Relato 037 - Una segunda oportunidad

Corrió por la colina lo más rápido que pudo. No miró atrás. Ya nada le importaba más allá de aquel cielo azul del atardecer.

Se sentía solo, triste y no tenía ganas de vivir. Había perdido lo más importante de su vida, y en ese momento sabía que no podría seguir adelante.

 

Corrió y corrió. El final estaba próximo. Tan solo tendría que saltar y las punzadas afiladas en el corazón desaparecían para siempre.

 

Sintió las lagrimas salir volando a causa de la gran velocidad a la que corría. Sintió sus cabellos dorados mecerse fuertemente. Sintió el sudor que comenzaba a fluir por su piel, y sintió el cansancio hacer acto de presencia en su cuerpo; mas no le importó, pues sabía que sería la última vez que sentiría todas y cada una de esas cosas, de esos sentimientos.

 

— Ahí está— dijo casi sin aliento.

 

Y entonces dio un último paso y saltó al vacío.

 

Cayó a gran velocidad. Apenas sí podía percibir algo de su alrededor, pero sabía que todo acabaría pronto. En tan solo unos segundos su vida terrenal, o su única vida, pues no tenía muy clara la idea de “Cielo”, “Más allá” o cómo quiera que se llame, acabaría, y tal vez pudiera reunirse con ella para siempre.

Sí, tenía que ser así. Existía algo más allá de lo aparente. Un Cielo a donde vamos cuando todo lo conocido acaba. Un lugar en el que todos a los que amamos vuelven a formar parte de nuestras vidas.

 

Cuando estaba a punto de estrellarse contra el suelo cerró los ojos. No sintió dolor. Solo hubo oscuridad.

 

.      .

 

Dean abrió los ojos instantes más tarde y vio claridad y vida a su alrededor.

No sabía en dónde se encontraba, pero estaba claro que no en el lugar en el que había crecido y vivido durante casi toda su vida.

¿Había muerto? ¿Se encontraría acaso en el jardín del Edén? ¿En el Cielo?

Verdes praderas, altos y centenarios árboles, y cascadas brillantes y resplandecientes lo rodeaban de manera hermosa y majestuosa.

 

— ¿Estoy muerto?— preguntó para sí mismo sin dejar de mostrarse asombrado.

 

Pero una voz le respondió:

 

— Por supuesto que estás muerto. Te has tirado desde un precipicio de más de 50 metros. ¿Esperabas acaso no morir?

 

Dean se giró, y tras de sí contempló la figura de un hombre joven, alto, de cabellos oscuros y ojos claros, oceánicos, que le miraba con gesto paternal.

Iba ataviado con una gabardina, que le quedaba algo grande, una camisa blanca, unos pantalones grises y unos zapatos que parecían haber vivido muchas aventuras, pues estaban viejos y desgastados.

Parecía normal, aunque en realidad no había nada de eso en él.

 

— ¿Quién eres?—preguntó Dean.

— Más importante que eso es, ¿quién eres tú?—preguntó el hombre.

— ¿Yo?—preguntó Dean —. Soy Dean.

— Eso lo sé. Sé quién eres, y por eso no entiendo cómo has podido hacer lo que acabas de hacer. Tenías toda la vida por delante.

 

Dean se quedó mirando al hombre fijamente. No parecía haber maldad en él, ni siquiera le extrañaba estar a su lado, pues había algo en su mirada que lo tranquilizaba, que le dada confianza y seguridad.

 

— ¿Quién eres?—volvió a preguntar.

— Soy un ángel—respondió al fin el hombre. Dean le miró con los ojos muy abiertos— .Tu ángel de la guarda desde que llegaste al mundo.

— ¿Mi ángel de la guarda?—repitió Dean, sorprendido.

— Aunque al parecer no he hecho muy bien mi trabajo…— El ángel agachó la cabeza con la mirada llena de tristeza, y Dean pudo ver con asombro como una fina lágrima caía suavemente hasta el suelo. El ángel lloraba por él.

— Esto es una locura. ¿Cómo es posible que tras haberme suicidado haya llegado aquí? ¿Cómo es posible que tú existas?

 

El ángel levantó la mirada del suelo y miró fijamente a Dean.

 

— ¿Cómo es posible que hayas decidido acabar con tu vida con todo lo bueno que había en ella?

