Relato 025 - Apariencia
-“Que ha ‘nasío’ en un pesebre…”
Todos estaban quietos, expectantes y guardando el más tenso de los silencios imaginables. De los cuatro chiquillos, tan solo la niña se atrevía a balancear un poquito su pierna derecha dando nerviosas pataditas a la pata de la silla.
-“… y ha de morir en la ‘crus’”
Pero ninguno de ellos se hubiera atrevido siquiera a imaginar algo tan aparentemente simple e inocente como hubiera sido levantarse de su asiento y abandonar aquella mesa alrededor de la cual formaban una especie círculo misterioso e inviolable. Pues a pesar de que apenas medía un metro cincuenta escaso y de que tan solo era un poquito más corpulenta que el mayor de ellos, aquella mujercilla de negro les inspiraba auténtico terror. Un miedo ancestral e incomprensible hacia la madre autoritaria y tan severa como el padre que jamás llegaron a conocer. Sin embargo, su tiranía no necesitaba de gritos, bofetadas, hebillazos o de llegar incluso de restregarles una ñora en los ojos como lo hiciera con ella su propia madre. No. A ella le bastaba simplemente con estar allí, con ellos, pero sin estar. Viviendo una eterna Navidad en la que quedó atrapada desde el día en que aquel… ¿Aquél? Ni siquiera recordaba por cuanto tiempo había habido un “aquél” como tampoco era capaz de recordar el orden en que aquellos críos habían llegado a este mundo.
Tres niños. ¿Y el cuarto? El cuarto no sabía ni él mismo qué hacía allí, en aquella vieja cocina en la que el yeso de las paredes apenas se sostenía por la infinidad de grietas y desconchones que presentaba. ¿Qué hacía allí junto aquellos niños cuyos rostros eran tan familiares como extraños?
Su lugar no era ése. Su padre era un rico abogado y su familia era una de las más adineradas e influyentes de toda la comarca. Y aquella mujer… Se esforzó por recordar quién era, pero al principio no logró identificarla. Hasta que… ¡Marieta! Se trataba de aquella moza que fue recogida por su madre por pura compasión. Verla así, con su avanzada preñez y aquellas dos criaturas cogidas de su mano consiguió incluso doblegar a su padre, que fue el que más se opuso por el “qué dirán” que era más influyente que el más férreo de los dictadores.
-Guardad el orden. ¡Guardad el orden! ¡Ya! ¡Maldita sea mi estampa!
Aunque hacía frío no importaba soportarlo. Realmente valía la pena estar ahí, de pie, a pesar de que el raído abriguito, cuyas torpes costuras no disimulaban las dos tallas que le sobraban, dejaba pasar el aire como una rejilla. El año pasado le tocó una manquita del brazo derecho. Éste seguro que, con un poco de suerte, le tocaría una del izquierdo. Pero, claro, aquella tarde de Reyes, allí, en la única glorieta del pueblo, había más niñas además de ella. Y a Melchor, en realidad Francisco Gómez Alcalá, concejal y uno de los miembros más destacado del partido, la paciencia se le agotaba al mismo tiempo que el coñac. Así que todo era cuestión de suerte, sí; pero también de llegar la primera y no esperar a que ni las muñecas, ni la paciencia del Rey Mago o su bebida se agotasen.
Y luego estaba él, con su boina roja y aquella camisa azul tan perenne como un naranjo, ya que la vestía tanto en verano como en invierno o en cualquier otra estación. Tal vez su mal genio, sus gritos llamando al orden y los tortazos que, pasadas las siete, reemplazaban a las muñecas cojas o mancas y a los caballitos descabezados o sin cola tendrían su origen en aquel frío. Sí, sería eso. Porque el frío juega malas pasadas a todos, hasta a los Reyes Magos y a sus ayudantes.
-Venga, tú, listo. Date prisa que no llegamos- gritaba una voz joven, adolescente.
-¡Que voy, pesado!
Pero aún tuvieron que pasar más de diez minutos para que una olorosa estela de Varón Dandy que impregnaba toda la escalera precediese su bajada.
A los dieciocho años no se era mayor de edad todavía. Pero al menos, demostrando una cierta madurez y un poco de responsabilidad en los estudios, te podían permitir ciertas libertades como llegar a las nueve pasadas un domingo. En cuanto al resto de libertades, como aprovechar algún rato perdido para echar un trago, ésas dependían de lo hábil que fueses. Y cualquier ocasión podía ser útil, incluso cuando te vestías y acicalabas en la intimidad de tu cuarto para irte al cine.
Cuando por fin lo vio aparecer, Carlos, su mejor amigo y compañero del PREU, apenas pudo disimular su expresión de rotundo fastidio tras sus gafas de pasta. Eran las cinco y media, y cuando estrenaban alguna película de Marisol había que estar allí por lo menos media hora antes para no entrar con la película empezada. Además, a él le gustaba ver el NODO.
