Relato 026 - Universalia

UNIVERSALIA

 

Fantasmas bajo las estrellas.

Soy Elesban, miembro del equipo élite de exploración en misiones riesgosas. Tengo un montón de títulos que no perderé tiempo en pronunciarlos. Bueno, antes me llamaban Ely, y esta es mi última noche en este planeta de muerte; la antigua Tierra. Éramos cinco, vinimos en una misión algo complicada en busca de agua, pero el maldito planeta está más seco que mi garganta y no tiene remedio, pero mi garganta si, pues acabo de encontrar una botella de buen vino en una vieja nave abandonada. El sol se ha hundido tras los secos arenales, manchando la tierra con un color rojo sangre; del color de este vino. Ahora la noche avanza hacia mí, devorándolo todo sin piedad. Las estrellas se asoman una a una observando con risible sarcasmo mi deplorable situación, y han pasado siglos desde que las cubriera alguna nube

Hoy enterré al idiota de mi último compañero, que era un excepcional jugador de ajedrez, lástima no me queda más que hacer. Palee desde la mañana hasta la tarde, hasta que el cuerpo se me entumió. Una vez terminada mi penosa labor, una vez hube arrojado sobre su cabeza la última palada de este maldito polvo seco, entonces me puse en pie y maldije sobre su sepultura. Todo ha sido culpa suya, él creía que aún había agua en algún rincón del subsuelo. La última gota de agua que tenía se la di de beber antes de morir, un desperdicio, pero igual se me terminaría. Vinimos aquí por su culpa, y fue culpa suya que no nos marcháramos de aquí cuando aún podíamos hacerlo. Después de esto mi cuerpo solo será un buen banquete para la vida que nacerá de mi carne maltrecha, hasta mi alma la devorará algún espíritu sediento de un poco de luz; de esos que merodean por la oscuridad. Maldije una última vez a mi excompañero por haber utilizado en una última esperanza el combustible de la nave en la excavadora, según él había localizado agua, que estupidez; solo había un tipo nuevo de mineral ácido. Y ya me cansé de pedir auxilio a través de señales que no llegan a ningún lado.

Me rindo. Yo he cargado un arma con pólvora, de esas reliquias antiguas de la Tierra. Me he estado empinando la botella de vino, cuando se me termine, usaré el arma. Me quedaré aquí, sentado, pensando en voz alta mientras contemplo las estrellas o ellas a mí. Beberé mi vino y miraré a los fantasmas que se acercan reclamando mi alma. Beberé mi vino y recordaré el sonido del mar que nos fue robado, cuando sólo era un muchacho que soñaba con las estrellas. Se me terminó el vino…

 

—Esta grabación fue del último humano vivo sobre el plantea –dijo Arubis, un ser algo más energético que físico, miles de años después de Elesban.

—Vaya final —comentó Ardán mientras exploraban el planeta donde apareció el Hombre —así es, vaya final. Se sumergieron en una esfera volante, y continuaron reconstruyendo el pasado de una civilización antigua del universo; una civilización extinguida.

 

 

Luces bajan del cielo.

Aquél día las luces bajaban del cielo, como si la Tierra fuera un imán de estrellas, y todas venían hacia acá. Llegaron en grandes cantidades y diversas formas; yo las esperaba. Los pequeños círculos plateados eran una especie de exploradores del mundo, las ovaladas eran naves de táctica ágil, aquellas que se adentran en la batalla y, las enormes oscuras, eran la muerte; armas de destrucción con enormes tanques vacíos que regresarían llenos.

Había concluido mi misión y ahora tocaba ser tachado de traidor por la humanidad, más no por la mía, si no la de los humanos, pues yo soy un Akraniano. Vengo de una enana roja del otro extremo de la galaxia, aunque el camino fue corto, pues logramos doblar el universo cual hoja delgada, y pasar a través de sus venas y filamentos de gases que crearon el agujero de gusano.

—Akraniano ¿qué diablos significa esto? —preguntó mi amigo, el representante y comandante en jefe de las relaciones entre Humanos y Akranianos.

