Relato 022 - Y millones de gatitos morirán

–Comandante, transmisión entrante del General Robson. ¿La paso por el intercomunicador?

–No, cárgala en la sala de audiencias. Voy enseguida.

–De acuerdo, Comandante.

Farling estaba relajándose en el camarote principal. Los periodos de inactividad eran así; entrenar en la cubierta de combate, practicar telequinesis, intrusión mental, levitación, revisar expedientes, hablar con la tripulación, mirar el espacio infinito… Aburrida rutina y nada más que hacer que leer o entrenar, practicar y entrenar otra vez.

Acababa de cumplir los treinta y cinco años, de los cuales había pasado veintiuno en el espacio, donde todo sucede más lento. Era la segunda comandante más joven de toda la flota humana y se había ganado su puesto en el campo. Adoraba la acción y odiaba el papeleo. Aún así, siempre sentía una profunda sensación de hastío cuando recibía una llamada del Alto Mando.

Descendió despacio el palmo que la separaba del suelo mientras había estado levitando y quedó sentada en el frío suelo metálico de la nave. Al abrir los ojos se encontró con su reflejo en el espejo de cuerpo entero del camarote. Se levantó, desnuda como estaba, y se acercó a él mientras se observaba con detenimiento.

Era guapa, eso no se podía negar. Tenía un cuerpo esbelto y fibrado y una buena estatura. Y cualquier hombre mínimamente interesado en la vida pluricelular sentiría una potente atracción hacia ella. Pero la Comandante Lena Farling llevaba días obsesionada porque se había descubierto en el rostro una arruga que antes no estaba ahí. Y eso la cabreaba mucho.

Se vistió con un top sencillo y se puso unos pantalones a juego con la casaca de comandante que debía llevar puesta cuando se comunicaba con el Alto Mando. Luego se calzó unas botas y fue hacia el espejo para mesarse el pelo rubio que todavía no le llegaba a los hombros. Mientras lo hacía volvió a mirar fijamente su nueva arruga, y la odió una vez más.

Cuando estuvo preparada salió de su camarote y se dirigió hacia la sala de audiencias de la Elegy. La nave era un crucero estelar mediano tipo KG-10 con una tripulación de 31 personas, entre personal médico, mecánico, administrativo y militar. También había una pareja de hamsters espaciales, un gusano mental y un gran sapo parlante llamado Barry que era el encargado de coordinar las tareas del laboratorio de investigación.

La Comandante Farling entró en la sala de audiencias y conectó la pantalla de comunicaciones. Al instante apareció la cara del General Robson, un hombre de piel oscura que era el mandamás de la división de fuerzas especiales de la flota. Sus llamadas implicaban contratiempos, misiones suicidas y obediencia inmediata.

–Farling, hay problemas.

–Me gustan los problemas, señor. ¿De qué se trata?

–Hemos perdido todo contacto con las bases mineras de La Luna –Robson dejó unos segundos de suspense.- Con todas.

El ceño de Farlin se frunció. Su ceja derecha fue hacia abajo. La izquierda fue hacia arriba.

–¿Con todas? ¿Las 127? ¿Qué ha pasado?

–No lo sabemos. Hace menos de una semana que perdimos el contacto con la primera de ellas. Los informes que envió hasta ese día eran completamente normales. Lo mismo sucedió con las demás. Ayer desapareció la señal de la última sin detectar ninguna anomalía.

–¿Y no hubo nada fuera de lo común en ninguna estación, en ningún momento? –preguntó Farling con cierta incredulidad.

–Hubo una cosa, pero no parecía relacionada ni importante, hasta ahora. Varias estaciones situadas en la misma zona geográfica anunciaban en sus informes una creciente actividad sísmica, justo antes de perder contacto con ellas. Pero la actividad sísmica en La Luna es algo muy común debido a la minería. El fenómeno se repetía luego en otra zona geográfica y luego en otra, así hasta que recibimos la última transmisión. Es muy posible que todos esos extraños sucesos tengan algo que ver.

“Uuuh, ¿en serio?”, pensó Farling. Siempre había admirado la capacidad deductiva del Alto Mando una vez las cosas ya habían sucedido.

–¿Y qué tengo yo que ver con eso, señor? Nadie de mi tripulación es un experto en lunemotos. Esto es una fragata de combate, señor –dijo la Comandante, con cierta indignación.

