Relato 030 - La abuela del pueblo

LA ABUELA DEL PUEBLO

 

Josefina es una chica de diecisiete años que nació en una ciudad importante. Vive con sus padres y dos hermanos mayores que ella. El resto de sus familiares también viven en la misma ciudad. Josefina es la única de la familia que no conoce a su abuela paterna. Vive sola, en un pueblo de montaña de dieciocho casas. La señora Matilde, a si se llama su abuela la del pueblo.

La jovencita Josefina que tiene el deseo de ir a conocer a su abuela, se lo comunica a sus padres, ellos le avisan de las dificultades que encontrara en la casa de su abuela.

Días después, con sus permisos en regla para poder viajar sola, se sube al tren destino a Tardesilla. 12 horas de tren y 2 horas de camioneta, para llegar a su destino. Con su maleta a cuestas, busca la casa de su abuela, le pregunta a una señora.

Por favor señora, ¿la casa de la señora Matilde?

La mujer le indica el camino, minutos más tarde Josefina se encuentra en la puerta, donde vive su abuela. La puerta esta entreabierta, solamente tiene que empujarla.

Abuela… —la llama Josefina.

Volvió a llamarla.

Abuela, soy Josefina, tu nieta.

¡Válgame Dios! qué sorpresa, y tú sola te has atrevido a venir a este lugar, dejado de la mano de Dios.

¿Qué tal está abuela?

Con muchos achaques.

¿Qué quiere decir achaque abuela?

Que me duele hasta el alma.

¡Ah ya entiendo! ¿Toma algo para quitarse el dolor?

Me alivia estar en la cama con un vaso de leche y miel.

Abuela, le voy a dar un abrazo muy grande. Todos los de mi casa me lo han encargado.

Muy bien, yo también te daré uno muy fuerte, por los años que te estuve esperando.

Josefina ya acomodada, guarda en un cajón de un armario, sus enseres. Su abuela está atareada en el huerto, recoge algunos productos para preparar la comida. Josefina, se acerca a ella y le pregunta.

Abuela, no encuentro el cuarto de baño.

Aquí, el único cuarto es donde está mi cama.

¿Dónde hago pis?

¿Hacer… qué…?

Mear… abuela, mear.

¡Ah! Allá, en la cuadra. Ten cuidado con el gallo picón.

Al poco rato, Josefina grita.

¡Ay! Me ha mordido esta cosa con pluma.

Ya te avise que no te metieras con él, ¿dónde te ha picado? ¿Se puede ver?

Abuela, no tiene gracia. La próxima le retuerzo el cuello.

Anda ven, ayúdame a llevar todo esto a la cocina.

Las dos mujeres prepararan el guiso. La puerta de la calle se oye que alguien la está empujando. Una voz femenina saluda.

Buenas, soy yo, Matilde.

Pasa Clotilde, estamos en la cocina.

La señora Clotilde, se queda pensativa. Mientras avanza hacia la cocina dice:

Creía que hoy no vendría Asunción.

¿Quién es Asunción? —Josefina le pregunta su abuela.

Su abuela no le da tiempo a contestar, la señora Clotilde está atravesando la puerta de la cocina.

Buenas tardes, no sabía que tenía visita, hubiese venido más tarde.

Es de la casa, es de mi Aquilino, es la pequeña de mi hijo.

¡Uy! Ya veo, qué buena moza. Todos tus hijas e hijos han subido bien derechos.

La señora Clotilde se dirige hacia Josefina, le pregunta:

¿Mucho tiempo por aquí?

Algunos días. Llegue esta mañana, tengo que conocer el pueblo a fondo y a todas sus gentes.

La señora Clotilde y la señora Matilde se sientan, hablan de sus cosas. Josefina atiende el guisado, prepara una ensalada, en el huerto de su abuela hay buenas y variadas hortalizas.

Abuela, la mesa ya está puesta.

La señora Clotilde se disculpa.

