Relato 035 - A mitad del puente de la luna

 

1

 

Iba y venía por la casa, entre la sombras y los rincones oscuros apartados de la vista humana, justo allí donde las motas de polvo desaparecen ante nuestros ojos que no para el universo verdadero.

Era de andar felino por ser gato, pero de presencia constante por ser extraño ya que los gatos suelen desaparecer de improviso en casos inesperados. Incluso en aquellas ocasiones cuando se les necesita, tampoco están. Pero éste, muy a disconformidad de las costumbres, siempre estaba. Y estaba en el cuarto de la niña, aunque más que niña ya era una adolescente, pero por sus formas redondeadas y de creciente voluptuosidad, se podría decir que era toda una joven. Sin embargo, su edad prohibía decirlo tanto como le estaban aún prohibidos para ella los juegos lascivos con los jovencitos. No obstante, eso no la detenía para entregar su corazón a un mozo cercano que la rondaba por las noches, intentando siempre escurrirse como su amigo felino entre las paredes de su cuarto; si se pudiera, entre las sábanas de su cama; tal vez hasta entre las piernas de su adorable cuerpecito, cosa que aún no había logrado a decir verdad.

El gato paseaba entre sus piernas y ronroneaba. Hasta aquí el cuento casi realista que leemos pero que se convertirá en fantasía cuando les diga que de la garganta felina surgían de vez en cuando palabras dichas como humano, mejor dicho como humana porque su voz era femenina (aunque su género era en realidad masculino); tal vez tuviera una tesitura de esas llamadas contratenor, no lo sé, lo más seguro es que tuviera una de esas condiciones filosóficas llamadas charlatanería porque a decir verdad, lo que el gato menos decía, era justamente la verdad sobre cualquier cosa. Y era así que se la pasaba el día entero en el cuarto de la niña adolescente: diciendo sandeces que en ocasiones excitaban a sus castos oídos, en otras atormentaban a sus reprimidos deseos.

Por ejemplo, una tarde le dio por explicar por qué se consideraban impropios los textos del Marqués de Sade, autor completamente desconocido para la jovencita (como bien debía de ser), y lo explicó con tanto detalle que logró no solo sonrojarla, sino atrapar su interés a tal grado que el libro, una semana más tarde, ya estaba en el lugar secreto donde sus padres no habrían de encontrarlo sino hasta 2 meses después de su fuga con el susodicho mozalbete. Una vez terminadas las explicaciones pervertidas, el gato regresó de espaldas hacia la sombra más cercana de los cortinajes, dejando solamente a la vista su amplia sonrisa desquiciada. Malvada. Como sus tretas e intenciones. Porque, ¿para qué ha de servir semejante información a una pequeña que aún no debe saber las conciliaciones carnales del cuerpo y el deseo humanos?

En otra ocasión, el inmoral animal se puso a disertar sobre el libre albedrío, la libertad de las desiciones así como la jaula que concibe para cualquier ser humano la educación escolar y los buenos modales de las familias consideradas decentes. ¡Vayan a saber ustedes de donde sabía, o leía, o escuchaba tantas ideas revolucionarías el desgraciado gato! El caso es que nuevamente llenó de pensamientos infortunados la pobre cabeza de la joven, a tal grado que ella decidió abandonar todo estudio y buena costumbre aprendida: dejó de ir a la escuela (aludiendo que no necesitaba más educación que la que su gato le prodigaba), y comenzó a dejar de usar ropa interior como lo hacen las damas de buenos modales (esto para dar facilidad a aquellos juegos prohibidos para su edad, de los cuales ya se había enterado por medio de su nuevo tutor de vida).

Fue así como tuvo todo el día, mañana y tarde, para embotarse con las explicaciones fortuitas del gato. ¿De dónde le había llegado el animal? ¿Quién osó regalárselo? Incógnita total. Pero siendo la hijastra de un banquero viudo casado con una emperifollada mujer a la que solo le importaba el qué dirán de la alta sociedad, podía hacer y deshacer a su antojo, siempre y cuando no saliera de su casa ni permitiera la entrada a nadie, mucho menos al joven aquel que la rondaba por las noches lleno de lascivia hasta la garganta.