— ¿Todo lo bueno?—preguntó Dean con un nudo en la garganta. Y entonces la imagen de su preciosa mujer, fallecida en un accidente de coche hacía pocas semanas, llenó toda su mente, sin opción a nada más.

— Siento mucho lo de Gabriela—dijo el ángel. Dean le miró con lágrimas en los ojos —.Intentamos ayudarla, pero lamentablemente su hora había llegado.

— ¿Qué su hora había llegado? ¡Por el amor de Dios, tenía 32 años!

— Lo sé, pero es así. No puedo ofrecerte ninguna respuesta que pueda satisfacerte, mas sí puedo decirte que tu hora aún no ha llegado. No debes subir al Cielo. Todavía no.

 

— Demasiado tarde, ángel. Mi cuerpo tan solo debe ser un amasijo de carne y sangre. Ya no hay retorno posible.

— Sí, es posible. Aunque solo si lo deseas de corazón. Tu hora no ha llegado, mas no puedo obligarte a vivir una vida que no quieres.

— Pues entonces no te esfuerces, porque no quiero vivir. Dejé de quererlo el día que mi mujer se marchó.

— Antes de decidir creo que deberías ver las cosas buenas que aún tienes en tu vida. Así que te devolveré a la tierra y tras mostrarte lo que debes ver tú decidirás si quieres seguir adelante con tu decisión o quieres seguir adelante con tu vida. — El ángel se acercó a Dean y le tocó la frente con el dedo índice de su mano derecha.

— Espera, no quiero volver. ¡No quiero!

 

Pero fue demasiado tarde, pues un halo de luz blanca y pura lo envolvió y se lo llevó.

 

.      .

 

— ¿Está bien, señor?—Dean abrió los ojos y se tocó la cabeza. La sentía dolorida. Una mujer, que agarraba con ternura la mano de su hija, le miraba con gesto de preocupación.

— Sí, solo es la cabeza…—Dean se fue a levantar, y la mujer, y también la niña, le ayudaron a incorporarse—. Muchas gracias. — Tras esto, y al cerciorarse de que el hombre podía caminar, madre e hija se despidieron con una sonrisa y se alearon.

 

Dean miró a su alrededor una vez más. El Edén había desaparecido, y en su lugar la ciudad que tan bien conocía había vuelto a él.

Las mismas calles, las mismas tiendas, el mismo ruido y barullo de gente… En definitiva: la misma vida de siempre, tan solo que desde que Gabriela había muerto todo había perdido el sentido.

Comenzó a caminar hasta que se percató de la presencia de alguien que le miraba en la lejanía. Era el ángel, su ángel de la guarda, que le miraba sonriente. Con una sonrisa llena de esperanza y fe.

 

— La llevas clara— dijo Dean con rostro serio. Y mostró el puño con todos los dedos cerrados menos uno: el corazón. Aunque el ángel no pareció ofenderse, sino divertirse, pues su sonrisa se hizo más amplia. — . Será cabrón…

 

Dean siguió caminando, aunque pronto se detuvo. Había visto a una anciana mujer empujar un carrito lleno de cajas. Parecía pesar mucho y la mujer era de avanzada edad. No sabía qué estaría haciendo con esa carga, pero no le pareció nada apropiado.

La mujer estuvo a punto de caer cuando un joven, ataviado con una gorra y unos amplios pantalones, apareció junto a ella.

Espero que no aproveche la situación y la robe el bolso—pensó Dean.

 

El joven se acercó a la anciana y sonriente cogió el carrito y lo empujó con todas sus fuerzas. El carro se movió y la anciana le agradeció la ayuda al joven dándole un fuerte beso en la mejilla.

Dean miró con extrañeza al muchacho y a la anciana y tras unos segundos siguió caminando.

 

El recuerdo de Gabriela estaba grabado a fuego en su mente, y nada podía hacerle sentir mejor, por eso sabía que no cambiaría de opinión.

 

Pasó cerca de una terraza, y vio a una joven sentada sola. Parecía triste, cansada, y por un momento pensó si ella también estaría pasando por un mal momento. La observó detenidamente unos instantes hasta que el camarero apareció en escena. Se acercó a su mesa y tomó nota. Instantes después llegó con su pedido: un refresco de naranja. Aunque en la bandeja también había una rosa roja muy bonita. Parecía recién cortada, y el camarero se la entregó a la joven, que la recibió con una amplia sonrisa y los ojos llorosos.

