Relato 029 - Rafael

De qué otro modo describir el contraataque a una ansiedad que nace de cualquier insignificancia, de la nada.

Julio Cortázar. “Cefalea”

 

No puedo evitar inquietarme si el teléfono móvil conecta a la red sin que yo lo decida; mi piel se eriza al ritmo de las ondas del indicador al activarse y se contamina de un vértigo de vagones precipitándose por una montaña rusa.

Sin duda, en algún recóndito rincón del menú de ajustes está activado un tic automático, una pequeña raya verde en ángulo, confinada en un cuadradito, que aleja la tentación de caer en explicaciones sobrenaturales. Pero como no dispongo de tiempo para bucear entre opciones y carpetas y dar con la clave, sucumbo al placer de las interpretaciones misteriosas, o a la ancestral necesidad de amarrar aquello que supera la capacidad de aprehensión de los sentidos primarios, esos que trajinan por las lindes de los acontecimientos comunes.

De todos modos, Rafael, llevo semanas que me puede el sentimiento; tú mejor que nadie sabes que me alcanzan días (en especial cuando la luna se hincha como un pandero de plata) en los que rindo la voluntad a los azares, días que maniatan la fortaleza y me ofrecen indefenso al capricho de los leves, de los insignificantes e incontables detalles cotidianos. Destellos menudos que apenas despiertan nuestra atención, filigranas ínfimas del devenir que derrumban los diques que aprisionan la lágrima, y traspasan la frontera del cuerpo y hieren el alma sorprendida y desnuda.

Recuerdo, en el pasado, cómo te gustaba que te hablara de estos instantes desvalidos en que se desvestían sin miramientos mis defensas; en muchas ocasiones dudé si ello te hacía sentir superior, aunque, en el fondo, creo que el placer que sentías demostraba ese deseo tuyo de siempre por cuidarme, por evitarme sufrimientos.

Ahora sé que nunca me olvidaste. Después de tantos años, ayer en la mañana, amigo mío, la pantalla del teléfono, de repente, se iluminó, haciéndome saber de ti de nuevo con apenas un puñado de palabras tan escasas como preocupantes: «Malas noticias, llevo ingresado una semana. Te necesito»

Al facilitar tu nombre y, tras unos minutos interminables, la voz metálica al otro lado de la línea me confirmó —con una desgana y lejanía exasperantes— que ocupabas una habitación individual de una pequeña clínica en las afueras de nuestro antiguo barrio. Pobre Rafael, malherido vuelves a mí y a los territorios que recorrimos juntos de niños; querido amigo, regresas, por un capricho del destino, al escenario inolvidable de nuestra juventud.

Con el paso de los años, sorprende el modo en que desaparecen el vértigo y el asombro ante los espacios cercanos y la cadencia de un tiempo que fluía con extrema lentitud durante la niñez; se conoce que el inexorable avance de las manillas pone hora a la curiosidad, convirtiéndonos en colonos acomodados, ajenos ya a la exploración incansable y el tránsito continuo.

Presiono el botón del equipo y las notas lejanas de piano de Tayzee Nubb de Califone hacen aún más fantasmales estos primeros compases del día, los desestructura sin dejar que engarcen sus anhelos por formar parte de la realidad. Los críticos dicen que su música desprende algo elemental y primitivo; es cierto, créeme Rafael, la melodía se abre paso distante y misteriosa, alimentando la emoción que siento al saber que no tardaré en reencontrarme contigo.

Desde el dormitorio distingo el borboteo de la cafetera y, como siempre, creo escuchar los menudos sonidos que Vera producía al disponer sobre la mesa todo lo necesario para el desayuno. Aguardo unos instantes y nada más que un silencio obstinado acompaña mis pasos camino de la cocina.

Cualquier día hará seis años (los mismos, querido amigo, que ya te echo en falta) que Vera me dejó, llevándose consigo cualquier vestigio de su existencia; desde entonces, registro minuciosamente cada rincón de la casa, convencido de hallar por los cajones algún rastro de su aroma, confiado en percibir el tintineo de un leve entrechocar de platos y tazas en los armarios. Silencio, permanecí en silencio la mañana en que sus ojos se nublaron al admitir que llevaba tiempo pensando abandonarme. «Siento que el amor por ti me ha desocupado», confesó entre lágrimas. Sus palabras, sin embargo, ocuparon todos mis territorios de dolor habitables, y abrieron un profundo abismo que perduró durante los meses siguientes hasta su marcha, epilogo estéril a una separación anunciada. Tal vez ahora, querido Rafael, podrás decirme qué fue de ella, de su cuerpo, tan a menudo rendido a mi deseo, de sus manos, pugnando por abrirse hueco entre mi pelo, con aquel jugueteo delicado de sus dedos con el que solía doblegar cualquier reticencia de mi carne. En realidad, amigo mío, no la culpo; ciego de rencor, fui incapaz de retenerla y, en algún momento, simplemente me rendí, me abandoné al temor por lo desconocido, negando una y otra vez sus suplicas de cambio.