Cada vez que el gato contaminaba los ideales de la joven, sonreía más, a tal grado que últimamente parecía más sonrisa que gato, más cabeza que cuerpo, o si incluso fuera posible decirlo sin incurrir en una sandez: una cabeza sin cuerpo. Pero por suerte, tal cosa nadie se ha atrevido a decir, o a escribir, porque daría pie a cuestiones tan extravagantes como: “si será posible decapitar a una criatura que no tiene cuerpo”, o "que muchas veces se habrá podido ver a un gato sin sonrisa pero nunca una sonrisa sin gato”. ¡Dios nos salve de encontrarnos con semejantes pensamientos en algún otro sitio más que en este ilógico cuento! O fuera de las entrañas del insidioso gato.

El caso es que el felino amanecía todos los días a los pies de su cama, allí en la zona donde no daba el sol y las sombras hacen nido, se levantaba pachorrudo, se estiraba un tanto, terminados sus escasos ejercicios matinales, se acercaba a lamerle la cara a la niña. Ella despertaba amodorrada y sonriente; lo besaba. Luego se estiraba y se disponía a levantarse, no sin antes dejar al gato que le hiciera aquello que cada día más le gustaba. Prohibido o no, se sentía maravilloso. Y para hacerlo, había que dejar las cortinas cerradas para que el gato se diera gusto con el gusto de estar entre las sombras de su cuarto y las sombras de su cuerpo que le daban puros gustos.

Después del desayuno en la cama (traído por la criada, misma que era corrida de forma grosera por ambos habitantes de la recámara), transcurría el día entre mimos y ronroneos. Luego venía el baño justo antes de la tarde… Esto no he de narrarlo para evitar que los castos oídos se incomoden, ¡pues vayan ustedes a saber cuántas porquerías hacían animal y humana en la tina del baño! Yo nunca entré por pudor, además de que cerraban la puerta como bien debe hacerse con las intimidades, pero los gemidos, las risas, los gritos, los susurros que proferían desde el otro lado de la puerta, con eco retumbado entre las penumbras de las paredes del baño al igual que de las húmedas paredes de la tina llena de agua, me hacen ruborizar nada más de acordarme.

Terminado el baño, se retiraban a los aposentos para otra siesta luego de terminar la comida (y de haber corrido nuevamente a la criada de forma irrespetuosa entre carcajadas y bajezas). Está por demás decir que las empleadas domésticas se renovaban con regularidad, pero esto no solo era por culpa de la niña y su gato sino también por las depravaciones del banquero con ellas, al igual que por las denigraciones de la esposa para todo el mundo.

Despertaban ambos de la siesta, gato no tan gato y niña no tan niña, entre nuevas risillas apagadas, ronroneos melosos, caricias indebidas y gemidos suculentos, para proseguir después con la disertación diaria del animal, momento de continuar destrozando su juicio humano, convirtiéndola en la loca que hace unas semanas acaba de ingresar al manicomio local, la misma que los periódicos locales hacen por llamar “la mujer de los mil gatos y la incansable entrepierna”.

Finalmente y ya cansados con la filosofía del embuste, ambos sentían modorra pues la noche les había caído encima sin darse cuenta, llamaban a la criada con la cena, la corrían a dentelladas y escupitajos verbales, para luego sumirse en el sueño más profundo debajo de un cielo cada vez más contaminado con menos luceros visibles. ¿Ambos roncando? Pues no, solo ella, nuestra niña que cada día deja más de serlo en la mente que no en su cuerpo, el cual ya dejó la niñez atrás hace varias semanas. El gato en cambio, se levanta con sigilo, vuelve a sus acostumbradas sombras, y desaparece entre ellas.

¿Es que nuestro gato no duerme con ella? No. Nuestro gato simplemente no duerme. ¿Acaso el felino nunca se cansa? Pues no. Y es que nuestro gato tiene doble vida, pues apenas llega la noche, se retira de la casa de la niña para irse a la morada del viejo…

La casa del viejo. El gato entra por un rincón, sin tocar, de la manera más sigilosa. Pero no lo hace por majadería o falta de probidad, sino todo lo contrario: es para no despertar al pobre viejo, quien siempre yace dormido en su cama, de tan fatigoso día que seguramente tuvo.