¡Oh, Dios qué tarde! Y yo sin hacer la comida. Me voy, me voy, me voy —por tres veces repitió la frase la señora Clotilde antes de levantarse de la silla.

Al día siguiente Josefina duerme plácidamente. La señora Matilde se levanta de su cama y procurando hacer el menos ruido posible coge su enagua, su saya, sus zapatillas; se dispone vestirse fuera dela habitación. Son las seis de la mañana, las primeras luces ya se ven en algunas casas. El gallo jefe del gallinero de la señora Matilde da los buenos días.

Ki…ri…ki, ki ri ki.

La abuela de Josefina se enfada con su gallo.

Maldito escandaloso, ¿no puedes cerrar el pico por lo menos hoy?

La voz de su nieta se escucha.

Abuela, ¿qué hora es?

Estate tranquila, está amaneciendo; duérmete. No te apures por mí y sobre todo no hagas ningún caso si oyes ruido, espero al lechero y las cantaras hacen mucho ruido.

Bien abuela, voy a ver si cojo el sueño deprisa.

Qué tengas felices sueños. Lo siento nieta, te tenía que haber avisado, ya te irás acostumbrando a la vida de este pequeño pueblo.

Son la 10 de la mañana. Josefina se despierta, se asoma a la puerta de la habitación, no escucha nada, su abuela no está en la cocina o está muy callada, es lo que piensa Josefina. En pijama se asoma por la ventana que da a la calle. Ve, observa, escucha, el movimiento de la gente que pasa por debajo de la ventana. Una chica muy joven está en la puerta de la casa, empuja la puerta, pero no se abre. Josefina la está viendo y llama su atención.

Chi…ss., chica, aquí arriba —la joven alza su vista y ve a Josefina asomada en la ventana.

Josefina la saluda.

¡Hola! Buenos días.

¡Hola! Buenos días —contestó la chica—. ¿La señora Matilde, no está?

Josefina se queda pensativa unos segundos, contestándola y preguntándola al mismo tiempo.

¿Tú debes de ser Asunción?

Sí, ¿cómo lo sabes?

La señora Clotilde, estuvo ayer aquí.

¡Ah, ya!

Espera que te abra —Josefina se pone su bata y baja las escaleras corriendo. La puerta está cerrada con llave. Sube de nuevo a la habitación, desde la ventana le dice a Asunción:

Está cerrada con llave, ¿qué podemos hacer?

En algún sitio hay una copia, busca dentro de cualquier cacharro viejo que tenga la señora Matilde —Asunción de paso le pregunta— ¿Eres parienta de la señora Matilde?

Nieta, soy hija de Aquilino, no sé si lo conoces.

He oído, por bocas de mis padres, alabanzas a la familia Gorgas.

Es una delicia escucharte, te lo agradezco. ¿Y tú de qué familia eres? Te lo pregunto simplemente por mis padres, que me van a preguntar.

Somos los Cansillos —le responde Asunción.

Josefina desde la ventana le dice:

¡Voy! Hay que poner todo panza arriba en busca esa llave.

Cinco minutos más tarde, el ruido de la llave girando dos vueltas. Ahora están cara a cara Josefina y Asunción. Un abrazo de bienvenida se dan las dos adolescentes. Dentro de la casa siguen conversando.

¿Qué actividad tienes que hacer aquí haces Asunción? —le pregunta Josefina.

Ayudar a tu abuela. Tener la casa buenamente limpia, aparte de bañarla, hacerle algunos recados, ya sabes de todo un poco.

¿Te puedo ayudar?

Tu abuela no se enfadara conmigo si te digo que sí.

No te preocupes por eso. ¿Por dónde empezamos?

Vamos a ver si han puesto las gallinas.

¿Tenemos que entrar en el sitio que huele tan mal?

Si, en el gallinero. Lo haremos cuando las gallinas estén distraídas, no sea que nos piquen.

A mí ayer el gallo me dio un buen picotazo. Mi abuela, en vez de compadecerse de mí, se burló.

