Relato 033 - El ídolo de piedra negra

EL IDOLO DE PIEDRA NEGRA

Es extraño, pero en ocasiones sospecho que lo poco bueno que recuerdo de mi padre son invenciones de mi subconsciente. Que trata de ofrecerme un retrato más noble de lo que nunca fue.

Corría el invierno de 1889. Mi padre recibía la extremaunción. La familia aguardaba impotente a que el Supremo le reclamara a su lado. Yo esperaba el fatídico desenlace sentado en una silla junto a mis cinco hermanas y mi madre. Susan, la mayor, sujetaba las manos pálidas de nuestra madre. El silencio de la habitación era atronador. El reloj de péndulo sonaba con un volumen inusitadamente alto. Como si aquel objeto de madera y latón se estuviera mofando en nuestras narices de lo efímero de la vida.

Y a pesar del acoso pendiente del péndulo, no sabría decir cuánto tiempo transcurrió, sin poder hacer otra cosa que aguardar. Pero finalmente el capellán salió de la habitación. No dijo nada. No hizo falta. Mi padre había exhalado su último suspiro al fin.

Debo confesar que sentí entonces una mezcla extraña y vergonzosa de sentimientos encontrados. El pesar y la pérdida se solapaban con la tranquilidad y el descanso. Soy consciente de lo terrible de mis palabras. Podrían inducir a creer que yo deseaba la muerte de mi progenitor. Más nada más lejos de mi voluntad. Éste particular estado de ánimo por mi parte se explica por los terribles sufrimientos que aquejaron a mi padre durante sus últimos años de vida. Un sufrimiento inquietante, perturbador. Nunca he conocido ningún caso similar, afortunadamente. El mal que acompañó a mi padre atentó contra su cordura y su juicio.

El padecimiento que marcó el principio del fin de mi progenitor comenzó, muy probablemente, al regresar de una peligrosa expedición a África. Mi padre era socio de honor de la Sociedad Arqueológica de Londres. Cuando Charles Darwin presentó su teoría de la evolución al resto de sus colegas, aquella mañana de 1859, mi padre estaba allí. Fue uno de los pocos en los que calaron aquellas ideas revolucionarias. El resto de los miembros de la Sociedad se movió entre el escepticismo teñido de condescendencia y el rechazo frontal a tal pensamiento.

Fascinado por la teoría de la evolución, mi padre colaboró durante casi toda su vida con Thomas Henry Huxley, a quien los periódicos bautizaron como “el bulldog de Darwin” dada su encendida defensa de las teorías de éste. Rara era la velada en que no se recordaba el acalorado debate que el señor Huxley mantuvo en 1860 con el obispo de Oxford. Así pues, mi padre trabajó durante toda su vida codo con codo con el principal escudero de Darwin.

Supongo que empujado por la voluntad de encontrar la prueba, mi padre se embarcó en una expedición al corazón del África negra. Fue en 1866. Yo entonces tenía unos once o doce años. Recuerdo verle partir desde la ventana de mi habitación. Enrabietado, pataleando porqué mi padre se iba de safari como en los cuentos que me leía mi matrona y había decidido llevarse con él a desconocidos antes que a su propio hijo. Claro está que mi padre no iba a cazar leones, pero eso es lo que parecía entonces a mis infantiles ojos: ataviado con los pantalones de explorador, el chaleco repleto de bolsillos y el sombrero color arena.

Mi padre volvió una fría noche de invierno, pocos días después de año nuevo. Había estado fuera de casa unos nueve meses. Nunca había sido muy dado a demostrar sus sentimientos, pero eso tampoco lo convertía en una persona fría y distante.

Hasta entonces.

Algo en África le marcó profundamente. Recuerdo espiar desde las escaleras a mi madre, sollozando en silencio en la sala de invitados. Recuerdo como mis hermanas empezaron a esquivar a mi padre, tratando de no coincidir con él en la misma sala. Lo cual se tornó relativamente sencillo, pues mi padre tomó la costumbre de comer poco y a deshoras. Y recuerdo su rostro ausente, como si su mente todavía estuviera en aquel continente. Mi padre empezó entonces a pasar la mayor parte de su tiempo encerrado en su estudio. Y las pocas veces que lo abandonaba, se aseguraba de cerrarlo siempre con una doble vuelta de llave. Con el paso del tiempo las visitas de sus numerosos colegas, antes de su expedición algo habitual, se fueron reduciendo. Así como las visitas que hacía mi padre a casa de éstos o bien a la Sociedad de Arqueología, rechazando todas las invitaciones que recibíamos en casa en forma de misivas. Hasta que solamente siguió viniendo el señor Huxley, preocupado sin duda por el estado mental de mi padre.