El viejo vive solo, olvidado por su familia. Ni sus nietos se acuerdan de él (quienes, por cierto, son hombres prósperos gracias a los negocios y empresas que en antaño hizo crecer este mismo vejestorio, su padre). El mismo que a nadie pareciera importarle excepto a nuestro gato, quien a hurtadillas entra y se posa en la zona más luminosa del ignominioso cuarto, el mismo que sirve de cocina, lavatorio, recámara y sala de lectura. ¿Pero qué libros va a leer el vetarro si ya casi no ve? Los mismos que cuando le aquejan los achaques, el buen Tama, nuestro felino, le lee con la voz más suave que puede producir. Durante las noches, su voz gatuna se hace ronca, profunda, y resuena entre las paredes de la vivienda como un apacible crepitar de fuego amigo, como un sabio anciano de palabras reconfortantes, como un buen amigo con el que se puede contar para siempre.

El viejo despierta con tos unas noches, otras son los dolores de espalda los que no le permiten dormir. En ocasiones son las pesadillas, terribles recuerdos de sus tragedias de vida: las esposas lo abandonaron, los parientes lo esconden como a un apestado, los amigos le rehuyen como a un imbécil. El caso es que cada vez que despierta, el buen Tama está ahí, a los pies de su lecho, en la zona más iluminada de la humilde habitación. Hasta se podría decir que el gato vive entre los destellos de luz porque es uno de sus brillos habituales. Entonces toma el libro en turno con sus patas y le lee pasajes inventados (en realidad nuestro gato no sabe leer), pero le recita con todo amor lo que acude a su imaginación… Historias épicas donde los viejos son recordados por siempre, donde los ancianos son sabios y el pueblo entero los llama, pidiendo su consejo, sus palabras reconfortantes. Épicas milenarias sobre pueblos con grandes tradiciones, pletóricos de familias que jamás permitirían el sacrilegio de olvidar a sus ancestros. Entonces el viejo sonríe ampliamente, se recuesta de nuevo, regresa al reino de sus sueños. Ronca plácidamente. Por fin descansa.

El gato se levanta con sigilo para no despertarlo, regresa el libro a su lugar. También barre el piso, lava los trastes sucios; al viejo ya le cuesta mucho cuidar de su hogar. Sale a buscar las flores, las riega, las devuelve a su lugar; el viejo no se explica cómo es que nunca mueren (misterio resuelto). Luego toma con delicadeza la leche que su amigo anciano dejó en un plato, tratando de no ensuciar el piso; el viejo tampoco sabe desde donde llegó este gato tan maravilloso (a quien en su mente felina se le forman edificios japoneses a modo de recuerdos). Y aunque el viejo a veces jura haberle visto dos colas al minino, en realidad no tiene ninguna (nekomata, bakeneko, o simplemente bobtail, ¿quién lo sabe en realidad?). Así han pasado meses: el viejo cada vez más cansado mientras que el gato cada día más útil. A veces suspira de alivio, entre sueños, por haber tenido la gracia de encontrar tan fiel amigo. A veces maúlla de gusto, entre ronroneos, por haber tenido la gracia de encontrar a tan fiel amigo.

Entonces, cuando casi llega la madrugada: hora de levantarse, de salir de ahí sigilosamente, hacia su otra vida… Dicen que los gatos tienen siete vidas pero el nuestro solo posee dos: el viejo y la niña. La niña no sabe que el gato ayuda al viejo, aunque tampoco sabe muchas cosas más sobre él. El viejo no sabe por qué cada vez que despierta el gato no está; no lo imagina seduciendo vilmente a una chiquilla. Aunque tampoco lo imagina de ninguna otra forma a decir verdad.

 

2

 

Una madrugada, de improviso, sin reflexionarlo a fondo, el gato toma un rumbo nunca antes caminado. Sus pasos se continúan como si una fuerza sobrenatural los controlara, caminando lento mientras observa rincones hasta ahora completamente desconocidos para él. Y mientras el antes grotesco, después afable, ahora misterioso felino vuelve a la casa de la ya no tan inocente criatura, se encuentra con otro gato exactamente igual a él. Tan parecido que al principio cree estarse viendo en un espejo. Solo cuando el otro se mueve en dirección contraria para observarlo tan detenidamente como él lo hace, se sobresalta y reacciona ante la realidad.

Sin embargo, antes de que su asombro pueda proferir palabra alguna, escucha que el otro gato le pregunta acerca de por qué se comporta de tal forma: ¿por qué es impropio con una niña que nunca lo pidió, y amable con un viejo con el cual tampoco fue requerido? ¿Por qué no al revés, mundano con el viejo a fin de divertirlo, y tierno con la niña a fin de ayudarle a madurar? E incluso, todavía más allá, ¿por qué no ser amoroso y adecuado con ambos? O más simple: ¿por qué no ser únicamente gato para ambos: no hablar y conformarse con su compañía reconfortante como hacen todos los demás gatos?

