Relato 05- Jambya

JAMBYA

 

La noche era fresca. Como sabrá usted, los hechos que voy a relatar, y que costan en el informe acaecieron a principios del pasado mes de Diciembre. Recuerdo que no era extremadamente fría ya que iba con camisa fina, un jersey de cuello de pico que tuve que tirar a causa de las manchas de sangre producidas durante la jornada y una cazadora de cuero, que pudo salvarse. Quizá unos 4 o 5 grados.

 

Como sabe, la noche de autos yo no estaba de servicio. Había salido de la cercana comisaría de la calle Montera sobre las 18:00 horas, era viernes, y me había dispuesto al desahogo a base de unas pintas de cerveza negra irlandesa. En esas estaba, dentro del local sito enfrente de la estación de metro de Tribunal, con decoración que dicen igual a las tabernas que pueblan la isla; paredes forradas de madera barnizada en tonos oscuros, banquetas, mesas y taburetes de una madera similar y algo más oscura si cabe, barriles, etc.… y una encargada rubia, algo desvergonzada y tremendamente atractiva, de la que más tarde tendré que hablar.

 

Sobre las 20:00 horas, unos gritos en la calle hicieron que la gente se arremolinara frente a las cristaleras del local, esto no era de extrañar, ya que la zona siempre está llena de vida y suele haber altercados cada no mucho tiempo, aunque de poca monta. Este caso fue distinto.

 

Empezaron a gritar — ¡Policía! — y aunque como ya he comentado antes, no estaba de servicio, salí a ver que es lo que pasaba.

 

La gente miraba por las dos bocas de la estación de metro, desde las que luego comprendí que no podían ver nada. Uno de los guardias de seguridad de la estación, llamado Juan González, y del que tiene la ficha en el dossier que le he entregado, estaba llamando por teléfono desde la calle, claramente alterado, pidiendo que enviaran una ambulancia y a la policía.

 

Me identifiqué como policía y me hizo bajar a la estación, otrora atendida por un par de taquilleros, y habiendo sido estos últimamente sustituidos por seis máquinas expendedoras del tamaño de una nevera grande.

 

En el suelo, un cuerpo que intentaban reanimar, pero que ya estaba cadáver, dada la extrema cantidad de sangre perdida, y la sobrecogedora imagen de sus heridas, dos principalmente; una de ellas en la zona posterior e interior de la pierna derecha, que presumiblemente había seccionado la arteria femoral y la otra justo debajo de la sexta costilla izquierda, que como se comprobó más tarde había afectado al corazón. Ambas heridas habían sido efectuadas con gran precisión y con una herramienta con un filo tan fino como el de un bisturí pero de mayor tamaño.

 

Cuando la ambulancia llegó y confirmó el fallecimiento del individuo, y se pudo proceder al levantamiento del cadáver se observó algo, cuanto menos extraño, y en todo momento alarmante. Pegada a su espalda llevaba un sobre, con una nota.

 

En 24 horas volveré a matar, y así sucesivamente hasta ser detenido.

 

Llevamos la nota y el sobre inmediatamente a la científica, para analizarla en busca de algún tipo de huella dactilar u otros indicios de quién podía haberla puesto ahí.

 

— Dígame Inspector Castillo, ¿hallaron algo en la nota?

 

Nada señor, absolutamente nada.

 

— ¿Y cómo actuó a continuación?

 

Bueno, después de hablar con los agentes de servicio que habían llegado a la escena del crimen y de que me tomaran declaración, volví a la taberna y pedí otra pinta de cerveza. Como la situación anterior no dejaba de rondarme la cabeza y un policía no puede dejar de serlo, aunque no esté de servicio, le pregunté a la encargada del local que si había visto o la habían contado algo raro alguno de los clientes. Respondió que no, que no la habían comentado nada.

 

Permanecí en el local hasta la hora del cierre y salí a la calle a fumarme el último pitillo de la noche. Mientras que un filo hilo de humo subía desde mi mano hasta dispersarse en el ambiente una mano pequeña me tocó ligeramente el hombro, haciendo que me diera la vuelta. Era la encargada, de nombre Elisa Fernández, y de la que también tiene la ficha en el dossier. Me pidió que si la acompañaba hasta la calle de Gran Vía, donde tenía que coger un autobús, ya que estaba algo asustada por los últimos acontecimientos y creía que lo mejor sería ir acompañada por un policía. Yo actué como un caballero y la acompañé, hasta que cogió su medio de transporte.

