Relato 036 - Bruma amarilla

Me duele mucho la cabeza. Veo todo borroso, hay una especie de bruma amarilla que me envuelve. Apenas puedo distinguir bultos amorfos de tintes negruzcos. ¿Dónde estoy? ¿Cómo llegué hasta acá? Me duelen las piernas. Recién ahora me doy cuenta de que estoy parado. Intento caminar. Doy un paso, luego otro y otro. Siento que mis pasos son pesados, como si me encontrase caminando en el fondo del océano.

 

Siento calor, mucho calor y una resequedad con un gusto metálico en mi boca. Trato de entender lo que pasa mientras sigo avanzando de forma casi automática en la bruma. Recuerdo que estaba en casa y en cama debido a un fortísima gripe. También recuerdo que debía ir al hospital a hacer un chequeo, ya que los medicamentos no habían dado resultado. Ahora no sé hacia donde estoy yendo, pero sigo caminando recto (o al menos eso creo). Un viento caliente me azota de todos lados y me hace pensar sobre lo absurdo de esta situación… ¿acaso no debería estar en el hospital?

 

El ulular del viento me impide escuchar cualquier otra cosa. Mis sentidos trabajan al máximo, casi podría decir que están saturados. El calor, y ese olor a azufre del que me acabo de percatar, me van a volver loco.

 

Sigo caminando, no sé hace cuanto que estoy caminando, pero sigo haciéndolo. No sé si mis ojos se están acostumbrando, si mi mente desvaría o si es la niebla que se está despejando, pero me parece que puedo ver algunos contornos, algunas siluetas en la bruma. Miro hacia el suelo y casi adivino la forma de mis zapatillas y el suelo que estoy pisando. El suelo parece ser de piedra, lleno de pedruscos pequeños, y con suaves irregularidades.

 

El viento parece amainar de a poco. No veo el sol ni ninguna otra referencia que me ayude a saber que hora es, o de que forma transcurre el tiempo. Sin embargo, me parece recordar que subí a un taxi para ir al hospital. Entonces… ¿Qué pasó? ¿Por qué estoy en el medio de esta niebla? ¿Dónde se fueron todos?

 

Ahora sí, estoy seguro que la niebla es menos espesa, aunque el color de fondo sigue siendo amarillento. Empiezo a ver mejor el suelo que estoy pisando. Veo una forma irregular delante mío, a veinte o treinta metros, que parece algo sólido. Camino con más entusiasmo, aunque el calor es insoportable, transpiro abundantemente, y no dejo de sentir ese sabor cada vez más espantoso en la boca.

 

Una ligera opresión en el pecho me hace aminorar la marcha. Siento que me falta el aire, es como si la atmósfera se hubiese tornado más pesada de repente. El viento se ha calmado completamente, lo cual aumenta la sensación de calor. ¿Dónde estoy? ¿Qué me está pasando? Creo que voy a desmayarme si no encuentro un lugar donde recuperar energías, un lugar fresco, con agua. La cosa negra está casi al alcance de mi mano, puedo distinguir su forma enmarcada en el fondo amarillento. Es algún tipo de cilindro en posición vertical, con una semiesfera en la parte superior que le da la apariencia de un grotesco hongo. Camino con más fuerza voluntad que fuerza física, el cuerpo no me responde. Dos pasos más y tocaré el extraño hongo.

 

Tropiezo y me salvo de terminar en el suelo porque mi mano se aferró fortuitamente de una prolongación de apariencia metálica que sale del hongo en forma perpendicular. Mis ojos están bañados en lágrimas, no por la emoción, sino porque el aire me irrita la vista. Siento olores y sabores nauseabundos, mientras mis pulmones hacen el triple de su trabajo para poder llevar algo de oxígeno a la sangre. Vuelvo a trastabillar y me apoyo con mis manos en el tronco del hongo. Escucho un crujido y siento un ruido que proviene del interior, como si algo se hubiese caído o roto. La consistencia de la superficie externa del hongo es similar a una placa de hierro herrumbrada, como la de los barcos encallados en la orilla del mar.

 

La bruma se hace más tenue y por primera vez veo (y siento) el Sol que se abre paso entre las nubes y el aire amarillento. El Sol es poderoso, enorme, más de lo que puedo recordar. Siento que mi piel se quema, que el aire me incinera los pulmones, que mi pecho se hunde y me es imposible respirar. La repentina aparición del sol ilumina todo a mí alrededor con una potencia capaz de desintegrar mi retina. En un fugaz y repentino vistazo me es develado el paisaje oculto, puedo espiar por detrás del absurdo telón de la bruma. Me encuentro ante una extensa planicie sin promontorios, cubierta de guijarros irregulares y de cantos filosos. No hay ningún signo de vida, de civilización, y mucho menos de agua. Giro la cabeza, apartando de mi vista la cegadora visión, y siento que mi cuerpo se quema, por dentro y por fuera. Una enorme presión invisible me comprime hasta impedir que la sangre circule por las venas. Miro por última vez, conciente de que la vida se me escapa sin importar el lugar donde estoy, ni porque estoy aquí. El hongo resulta ser algún tipo de máquina de casi dos metros de altura, cubierta de óxido y llena de varillas que me hacen pensar en antenas y pequeños paneles grisáceos. Unos tubos delgados de apariencia metálica están arrugados y aplastados contra la superficie de la exótica máquina.