–Precisamente por eso, Farling. No sabemos qué ha pasado ni qué puede haber allí. Necesitamos un equipo bien preparado para la exploración y el combate si hiciese falta. Y necesitamos a los mejores.

El enorme orgullo de la Comandante Lena Farling le estalló en el pecho con aquellas palabras.

–Está bien, señor. Iremos inmediatamente. ¿Algo más que deba saber?

–Sí –El General Robson dejó otro de aquellos momentos de suspense peliculero-. La actividad sísmica ha cambiado la trayectoria de La Luna. Lo hemos medido y comprobado decenas de veces. Ahora se dirige hacia La Tierra.

Casi todo el orgullo de Farling se convirtió en asombro ante aquel dato. Un pequeño porcentaje se convirtió en terror y una pizca apenas despreciable en oro de veinticuatro quilates.

–¿Cuánto tiempo tenemos, señor?

–El menor posible. En unos pocos días La Luna alcanzará una distancia crítica a partir de la cual no habrá posibilidad de acción. Tenemos que descubrir qué ha pasado y solucionarlo antes de que eso suceda. Confiamos en usted, Farling.

–Gracias, señor.

–Comandante.

–General.

Y la comunicación terminó. La Comandante Farling analizó la situación durante unos segundos: todas las estaciones mineras de La Luna habían dejado de funcionar gradualmente justo después de notar un aumento de los movimientos sísmicos, sin razón aparente y sin aviso previo. Ni siquiera se sabía si había supervivientes o si los trabajadores habían desaparecido igual que las comunicaciones. Además La Luna había cambiado su trayectoria y se dirigía inexorablemente hacia La Tierra. Lena Farling no pudo evitar pensar en la cantidad de adorables gatitos que morirían debido al impacto.

Pulsó el botón de intercomunicación de la sala y convocó a todo el personal militar. El primero en aparecer fue el Teniente Chang Lin. Era absurdamente bajito, pero era un gran experto en artes marciales y todo el mundo le tenía miedo por la facilidad con la que podía alcanzar las partes nobles de cualquiera debido a su estatura.

Los siguientes fueron la Sargento Jennifer Gomes y el Artillero Dwight “Snooker” Johnson. Eran la fuerza bruta del comando y los encargados de alcanzar las cosas de los estantes más altos.

Justo detrás de ellos apareció Montague Prud’Homme. Era el mejor francotirador de toda la flota humana. Había obtenido la mejor nota en los exámenes teóricos, en los prácticos y en todas las pruebas de cada una de las trece academias espaciales del Sistema Solar; y había sido el único capaz de matar tres moscas de un solo disparo, estando de espaldas y dormido. A parte de eso, nunca había entrado en combate.

El experto en ciencia mental entró levitando poco después, con las piernas cruzadas entre sí y los ojos cerrados, dirigiendo su vuelo sólo con el poder de la mente. Su nombre era Chiman Pacochinturpantekuthli, pero todos le llamaban Paco, para abreviar. Voló hasta un asiento libre y se dejó caer sobre él. Lamentablemente, la señora de la limpieza los había movido de sitio el día anterior y aterrizó sobre el suelo.

Mientras Paco se levantaba algo conmocionado y buscaba el lugar correcto donde sentarse, entró el último miembro del comando. El Sargento Rup Onglund era el experto táctico, un especialista de la exploración y el rastreo. Sólo tenía una desventaja clave: era ciego. Sin embargo tenía un olfato, un oído, un tacto, un gusto y una suerte extraordinarios.

Onglund entró en la sala y se encaminó directo hacia un asiento libre. “¿Cómo lo hace?”, pensó Paco. Tras varios minutos de saludos militares donde cada uno de ellos se dirigía a los demás por su rango y nombre y éstos les devolvían el saludo, la Comandante Farling comenzó su exposición.

–Equipo, tenemos una importante misión que cumplir y tenemos muy poco tiempo. Todas las bases mineras de La Luna han dejado de emitir comunicaciones y se ha detectado un cambio brusco de la trayectoria lunar, que ahora se dirige hacia La Tierra y chocará con ella en cuestión de días. Debemos viajar allí y explorar la zona donde se encuentran las últimas estaciones que emitieron alguna señal, para averiguar qué sucedió y cómo solucionarlo.