 

En el camino, mientras que bajábamos lentamente por la calle Fuencarral, hablamos de lo divino y de lo humano, hasta que nombró lo alterado que había visto a Juan González, el guarda de seguridad de la estación. Lo llamó por su nombre, entendí que era habitual del local al trabajar casi puerta con puerta, pero en su forma de hablar se notaba que había algo más, quizá otro tipo de relación.

 

— ¿Qué tiene todo eso que ver con la investigación Inspector Castillo?

 

Ya lo verá señor, déjeme que llegue a ello. Como le he dicho, la acompañé hasta que tomó el autobús, despidiéndome de ella en ese momento, y ella de mi, por mi nombre. Yo también era habitual del local, en las tardes de los viernes sobre todo.

 

— Adiós Ricardo, muchas gracias por haberme acompañado. — Me dijo.

 

— Adiós Elisa, descansa y no te preocupes. — La respondí.

 

Bajando por Gran Vía, una calle que no suele estar vacía precisamente, noté como alguien me seguía, pero cuando intentaba descubrirle, no veía a nadie excesivamente sospechoso. Ahí quedó la cosa hasta que llegué a casa. Me quité la cazadora de cuero y la puse sobre una silla, para limpiarla lo mejor posible; el jersey, como he comentado antes, lo tiré a la basura directamente, y me acosté.

 

A la mañana siguiente volví a la comisaría, para ver si los encargados de resolver el crimen habían descubierto algo, quería saber si las cámaras de vigilancia de la estación habían grabado algo que nos pudiera ayudar; ya entonces estaba decidido a ayudar en el esclarecimiento del suceso. Cuando me puse la cazadora justo antes de salir a la calle, noté como en el bolsillo exterior derecho tenía un papel que no recordaba haber puesto ahí. Era una nota, a mano, que decía lo siguiente:

 

Elisa es la siguiente

 

Recordé todos mis pasos, buscando caras, comportamientos extraños, incluso choques accidentales con otras personas, pero no descubrí quien pudo haber dejado ese papel ahí.

 

Cuando llegué a la comisaría entregué la nueva nota como prueba en el caso, para que pudieran ver si había algo en ella que pudiera denotar quién la había dejado ahí, y mientras que hacían las pruebas necesarias fui a ver al técnico que estaba revisando las grabaciones de la noche anterior. Según parecía ninguna de las cámaras del anden había logrado grabar al asesino, ya que estas estaban orientadas hacia el vestíbulo de la estación, y al poderse entrar en esta por dos pequeños tramos de escalera, y no ser los recursos de vigilancia demasiado boyantes, según nos dijeron luego, la única cámara externa se encontraba en medio de estos dos tramos de escalera, que confluían a otro que daba a las puertas de cristal que protegían la estación por las noches del trasiego de la gente con no buenas intenciones, vigilando precisamente esa puerta.

 

Pero había otra grabación, de una caja de ahorros cercana que hacía esquina entre las calles Fuencarral y Barceló, que si había captado algo, no mucho, pero lo suficiente para comenzar la investigación por algún lado.

 

En dicha grabación, se veía como un hombre de cerca de metro noventa, salía tranquilo de la escena del crimen justo después de que este se efectuara, con un objeto brillante, bajo las lámparas que iluminan la zona, en su mano, que previsiblemente podría ser un cuchillo con el que se efectuara al asesinato. No se pudieron sacar rasgos ni demás indicaciones ya que al estar finalizando el otoño y ser época de bajas temperaturas, el susodicho iba cubierto con abrigo largo, bufanda y boina calada.

 

Con estos datos, y sabiendo que tendría que haber sido el mismo el que metiera la segunda nota en mi bolsillo mientras que acompañaba a Elisa la noche anterior, solicité la orden necesaria para poder recuperar las grabaciones de seguridad que hubiera en el camino recorrido para ver si se podía sacar una mejor imagen del asaltante. Esto se hizo, aunque no pronto, desde un principio sabía que se necesitarían mínimo un día para poder empezar a revisar esas grabaciones. Y el tiempo se acababa para que se cumpliera la amenaza, menos de 8 horas quedaban para que cumpliera el plazo y el asesino volviera a matar.

 

Llegó el resultado de la nota, e igual que en la anterior, no había ni huellas ni nada con lo que pudiera identificarse al que la dejó en mi bolsillo. Y el tipo de letra coincidía exactamente con el de la primera nota. El que la escribiera tenía que haber sido grabado en las cámaras de seguridad, pero estas grabaciones no iban a llegar a tiempo.

