Relato 022 - Quién pudiera ser piedra en la Tierra

QUIEN PUDIERA SER PIEDRA EN LA TIERRA

 

Son pequeños, minúsculos, menos que nada”. Dijo, acercándose levemente como para verlos mejor. Tras esa frase, el silencio. El observador se alejó de nuevo y se concentró en el conjunto, en la imagen global. Así permaneció un tiempo indeterminado.

Esforzándonos podríamos llegar a imaginar a ese observador: Sin duda es un ser inmaterial, formado por energía pura (eones han transcurrido desde que se separó de la burda materia). Está tan alejado de la humanidad como nosotros podemos estarlo de una ameba, o quizás más. No ocupa un lugar concreto ni podemos situarlo en un periodo de tiempo determinado; forma parte de la estructura del cosmos de una manera natural, sin estridencias, en armonía con él. Coexiste y está coextendido en él. Pero, a pesar de su suprema naturaleza, también es curioso, pues en el instante en que empieza nuestra historia, podemos verlo observando un pequeño planeta azul, el tercero desde una estrella ni muy grande ni muy pequeña, situada en uno de los brazos externos de una galaxia como cualquier otra.

¿Está solo? No. Junto a él hay otro ente parecido. Este segundo personaje permanece indiferente al interés que el primero muestra por el planeta y sus habitantes. Ambos no forman una unidad en si mismos, pero pueden fusionarse si así lo desean. En realidad es complicado imaginar su forma, por lo que no me esforzaré en intentarlo. Tampoco puedo darles nombres, pues seria contraproducente, un nombre es la palabra con que se denominan los seres vivos, las cosas... Ellos son más que eso. Insisto en que no debo intentar describirlos, pues sería limitarlos.

Este segundo ser, intrigado por el interés del primero, dirigió su mirada (metafóricamente hablando, claro está, pues no poseen órganos de visión ni nada que se le parezca) hacia esos minúsculos personajes a los que se refería su compañero. Se esforzó levemente para visualizarlos a un nivel que le permitiera distinguir su forma, pues si no realizara este esfuerzo, los observaría desde múltiples niveles a la vez, empezando por el subatómico y terminando en el macrocósmico...

Solo son animales, aun les falta mucho para que resulten interesantes”, dijo y a continuación dirigió su interés a una explosión de gas en Canopus, la estrella más brillante de la constelación de Carina. “Ya lo se”, dijo el primero, “se autodenominan humanos y me gusta observarlos, calibrarlos, jugar con ellos...”, insistió el primero, retorciéndose levemente entre haces de energía. El segundo ser hizo una mueca de incredulidad (en realidad cambió sus parámetros físico-cuántico-electromagnéticos de manera que el equivalente a esa nueva combinación de positrones era una mueca de incredulidad. Tenéis que confiar en mi palabra que fue así).

“¿A que te refieres con jugar?”, le preguntó, aunque no era necesario preguntar nada, pues ambos estaban tan compenetrados que uno sabía todo lo que conocía el otro, y ninguno de ellos podía tener secretos para su compañero; pero les gustaba a veces sentirse como seres más primitivos, quizás recordando lo que fueron millones de años atrás.

 

Me gusta satisfacer sus deseos”.

“¿Tienen deseos? ¿son capaces de ello?”

“Si, son capaces de sentir”.

 

El segundo ser se interesó unos instantes en los pequeños humanos, apenas una fracción de su tiempo, pero pronto volvió a desentenderse. “Me aburren”, afirmó con vehemencia, pero aun así preguntó: “¿Que deseos les satisfaces?

Como respuesta, su compañero hizo que le acompañara hasta situarse más cerca de ellos, de modo que el pequeño planeta azul ocupó pronto todo su campo de visión y en seguida se hallaron ante un hombrecillo que salía de un panadería con una bolsa bajo el brazo.

 

Este, por ejemplo”.

“¿Que le pasa?”

“No puede oír. Lleva un aparato en la oreja que le permite captar algunos sonidos, de manera brusca y entrecortada, pues su sistema auditivo esta estropeado. Tiene un deseo: Recuperar la capacidad de oír”.

“Siempre he pensado que estos sistemas auditivos físicos son imperfectos, ¿por que no usan los caminos de la mente?”

“Aun no los han descubierto, no han aprendido a usarlos. Se entretienen con la mente como si solo fuera un juguete, no saben realmente para que sirve. Tienen que basarse aun en las vibraciones del aire.”

“Primitivo”, dijo con una mueca de desagrado (en realidad, vuelvo a advertirlo, mostró lo que correspondería en nuestro mundo a una mueca). “¿Vas a devolverle la capacidad de oír?”

“Si, ¿por que no hacerlo?”

“Y que ganas con eso?”