Asunción se ríe, por la anécdota que le está explicando su nueva amiga Josefina aconsejándola después:

Yo llevo una vara y si se acerca le doy, a tu abuela no le gusta que le pegue.

Un rato después en una cesta llevan una docena de huevos. El primer peligro pasó sin contratiempo para Josefina.

Escobas en mano barrer la casa. Josefina le pregunta.

Oye Asunción te quería preguntar, ¿por qué en las casas no tenéis cuarto de baño o es únicamente en esta casa?

Todas las viviendas son del mismo modo, todas tienen su corral. Lo que hay aquí hay el resto de las casas del pueblo.

¿Cómo os bañáis, os ducháis?

En un barreño. En el verano lo llenamos de agua, lo ponemos al sol y nos damos un buen chapoteo.

¿No hay una piscina cerca?

Lo que si hay son las albercas, pero solo van los chicos. Está el rio, pero no te lo aconsejo; los muchachos de este pueblo son muy pasados, no te dejaran tranquila. Puedes esperar a que vayan las mujeres, puedo preguntar en el pueblo si tienes intención de ir al rio.

Sí, por favor, así podré estrenar mi bañador nuevo.

Ni se te ocurra usar esa prenda en este pueblo. Las mujeres se bañan, con los visos puestos. Aunque no te creas, entran en rio y salen visto y no visto. Caminan más de media hora y allí no están ni cinco minutos.

La señora Matilde acaba de entrar, encuentra a las dos chicas en plena tarea.

¡Uy!, ¿qué veo? Hoy sí que voy a tener la casa como los chorros de oro.

Su nieta cariñosamente la regaña.

Me has dejado encerrada, si no fuera por Asunción…

La abuela sin dejar que su nieta terminase, les dice a las dos jóvenes:

No pensé que hubiese cerrado con llave, hoy estoy muy distraída. Bueno ya ha pasado, si conseguiste que Asunción pudiese entrar, todo arreglado.

Las dos chicas dejaron a la abuela y siguieron con sus tareas. Al rato la señora Matilde llama a su nieta.

Josefina, ven, hay algo que tenemos que hacer esta tarde —su nieta acude a la llamada de su abuela.

Abuela ¿qué vamos a hacer esta tarde?

Salir del pueblo, tenemos que ir a Sanaron.

¿Qué tenemos que hacer allí?

Luego te lo dijo, ahora sigues con lo que estabas haciendo, si termináis pronto podéis dar un paseo Asunción y tú mientras yo preparo la comida. Antes de que me lo preguntes, hoy vamos a comer cachorreñas.

Abuela no me hagas comidas raras. Yo con patatas fritas, huevo pasado por agua, y una buena ensalada, ya paso bien.

Yo los huevos los paso por la sartén, así que te haré dos huevos fritos; pero antes las cachorreñas, que son muy sanas.

Asunción las está oyendo. Se está divirtiendo de lo lindo. Está pasando una mañana muy divertida.

A la media tarde la señora Matilde le dice a su nieta.

Josefina saca a Mercedes, llévala al patio.

¿Quién es Mercedes?

La burra.

¿Cómo quiere usted que la saque? ¿Qué le digo? ¿Mi abuela te espera en el patio?

Ponle a la burra, el cabestro y estira de ella.

¿Qué le ponga, el que…?

Déjalo ya voy yo —le dice su abuela a continuación la manda— Trae los avíos, la manta, las aguaderas y la cincha.

Abuela, me estás hablando en chino. ¿Dónde compro todas esas cosas?

En el portal de Belén —le dice su abuela bromeando, después le dice—Están ahí mismo, junto al gallinero.

Tengo que entrar ahí. Con la manía que me tiene ese asqueroso gallo.

Espero, por tu bien, que no te haya oído; es muy sensible a los insultos.

Las dos mujeres, abuela y nieta, subidas sobre la burra se encamina hacia el pueblo de Sanaron.

Abuela, ¿qué tenemos que hacer en ese pueblo?