 

Empezaba a temer realmente por la vida de Elisa, y por las que vinieran después, ya que el asesino se estaba tomando el asunto con cuidado y frialdad. No parecía alguien que hiciera esto por primera vez, o si era así, tenía que ser alguien con ciertos conocimientos para intentar eludir las pesquisas de la policía y a la vez ser tan osado como para retar al cuerpo a que le capturara o seguiría quitando vidas. Se lo tomaba como un juego, aunque eso sí, un juego letal para los jugadores que no habían decidido entrar en el por su propia iniciativa.

 

Salí de comisaría y me dirigí al bar donde trabajaba Elisa. Pero ella no se encontraba allí. Eran sobre las 17:00 y me dijo el camarero que aún tardaría una hora en llegar. Así que salí a dar un paseo por la zona para hacer tiempo y airear un poco las ideas. Subí hasta la calle de Manuela Malasaña y luego llegué al cruce con la calle de San Andrés, donde hay otro bar de tipo irlandés, y dentro de ese bar pude ver por la cristalera que estaba en la barra el guarda de seguridad con el que había hablado la noche anterior, Juan González.

 

Entré y estuvimos hablando cinco minutos, ya que dijo que tenía prisa y debía de hacer unos recados. Apuró la pinta de cerveza que estaba tomando, le pidió la cuenta a la camarera y pagó religiosamente su pinta y la mía, que ya había ordenado.

 

Pude darme cuenta que el papel en el que la camarera había anotado lo que se debía era igual al de las dos notas que estábamos escudriñando para sacar algo en claro de ellas. Papel blanco, cuadrado, de 8 centímetros por cada lado. La pregunté a la camarera que dónde conseguía el papel, y sacó un par de tacos del hueco que hay entre la barra y las cámaras refrigeradoras.

 

La pedí que si me podía dejar un par de hojas, y me contestó que no había problema, que los clientes solían cogerlas a menudo, ya que algunas veces se dejaban los tacos directamente encima de la barra, precisamente porque los clientes las utilizaban para hacer anotaciones cuando jugaban a los dardos o a las cartas, o incluso cuando hacían otro tipo de apuestas, como estaba ocurriendo en ese mismo momento; cuando un señor de unos cincuenta años, se encontraba de rodillas en el suelo de gres intentando levantar una silla agarrándola solamente de una de las patas cortas en su zona más cercana al suelo, sin conseguirlo.

 

Ya de vuelta, me encontré con Elisa que bajaba a hacer su turno, y hablamos un poco de todo. La pregunté que si en su local tenían también ese tipo de hojas de papel para hacer anotaciones y respondió afirmativamente, sacando incluso una hoja de su bolso para mostrármela. La pequeña hoja que me enseñó tenía un número de teléfono anotado y unas palabras.

 

Llámame si necesitas algo

 

El tipo de letra me sonaba familiar, así que la pedí que me diera la nota para hacer unas comprobaciones y la pregunté por el autor de la misma. Me la dio sin poner ninguna queja y me explicó que se la había dado Juan González la noche anterior.

 

Ante estas noticias, hice una fotografía a la nota y la envié directamente a los técnicos para que pudieran identificar, positiva o negativamente, el tipo de letra con la encontrada en las notas del asesino. Esto sucedió pocos minutos después, las tres notas había sido escritas por la misma persona, el guarda de seguridad de la estación de metro.

 

Pero algo no cuadraba, el no podía haber sido el asesino, estaba en la escena del crimen, pero durante el momento del doble apuñalamiento se encontraba dentro del vestíbulo, no en las escaleras. Aún así pusimos una orden de búsqueda para poder arrestarlo y hacerle unas cuantas preguntas. Y yo me dediqué a vigilar a Elisa, por si algo le sucedía, aunque no la comenté que su vida corría cierto peligro.

 

La noche terminó, y no hubo noticias del vigilante, no apareció por la zona y a Elisa tampoco le sucedió nada de reseñar. Yo mismo la acompañé hasta su domicilio y la proporcioné mi número de teléfono por si la ocurría algo, intentando quitar gravedad al asunto.

 

— Pero al vigilante, sí que tengo noticias de que se le encontró esa misma noche, Inspector Castillo.

 

Es cierto, pero yo no tuve conocimiento de su localización hasta la mañana siguiente, del Martes 11, cuando sobre las diez de la mañana uno de los policías de la comisaría me trajo una foto de un cuerpo sin documentación que había sido hallado en una de las albercas que adornan el Manzanares en los aledaños con el Puente de Segovia. Lo reconocí de inmediato como Juan González, pese a que tenía la cara hinchada y amoratada.

