabra, la palabra. Estaba cansado, y más sí, mejor dejarse llevar por la estúpida existencia de la palabra que acabaría con la suya. Todo por la estúpida persona que le dio vida a la palabra que le hacía doler la cabeza, y esa persona seguramente adoraría los rastrillos y los abuelos que son lo mismo que los ancianos, porque tendría que haber sido lo suficientemente estúpida como para pensar en algo tan anti estético y ridículo como “berrinche”.
Pero no, lo estaba haciendo sin querer, Octavio no quería el pensamiento en blanco, él no lo estaba llamando, no entendía qué estaba pasando y era la primera vez que le ocurría. Moriría de angustia si se le quitaba la capacidad de pensar, ni siquiera de angustia, porque entonces con la mente en blanco ya no sabría lo que angustia significa. Sólo tendría que meterse al mar y gritar:
- ¡Mamá! ¡Ya la maté! Inundé a la estúpida palabra con el rastrillo.
Y entonces la madre se limitaría a decir:
- ¿Cuántas veces querés que te lo repita Octavio? Es una palabra.
Y entonces ahora se vendría el peor momento para Octavio.
- Dejate de berrinches y seguí caminando. Dale, que se nos hace tarde, el médico va a cerrar su consultorio en cualquier momento. Y movete de esa baldosa por favor.
Y entonces dolores de cabeza nuevamente, pero la madre tenía razón, era sólo una palabra, pero estúpida seguro, como la adjetivaba él.