Recuerdo con excepcional claridad la expresión de derrota que vi reflejada en una ocasión en el rostro del señor Huxley, habitualmente severo e incluso intimidatorio, con aquella mandíbula ancha y remarcada por sus enormes patillas peludas. En aquel momento supe que se rendía. “El bulldog de Darwin”, terrible azote de los dogmas religiosos y defensor a ultranza de la ciencia empírica, no podía hacer nada para recomponer al hombre que una vez fue su más estrecho colaborador.

Mi padre fue cayendo en una espiral de dejadez acusada. Llegó a pasar semanas encerrado en su estudio antes de salir furtivamente a la cocina para llevarse algo a la boca. Empezó a evitar todo contacto humano, esquivándonos de igual modo que nosotros habíamos tomado por costumbre hacer con él. Recuerdo con meridiana claridad la ocasión que, indispuesto por la cena, me levanté a media noche para ir al excusado. Al volver a mi habitación, me encontré de repente ante él. Inmóvil en lo alto de la amplia escalera de mármol, su figura encorvada se recortaba contra la luz de la luna que entraba por el ventanal del primer piso. No pude ver su rostro debido al contraluz, pero sin ningún tipo de duda me miró fijamente durante un largo tiempo antes de dar media vuelta y salir corriendo para encerrarse de nuevo en su estudio.

En cierto modo, mi padre se estaba asilvestrando, como en aquel cuento infantil del niño criado por los animales de la jungla. Desde su retorno había iniciado una regresión en su conducta, perdiendo con el paso de los meses todo lo propio de un ser culto y civilizado. Poco a poco fue como si no nos reconociera, ni a mi madre, ni a mis hermanas, ni tampoco a mí mismo.

Pasaron los años, y aunque parezca mentira, nos fuimos aclimatando paulatinamente a la excentricidad de aquel hombre que vivía encerrado en lo alto de la casa. Mi madre mandó traer a médicos reputados, pero mi padre los echó escaleras abajo a empujones y maldiciones incomprensibles. Incluso mordió al último médico que se atrevió a visitarnos. No recuerdo la fecha exacta, pero sé que a partir de un cierto momento el servicio empezó a dejarle la comida en un carrito, delante de la puerta de su estudio. Él pareció conforme, pues devolvía los platos vacíos. Y mi madre, al no verle, no arrancaba a llorar de pena como antes. Supongo que ella mudó su dolor a un padecimiento sordo, más íntimo y menos expresivo.

Hasta que, muchos años después, después que yo me licenciara con honores en Harvard, las fuerzas le fallaron y en un momento de repentina lucidez, como si volviera a ser el mismo hombre de siempre, le pidió a mi madre que quería ver a un cura.

Entonces mi madre tuvo la certeza que se estaba muriendo. Ella y todos los demás. Y creo que aquel momento, cuando mi padre la llamó por su nombre, mi madre reconoció en aquel desarrapado al hombre que había amado. Fue como si ambos se rencontrasen entonces, después de tantos años. Como si mi padre hubiera regresado de su fatal expedición a África en aquel preciso instante, y no veintidós años atrás.

Mi padre murió. En el entierro, del que no comunicamos a nadie, ni tan siquiera a su antiguo colega, el señor Huxley, el sacerdote colmó los corazones de mi madre y mis hermanas con palabras de esperanza.

Más no pondría la mano en el fuego por la naturaleza de las lágrimas de ninguna de ellas.

Una vez enterrado quien fuera mi padre, me vi en la obligación moral de purificar el lugar donde se había recluido durante las últimas décadas de su vida. Me hice con la llave del estudio, y mientras mi madre y mis hermanas estaban reunidas en el comedor, en torno a un silencio adulterado, me dirigí al mismo. Subí a la última planta, apoyándome en el pasamano a cada poco. Llegué hasta la puerta oscura, introduje la llave en la cerradura y giré el pomo.