Los ojos negros de Alaín se encontraron con los míos, que eran el doble de grandes que los de los humanos y de un color gris oscuro, cuestión de elección de ADN, el cual era espantosamente parecido, aunque veníamos de Bichos diferentes.

—Alaín, significa que tomaremos algo que necesitamos para nuestra sobrevivencia; nos llevaremos la mayor parte de su agua. Da la orden de resignación. No hay nada que puedan hacer realmente, si intentan defenderse podemos eliminar la mayor parte de su raza. Les dejaremos algo, no nos la llevaremos toda.

La explosión de furia, predecible en un humano, tuvo lugar, y su puño se encontró con mi enorme y blanca frente. Fue doloroso, pero apenas me moví y permanecí apacible. El siguiente movimiento de Alaín fue desenfundar su arma, pero yo fui más veloz y logré detenerlo; era superior físicamente a él.

—Ve con tu familia, incluso si quieres puedo darles protección. No hay marcha atrás, Las Naciones Convergentes, y la mayor parte de la humanidad ya debe de estar siendo informada.

—Lo lamentarán —fue lo que dijo, y salió de la habitación corriendo.

No tenía que haber sido de esa forma, en verdad estaba dispuesto a ofrecerle protección, lo apreciaba; era mi amigo. Por lo demás, no puedo hacer nada, mucho menos volverme contra mi raza, mi sangre también está con mi familia, y ya la extrañaba. Ahora que he terminado mi misión y, una vez que nos llevemos el agua, puedo regresar a casa. Seguramente los humanos entenderán que no tienen más opción. Es verdad, les engañamos porque nunca sacamos a luz nuestro verdadero objetivo. Realmente nunca nos interesó compartir conocimientos, creencias, tecnología, especies de animales y plantas; solo nos interesaba el agua. Les dijimos que íbamos de paso, de estrella en estrella haciendo contacto y compartiendo, tratando de ser cada vez más civilizados. Hubo quienes no nos creyeron, por supuesto, y esos son a los que debemos de cuidar más. Insisto, no es nuestra intención acabar con los humanos pero…

 

Conflicto.

El Akraniano, llamado Zahr, se llevó sus dos blancas y vultuosas manos a los oídos, que eran dos diminutos orificios oscuros a los lados de la ovalada cabeza, pues el estruendo fue tal que casi se los reventó. Otras detonaciones ocurrieron alrededor del edificio donde se encontraba, cerca de la zona occidental del mundo. Zahr corrió a su esfera comprendiendo que, a pesar de la conciencia de la derrota, los humanos se defendían. Una lágrima, exactamente igual que la de un humano, recorría por su blanca mejilla. Se elevó entre un cielo colapsado por los laser y explosiones que ocurrían en lo alto. Se elevaba hacia la nave nodriza que lo resguardaría mientras terminaba el conflicto; mientras acababan con la humanidad.

Necesitaron sesenta días terrestres para acabar con la guerra. Al día dieciocho de la iniciación de la batalla, Zahr mandó a buscar a Alaín para renovar su ofrecimiento. Urkam, una especie de soldado Akraniano, más pálido de lo común entre los de su especie, con cierta aura placentera ante la guerra y la muerte, le dijo que había encontrado al humano con todo y familia; yacían muertos en una vivienda de poca protección en campo abierto. Zahr sufrió con la noticia, aunque la duda lo embargó y le hizo desconfiar de Urkam, el cual tenía cubierta una herida de arma laser; un rose en el cuello.

