Relato 048 - Fugaz
-¿Silvia?
Ella aminoró el paso, se quitó las gafas de sol y se volvió hacia mí. Sin llegar a detenerse, pero entregada a la pregunta, dijo -¿Quién eres?
-¿Eres tú Silvia? ¿Silvia Martín…..? contesté yo.
Cómo expresar la sonrisa que me dedicó cuando la abordé y su actitud hacia mí; con las gafas de sol en una mano y una bolsa de Leroy Merlin en la otra, sonreía de manera franca, como alegrándose de reconocer a alguien a quien en realidad no conocía. Yo pensé ¡qué pena que no sea ella! Pero en realidad quería decir ¡qué pena que, al no ser ella, no pueda seguir con ella la conversación! Todo se desarrolló en una fracción de tiempo que no llegó al minuto. Yo le dije “Lo siento, la confundí” y ella dijo “No importa, un placer…” y ambos, por educación, porque no hubo atrevimiento, no tuvimos más remedio que darnos la espalda y continuar nuestros caminos, totalmente opuestos. Yo, antes de entrar en el centro comercial, me volví para mirarla, y ella hizo lo propio. Los dos pensamos que una bella historia estaba a punto de acabar sin habernos dado siquiera la oportunidad de comenzarla.
Aquella tarde, al llegar a casa, no podía hacer otra cosa que pensar en ella. Era rubia, natural, sin tintes ni aditamentos, como lo era la verdadera Silvia. Y evidentemente era una mujer atractiva a la que –me decía a mí mismo, regañándome- dejé escapar en aquel aparcamiento. Podía ser la mujer de mi vida, pensaba, y por guardar las formas, por pura indecisión, se me esfumó. Pero de alguna forma estaba anclada en mí. En todas las superficies reflectantes de mi casa estaba ella: cristales, espejos… hasta en la pantalla del televisor se reflejaba su imagen, con su franca sonrisa, con las gafas de sol en la mano, mirándome…
Al día siguiente la doble de Silvia aún me rondaba en la cabeza camino del trabajo. ¡Cómo no, si la tenía en todas las superficies brillantes de mi casa! Me había dejado impresionado, sin duda, no solo por ella misma sino también por el hecho de haber dejado pasar la oportunidad. Hay trenes –me decía- que pasan una sola vez por la estación de tu vida y que, si no los tomas, nunca más vuelven a pasar. Ella era uno de esos trenes que se alejaba silbando mientras yo me quedaba parado en el andén.
Sonó el teléfono en mi oficina. Mi secretaria me anunciaba una visita. Era Silvia, la auténtica, la verdadera, la que ‘se parecía a…’ la otra. Ja, no tuve más remedio que sonreírme yo solo ante mi propia broma, y le dije a mi secretaria que la hiciera pasar. Hacía tiempo que no la veía, antes solía visitarme más a menudo cuando tenía negocios que yo, en mi despacho, asesoraba esporádicamente en asuntos fiscales. Pero dejó de visitarme alegando que estaba deshaciéndose poco a poco de ellos porque andaba cansada y estresada y que, pensándolo bien –decía- tenía ya dinero suficiente para vivir sin trabajar. Verla aparecer por la puerta fue volver a ver a su doble, a la chica del aparcamiento, que ahora veía reflejada en mi casa y en mi mente. Sin embargo, esta, la original, no emanaba tanta serenidad ni tanta belleza como la otra, siendo, como era, en el físico, prácticamente igual.
Tras un cálido recibimiento que ella agradeció con una sonrisa y un par de besos en la mejilla, no perdió mucho tiempo en hacerme saber para qué había venido a verme.
-Tú me conoces, Manuel, desde hace mucho tiempo. Y aunque no tenemos una gran amistad, siempre hemos congeniado… Verás, hoy he venido a pedirte un favor, porque creo que tú eres la persona indicada para hacérmelo. No te costará mucho trabajo, ni siquiera dinero, de eso me encargo yo.
Es de imaginar que la intriga iba in crescendo, sin atisbo de lo que intentaba proponerme.
-Sé que sigues soltero…. porque… sigues soltero ¿no? ¿y tienes novia, alguna relación? ¡Por favor, dime que no… que ya te he investigado!
Mi sorpresa iba en aumento, y mi rostro sostenía una sonrisa entre divertida y escéptica ante lo que estaba escuchando. Asentí: -Cierto, Silvia, estoy soltero y solo en la vida, como en la canción.
-¡Bien! Pues verás: yo tengo novio desde hace un par de años. Lo quiero, lo quiero muchísimo, es un tipo formidable. Y tú sabes cuál es mi carácter: fuerte, muy fuerte. No me callo ante nada, soy extrema a veces. Insoportable, diría yo. Es un defecto que reconozco y que, aunque hago lo imposible por evitar, me supera. Siempre me supera. Y él se está cansando. Lo tenía controlado, sin embargo. Pero apareció… ella.