 

Empiezo a perder la visión. Trato de llevar una última imagen, quizás para tratar de entenderla en otra vida, si es que la hay. Mis ojos, ya desprovistos de lágrimas, resecos y dolorosos, descubren una placa metálica con un escudo que me es desconocido y debajo de él una inscripción con grandes letras en relieve. Estiro mi brazo para tratar de tocarla, pero no alcanzo a llegar. Con mi voluntad, que es lo único que me queda, ya que mi cuerpo se ha convertido en una brasa ardiente y achicharrada, leo la inscripción: “Behepa - 10”.

 

No entiendo que significa, pero el tiempo ya se ha agotado. Mi visión se vuelve negra de repente y no siento ningún dolor. Ya no veo nada, ni el sol cegador, ni la planicie infinita, ni el hongo de óxido. Ya no siento el calor, ni el viento, ni el olor a azufre. No siento nada. Incluso hasta la conciencia desaparece. Desaparezco definitivamente pensando en la última y fugaz visión que puedo recordar: “Behepa - 10”.

 

**************

 

- Lo siento mucho – dijo el hombre de aspecto cansado mientras se sacaba los anteojos – Hicimos todo lo posible, pero… -

 

- Está bien doctor – interrumpió ella con un autocontrol que estaba a punto de desvanecerse – No lo dudo –

 

- ¿Puedo ayudarla señora… - hizo memoria, hurgado en la maraña de nombres que tenía en mente – Lorenzini? Entiendo que esta es una situación difícil, su esposo no tenía… -

 

- Está bien doctor, ahorre las palabras – resopló – No puedo entender como una gripe termina así, se supone que la gente no se muere de gripe hoy en día. ¡Por Dios, si se desmayó en el taxi! –

 

Clara Lorenzini se largó a llorar. El doctor Flores miro al enfermero que lo acompañaba con la expresión de incomprensión de siempre. Había perdido la cuenta de cuantas veces tuvo que dar la noticia fatal a unos parientes desconsolados, y no sabía cuantas veces más le tocaría hacerlo a lo largo de su vida profesional. Sin embargo no se acostumbraba a ese momento, a ese llanto espontáneo, a esa bronca, a ese miedo. Simplemente no sabía que hacer. Esperó en silencio al lado de la mujer mientras su mente repasaba cada detalle, cada cosa que había pasado en el día, en busca de una pista que le ayudase a entender como había pasado lo que pasó.

 

**************

 

- Me enteré que falleció el tipo ese que trajeron desmayado a la tarde – preguntó el hombre corpulento de barba - ¿Qué pasó?

 

El doctor Diego Flores tomó un sorbo de café y miró en silencio a su interlocutor. El doctor Julio Sidgecz era un cirujano de gran reputación, pero ante todo era una de esas personas a las cuales uno le puede contar el drama más grande y que de alguna manera terminan transmitiendo paz. Julio y Diego solían compartir un café en el mismo hospital las veces que compartían el turno de trabajo.

 

- Fue de lo más raro. El paciente vino hace una semana con unos síntomas de gripe terribles. Le receté algunas cosas con las que nunca tuve problemas y no surtió ningún efecto. Ayer por la mañana lo mandé a hacerse unos estudios de sangre, y hoy a la tarde tenía que venir para ver los resultados de los estudios, para ver si era necesario algún cambio en la medicación. Resulta que lo traen inconsciente, me dicen que se desmayó en el taxi que lo traía camino al hospital. En no más de media hora lo perdí… lo perdí y no entiendo nada – se despachó el doctor Flores

 

- ¿Viste los estudios? – preguntó Julio

 

- Sí, los vi – respondió el doctor Flores, y le extendió una hoja arrugada que tenía en el bolsillo del guardapolvo.

