Relato 032 - El Horror en la catedral

Lentamente, voy recuperando la consciencia. Y al hacerlo, desearía no haber despertado jamás. Lo último que recuerdo es que intenté suicidarme.

El techo. Bajo, viejo y agrietado. No es mi techo. No es ninguno que reconozca. Alguien debió encontrarme a tiempo. Me trajo a este lugar, vendó mis muñecas y me metió en esta cama. Alguien que todavía tiene fe en la humanidad. Idiota.

Me incorporo lentamente, por miedo a que me asalten oleadas de náuseas. Dentro de mi vigente estado de debilidad, soy consciente de lo absurdo de mi preocupación, puesto que hace unas horas he intentado poner fin a mi existencia abriéndome las venas con unas tijeras de cocina. Una vez sentado en la cama y con la espalda apoyada en el cabezal de hierro forjado, contemplo la estancia. Es minúscula. Apenas cabe la cama que ocupo y una mesita sencilla de madera de pino sobre la cual prende una vela que ilumina todos los rincones. La vela es en realidad un cirio, de esos que encienden las ancianas devotas tras confesarse. Las paredes son irregulares, y un crucifijo cuelga sobre el cabezal.

Trato de levantarme, siempre con una mano alargada hacia la cama por si me fallan las fuerzas. Pero consigo sostenerme en pie. Me acerco hasta la puerta. Escucho detenidamente tras la hoja de madera, pero lo único que percibo es un sutil silbido, probablemente una alucinación auditiva relacionada con mi débil estado físico y mental. Me aventuro a abrir la puerta.

Ante mí se extiende un estrecho y oscuro pasillo que sólo conduce a la izquierda. La celda donde he despertado es la última de todas. Vuelvo a entrar y cojo el cirio que prende en la mesita, decidido a explorar aquel lugar desconocido. Nada ganaré esperando en la cama salvo desesperarme todavía más.

Camino unos seis u ocho metros por el pasillo, pasando mi mano libre por la fría pared de piedra. Aquel lugar parece unas catacumbas. El pasillo termina en una pesada puerta de madera provista de un grueso pestillo de hierro. Está entornada, pero no cerrada. La abro unos centímetros, y miro por el resquicio. Está todo completamente a oscuras. Diría que creo ver una columna, pero desde mi trinchera visual no veo mucho más. Abro la puerta por completo y cruzo el arco.

Estoy en una catedral. Solo. A oscuras. No hay más luz en el lugar que la que porto en mi diestra y un opaco haz de luz nocturna que apenas logra traspasar el rosetón violeta y dorado que hay en el otro extremo del templo. Una catedral ya es bastante sobrecogedora de día, como para aventurarse en sus secretos de noche, a tientas, y en estado febril. Y, a pesar de todo esto, mis pies me llevan con paso inseguro hacia adelante, alejándome de mi escondido rincón en pos de investigar aquel extraordinario e inusual lugar.

Camino unos cuantos pasos más. Cada vez con un poco más de confianza. La débil luz de la vela ilumina algo bajo y rectangular. Tengo que acercarme hasta casi poder tocarlo para ser capaz de discernir de qué se trata. Es la primera hilera de bancos de madera. A mi izquierda se encuentra el altar. Así lo creo al menos, a juzgar por mi posición y la ubicación del rosetón. Alzo la vista hasta el alto techo, y acompaño a mis ojos con la vela, como si la insignificante llama pudiera iluminar la bóveda de la nave central. La negrura lo invade absolutamente todo. No veo más allá de unos dos o tres metros alrededor, y la pétrea y elegante columna que tengo más cerca, la única que en realidad diviso, desaparece de mi vista, absorbida por una oscuridad cognoscente. Nunca he creído demasiado en Dios. Ni siquiera en la situación más crítica. Pero en la inmensa oscuridad de piedra que me rodea me parece percibir una presencia superior. Soy consciente que probablemente se deba a la poderosa fuerza de sugestión del entorno. Pero sé, de modo que no puedo explicar con palabras, que  no estoy solo.

Camino lentamente hacia el altar. Apenas distingo su figura, pero consigo advertir los peldaños de mármol que lo elevan por encima del suelo de la nave justo antes de tropezarme con ellos. Pongo un pie en el primer escalón. Ninguna lógica me lleva a adelantar el segundo paso. Ni el tercero. Pero siento que en este punto encontraré algo. ¿El qué? Mi turbada mente no lo sabe. Y quizás tampoco quiera saberlo. Acerco la vela al altar de piedra al tiempo que lo rodeo con una mezcla de curiosidad y lego respeto. Es una enorme losa de granito más grande que la cama en que he despertado. En el centro hay un objeto.

Valiéndome de mi temerosa llama, distingo el contorno de un cáliz dorado. El fuego se refleja en su superficie contrachapada con una promesa de templanza. Pues lo cierto es que lo único que siento de repente es frío. Un frío antinatural que me cala rápidamente en lo más hondo de los huesos. Me inclino sobre el recipiente, tratando de vislumbrar su contenido. Pero la copa está vacía. Pero, ¿acaso pensaba encontrar algo?