“Comprobar una teoría que tengo: Que no saben aprovechar los deseos. Él cree que recuperando los sonidos será feliz”.

“¿Y no es así?”

“No. Observa”.

 

Raúl cruzó la calle, mirando a ambos lados cuidadosamente. El día había sido raro: había discutido con su mujer, se habían equivocado al darle el cambio en la panadería, la noche anterior había dormido mal, inquieto, sudoroso... ¡Solo faltaba que ahora le atropellaran! A pesar de llevar más de 20 años con el audífono, no terminaba a acostumbrarse a él. Pero sin él era peor: Su sordera había ido en aumento y cuando se lo quitaba solo el silencio era su compañero.

Mientras se dirigía a su casa estaba rememorando las causas de la discusión. No estaban claras, como suele pasar, y de lo único que estaba convencido era que la comunicación entre personas es muy complicada. El tenía el problema añadido que no oía bien, y como todos se dirigían a él a gritos, él también contestaba a gritos... pero no era eso lo que le preocupaba, el problema estaba en el contenido, no en las formas: Una mala metáfora, una frase con doble sentido, una palabra dudosa... y toda una conversación podía oscurecerse y desaparecer por los senderos del desconcierto.

No hacía ni dos horas que su mujer se había enfadado, y eso que él solo había constatado unos hechos. Inocente, sin pensar en las consecuencias, le había dicho: “Cada día te pareces más a tu madre...”, y su mujer había tomado la frase por su lado más perverso (que lo tiene), cuando él solo quería halagarla. Después no sirvieron excusas (“solo quieres arreglarlo”), explicaciones (“ahora es muy sencillo”) o matices (“primero lanzas la piedra y luego escondes la mano”). En fin... que desconectó el aparato y se fue a comprar el pan. Aun lo llevaba desconectado, por eso estaba teniendo especial cuidado al cruzar la calle.

 

Cuando ya estaba llegando a su casa, apenas unos veinte metros, un autobús se acercó peligrosamente mientras estaba despistado repasando mentalmente la calderilla que le habían devuelto. En ese momento podrían haber acabado sus días y nuestra historia no tendría sentido, pero el conductor del autobús tocó el claxon. Apenas un toque, pero bastó para que Raúl de un salto se apartara y subiera a la acera.

Respiró hondo, se secó el sudor e iba a entrar en el portal cuando captó con todas sus consecuencias lo que había pasado. ¡Había oído el claxon!.

Se quitó el molesto aparato de la oreja y se concentró: oía sonidos, músicas, coches, personas, niños, pájaros (bueno, pájaros, no. Solo las mundanas palomas ocupaban las calles de la ciudad, los demás habían huido hacía años). Raúl se apoyó en la pared del edificio. La cabeza le daba vueltas. ¡Oía! ¡Lo estaba oyendo todo! ¡Y con una claridad que no recordaba desde hacía años! Su corazón se aceleró, ¡se había cumplido su deseo! Sin duda un milagro, se dijo, agradeció mentalmente el haber colocado tres velas a San Edelmiro, hacía una semana, en la parroquia de la Santa Concepción de María (todos sabemos que San Edelmiro es un santo muy poderoso, y cualquier suplica hecha con la oportuna devoción siempre se cumple; y si no es así, es que la devoción no era la suficiente).

Raúl había olvidado la importancia de la audición. Llevaba tantos años pidiendo que le gritaran, subiendo el volumen de los televisores, aislándose cuando le interesaba y quejándose por todo, que ahora, apoyado en la entrada de su edificio, oyendo incluso la música que provenía del segundo piso del bloque, se dio cuenta de las consecuencias de su nueva situación.

Fue con dieciséis o diecisiete años cuando empezó a perder la audición. Había convivido toda su vida con ella de modo que al final se había convertido en una compañera. Era una defensa cuando quería estar solo (le era mucho más fácil aislarse cuando lo deseaba), una excusa cuando no quería oír y una herramienta para justificar su cinismo y su permanente malhumor.

¡Pero ahora había recuperado los sonidos! Y tenía que gritarle a todo el mundo la gran noticia... ¿o quizás no? Raúl dudó unos instantes. Sería una sorpresa. No tenían por que saberlo antes de tiempo. Podría gozar unos días más de su tranquila existencia, ya tendría tiempo de sorprender a su mujer, amigos, parientes; Se dedicaría a disfrutar de todos esos sonidos y ruidos cotidianos que, lamentablemente, habían dejado de formar parte de su cotidianidad. ¡Ya tendría tiempo de integrarse a las conversaciones o escuchar música! Quería empezar poco a poco: Primero empezaría por asimilar los sonidos más sencillos: El motor de un coche, el delicioso sonido de una cerveza fresca vaciándose a borbotones en un vaso, un cajón al cerrarse, el rum-rum del frigorífico, el viento al mover una persiana o el centrifugado de una lavadora...