Café y algo de pan tostado suelen acompañarme en la mañana. Y calmantes —fichas de colores sobre un damero completamente blanco— que alivian, a duras penas, esta obstinada ansiedad que ni falta ni olvida presentarse con las primeras luces del alba. Promete recordarme, querido amigo, cuando dentro de unas horas mitiguemos esta tozuda distancia que sufrimos, que de una vez por todas me desprenda de los frascos que tapizan los estantes de la cocina; como si de una plaga se tratara, se extienden feroces y avanzan, colonizando la encimera, y en su desaforada conquista, tras sus finas paredes traslucidas, abrazan todo aquello que encuentran en su camino. Presiento que preservo en ellos los despojos de las esperanzas que se me mueren a lo largo del día. Y no quiero más cadáveres, me basta con el mío.

Ojalá, Rafael, que alguien vele tu cama en estos momentos difíciles; tal vez, a diferencia de mí, aún conserves el amor de Octavia. Pese a tu enojo, recuerdo que a primera vista me desagradó su aspecto; el timbre acerado de su voz y un azul frío en la mirada me repelieron desde que apareció por el barrio de manera repentina, aunque mi debilidad y un extraño magnetismo me llevaron, en principio, a desearla con una pasión que más tarde desembocó en un temor incomprensible. Vera y ella, por el contrario, nada más conocerse, congeniaron de inmediato, y era habitual, ¿recuerdas?, comprobar como su complicidad a menudo concluía en un intercambio de roces y caricias que encendían nuestro deseo en un juego fronterizo de carnalidades prohibidas. «Qué buenas están», susurrabas, acercando tus labios a mi oído.

Esta tarde, tras salir de la oficina, por fin rellenarás el reiterado vacío al que parecía condenado mi abrazo, desterrarás definitivamente el anhelo y la ansiedad que ya creía vencedoras en la extensión de mi alma. Y sé, estoy seguro de que, aun enfermo, calmarás esta desazón que hace naufragar a cada paso el rumbo destartalado de mi vida. Cómo echo de menos la protección de tu brazo sobre mi hombro, compañero. Me vas a perdonar, querido Rafael, que por unos minutos te aleje de mis pensamientos; el pan humea en la carmela (1) igual que un mártir al que atormentan sobre las brasas; me pide ayuda —herido— para que lo salve de una muerte infernal y segura. Lo pongo a salvo y estoy contigo.

La muerte de Consuelo, tu madre, sorprendida por una violenta hemorragia que no fue capaz de superar, me sumió en una profunda tristeza; me cuesta olvidar tu rostro y el de Octavia, ausentes e inexpresivos, contemplando su cuerpo inerte, rodeados por el terrible lienzo, teñido del rojo intenso de su sangre, en el que se habían convertido las paredes de la acogedora sala de estar. Aunque frágil y menuda, quizás, de entre todas, era la madre que con más fuerza anunciaba la hora del bocadillo; a eso de las seis, todas lo hacían, como un coro entrenado que entonaba una afinada y exigente letanía que alertaba del inminente comienzo de nuestro programa favorito de televisión. Era entonces cuando los escenarios del juego quedaban vacíos, salpicados de ausencias, huérfanos de los actores que segundos antes componían una perfecta sinfonía con chapas, peonzas y canicas. Años antes, sabiendo del inicio de mis prácticas en arqueología —¿te acuerdas aún, querido Rafael?—, reía con la risa franca y clara que sólo a los limpios y los puros les está reservada. Y exclamaba en la lengua de su tierra, con una mezcla de inocencia y temor: «Rapaz do demo, anda facendo buratos na terra ¡vaise acabar o mundo!» (2)

Sin embargo, resultó ser la vida de tu padre la que fue acabándose después de aquello; sin apenas hablar, se consumió como la llama de un candil que sacas afuera para alumbrar las costuras de una noche sin luna, y por más que procuras proteger con el hueco de la mano, va dejándose vencer y comienza a temblar de oscuridad hasta formar parte de ella. Una madrugada de enero, blanca de helada, lo encontró desplomado en el terrazo verde marino del baño; después de escorarse, su cuerpo quedó encallado definitivamente sobre las baldosas, igual que un viejo mercante sin ganas de hacerse más a la mar, hastiado de salitre, corrientes y mareas.