El Sargento Onglund fue a beber agua de un vaso que había sobre la mesa. Sin ninguna razón aparente el vaso se movió rápidamente hacia un lado, pero él calculó perfectamente la trayectoria del sonido y lo atrapó. Paco maldijo para sus adentros.

–Según informa el Alto Mando –prosiguió la Comandante-, las mediciones sísmicas en La Luna habían aumentado drásticamente en las zonas donde después las estaciones cesaban sus comunicaciones, así que no sabemos si hay supervivientes. Hemos de preparar una misión de exploración y reconocimiento con posibilidad de rescate.

–¿Qué tipo de equipo necesitaremos, Comandante? –preguntó Prud’Homme.

–Todo lo disponible. Armas de asalto y larga distancia, explosivos detonantes y de mano, todos los tipos de municiones y también armas cuerpo a cuerpo. No quiero ningún imprevisto.

–Así se habla, Comandante. ¡Vamos a darles su merecido a esos cabrones! –aulló la Sargento Gomes, chocando los cinco con Snooker. La onda expansiva provocada despeinó a Paco, tumbó tres libros de una estantería en la sala de descanso, despertó a Barry de la siesta y desajustó el conmutador gravitacional de la Elegy una micronésima de metro hacia la derecha.

–Os recuerdo –prosiguió Farling- que no sabemos a qué nos enfrentamos o si nos enfrentamos a algo siquiera. Sólo quiero que estemos listos para cualquier contratiempo. ¿Entendido?

–Entendido, Comandante –replicó Gomes rebajando su entusiasmo.

–Tenemos dos prioridades: la primera es descubrir por qué La Luna ha cambiado de rumbo y la segunda buscar supervivientes y solucionar el problema. Ahora marchaos y preparad todo para cuando lleguemos.

–Sí, Comandante –contestó Onglund. Los demás asintieron y comenzaron a levantarse. Paco puso los ojos en blanco y se elevó unos centímetros sobre la silla.

–¡Paco! –gritó Farling. El mentafísico perdió la concentración y cayó de golpe de nuevo en la silla-. Por una vez sal caminando. Te necesitamos en plenas facultades.

–Sí, Comandante.

Y todos abandonaron la sala por su propio pie.

Lena Farling recorrió la nave hacia la cabina de mando. Allí estaban Bert Hooper y Giovanna Coppi jugando una partida de cromaton mientras el piloto automático hacía el resto del trabajo. Coppi convirtió una de sus fichas marrones en azul y luego retiró una de las rojas de Hooper del tablero.

–Vaya, buena jugada Gio –comentó el piloto-, pero no lo suficiente como para batir al mejor jugador de la galaxia.

Hooper avanzó una de sus fichas amarillas contra la azul de Coppi y consiguió una doble ficha verde para él.

–Maldito… -Coppi miró hacia la ventana principal de la cabina y gritó horrorizada- ¡¿Qué es eso?!

–¿El qué? –preguntó Hooper girándose hacia donde señalaba su compañera.

–Oh, parece que no era nada. Me pareció ver algo raro. ¿Seguimos?

–Sí, claro. Tengo ganas de apalizarte de nue… Un momento, ¿qué ha pasado aquí?

Una de las fichas rojas de Hooper se había tornado de un color rosa pálido y al lado de la doble ficha verde había ahora una ficha blanca de Coppi, lo que convertía la ficha verde en suya.

–¡Eso no estaba ahí antes! –se quejó Hooper.

–Claro que sí, lo que pasa es que te estás quedando ciego.

–¿Ciego yo? ¡Pues puedo ver desde aquí esas tetas diminutas!

La segunda piloto Coppi puso cara de indignado asombro.

–¿Cómo te atre…? ¡Pues seguro que son más grandes que tu…

–Hola, chicos –saludó la Comandante Farling justo cuando entraba por la puerta de la cabina. Ambos pilotos se levantaron rápidamente en posición de firmes, no sin que Gio Coppi rozara astutamente el tablero e hiciera que las fichas holográficas saltaran por el aire mientras el tablero caía al suelo y se apagaba todo en una pequeña lluvia de colores.

–Me ca… -maldijo Hooper mientras Gio soltaba una risita- Saludos, Comandante. ¿A qué se debe esta agradable visita?

–Tenemos que poner rumbo a La Luna ahora mismo. Hay una misión importante que cumplir y tenemos poco tiempo. El General Robson ha enviado unas coordenadas de alunizaje. Dirigidnos hacia allí.