 

— Con lo cual, ¿otra vez se quedaron sin pista alguna?

 

Eso creímos, hasta que llegó el informe del forense, que indicó que la muerte había sido producida por un profundo corte justo encima de la primera vértebra cervical y que había afectado al bulbo raquídeo, siendo la muerte instantánea. Le habían dado la puntilla como a los toros cuando les aceleran la muerte para que dejen de sufrir.

 

También había tomado nota el forense de un reciente tatuaje, que no llevaría hecho más de una semana por el enrojecido de la piel que aun lo acompañaba, y que constaba de un cuchillo curvo, hallándose este en la parte superior de la muñeca izquierda, lugar donde puede fácilmente ser disimulado con un reloj de pulsera.

 

Como todo era muy extraño hablamos con los especialistas en bandas locales, para averiguar si como iniciación en alguna de estas bandas se tatuaba dicho símbolo pero nada descubrimos, al menos en primera instancia. Aunque un experto en tatuajes antiguos, nos informó que el tatuaje, podría coincidir una figura que se marcaba, a fuego, en los integrantes de un culto de asesinos que habitó durante los siglos XI y XII las regiones de Oriente Medio y Asia.

 

Con la pista del tatuaje, investigamos a ver si el ya muerto Juan González había hecho algún pago recientemente que nos pudiera llevar al local donde se hizo la marca, no hallándolo. Y también preguntamos a los tatuadores de la zona, no escasos, por si conocían al sujeto o tenían alguna indicación sobre quien había hecho el trabajo. Todo llevándonos a un callejón sin salida.

 

— Y el caso ha estado parado, sin nuevas pistas, ¿cuánto?, ¿un mes?

 

Si señor, cerca de un mes en el que no descubrimos nada hasta ayer, cuando una persona de complexión atlética, y cerca de un metro noventa de altura, intentó matarme a la salida de mi vivienda. Con un cuchillo. Pude abatirlo rápidamente no sin daños, ya que le dio tiempo a tirarme un tajo al pecho que pude desviar con el brazo izquierdo, siendo este herido de no mucha gravedad.

 

— ¿Y tenemos identificado al personaje?

 

No señor, hemos mandado tanto foto como huellas dactilares a la INTERPOL por si tenían conocimiento de él y el resultado ha sido negativo. No llevaba tampoco ningún documento que acreditara su nombre. Lo único reseñable es que llevaba el mismo tatuaje en la muñeca izquierda, aunque por el estado de conservación del mismo se podría decir que se lo habría hecho hace más de una década.

 

— Bueno, supongo que con esto se puede cerrar el caso del asesinato de Juan González, el guarda de seguridad, y del viandante encontrado en las escaleras del metro de Tribubal, Tobías Antúnez.

 

No lo creo señor, personas dedicadas al asesinato, con un tatuaje igual en el mismo lugar de su anatomía, a mí me suena a banda criminal de asesinos internacionales. Tendríamos que seguir investigando. Aparte de ello, cuando usted se ha remangado he podido observar ligeramente una marca de tinta en su muñeca izquierda, ¿no será usted otro de los asesinos de esa banda?

 

— Ni mucho menos hijo, viendo que te has dado cuenta te lo voy a enseñar, este tatuaje no es un cuchillo curvo, es un pequeño escudo, y lleva conmigo más de un cuarto de siglo. Es cierto como bien te dijo el experto en tatuajes, que un culto de asesinos de siglos antiguos y quizá cercanos se marcaban a fuego el cuchillo curvo o jambya como realmente se llama, para reconocerse entre ellos. También es cierto, que para defenderse de ese culto se crearon otros, menos conocidos y altamente efectivos a lo largo de la historia, pero no quieras conocer demasiado por hoy. Ya hablaremos un día de estos. Ahora puedes irte y tomarte un par de días libres para pasar el trago de un intento de asesinato.

 

Disculpe, también he visto que tiene una foto en su escritorio con Elisa Fernández, que era uno de los objetivos, o así lo supusimos por las notas, de Juan González.

 

 

— Bueno, ella es mi hija, y ciertamente era un objetivo. Posiblemente siga siéndolo ahora, pero no se preocupe demasiado, sabe defenderse bien. Como he dicho, ya hablaremos. Y quizá dentro de no mucho tenga usted un tatuaje como el mío, méritos ha hecho para conseguirlo, aun sin saberlo.

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