El camarero miró a la mujer con una mirada llena de ternura y se sentó junto a ella. Ambos comenzaron a charlar, como si el hecho de ser dos simples desconocidos nos importara nada. Aunque en realidad en aquel momento así era.

Dean les observó sorprendido y tras unos instantes más siguió su camino.

 

No sabía cuánto tiempo había pasado desde que había sido devuelto a la tierra, a la vida, pero el sol del atardecer seguía brillando con más fuerza de la normal para aquella hora.

Las calles iban pasando y los pensamientos también.

 

Había sido el día más duro de toda su vida. Cuando vio su cuerpo en el féretro se sintió morir. Nunca antes había experimentado tanto dolor y con tanta intensidad. Amaba tanto a Gabriela que no podía describirlo con palabras y el haberla perdido era algo que no podía soportar.

 

Un hombre pasó caminando a su lado. Llevaba una muleta en una mano, y una bolsa con comida en la otra. Pero entonces, la bolsa se le cayó y todo su contenido quedó esparcido por el suelo.

El hombre intentó alcanzar las cosas del pavimento, aunque su lesión dificultaba la tarea. La gente a su alrededor, al percatarse, se acercó a él y le echó una mano. Una anciana cogió una botella de agua que había rodado unos cuantos metros por el terreno, una niña le entregó una naranja que había caído cerca de ella y así, y en tan solo unos instantes, todas las cosas quedaron recogidas. Todas menos una: una vela blanca que yacía a los pies de Dean, quien la miró con el ceño fruncido.

El hombre de la muleta le observó intrigado, pero al final Dean se agachó y recogió la vela.

—Muchas gracias, amigo—dijo el hombre sonriente.

Dean intentó no sonreír, pues pensaba que mostrar un ápice de alegría en aquellos momentos era una especie de traición a Gabriela, pero no pudo evitar que una fina sonrisa apareciera en su rostro.

 

La gente siguió su camino y él el suyo y al cabo de un rato vio a un grupo de jovencitos pedalear fuertemente sus bicicletas. Parecían tener mucha prisa. Las que debían ser sus madres caminaban veloces tras ellos.

 

  • ¿Ocurrirá algo? —preguntó Dean en voz alta.

 

El sol acariciaba su rostro y el cielo azul marino y hermoso parecía ajeno a todo el dolor y sufrimiento que estaba bañando su corazón, y esto era algo que lo llenaba de rabia. No entendía cómo podía haber un mundo tan cruel y hermoso al mismo tiempo.

 

—Pasa buen día. Te quiero.

 

Estas habían sido las últimas palabras de su mujer.

No podía quitárselas de la cabeza y tampoco quería hacerlo, pues era lo último que conservaba de ella. La visión de su hermoso rostro, de sus ojos pardos, de sus largos cabellos. Aquella sonrisa pícara, aquella frescura… Y su voz…

 

— Te quiero.

—Yo también te quiero. —Había dicho él antes de irse a trabajar.

 

Y después la fatídica llamada desde el hospital.

 

Sin darse cuenta llegó al colegio y allí se detuvo. Lo contempló sorprendido, pues había caminado como tantos otros días hasta el lugar en el que trabaja su mujer, pero sin percatarse de ello.

Gabriela había sido profesora de infantil en el colegio de la ciudad. Era muy querida y respetada y el día de su muerte todos la lloraron desconsolados.

Sintió un escalofrío recorrer su piel, aunque no puedo evitar acercarse a las puertas del centro.

Había mucha gente en la entrada, y pronto comprendió que todos los presentes estaban reunidos en honor a Gabriela.

Una gran pancarta con una foto de su mujer colgaba de una de las ventanas del colegio. En ella ponía: Te echaremos de menos, y nunca te olvidaremos. Te queremos, Gabriela.

Docenas de personas se arremolinaban bajo la pancarta. Portaban velas, iguales a la que había recogido del suelo para entregársela al hombre de la muleta. Estaban encendidas y brillaban resplandecientes a pesar de la luz que aún había.

 

—Aquí hay más velas. Quién quiera puede coger una. — Dean se giró y vio a la misma anciana que había visto empujar el carrito tiempo atrás.