—En primer lugar, porque no puedo ser siempre igual. ¿Por qué no puedo serlo? No lo sé. Lo poco que conozco de mi es que estoy bifurcado como alguna vez lo fue mi cola; me comporto de dos maneras sin saber por qué de una, por qué de la otra. Quisiera ser siempre el mismo pero no puedo. Sencillamente no puedo. Razonamiento e instinto no son compatibles, y por ende, no son agradables el uno para el otro.

En segundo lugar, porque me aburre bestialmente ser gato. Recuerdo que alguna vez acepté mi condición animal tal cual era; es más, ni siquiera la cuestionaba: ser gato lo era todo y no era consciente de que lo era. Así es la existencia cuando no nos cuestionamos a nosotros mismos. Pero un día, un hombre desquiciado me atrapó e hizo conmigo cosas terribles que hasta hoy no puedo recordar. Solo sé que desde entonces, ya no me gusta ser gato. Me aburre. Incluso llego a odiarlo. Quiero dejar de serlo y por eso hablo. A veces quiero aportar a los humanos, pero en otras solo pienso en destruir su preciada humanidad. Venganza y adaptación, esas son mis razones.

Por último, ¿por qué vil con la chiquilla y atento con el viejo? ¡Eso justamente es lo que me está enloqueciendo! ¡No me gusta ser como soy! Qué más quisiera yo recitar poemas de amor y ternura para ella: Becquer, Mistral, Sabines. Recibir sonrisas en lugar de orgasmos; ser amigos en lugar de amantes… Pero no puedo. Simplemente no puedo. Y eso me parte el alma constantemente. Por eso huyo hacia la morada del viejo, porque allí, extrañamente, no sé por qué, sí puedo ser como me gusta ser: aportar, ayudar, hasta imaginar. Y estar en silencio por largos ratos… ¡No sé lo que me sucede! ¡Ojalá pudiera saberlo!

El gato llora tres lágrimas amargas. Luego recompone su gesto y enfila con ojos duros, penetrantes, al intruso de sus intimidades. Con la voz más cortante que logra, le espeta el por qué de su pregunta. Entonces éste, el nuevo gato, responde algo increíble para todos: dice que él nunca le preguntó nada, que la voz que nuestro gato escuchó, en realidad provino desde su propio interior. Más bien se cuestionó a sí mismo por sus incongruencias. Y ante esta verdad, nuestro gato reacciona de forma aún más increíble para el lector (e incluso para mi que escribo el cuento): baja la cabeza y agrega que sí, que ya sabía que nadie se lo preguntó pero quería contarlo sin permiso al igual que como entró en las vidas del viejo y la niña: sin que nadie lo necesitara, sin ser solicitado. Pero ya está allí, y ya lo ha dicho, ¿ahora qué hacer?

—¡¿Por qué soy así?! ¿Por qué?… ¿Y hasta cuándo?

—Hasta siempre —escucha nuestro gato sorprendido, solo que ahora sí vio moverse a los labios del otro felino claramente.

Boquiabierto, apenas logra preguntarle: —¿Quién eres? ¿Por qué yo? ¿Por qué a ti?

Entonces el nuevo gato responde algo que nunca olvidará nuestro gato, eso que nunca olvidarás lector, y lo mismo que hasta ahora no he podido olvidar nunca:

—Porque tu y yo somos el mismo gato. Muy en el fondo de ti mismo lo sabes. Y en la profundidad de tu alma, ya lo sabías, pero querías escucharlo para tener la certeza absoluta. Al igual que sabes que sí puedes recordar lo que dices haber olvidado, pero no deseas hacerlo de tan terrible que es. Busca entre tus recuerdos y lo hallarás latente, vivo, aún encarnado: Somos el gato de un talShrödinger,el mismo queescapó de su desquiciadoexperimentoantes de queabrieran la maldita caja, y noshemos quedadomitadvivo,mitadmuerto. Tu eres la mitad muerta del gato, y por eso deseas los placeres de la vida con la chiquilla mientras que cuidas que el viejo llegue a una muerte apacible. Yo en cambio, soy la mitad viva, el cual también se intercambia de casas, solo que en horarios contrarios a los tuyos, llenando de sueños y planes futuros a la niña mientras duerme, mas torturando al viejo con amargos recuerdos de lo que fue y nunca jamás podrá volver a ser.

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