Ya has visto que en las aguaderas llevamos cuatros cántaras, dos son para aceite y dos para miel.

¿Para qué tantas cantaras?

Para bañarme en aceite y miel —bromeó la abuela.

¡Abuela! cómo eres, qué cosas me dices. Tienes aceite y miel para dar y vender.

No doy, ni vendo. El año es muy largo en este pueblo. No se puede salir a la calle, todo escasea, tengo que estar preparada. Como las hormigas y tú me vas a ayudar a que no pase necesidad el resto del año.

Sí, abuela, tenemos un mes para preparar todo lo que te haga falta ­—le dice Josefina.

Las dos mujeres permanecieron calladas durante un tramo del camino. Josefina rompió el silencio.

Abuela.

¿Qué… nieta?, me vas a gastar el nombre de abuela.

Estaba pensando que te podrías venir conmigo a la capital durante el invierno, ¿qué te parece mi buena idea, abuela?

Horrible, ¿puede venir conmigo Mercedes?

No, abuela, ¿cómo se te ocurre semejante barbaridad?

En la ciudad no tenéis animales donde os podáis subir y os lleven de un lado para otro.

Tenemos el tranvía, que no come paja —esta vez es Josefina la que bromea.

Durante el trayecto hacia el pueblo de Sanaron, abuela y nieta, se iban turnando en ir subida o andando. La conversación que llevaban durante el viaje se centraba por parte de la abuela. Conseguir suficiente víveres, para poder pasar sin dificultar el crudo y largo invierno. Acarrear leña, en tacos de diferentes medidas, para tener fuego, para cocinar y tener la casa caliente. Todas esas actividades necesitaban tiempo y gente. La señora Matilde entendía que su jovencita nieta le iba a proporcionar poca ayuda por mucho interés que pusiese. Su nieta insiste en que su abuela la acompañe, destino a la ciudad a pasar el invierno. El camino se les hizo ameno. En ocasiones otros transeúntes les hablaban y establecían una conversación variable. Se conocían de años de convivencia de los alrededores del pueblo. La señora Matilde aprovechaba para contratar gente que le ayudase, en todo lo que le iba diciendo a su nieta que le hacía falta para no pasar apuros durante los largos meses de invierno. Su nieta está comprobando que la gente, la aprecian, la quieren, la respectan y eso la llena de orgullo. Aunque no se le va de la cabeza intentar que su abuela viaje con ella a su vuelta de las vacaciones.

Ya en el almacén la señora Matilde habla con uno de los dependientes. Josefina está repasando visualmente las tinajas repletas de miel, barriles de vino, cantaras de aceite. Una señora se arrima a ella y le pregunta.

Tú no eres de por aquí, ¿de quién eres?

Josefina contesta con su sonrisa en sus labios.

He venido con mi abuela, está allí con aquel señor de la bata blanca —le señala Josefina.

La mujer mira y dice:

¡Ah!, si ¿eres nieta de la señora Matilde?

Si señora —contesta Josefina.

Tu abuela está ajustando.

Josefina no entendió lo que la mujer le dijo. La mujer se fue y Josefina se queda con las ganas de saber lo que le había dicho.

Eran cerca de las 12 de la noche, cuando entraban en la casa. Se habían entretenido más de la cuenta. Descargaron al animal y se fueron a dormir.

Mañana será otro día —le dijo la abuela a su nieta.

Pasaron los días, haciendo las mismas cosas rutinarias. Josefina está sentada en el suelo, su espalda descansa apoyada en la pared de la casa, la que da al patio; se ha subido su vestido a la altura de sus muslos, pretende que sus piernas tomen el sol. Su abuela está ocupada en el huerto. Unos golpes llamando en la puerta se oyen. La señora Matilde le dice a su nieta.

Ya voy yo —Josefina sigue tomando el sol, no escucha nada, su abuela no vuelve por lo que decide averiguar que está pasando. No hay nadie en la puerta, ni en la calle, se mete para dentro otra vez.