 

Julio desplegó la hoja y la analizó con detenimiento. Luego lo miró al doctor Flores y le dijo: - Diego, ¿qué es esto? ¿Estás seguro que hicieron bien los estudios? El tipo…-

 

- El tipo debería haber muerto instantáneamente con todo eso. No sólo volví a hacer los estudios, sino que conseguí el permiso de la viuda para hacer una autopsia – dijo Diego

 

- ¿Qué encontraste? -

 

- Encontré que tenía los pulmones literalmente quemados. No me preguntes como, pero a ese tipo se le quemaron los pulmones – dijo Diego – Es más, en los estudios de sangre que le hice después de la autopsia encontraron tal nivel de azufre en la sangre que hubiese bastado para envenenar a cincuenta personas -

 

Julio inspiró profundamente. Iba a decir algo cuando sonó el celular de Diego. Diego contestó con voz cansada, emitió unas pocas palabras y colgó.

 

- Es mi mujer. Mejor me voy a casa, hoy ha sido un día muy largo. Mañana hablamos, ¿te parece? –

 

Julio asintió y le estrecho la mano a su colega. Cuando Diego se alejaba de la mesa, Julio se percató de que se olvidaba de una revista.

 

- ¡Diego! Te olvidas esto - exclamó Julio mientras agitaba la revista en el aire.

 

Diego la miró: - Te la regalo, la traía la esposa de este pobre tipo. La dejó tirada en el cesto de mi escritorio. Creo que es lo último que él estuvo leyendo antes de desmayarse – Dicho esto se dio vuelta y siguió caminando, desandando el camino a la casa, en busca de paz y sosiego.

 

Julio la miró con curiosidad. Era una revista de divulgación científica de bajo presupuesto, de unos meses atrás. Había un marcador que señalaba donde habían leído por última vez. Abrió la revista en el lugar señalado y leyó:

 

Misión Venus – La NASA, la ESA y la Agencia Espacial Rusa se preparan para llevar una sonda a Venus en el 2021

 

A pesar de que la Luna y el planeta Marte concentran la atención y el mayor porcentaje del dinero para investigaciones espaciales, las principales agencias espaciales del mundo no han perdido el interés por nuestro vecino espacial. Actualmente se encuentra operativa la misión Venus Express, de la ESA, que está ampliando los resultados obtenidos por la sonda Magallanes en 1990. La exitosa tarea de Magallanes, que orbitó al planeta durante cuatro años, es hasta el día de hoy la más completa de las misiones realizadas. Sin embargo, hay que remontarse a la serie de misiones Venera, de la ex-URSS, en los años setenta y principios de los ochenta, para encontrar un antecedente de una sonda espacial que logró aterrizar en su inhóspita superficie. Venus se caracteriza por sus elevadísimas temperaturas, del orden de 400 ºC, su presión atmosférica, noventa veces mayor que en la tierra, y su aire, compuesto mayoritariamente de un venenoso azufre…

 

Cerró la revista y miró el reloj. Ya era hora de volver a casa, su mujer también lo estaría esperando con la cena lista. Dejó la revista sobre la mesa y se fue de la cafetería dando largos pasos.

 

**************

 

Luego de recorrer cuatrocientos millones de kilómetros, la luz del Sol penetra a duras penas la densa capa de nubes de dióxido de carbono y azufre que cubren la totalidad de la superficie de Venus. El Sol sale por el oeste, anunciando el comienzo del extenso día venusino, que durará más de nueve meses terrestres. Las zonas bajas de Hyndla Regio son bañadas por una luminosidad amarillenta que deja al descubierto un terreno de suaves irregularidades, cubierto de pedruscos de bordes filosos. La geografía venusina, sometida a una temperatura promedio de cuatrocientos grados centígrados y una presión atmosférica noventa veces superior a la terrestre, no muestra ninguna señal de actividad biológica.

 

En algún lugar de Hyndla Regio se alza un herrumbrado artefacto dejado allí por el hombre hace más de treinta años. Las extremas condiciones ambientales de la atmósfera venusina han afectado la apariencia original de este ingenio no tripulado, reduciéndolo a una estructura completamente oxidada, con todos sus accesorios exteriores dañados, ya sea por el peso implacable de la presión atmosférica como por la acción química del aire y el calor extremo. Sus antenas están retorcidas, quebradas e inútiles. Dejó de funcionar hace más de treinta años. Para ser más exactos, dejó de funcionar dos horas después de haber aterrizado. A los pies del módulo, entre los pedruscos, se hallan pequeños fragmentos del equipo: alguna manguera que se rompió por la presión y el calor, un trozo de una antena parabólica, un pedazo de metal despendido de un costado. También hay una mancha negra, similar a la brea, que se extiende a sus pies y se adhiere a uno de los costados del modulo. Esa mancha negra, producto de una combustión, se despliega por el costado de la nave, como queriendo trepar por ella. Llega hasta el borde la placa que exhibe con orgullo el nombre de la nave y de la misión: “Venera – 10”, o tal como está escrito en los caracteres cirílicos del alfabeto ruso, “Behepa – 10”.

 

 

FIN

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