–Entendido, Comandante.

Los dos pilotos se colocaron rápidamente en sus puestos y comenzaron a pulsar botones, mover palanquitas y encender luces.

–Encendiendo motores –dijo Hooper.

–Motores encendidos –contestó Coppi.

–Preparando propulsores.

–Propulsores preparados.

–Calibrando coordenadas de destino.

–Coordenadas calibradas.

–Rellenando condensador de fluzo.

–Siempre tienes que hacer la misma bromita –se quejó Coppi mirando de reojo.

–Señores pasajeros, abróchense los cinturones. Próximo destino: La Luna. Tiempo aproximado de llegada a destino: Una hora y doce minutos terrestres. Que disfruten del viaje. ¡Hi-Yo Silver! ¡Adelante!

Hooper accionó los mandos de la Elegy y viró bruscamente en dirección a La Luna. Todo debería haber sido completamente normal si no hubiera sido por el leve desajuste del conmutador gravitacional, que hizo que a todo el mundo se le aflojaran las tripas al mismo tiempo y que el tablero de cromaton saliera disparado directamente hacia la frente de la Comandante.

Farling despertó en la enfermería con un tremendo dolor de cabeza mientras un sapo gigante y un gusano sin ojos la miraban fijamente. La habían trasladado allí y había pasado todo el viaje inconsciente debido al golpe del tablero.

–¿Está bien, Comandante? –preguntó Barry con su aterciopelada voz de tenor.

–Creo que sí –contestó Farling incorporándose mientras se tocaba la cabeza. Tenía un chichón donde había estado su nueva arruga, lo cual la alegró y la cabreó aún más al mismo tiempo-. ¿Dónde está el personal médico?

–Bueno –dijo Barry con cierto tono de circunstancias-, todo el personal humano lleva haciendo cola junto a los baños desde hace casi una hora. Es un misterio. Así que nos han dejado a nosotros al cargo de sus cuidados.

–Sqsh ksh ft sqsh –dijo el gusano mental. En la mente de Farling sonó “La nave casi ha llegado a La Luna. El equipo ya está preparado para la misión de exploración. Ah, y Hooper ha prometido regalarle un ramo de flores por el incidente del tablero”.

–Vaya, qué detalle.

–El equipo la está esperando en la cabina de desembarque. Ellos fueron los primeros en ir al baño, así que ya están listos –apuntó Barry.

–Vale, gracias, pero no necesitaba saber eso último.

–Oh, lo siento, Comandante. Ya sabe que me cuesta seleccionar la información. En fin, ya se ha recuperado así que debería ir a reunirse con el equipo. Buena suerte en la misión.

–Ftsh sqsh –“Buena suerte, Comandante”.

–Gracias, ehm… chicos –dijo Lena Farling levantándose de la camilla para salir de la enfermería.

–Por cierto, Comandante –dijo Barry-, hoy es miércoles.

La Comandante Farling asintió desde la puerta.

–Gracias, Barry. No lo olvidaré.

Y se dirigió lo más rápido posible hacia la sala de desembarque. Allí estaba el resto del comando, ya preparados con sus trajes espaciales. Ella comenzó a ponerse el suyo cuando la voz de Gio sonó por el intercomunicador.

–Comandante, ya hemos llegado al destino. Procedemos al alunizaje.

–Entendido, Gio. Proceded.

Mientras terminaba de colocarse el traje, Lena Farling pudo comprobar el descenso por las ventanas de la sala. El paisaje era desalentador. Se podían apreciar grandes grietas en el terreno, probablemente debidas a los movimientos sísmicos, y algunas de las estaciones mineras se veían totalmente destruidas. “¿Qué puede haber pasado aquí?”, pensó la Comandante. El escenario parecía más un ataque que un accidente.

La nave se posó sobre el terreno y la compuerta de desembarque se abrió para que los siete miembros del comando salieran a la superficie lunar. Se podían ver varios edificios casi en ruinas y al menos tres estaciones mineras en un radio de un kilómetro. Sólo una de ellas se mantenía en pie, aunque inactiva. No había ni rastro de vida humana.

–Vamos hacia aquella estación. Hooper, elevaos y explorad desde arriba –ordenó la Comandante Farling.

–Entendido, Comandante –fue la única respuesta que recibió justo antes de que la Elegy levantara el vuelo.