Una penumbra recargada y un olor amargo y repugnante me dieron la bienvenida. Me interné bajo el dosel de la puerta, procurando no tropezar con los bultos repartidos por el suelo que intuía en la semioscuridad. Logré cruzar la estancia, conteniendo las arcadas que me producía aquel penetrante olor, y llegar hasta las gruesas cortinas del fondo. Las descorrí, y la luz gris de aquel día mortecino logró entrar a través de los sucios cristales. Forcejeé con el cierre de la ventana, hasta que por fin conseguí que cediera, y la abrí de par en par.

Un frío viento me estremeció, y de repente escuché un golpe seco a mis espaldas que me sobresaltó. Me giré rápidamente, sólo para ver que la corriente de aire había cerrado la puerta con una sacudida. Sonriendo por lo ridículo de mi reacción, fui a abrir de nuevo la puerta para asegurarme que el estudio se ventilaba en condiciones.

Pero algo, como no había visto jamás, captó mi atención. Allí, en el centro de la gran mesa de caoba que empleaba mi padre para realizar sus labores, había una extraña e inquietante figura. Me acerqué a ella poco a poco, como si me estuviera acercando a un animal salvaje y quisiera evitar que saliera huyendo. Me acerqué más y más. Mi incliné para verla mejor. Se trataba de alguna especie de talla hecha en una extraña y pulida piedra negra.

Tenía forma vagamente antropomórfica, si bien la cabeza resultaba desproporcionadamente grande. Debía tratarse de algún tipo de ídolo pagano. Mi padre debió encontrarlo durante su última expedición del África. Desconocía qué relación podía tener aquel objeto con la teoría de la evolución que mi padre buscaba reafirmar cuando partió de Inglaterra. A fin de cuentas, yo me había decantado por las ciencias matemáticas, rompiendo la saga familiar.

Me fijé en aquel rostro extrañamente cincelado, y sentí como si me escudriñara el alma. En aquel momento, perdí la noción del tiempo y del espacio. Mi mente estaba como sedada, y no veía más allá de aquella turbulenta figura. En la lejanía, empecé a oír el sonido rítmico de los tambores, más allá de la negra jungla bajo el ignoto océano de estrellas...

Conseguí romper el hechizo a duras penas. Cogí el primer trapo que encontré por el suelo y cubrí el ídolo a ciegas, sin valor para volver a fijar mis ojos en él. El ambiente de aquella estancia era opresivo. No en vano mi padre había pasado allí dentro veintidós años prácticamente completos. El olor acre de cerrado y senectud extravagante me enturbiaba los sentidos.

Di una pequeña vuelta por el estudio, con cuidado de no pisar ninguno de los papeles que había dispersados por la moqueta. Aquello estaba hecho un desastre. Al fondo de la habitación estaba el gran escritorio, lleno de objetos extraños y exóticos, en cuyo centro destacaba el ídolo pagano, ahora convenientemente cubierto. A la derecha se encontraba una serie de robustas librerías con vitrinas, llenas de libros, pero desordenados como si hubiera pasado un vendaval. Había libros en el suelo, lanzados de cualquier manera, como si mi padre hubiera esperado que, arrojándolos a los pies del mueble, se fueran a guardar solos. También había algunas vitrinas abiertas y un par de ellas con el cristal hecho añicos. Unos cristales rotos sobre la moqueta que ahora, al entrar la luz de un momentáneo claro por la ventana, me saludaban cegándome con un brillo opaco. Suspiré consternado. A saber cuántos años llevaban aquellos cristales en el suelo sin que mi padre tuviera la más mínima voluntad de recogerlos.

Seguí observando el lugar. A la izquierda, cerca del escritorio, había el pequeño balcón que acababa de abrir de par en par. Y junto a éste, un pequeño semicírculo formado por un diván y dos sillones, que mi padre había utilizado en el pasado para recibir a sus colegas. Me percaté extrañado de los restos en el cenicero de plata. Un grueso puro a medio fumar. Es extraño, pensé, pues mi padre no había fumado nunca. ¿Podría ser que aquel puro perteneciera al señor Thomas Henry Huxley y se lo encendiera aquella última vez que vino a visitarle?