Alzo la vista del altar, y mis ojos ven la nada. El vacío. La ausencia de todo. Desde mi posición, tras el altar, como si fuera un cura realizando la transubstanciación del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, estoy alineado con el rosetón cuyos vidrios púrpuras y dorados mitigan la luz de las estrellas. Bajo el mismo, se halla el pasillo central, oculto a mis ojos, cubierto por un manto de opresiva negrura.

En aquellas tinieblas algo me acecha. Agazapado, escondido entre las sombras impenetrables, se regodea en la certeza de que sé que me observa. De pronto como si algo hubiera empezado a funcionar a pleno rendimiento en mi cerebro, tomo consciencia de mi desfavorable posición. Estoy junto al altar, elevado respecto al nivel del suelo, portando la única luz que ilumina aquel templo sobrecogedor. En un gesto irreflexivo, apago la vela, sumiéndome por completo en la oscuridad.

Para ocultarme de lo que me vigila, me sumo en las tinieblas. No es una gran idea. Tan pronto como se extingue la llama, escucho un sonido repugnante. Algo empieza a… arrastrarse. El sonido rebota en el invisible techo abovedado y recorre toda la nave central, multiplicándose en sucesivas oleadas de reverberación que dificultan ubicar su origen. Pero no tengo ninguna duda de su procedencia. El sonido se origina bajo el rosetón, junto a las puertas cerradas a cal y canto de la catedral. Está reptando hacia mí. Algo repulsivo y húmedo, a juzgar por el matiz acuoso que produce al deslizarse por el oscuro suelo de piedra.

Mi corazón bombea tan rápido en mi pecho que abrigo la macabra esperanza de sufrir un paro cardíaco. Pero no obtengo esta dicha. Aquella cosa inhumana sigue acercándose. Bajo el deleznable halo tornasolado que dibuja el rosetón, a medio camino del pasillo central, creo distinguir su contorno. Algo basto, amorfo, que se arrastra lentamente por la piedra, rozando por ambos lados con los bancos de madera que flanquean su recorrido. Intento forzarme a creer que lo que estoy viendo es en realidad un desvarío de mi mente debilitada. Pero no es así. Es demencial y condenadamente real.

La imprecisa silueta que a duras penas atisbo no se corresponde a nada que reconozca. Semejante entidad demencial no puede ser de este planeta. Pero eso no tiene sentido. Es imposible. Y sin embargo, aquí viene, produciendo un nauseabundo sonido que asalta sin compasión las débiles murallas de mi cordura.

Trato de sobreponerme al terror que me produce dantesca criatura, y consigo milagrosamente que mis piernas me respondan. Salto a tientas los escalones, y corro a oscuras hacia el pasillo lateral por dónde he salido a la nave central hace escasamente unos minutos. Busco con frenéticos movimientos la puerta de gruesas tablas. Mientras palpo desesperado en busca del quicio de la puerta, oigo como el sonido viscoso se acelera. Se me acaba el tiempo.

¡Al fin! Mis dedos encuentran la rendija, y la abro con una fuerza nacida del miedo más primario. El miedo a la extinción. La insignificante porción de mi mente que se mantiene aferrada a la lógica me advierte que, muy probablemente, aquel estrecho corredor sea una ratonera. ¿Pero qué otra opción me queda, desprovisto de arma alguna y de la fortaleza mental para enfrentarme a semejante abominación?

Me interno en el angosto corredor, pero antes que pueda cerrar la puerta tras de mí, algo me agarra por el tobillo. Algo cuyo tacto nada tiene que ver con una mano o una garra, pues siento el contacto imposible de unas ventosas. Tira de mí con una fuerza sobrehumana, y me hace caer violentamente contra el suelo. Me rompo la nariz con el impacto. Siento mi propia sangre deslizándose por mi rostro y escociéndome los ojos.

Soy volteado con violencia, y golpeo varias veces más contra el suelo. O contra las paredes o los bancos de madera. No lo sé. Estoy al borde de perder el conocimiento. Esta… cosa va a comerme. Es absurdo. Pero es inequívoco. Lo único que me queda es el triste consuelo de morir a golpes antes de que empiece a arrancarme la carne de los huesos.

Desconozco si todavía sigo despierto o mi subconsciente recrea para mí dicha ilusión, pero unas palabras, vagas y lejanas como si alguien me hablase desde la otra orilla de un lago, consiguen abrirse paso por mis incapacitados sentidos y alcanzar mi maltratada mente:

―Buscabas la muerte. La buscabas egoístamente. Al fin la has encontrado. Pero no vas a morir ni por tu propia mano ni sin utilidad alguna. No. La muerte te alcanza ahora a través de las fauces de Loctakytujr, el amo y señor de los cobardes y los corrompidos.

Mi cabeza apenas entiende lo que me está diciendo aquella voz, proveniente quizás del balcón superior del coro. No tengo la capacidad suficiente para relacionar los sonidos con las palabras correspondientes, y éstas a su vez con el significado pertinente. Y da lo mismo. Todo empieza a carecer de sentido, si es que alguna vez lo tuvo, en el momento en que aquella monstruosidad empieza a succionarme.

No hay luz al final del túnel. Sólo una oscuridad mayor, absoluta y definitiva.

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