Lo que había sido una agradable planicie por la que transitar de un edificio a otro en lo que parecía una pequeña comunidad de mineros, era ahora un terreno abrupto por el que era difícil caminar, lleno de grietas peligrosas por las que se podía caer hacia quién sabía dónde.

El grupo avanzó con cautela hacia la estación minera que parecía intacta aunque sus paredes externas mostraban bastantes desperfectos. Todo estaba silencioso, quizá demasiado. Pasear por un complejo minero sin escuchar sonido de maquinaria era como estar en un apocalipsis sin zombis. Tan sólo se escuchaban las pausadas respiraciones a través de los comunicadores. Fallaba algo. Faltaba algo. Algo como un…

–¡BUH!

Todos menos Onglund soltaron un grito de terror y sacaron sus armas apuntando hacia ninguna parte. El Teniente Lin dio tres piruetas evasivas hasta que cayó por una grieta y nunca más se supo de él. Nadie pareció notarlo. Se oyó un pedo que nadie reclamó. Onglund simplemente sonreía.

–¡¿Serás hijoputa?! –gritó Snooker-. ¡Siempre tienes que hacer una de tus bromitas de mierda!

–Relájate tío. Todo es más fácil si te ríes –contestó Onglund con pose pacifista.

–Que me relaje. ¡Que me relaje! ¡Casi me da un ataque al corazón!

–Pero no te ha dado. Estás en buena forma, hermano.

–Maldito ca…

–Basta –sugirió Farling-. Tenemos cosas más importantes que hacer que discutir. Onglund, sabemos que eres un puto loco. No lo vuelvas a hacer. Entrarás tu primero.

–Entendido, Comandante.

El Sargento Onglund se acercó a la entrada de la estación, esquivó una roca que obstruía el paso, abrió la puerta y entró. Se dirigió directamente hacia la mesa de control de maquinaria y se sentó en la silla que no contenía cadáver.

–Parece que los mandos aún funcionan. Quizá las excavadoras sigan operativas.

–Bien, ponlo en marcha. Es posible que así descubramos qué hizo que se pararan.

Onglund accionó varios botones y palancas aleatorias y la maquinaria de excavación se puso en marcha. Se oyó un sonido lejano de motores y el suelo comenzó a vibrar ligeramente. El Sargento se levantó de la silla y salió del edificio.

–Ahí dentro hay una chica a la que le han roto el corazón –dijo.

Farling echó una mirada dentro y vio que la chica de la que hablaba Onglund era el cadáver sentado en la otra silla con una viga atravesándole el pecho.

–Al menos no ha desaparecido todo el mundo pero, ¿dónde está el resto?

–No detecto ninguna otra forma de vida conocida, Comandante –apuntó Paco haciendo uso de sus poderes mentales.

–Esto es muy raro. Tendremos que explorar el resto de edificios.

–Un momento, Comandante –dijo Onglund-. Noto ciertas vibraciones en el suelo, pero no provienen de las excavaciones. Son demasiado irregulares. Es como si algo se nos estuviera acercando desde bastante lejos.

–¿Desde qué dirección? –preguntó la Comandante.

Onglund dudó unos momentos antes de contestar.

–Pues, diría que… desde abajo.

El grupo permaneció callado unos instantes, escuchando, intentando percibir las vibraciones. Cada vez se hicieron más intensas, y el suelo comenzó a temblar bruscamente.

–¡Poneos a cubierto! –gritó Farling-. Prud’Homme, sube a algún sitio alto y busca línea de tiro.

Antes de que pudieran moverse de allí el suelo se abrió bajo sus pies y un tentáculo del tamaño de un rascacielos surgió con tal fuerza que envió a Prud’Homme al espacio. “¿Suuuufiiiicieeeeenteeeemeeeenteeee aaaaaaltooooooo?”, fueron sus últimas palabras mientras se alejaba.

–¡Joder! ¿Qué es eso? –preguntó Snooker.

–No os paréis. Intentaré detenerlo –dijo Paco dispuesto a ser el héroe.

Farling y el resto del grupo se dispersaron en busca de cobertura. El mentafísico accionó los propulsores del traje y se colocó a una altura considerable, concentrándose en aquel tentáculo. Cuando sus poderes comenzaron a actuar la punta del tentáculo se giró hacia él con curiosidad, mostrando una enorme boca dentada que se agachó para “observar” a Paco de cerca mientras parecía bailar al son de una música inexistente.