-¿Ella?
-Sí. Amanda. Se llama Amanda. Resulta que “ella”… ¡es igual que yo! Se parece muchísimo, es rubia también, y tiene mis mismas facciones. ¡Joder, es mi doble! Pero, para ser sincera –y por eso vengo a verte- es mucho más simpática que yo, con diferencia. Y lo peor: él la ha conocido. ¡Y yo fui quien se la presentó! Un desastre, Manuel, un desastre. Ahora lo tendrá claro: tiene en ella mi cuerpo, mi cara, mis curvas y hasta mi mirada. Pero lo que es peor: es mucho más simpática, graciosa, amable y buena persona que yo. Eso he de reconocerlo. Así que… un desastre, Manuel, un desastre.
No pude evitar recordarla. “Ella” tenía que ser la del aparcamiento, no cabía duda. Pero aún no sabía qué quería proponerme.
-Se trata de lo siguiente: tú eres bien parecido, eres simpático, tienes una buena posición, y, además, eres inteligente. Más que mi novio. No tienes pareja… ¡eres perfecto! Solo quiero que la conozcas, que la trates… ¡que la alejes de él! Yo te pagaré todos los gastos que esta tarea te suponga. Necesito alguien como tú que sea capaz de atraer su atención.
Luego me contó que Amanda era amiga suya desde hacía no mucho tiempo, que la conoció en una boutique por casualidad y que fue la dependienta la que advirtió el parecido y las trató como si fueran hermanas gemelas, lo que causó en ellas sorpresa y luego risas, y a partir de ahí se fraguó una buena amistad.
Al principio no me gustó nada la idea de que tratase de utilizarme para sus fines, pero inmediatamente comprendí que me ponía en bandeja la posibilidad de volver a ver a Amanda, de recuperar la ocasión perdida, de tomar ese tren que me había dejado compuesto con la maleta preparada al borde del andén. Pero… ¿y si no era ella? ¿Y si no era la rubia angelical con la que crucé unas pocas palabras y nunca pude volver a ver? Me arriesgaría. Tampoco tenía tanto que perder.
Silvia organizó un encuentro en su casa, una cena, a la que asistiríamos los cuatro: Ella, su novio, Amanda y yo. ¡No me lo podía creer! ¡Iba a conocerla! Sería el sábado siguiente, y yo pasé todo lo que quedaba de semana impaciente, con su retrato vivo en mis retinas y en las superficies brillantes de mi casa. La veía por todas partes. Repetía aquella frase…”No importa, un placer” desde el fondo de los espejos y los cristales de las ventanas, con la misma dulzura con la que, entregada, se dirigió a mí aquel día en el aparcamiento.
El viernes anterior por la mañana recibí una llamada en la oficina. Era Silvia. No dejaba de llorar, no podía hablar apenas. Me asusté y me sorprendí, no sabía qué pasaba.
-Cálmate, Silvia, dime qué pasa…
-Manuel… Amanda… Amanda ha muerto…
-¿Qué dices? ¡No puede ser!
-La atropelló un coche ayer tarde… la asistieron, pero ingresó ya muerta en el hospital. Esta tarde es el entierro. Es terrible, Manuel, es algo que aún no me creo.
Una sensación horrible me invadió. Era la última noticia que esperaba oír, algo impensable, desgarrador… Fue un choque terrible, que nubló mi mente hasta casi hacerme desvanecer. De pronto el destino se había ensañado con una mujer maravillosa apartándola del mundo y a mí me había arrancado su presencia, la posibilidad de conocerla y aun de hacerla mía. Aún fue más duro asimilar la fragilidad de nuestras vidas, pensar que en cualquier momento puedes dejar de existir tú o todo el mundo que creías sólido a tu alrededor.
De vuelta a casa, abatido, deshecho, me dejé caer en el sofá con la mirada perdida en la pantalla del televisor apagado. Donde antes aparecía su imagen, sonriendo, con el cabello rubio ondeando al viento, ahora estaba sólo mi reflejo, mi cara descompuesta por la congoja. De pronto, como cuando en un comercio conectan muchos televisores a la vez y las imágenes se repiten por todo el espacio, apareció Amanda, en cada espejo, en cada cristal de cada ventana, en cada superficie brillante, en todas partes. Atónito, paralizado por un momento, me levanté en seguida y la vi reflejada en la pantalla. Me miraba sonriente, al tiempo que recogía su cabellera rubia con las gafas de sol a modo de diadema. Su mirada penetraba en mí con dulzura. Dos lágrimas se deslizaban por sus mejillas. La oí susurrar... "pudo haber sido hermoso". El tiempo pareció detenerse. Hasta que su semblante se fue difuminando, lento pero inexorable, en el fondo brillante de los espejos.