Desde el corral su abuela la llama.

Josefina, ¿dónde estás?

Su nieta la contesta preguntándola:

¿Abuela cómo has entrado? Si no te ha visto.

Por la puerta falsa, anda ven, que tenemos que vaciar el tractor que hay fuera, lleno de maderos.

Era la primera vez que Josefina veía la llamada puerta falsa que estaba al final del corral. Durante tres horas acarrearon y apilaron los leños. Aquella mañana para Josefina fue un día duro.

Algunos días más tarde están sentadas en el patio la señora Matilde, Josefina y Asunción. Juntos a ellas tres, un cesto lleno de tomates; los están partiendo y llenando los botes para hacer tomate en conserva. La señora Matilde tiene previsto almacenar en conservas varios productos de su huerto, en los inviernos el huerto se hiela.

Ya había pasado veinte días desde la llegada de Josefina al pueblo. Aquel día no había actividad que hacer en la casa. Josefina pensó en escribir a sus padres, le pregunta a su abuela.

Abuela, estoy pensando en escribir a mis padres, que me manden el dinero para la vuelta, ¿quieres qué manden también para ti?

Su abuela la contesta secándose el sudor, estaba limpiando el gallinero.

No les digas nada. Yo no puedo moverme de aquí. Hay mucho trabajo que hacer, los animales necesitan que los atienda y ahora que tenemos los pollitos mucho menos, además la cerda está a punto de parir.

Bien abuela, solo era una idea, no insisto más.

Josefina coge papel, pluma y un tintero medio vacío. Los pequeños polluelos se acercan a ella, con sus pequeños picos picotean sus dedos de los pies; ella los coge, los acaricia y los manda con sus madres.

Vamos, marcharos con la abuela, allí hay gusanos para picotear, no mis dedos.

Hola mamá, hola papá,

¿Qué tal estáis? Por aquí marchamos bien. La abuela con sus achaques, lo mismo que mama, pero está bien. No para de trajinar todo santo día, desde que se levanta hasta que se acuesta. Una vecina llamada Clotilde viene a visitarla casi a diario, se sientan las dos y hablan de sus cosas; es el único rato que la abuela está descansando. También le viene una chica a hacerle la limpieza de la casa. Se llama Asunción, es de la familia de los Cansillos. Me dieron muchos recuerdos para vosotros. Los del pueblo ayudan a la abuela en lo que pueden; ella los obsequia con dulces, huevos, les presta a Mercedes, es una burra, si alguien tiene que traer algo pesado. En fin ya os contaré más cosas, cuando este ahí. Acordaros, solamente me quedan cinco días.

Josefina se despide de sus padres y le dice a su abuela:

Voy a echar la carta, abuela.

No tardes, tenemos que hacer la comida.

 

Siete años más tarde…

El uno de julio de 1964 nace el primer bebé de Josefina. En la habitación su marido y demás familiares. Le han traído flores, bombones, regalos. Su madre, la señora Enriqueta, se hace cargo de los regalos. Están entusiasmados con la recién nacida. Están pasando la tarde muy felices en familia. La enfermera les avisa que el tiempo de visita ha terminado.

Por favor, abandonen la habitación, la madre y su hija tiene que descansar.

Los presentes abandonan la habitación sin prisas. Josefina se queda sola con su hija. Alguien abre suavemente la puerta de su habitación. La enfermara había entornado las contras de las ventanas la habitación y está había quedado medio oscura. Josefina se figura que la enfermera se ha dejado algo y ha entrado a recogerlo y no hace caso de los pasos que se están acercando a ella, un beso en su mejilla recibe Josefina, un grito salido desde su corazón.

Abuela…

Las dos mujeres estrecharon sus pechos abrazándose. Con sus ojos llorosos la señora Matilde le dice a su nieta:

No estaba dispuesta a que mi bisnieta tardase otros diecisiete años en venir a visitarme. Hoy me he adelantado yo.

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