El intenso frío y el rigor de la muerte hicieron casi imposible aflojar la presa de unos dedos crispados que atenazaban algo con desesperación. A duras penas, el personal sanitario pudo soltar por fin de aquella garra, en la que se había transformado su mano izquierda, una vieja fotografía que nos tomaron a los dos de niños; yo la conocía bien, de hecho, creo que conservo todavía alguna copia en la caja de camisas con todas las demás de los años en que fuimos inseparables. Bajo las moreras que entoldaban el campo de tierra donde solíamos jugar improvisados partidos de un futbol primitivo, aparecíamos exultantes. Cerca de mis pies, el disputado balón de cuero; en mi cara, la sonrisa amplia y desafiante de los vencedores. La tuya, idéntica a la mía en aquel momento de triunfo, había desaparecido, sólo yo la eché de menos bajo el enérgico trazo de un rotulador que había desgarrado la extensión de papel donde antes aparecía tu rostro rebosante de felicidad.

Ya no volví a verte; ni siquiera, añorado amigo, abrazaste por última vez a tu padre el día del entierro. La fosa, rodeada de un triste grupo de sombras desvaídas, iba rellenándose entre borboteos, con el caudal incesante de una fina lluvia que iba empapando el abrigo verde de lana que tantas veces compartimos. Entonces recordé cuánto amábamos intercambiar mensajes enterrados en el descampado que se extendía a espaldas del colegio; textos cifrados, pequeños tesoros, cromos imposibles componían un peculiar lenguaje secreto que hacía que nos sintiéramos especiales, como los intrépidos comandantes siderales que, a veces, imaginábamos ser, sentados a oscuras en el pasillo de tu casa, ante las luces palpitantes de la pequeña consola del Electro L. (3)

Con el sonido amortiguado pero espantoso, aún en mis oídos, de la caja golpeando la tierra encharcada, salí con determinación del cementerio, aliviado al dejar atrás el dulzón y penetrante aroma de la muerte, convencido de que no te habías ido sin antes despedirte de mí de alguna manera.

Cerca del vertedero de escombros, a un paso del exiguo riachuelo que discurría tranquilo, marcando los límites de aquel paraje desolado, observé un diminuto montón de tierra húmeda. «He aquí, Rafael, tu ofrenda de despedida», pensé con una mezcla de emoción y tristeza, mientras inclinaba mi cuerpo hacia aquella tumba en miniatura. A modo de losa, un pedazo de vidrio de un ámbar descolorido sellaba la oscura oquedad en la que descansaba, en el interior de una caja de madera, un pequeño rollo de papiro y un par de canicas tornasoladas que, ignorando mi veneración por ellas, me ganaste limpiamente en un mal día de juego.

Con delicadeza, desplegué entre mis manos el frágil cilindro, y reconocí de inmediato los trazos angulosos de tu caligrafía; la agitación impregnaba un ramillete de líneas en latín en las que «sanguis» (4) era la palabra más repetida. Cómo anhelabas, amigo mío, para mi desconsuelo, convertirte, al fin, en un igual de la extensa familia patricia de tu amada. Al amparo de su protección y satisfecho el sacrificio de vida que tu iniciación demandaba, emprendías viaje, en compañía de Vera y Octavia, hacia una lejana institución, perdida en los territorios de la antigua provincia romana de la Dacia, donde os aguardaba el misterio de la inmortalidad.

Ahora entiendo, Rafael, tan próximo ya el momento del reencuentro, el sentido esquivo del anuncio de tus últimas palabras, desdibujadas sobre la rugosa superficie amarilla: «En mis manos, la caricia, el abrazo en mi pecho, la vida de nuevo sabrá hallarnos en los caminos»

Ya voy, querido amigo, no te impacientes. Estoy dispuesto; sí. Me encamino hacia ti a entregarte la ofrenda de esta sangre agotada que ya apenas me sustenta, y que ansía calmar tu sed y sanar la agonía de ambos.

¡Qué ardiente deseo, amado Rafael, de veros a los tres de nuevo, y besaros, y abrazaros para siempre, por los siglos venideros!

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    1. (1) Utensilio de cocina parecido a una parrilla, pero con los bordes y el fondo ondulado, que sirve para tostar o asar.

    2. (2) «Muchacho del demonio, anda haciendo agujeros en la tierra… ¡se va a acabar el mundo!»

    (3) Juego de electricidad aparecido en los años setenta. Con el lema: “La electricidad al alcance de los niños” permitía realizar experimentos eléctricos gracias a la incorporación de pequeños motores, zumbadores o bombillas, que se montaban sobre una consola de color anaranjado.

  1.  

  2. (4)Sangre

  3.  

 

 

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