Pocas batallas eran llevadas a cabo ya. Las nodrizas seguían transportando agua a través de los agujeros de gusano. Otras máquinas, robots gigantes, enviaban el agua a grandes cantidades a través de enormes espejos magnéticos, lo harían durante años, hasta que secaran el planeta. Zahr decidió ir en busca de los cuerpos localizados por Urkam y, siguiendo rutualística tradición, los sepultaría bajo la tierra seca. En un campo encontró el pequeño edificio destruido, la cúpula protectora no había aguantado mucho por lo que podía apreciar. Entró para ver los cuerpos calcinados que eran tres: una mujer, no necesitó pruebas de ADN para saber que era Lisa, la esposa de Alaín y, junto a ella, dos cuerpos pequeños que eran los hijos. Zahr los recogió uno a uno, del grumoso suelo, para llevarlos a su esfera y buscar algún lugar para sepultarlos. << ¿Qué oscuridad habrá pasado con Alaín? >> Se preguntó. Aunque intuyó que no seguía con vida, o jamás hubiera dejado a los suyos como comida para gusanos. Estaba a punto de abordar él también el lugar, para cumplir con este último gesto para con la humanidad, y por el apreció hacia Alaín. Pero el destino es incierto para la vida, en especial para la vida en las estrellas del universo.

—Sabía que vendrías.

La voz que escuchó Zahr a su espalda era ronca y la sintió en sus oídos helada, no quedaba nada de aquel tono, y poco de aquel cuerpo. Alaín estaba muy herido, tal vez de muerte; sostenía una potente arma laser.

—Espera, mi familia, yo te ofrecí…

—Calla, a mí también me esperaba mi familia, un maldito ladrón de agua como tú los mató a sangre fría, y después destruyó mi hogar. Creí que estaban protegidos. Yo llegué tarde para defenderlos.

—Urkam me dijo…

—Oscuridad te dijo, no me importa. Atravesé el cuello del maldito Akraniano con un disparo pero huyó, ahora solo me mantengo en pie para verlo morir, aunque no lo lograré. Pero tu estas aquí y eres de su misma raza, y también un ladrón de agua.

La mirada de Zahr mostró un terrible miedo, comprendió la situación. Alaín, su amigo, tomaría su vida en venganza.

—Espera, permíteme que yo si mire a mi familia, y ellos a mí una última vez. Luego, como promesa, yo mismo acabaré con Urkam y cuantos más quieras de mi especie.

—No —fue la respuesta fría de Alaín.

—Yo vine, si estuvieran con vida les hubiera salvado.

—Entonces tú también llegaste tarde.

Alaín apuntó entre los enormes ojos de Zahr, los cuales mostraron un terror y arrepentimiento, lo cual Alaín lo sintió como una pequeña venganza. Solo dudó por un instante pensando en la falsa amistad con el ser. Disparó y el rayo atravesó la cabeza del Akraniano calcinándola. Luego echó a volar la esfera hacia el cielo, quería que los cuerpos de su esposa e hijos se alejaran de la destrucción total pues, en poco tiempo, el cielo brillaría detonando una enorme arma que flotaba en órbita llamada el ojo de Dios; invisible para ojos Akranianos. El arma destruiría toda vida en el planeta y, si corría con suerte, también el planeta, aunque Alaín se conformaba con que el agua que quedaba se volviera un ácido imposible de consumir. Alaín se sentó mirando el cielo a un lado del cuerpo de Zahr, contemplando lo que creyó el fin de todo. Una enorme luz de destrucción bajó de lo alto.

 

Los Dioses historiadores.

—Con que este es el líquido —dijo Arubis.

—Así es, el agua que se convirtió en ácido — le devolvió Ardán.

Continuaban recolectando migajas del pasado de la historia de este lado del universo, del lado más oscuro y alejado del centro, que sostenía a las galaxias cual enorme árbol a sus frutos.

—¿Recuerdas en la memoria universal? —Preguntó Arubis —cuando creamos al Hombre. Ah Eva era hermosa.

—Y Adán muy fuerte, claro —contestó el otro creador, Ardán.

—Toda una historia que recolectar. ¿Valdrá la pena volver a sembrarlos?

—Y eso ¿de qué nos serviría?

—¿Acaso no te sientes solo en este lado del universo?

Arubis se fusionó con Ardán, para dejar de ser dos seres y convertirse en un solo creador que viajaba por el universo, recolectando historias.

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