Me senté en uno de los sillones, retirando antes un libro con las tapas de cuero muy castigadas y dejándolo sobre la mesita auxiliar. Cerré los ojos, intentando recordar los tiempos en que mi padre era un hombre bueno, curioso como un niño y tan aventurero como Sir Francis Drake. Mi recuerdos de infancia tardaron en aflorar, pero cuando lo hicieron me mostraron bucólicas y hermosas estampas. Tal vez demasiado hermosas como para haber sido alguna vez ciertas.

Abrí de nuevo los ojos, y volví a la realidad. Debía acondicionar el lugar. Me incorporé del sillón y empecé por recoger los cristales rotos del suelo. Después empecé a guardar los libros que estaban tirados por todas partes. En un primer momento intenté guardarlos en su lugar, pero las títulos abarcaban una marabunta de temáticas variopintas: La verdad sobre el abominable hombre de las nieves, Relatos de la Selva Negra, la tierra de los diamantes, Sobre la naturaleza de los pigmeos, El ocaso de la fe en Occidente, Un viaje de ida y vuelta a la India...

Me cansé pronto de tratar de encontrar una clasificación idónea para todo aquello, y sin darme cuenta, mis ojos se desplazaron hacia el escritorio. La estatuilla estaba en su lugar, descubierta, mirándome a los ojos. Sentí de nuevo los sonidos de un mundo primigenio en mi cabeza... Volví a cubrirla con el trapo. La corriente que entraba por el balcón debía haberla destapado. Los tambores se desvanecieron poco a poco en un oscuro pozo de silencio.

Necesitaría el día entero para ordenar todo aquello. Consulté mi reloj de bolsillo. Como me imaginaba, era pasado mediodía. Pensé que más me valía bajar a comer algo y después dedicarme a fondo a la tarea. Me dirigí a la puerta para abandonar el estudio momentáneamente. Pero me detuve junto al sillón donde me había sentado unos minutos antes. Y entonces reparé en el libro que había retirado, el de tapas desgastadas y sin título alguno en la portada. Lo cogí y lo abrí por una página al azar:

 

17 de marzo de 1867:

Mañana partiremos hacia lo que los indígenas llaman «Las puertas del infierno». Me pregunto qué entenderán por Infierno estas gentes ignorantes de Dios. Fue una suerte convencer a Malcolm para que me acompañara en esta expedición. No sé cómo lo hace, pero es capaz de hacerse entender con los nativos. Incluso ha conseguido que nos dejen unas canoas. Si viajamos por río adelantaremos unos preciosos días. A pesar de lo pegajoso de este clima y los mosquitos, gordos como mi pulgar, la expedición mantiene la moral alta. Están convencidos de mi teoría sobre este lugar como el origen de la raza humana. No podría trabajar con otros que no creyeran otra cosa.

 

20 de marzo de 1867:

Ayer perdimos a Wilson. Pobre muchacho. Era el más joven de todos. Según me contó Stuart, que iba con él en la misma canoa, cuando pasamos por aquella zona de rápidos perdió el equilibrio y cayó al agua. Las pirañas se dieron un festín con él, y para cuando logró sacarle del agua, las heridas eran tantas y tan graves que no pudo hacer nada para detener la hemorragia. Rezaré esta noche por su alma.

 

25 de marzo de 1867:

Esta tarde nos han atacado. No hemos logrado ver al atacante, pero lo he espantado disparando una salva contra los árboles de la ribera este. La mala noticia es que un dardo ha alcanzado a Malcolm. Doy por descontado que estaba envenenado. Pero me niego a perder también a Malcolm. He mandado acampar esta noche al otro lado del río. He encendido una pequeña hoguera. El calor le sentará bien a Malcolm. Le he suministrado un remedio a base de corteza de sauce y hojas de coca. Stuart y yo nos turnaremos para hacer guardia.

 

29 de marzo de 1867:

No podemos avanzar más por el río. Stuart escuchó el rumor de la cascada a tiempo. Mañana reanudaremos la marcha a pie. Malcolm está débil, pero se mantiene en pie. Sé que lo conseguirá.

 

El diario de la expedición a África. Pasé la página amarillenta, buscando la continuación de la crónica de mi padre. La siguiente anotación era de una semana después:

 

6 de abril de 1867:

Llevo cuatro días descendiendo por este cráter y durmiendo acurrucado en alguna de las estrechas repisas que me separan de una caída fatal de centenares de metros. Stuart resbaló hace dos días y se precipitó al fondo. Por la noche el cielo brilla con un rojizo sobrenatural. Al principio no encontraba una explicación a semejante fenómeno, pero ahora lo entiendo. De noche puedo ver una fina línea de lava en lo más profundo de la grieta. Son los vapores del volcán. Si entrase en erupción súbitamente, sería mi fin. Pero sé que no será así. Porqué sé que lo que he estado buscando toda mi vida, aun cuando no he sido consciente de ello hasta este momento, reposa allí abajo. En lo que los lugareños llaman “Las puertas del Infierno”.