 

Mientras estaba absorto planeando su estrategia, notó un golpe en la espalda a modo de saludo. Instantes antes había oído unos pasos acercándose, pero no les había hecho caso, pues aun no estaba acostumbrado a su nueva situación y le era difícil distinguir un sonido en concreto entre la marabunta de sensaciones.

Se giró y ante él estaba su compadre Antonio, llamado “el Flechas” entre los parroquianos de la peña de futbolín, debido a su afición por los carajillos de una marca muy popular... En fin, volviendo a lo que nos interesa, Antonio le recordó (a gritos) que habían quedado para ver el partido y le reprendió por estar allí plantado como un idiota en medio de la calle. Raúl se disculpó, y, también a gritos, movió la cabeza con evidentes signos de impotencia, le dijo que no le había oído, que se había estropeado el audífono y que no oía absolutamente nada.

Antonio, mediante unos signos que solo podría entender alguien que hubiese pasado mucho tiempo a su lado, le dijo que no importaba, que total, un partido de fútbol es para verlo, y ya que había venido, no iba a echarle ahora...

Raúl asintió apesadumbrado y subieron al piso.

 

La situación se repitió casi exactamente con su mujer. Gritos, movimientos extraños de manos, gestos equívocos, mas gritos, palabras pronunciadas moviendo exageradamente los labios... Y Raúl sonriendo interiormente, gozando de un secreto que solo el conocía, y oyendo incluso el piar del canario de la señora Dolores, que estaba en la ventana del patio de luces del quinto piso.

 

Se quedó viendo la tele junto a Antonio, oyéndola claramente por primera vez en muchos años, mientras su mujer fregaba los platos y recogía un poco la cocina. Había dejado el audífono (sonotone lo llamaba) sobre la mesita del salón, pero no de cualquier manera, sino ostentosamente situado; como si fuera un trofeo, para que todos vieran que no lo usaba y para que creyeran que su sordera era inevitable. Y él disfrutaba como un niño con el tintinear de los vasos cuando su mujer los colocaba en el escurreplatos.

Antonio le iba gritando las jugadas, se quejaba del arbitro, y cada vez que quería decirle algo lo agarraba por los hombros y hacia que se girara de cara a él... “¡No lo ves! ¡No lo ves!”, gritaba cada vez mas fuerte cuando un fuera de juego no señalado casi se convirtió en gol. Raúl seguía disimulando, como si su sordera no hubiese remitido.

A mitad de una jugada anodina, después de un periodo en que ambos equipos se entretuvieron pasándose la pelota en el centro del campo, Antonio se levantó y con un gesto muy visual le dijo que tenía que ir al lavabo. Raúl asintió en silencio y se recostó en el sillón. Cerró los ojos y bajo un poco el volumen, a la vez que le gritaba: “Lo bajo un poco... total, no oigo nada”.

Sonrió satisfecho. Se preguntaba cuando debería decirles que había recuperado los sonidos, las músicas, las risas y los reproches. Seria una sorpresa agradable. Se sentía feliz. Estaba a punto de levantarse para que creyeran que el milagro había acaecido en el minuto 65 de un partido que enfrentaba al Deportivo Panicense y al Club de Fútbol Rimateño, eternos rivales desde finales de los cincuenta, cuando oyó claramente a su mujer murmurando algo en la cocina. No tenia que esforzarse por oírla, tal como haríamos tu o yo: Las palabras llegaban claras y nítidas a sus oídos. ¡daba gracias a Dios por el milagro!

Iba a levantarse cuando su mundo se derrumbó. Se quedó de pie con una mano agarrando el sillón, apretándolo hasta que sus nudillos quedaron blancos debido al esfuerzo. Parecía que el aire no le llegara a los pulmones y las sienes empezaron a latirle con fuerza. Un sudor frío recorrió su cuerpo y tuvo que sentarse de nuevo, pues el mundo empezó a girar y se sintió desfallecer.

Sentado de nuevo, ausente de los jugadores que seguían corriendo por el campo, golpeando una pelota ora hacia la derecha, ora hacia la izquierda, cerró los ojos de nuevo y recapacitó. Los gemidos de su mujer resonaban en su cabeza: “Rápido, aprovecha ahora, hoy el sordo no se entera de nada...” al tiempo que Antonio le murmuraba procacidades con voz susurrante y se oía el sonido de unas manos ansiosas sobre la ropa, buscando un placer rápido y pecaminoso.

 

Raúl observó el audífono sobre la mesa. Lo asió lentamente, lo conectó para que sonara el pitido característico y se lo colocó en el oído. No hizo nada más.

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