–Ha conseguido controlarlo –apuntó Farling-. Gomes, apunta al centro de esa boca.

–Eso está hecho.

La Sargento cargó una enorme granada explosiva, apuntó y la lanzó con total precisión al centro de aquella enorme boca del tamaño de un camión. La explosión fue brutal y el tentáculo cayó haciendo un ruido espantoso. Paco salió disparado detrás de un edificio. Gomes gritó de entusiasmo.

–¡Le he dado! ¡Joder si le he dado! –dijo, mientras en la lejanía se oía un quejido horrible-. Oh, oh…

El suelo tembló de nuevo y dos tentáculos más salieron con gran estruendo, lanzando enormes rocas en todas direcciones. El grupo comenzó a correr.

–¡Hooper, requerimos rescate inmediato! –informó Farling-. ¡Vamos hacia la zona de alunizaje!

–Entendido, Comandante. Acudimos enseguida.

El grupo intentaba correr y saltar utilizando los propulsores del traje intentando esquivar rocas y grietas. Los tentáculos dirigieron sus bocas hacia ellos emitiendo un sonido hambriento.

–Corred, voy a entretenerlos –dijo Snooker mientras cargaba el rifle de asalto más grande inventado por el hombre.

–¡No Snooker! Ven con nosotros –pidió Gomes.

–¡He dicho que corráis! Nací para esto. Voy a darle caña a esos cabrones.

La Sargento Gomes continuó corriendo sin mirar atrás. Una pequeña lágrima resbaló por su mejilla recordando todo lo vivido con su compañero y se sintió orgullosa de que fuera a morir por ella como un héroe.

–¡Tomad, maldit… -gritó Snooker mientras disparaba, para darse cuenta de que el retroceso del rifle BF-52 no se había diseñado para gravedades bajas como la lunar.

Salió disparado hacia detrás sin soltar el gatillo, chocó contra una roca y rebotó varios metros hacia arriba mientras las balas salían sin parar del cargador. Uno de los tentáculos lo atrapó al vuelo y lo engulló.

Los tres supervivientes llegaron a la explanada justo cuando la nave aparecía por detrás de una colina.

–¡Hi-Yo Silver! Aquí llega la caballería.

–Justo a tiempo. Rápido baja los… ¡Mierda! –maldijo Farling.

Dos tentáculos más aparecieron por detrás de la Elegy y la atraparon en el aire.

–¿Qué pasa? –preguntó Hooper-. He perdido el control. ¡Los sistemas están fallando!

La fuerza del agarre fue demasiada y la nave se partió en varios trozos que cayeron contra el suelo y produjeron una gran explosión. La Comandante Lena Farling supo que nunca más saldrían de allí con vida.

–¡Nooooooo! –gritó Gomes, desesperada-. ¡Me faltaba por ver el último capítulo de Romance neptuniano!

–Olvídate de eso. Sólo nos queda darle su merecido a esas cosas. Es posible que así hagan una serie basada en nosotros –intentó calmarla Farling-. ¡Dadles cera!

Y comenzó a disparar a discreción. La Sargento Gomes se le unió enseguida y también Onglund, que por supuesto era quien más acertaba. Pero el suelo comenzó a moverse violentamente bajo sus pies y sucedió la cosa más inimaginable: La Luna entera estalló.

Todo salió disparado hacia el espacio. El pánico se adueñó de Gomes, que no dejaba de gritar mientras daba vueltas. Onglund se calmaba a sí mismo cantando “Singing in the rain”. Lena Farling tuvo la suficiente sangre fría como para utilizar los propulsores del traje para enderezarse y dejar de girar. Lo que vio fue increíble.

De dentro de La Luna había surgido la criatura más indescriptible, onírica, fea, grumosa, gargantuesca, pantagruélica, amorfa, viscosa, fétida, oronda, absurda, cartilaginosa, apabullante, inconmensurable, reverberante, destructiva y morada que había visto y vería en su vida, como si hubiera salido de un huevo. Inexorablemente, se dirigía hacia La Tierra.

Doce astrofísicos obesos que miraban hacia allí con sus telescopios, sufrieron un infarto simultaneo.

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Obra colectiva del equipo de coordinación ZonaeReader

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