 

7 de abril de 1867:

Aquí está. Al fin, después de tantos sacrificios, obra bajo mi poder la estatua del Primigenio, el Único. Anterior al Dios judeocristiano, al Buda y a todos los falsos dioses venerados en la India. Le he encontrado. O más bien debería decir que él me ha encontrado a mí. ¿Qué? ¿Cómo dice? Por supuesto. Sí, así se hará. Hace tres días que se me acabaron las últimas provisiones. Con su ayuda, seguro que lo encontraré. El cuerpo de Stuart no debió caer muy lejos de aquí...

 

 

El diario cae de entre mis dedos. Y yo trato de resistir el vómito que intenta abrirse paso hacia el exterior. Caigo en la butaca, desarmado. Mi padre... ¡No, jamás! ¡Es imposible! ¡Una locura! Durante aquella expedición maldita terminó alimentándose de su compañero... Trato de bloquear tal pensamiento, pero imágenes de un horror insoldable me asaltan sin piedad. Me mareo, siento que estoy cayendo, sin nada a lo que aferrarme. He convivido durante toda mi vida con un monstruo. Se comió a Stuart.

Intento rechazar semejante revelación, pero es imposible. Está escrito de su puño y letra. ¿Cómo diablos terminó así una expedición llamada a arrojar luz sobre el origen del hombre?

Hay otro aspecto, tal vez menos escabroso que el canibalismo, pero tanto o más turbador. Las referencias que hace mi... padre. Me cuesta llamarle así, ahora incluso más que antes. Habla de una especie de dios primitivo que encontró allí abajo. Es demencial. Un sinsentido. Estaba desnutrido. Y probablemente también enfermo. Pasó varios días en ese volcán, aspirando azufre constantemente. No hallo otra explicación lógica a semejante sinsentido. No puede haberla.

Me debato entre salir de aquel lugar maldito antes de verme aún más trastocado o proseguir la lectura de aquella confesión de locura. No lo entiendo, y pretendo encontrar el sentido de esas anotaciones demenciales leyendo todavía más, aún a sabiendas que nada bueno encontraré en ellas.

Y finalmente el miedo a no saber se impone a mi sentido común.

En el resto de entradas parece como si mi padre estuviera siempre acompañado por ese dios suyo. Estaba loco. Por completo. No puede ser de otro modo. Me percato, por la escasa luz que entra por la ventana, que la noche está cerca. El Sol se inclina ahora sobre las colinas, tintando el cielo de un tímido violeta. Mientras, yo fuerzo la vista tratando de sacar alguna explicación de este demencial diario.

No encuentro el sentido a las aparentes conversaciones que parece mantener mi padre con ese ser a lo largo de las distintas entradas. Es difícil si mi padre habla consigo mismo con su dios. O quizás sean lo mismo. Ese ídolo maldito que halló en lo más profundo e ignoto de África… y que se trajo a casa.

Qué estúpido que he sido. Lo he tenido delante de mis narices desde el principio. De pronto, siento como si alguien me acariciase el cuello por detrás. Un perturbador escalofrío me recorre el cuerpo, y la puerta del estudio se cierra. Sin portazo, sin escándalo, pero se acaba de cerrar aislándome del resto de la casa.

Mi padre se trajo aquella cosa de África, y ha estado todos estos años conviviendo con ella. Aquí, en esta habitación en la que me encuentro ahora mismo.

Solo.

Lentamente, temiendo lo que sé que me voy a encontrar, giro la cabeza. Muy poco a poco.

Y aquí está. En el mismo lugar donde lleva reposando más de veinte años. Donde lo colocó mi padre a su retorno con desquiciada devoción. Mofándose de mis intentos de cubrirlo con un simple pañuelo.

El ídolo de piedra negra me mira fijamente. Y sabe, igual que yo sé en este preciso instante que, ahora que mi padre ya no está, yo le pertenezco.

 

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