-¡Qué! ¿Otra vez?- preguntó Carlos mientras aceleraban el paso hacia la taquilla.
-Sí. El mismo sueño. Otra vez aquellos niños, la misma mujer y el mismo lugar.
-Bebes demasiado- le contestó distraídamente mientras oteaba por encima de la cabeza de su amigo las treinta personas que había delante y que hacían cola ante la puerta.
En realidad, a Alberto no le importaba lo que su amigo o cualquiera pudiera decirle. Aunque nadie había sido capaz de demostrar que la bebida fuese un remedio eficaz para conjurar fantasmas o pesadillas, su influjo sobre él era tal que ya bebía por pura inercia y sin convicción alguna en sus efectos positivos o negativos.
-Siempre ella y esos niños. La misma cocina, la misma mesa, la misma bombilla colgada del techo y con el cable recubierto por el papel de seda azul. Todo fijo, congelado casi como una fotografía. Y luego ese maldito villancico cantado con ese aberrante seseo que apenas te permite reconocer una sola palabra. No sé cuando llegaré a entender el significado de esta maldición.
El grupo de gente, sobre todo chiquillos, fue creciendo poco a poco.
-Vengan, señoras y señores. Niñas y niños. Acérquense y vean. El maravilloso y único triciclo corredor, la rana saltarina, el mono payaso. También tengo muñecas y cocinitas para las niñas. Vamos acérquense.
Los esfuerzos del vendedor por mostrarse simpático eran tan desafortunados que hasta algún crío acabó llorando y arrojando con pánico alguna rana o triciclo a los desafortunados viandantes que pasaban por allí.
Por su acento, no era difícil adivinar que aquel vendedor era uno de aquellos extremeños a los que la necesidad les obligó a probar fortuna recorriendo España de oficio en oficio antes de emigrar a Suiza o Alemania. Un peregrinaje laboral que, en el caso de aquel hombre, tuvo su punto final vendiendo baratijas de cuerda y hojalata en aquel parque.
-Me alegro mucho de que te hayas decidido a estudiar comercio. Sé que todo esto ha sido muy duro para ti y para tu madre. Pero ahora tenemos que pensar en nosotros.
Para Julián la muerte de Alberto era sin duda alguna una ocasión única aunque dolorosa para consolidar su relación con Dolores. La madre de ella siempre había tenido un carácter fuerte, incluso huraño. Pero, más que esfuerzo, lo que necesitaba era algo de paciencia y comprensión para lograr convencerla de que aceptase aquella unión. Porque para aquella mujer, a pesar de todos los prejuicios y dificultades a los que había tenido que enfrentarse durante los últimos veinte años, lo realmente importante siempre había sido el bienestar de sus hijos. Y Julián, sin duda alguna, no solo era un buen muchacho trabajador y honesto, sino alguien que podía darle a su hija la estabilidad que ella nunca conoció.
María, Marieta como la llamaban familiarmente en las cientos de casas en las que había servido, siempre le había plantado cara a la vida. Para aquella viuda con cuatro críos nunca había habido más santo al que rezar que a su propio empeño por hacerles llegar un plato de caliente. Tal era la devoción hacia su propia resistencia que ni siquiera llegó a doblegarse por golpes tan duros como el que supuso la temprana muerte de los dos chicos pequeños, que a los ocho y nueve años dejaron este mundo por un mal sarampión. O como el extraño carácter del mayor, Alberto, al que sus rarezas o, tal vez, el mismo demonio le hizo creer que su padre era un rico abogado y que su familia era una de las más influyentes de la comarca. Sin embargo, su pasión maternal era tal que, llegando incluso a privarse de la alimentación que le hubiera permitido salvarle sus dientes, consiguió que, al menos, cursara el PREU. Todo con el único propósito de que un día pudiera llegar a ser un abogado, como ese padre imaginario que solo vivía en su ambición y también en el asco y el desprecio que sentía hacia ella y hacia sus propios hermanos. Una locura tan egoísta y malsana que fue, sin duda, la responsable de que aquella noche de domingo se marchase al mismo lugar donde se hallaban sus hermanos pequeños para poder reconciliarse con ellos.
-Entonces, ¿sí?- preguntó Julián tan solo para confirmar algo que no solo sabía sino que deseaba desde hacía dos años. Y su cara se transfiguró de una alegría como jamás había sentido.- Mañana, sin falta iremos a ver a tu madre. Espera, no te muevas.
Tras esperar un par de minutos a que los chiquillos que había allí junto a sus padres le abriesen un hueco, le pidió al vendedor de juguetes de cuerda una de las muñecas que se hallaban junto a las cocinitas.
-Toma. Ya sé que no es una de ésas que anuncian por la tele a las que se les puede cambiar los vestidos y no sé qué cosas más. Pero, al menos, no le falta ni un brazo ni una pierna como las que tenías de pequeña.