El carrito estaba a su lado, y las cajas que en él transportaba estaban llenas de velas. El joven de la gorra iba sacándolas y encendiéndolas para entregarlas a las personas que iban llegando.

Dean miró a su alrededor. La mujer y la niña que lo habían ayudado a levantarse del suelo también estaban allí. La niña sostenía la vela mientras miraba con gesto de tristeza la imagen de Gabriela en la pancarta. La mujer, a su lado, abrazaba a su hija con ternura.

 

— Perdone — Se acercó Dean—, no quisiera molestarlas pero, ¿conocían a Gabriela?— La mujer le miró sorprendida y sonrió al momento.

— Por supuesto. Era la profesora de Elena— dijo mirando a su hija—.  Era muy buena chica. La queríamos mucho. ¿Usted la conocía?—preguntó la mujer.

— Es… era mi esposa—respondió Dean tristemente. La mujer abrió la boca y al instante abrazó a Dean.

— Lo sentimos mucho. Su mujer era increíble. — Dean cerró los ojos y abrazó a la mujer fuertemente.

 

Momentos después Dean observó cómo los niños de las bicicletas y sus madres se acercaban portando las velas.

También la mujer de la terraza. E incluso el camarero que le había entregado la rosa.

El último en llegar fue el hombre de la muleta. Llevaba la vela encendida y miraba la foto de Gabriela con los ojos llenos de lágrimas.

Todas aquellas personas conocían a su mujer, y habían querido reunirse en aquel momento y en aquel lugar para honrar su memoria.

 

El sol comenzó a ocultarse y entonces el lugar quedó repleto de luces de velas blancas, parecidas a la luz de las estrellas, que se alzaban en señal de respeto y cariño por una persona que ya no estaba con ellas.

 

— Ey, Dean, tío. Estamos aquí. — Dean sintió el tacto cálido de una mano en su hombro y cuando se giró vio a sus amigos, a sus padres y a la familia de Gabriela sonreírle con ternura.

— Pensamos que al final no vendrías—dijo Tom, su mejor amigo.

 

Y entonces se acordó: aquel día hacía un mes de la muerte de Gabriela. Aquel día se celebraría un funeral en su honor en la iglesia, y un homenaje en el colegio. Y aquel día había sido el escogido por Dean para suicidarse.

 

— No pensaba hacerlo. No iba a venir, pero al veros a todos… Me alegro de haberlo hecho.

 

Y entonces, al acabar de pronunciar aquellas palabras, la luz blanca volvió a inundarlo todo, obligando a Dean a cerrar los ojos. Cuando los volvió a abrir su ángel de la guarda le miraba sonriente.

 

— Espero que hayas cambiado de opinión— habló.

— No puedo seguir viviendo sin ella— dijo Dean.

— Algún día volverás a verla, mas no desperdicies una vida que aún no ha llegado a su fin. Ella no lo querría así. Has podido ver tan solo una pequeña parte de lo bueno que hay en este mundo. ¿No deseas ver más?— Dean miró al ángel y se quedó pensativo—. Lo vivido quedará en tu memoria, no desaparecerá, pero la siguiente decisión no podrá volver a ser cambiada. Elije bien.

 

El ángel se alejó de Dean levitando y de pronto la luz envolvió su cuerpo, despojándolo de sus extrañas ropas, y unas enormes y resplandecientes alas blancas salieron de su cuerpo, majestuosas.

A su lado, la figura etérea de Gabriela se manifestó también. Dean la contempló emocionado y la mujer mostró una sonrisa llena de amor por él.

 

.      .

 

Dean corría a gran velocidad por la colina. Al llegar al final un enorme precipicio daría lugar y todo el dolor desaparecería.

Corrió y corrió sin mirar atrás, pero de pronto las imágenes de Gabriela y de todo lo vivido al volver tras su suicidio retornaron a él.

Siguió corriendo al tiempo que veía los actos de aquel día, y cuando todo parecía estar a punto de acabar Dean se detuvo.

Con los pies a un paso de caer el hombre miró al vacío. No había saltado y no lo haría.

Cerró los puños con fuerza y tras mirar al cielo desafiante se dio media vuelta y continuó con su vida. La cual fue larga y llena de emociones y desafíos, pero feliz a fin de cuentas, pues sabía que algún día volvería a encontrarse con Gabriela.

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