Relato 019 - Seamos secantes

SEAMOS SECANTES

Abordé la línea de Tower Hill, pensé en todo lo que había cambiado mi mundo, en todo lo que había ido adquiriendo gracias a mis viajes, desde aquella remota primera vez en que me introduje en una línea de metro de un país extranjero sintiéndome perdida, fuera de lugar, completamente insegura, como si me hubieran arrojado a una piscina con mis capacidades de nadar siendo ínfimas, hasta ahora, hasta este hoy transformada en una especie de Mark Spitz, abriéndome paso sin ningún problema ante cualquier cruce de líneas. Volví a pensar en la similitud que tenemos con un libro, en todas esas hojas en blanco con las que venimos de serie, en la capacidad de cada uno de nosotros y de las circunstancias externas, de irlas llenando de aptitudes, de ir conformando nuestras tres esferas: sensibilidad, afectividad, racionalidad. Creo que en mi caso, esta última siempre se había visto seriamente acosada por las dos anteriores, y para corroborarlo, aquí estaba nuevamente yo, a más de mil kilómetros de mi casa y nuevamente caminando hacia ti, nuevamente acudiendo a una llamada tuya.

Desemboqué en la estación, salí lentamente y caminé sin prisa, contemplando los jardines teñidos de ese verde intenso que solamente podemos encontrar en los lugares donde prime la humedad. Por fortuna, hoy había podido prescindir del sempiterno paraguas, la lluvia continua, por increíble que pareciera, había dado una tregua, lo cual era toda una novedad desde que había llegado a esta ciudad. Respiré hondo, allí estaba yo, una muchacha de pueblo que había ido transformando su mundo sueño a sueño, encaminándome serena hacia la ribera norte del Támesis. No pude evitar estremecerme ante la presencia del complejo de la Torre de Londres, magnífico Palacio Real y Fortaleza de su Majestad. Lo había visitado unos días antes, así que seguí mi camino y pensé en Horace Jones, en cómo él habría contemplado el paisaje viendo mucho más allá, construyendo mentalmente un paisaje para él inexistente, un paisaje ahora real, al que yo me estaba acercando. Todos tenemos un poco o un mucho de arquitectos, construimos año tras año nuestro interior, levantamos puentes, torres, edificios a veces del todo imposibles, y todo ello sustentado por palabras, ellas son el cemento de nuestros pensamientos, ellas forman y conforman nuestras ideas, nuestros sueños, las que decimos, las que callamos, las que leemos, las que escuchamos o aquellas que nos hubiera gustado tanto escuchar y se quedaron en mudas.

El Tower Bridge se erigía magnífico sobre las aguas turbias del río por obra y gracia de la mente de Horace Jones, su creador. Era allí donde nos habíamos citado, al amparo de aquellas torres soberbias iba a encontrarme contigo, iba a encontrarme nuevamente con esa parte tan mía que había perdido, esa parte velada al resto, esa parte que nunca compartiría con nadie, que nunca expondría a ninguna mirada ajena. Tenía mi vida, por supuesto, eso es algo que siempre había tenido, pero tú eras la vida que me faltaba, tú eras lo que siempre echaba de menos, tú eras ese conjunto de piezas azules, rojas, verdes que le faltaban al mosaico de teselas de mi historia. Pero no, eso tampoco era cierto, yo era una persona entera, como todas las personas que ese día caminaban a mi alrededor, la idea absurda de que hemos de buscar aquello que nos falta no deja de ser un engaño, toda yo por entero me había entregado a ti, anhelando siempre recibir algo a cambio de aquella entrega, tú no eras lo que me faltaba, tú eras donde una parte de mí había quedado apresada, desde entonces, desde siempre a partir de aquel momento, eché en falta aquella parte, me eché en falta a mí misma, a esa misma que era yo contigo y con nadie más. Por ello quería verte, volver a verte para verme, para sentirme, para volver a ser yo contigo.

Había venido con tiempo, elevé mi mirada hacia la pasarela transparente que unía ambas torres, la gente transitaba a través de ella, por una mera ilusión óptica, había momentos en los que parecían levitar sobre la nada, desplazarse entre torre y torre a través de los sesenta y un metros de vacío existente entre ambas. Pensé ahora en esas prostitutas y ladrones que antaño caminaban ahí arriba. Me vi con un traje rojo acorde al siglo XIX, allí, en aquella pasarela, ofreciéndome sin ningún pudor a los viandantes, pensé en ti, en todas aquellas perversiones fantasiosas que te gustaba dejar a media voz en mi oído, te imaginé contemplando la escena, alentando aquel ofrecimiento, siguiéndome hasta una habitación alquilada y contemplando, lo que dentro de ella ocurría, a través del ojo de la cerradura. No, a tu lado yo dejaba de ser mariposa, para transformarme en polilla, dejaba la luz del día para adentrarme en la noche, en la noche de tus pensamientos, que también eran los míos. Nunca una mariposa deseó tanto ser polilla, abandoné la luz docenas de veces para adentrarme en tu mundo oscuro, te buscaba para poder abrirme y dar salida a la oscuridad que también latía en mi interior. Sigue latiendo, sé que está ahí, esperando a salir nuevamente, albergo el deseo absurdo de que todo vuelva a empezar, o sería mejor decir, de que todo continúe donde quedó interrumpido. Me engaño a mí misma pensando en cosas que sé son imposibles, tú yo nunca seremos, nunca fuimos más allá de pequeños momentos, por ende: no hemos sido, no somos, no seremos y aun así… eres tanto. Bajé mi vista de nuevo hasta el río, vi discurrir sus aguas, el mismo río siempre, distinta agua a cada momento. Su superficie reflejaba el gris plomizo del día, traté de apartar ese reflejo de mi interior, traté de serenarme también, estaba nerviosa, por ello había ido con tiempo, para hacerme al paisaje, para saberme segura en el sitio elegido. Pensé nuevamente en las casualidades, en haber decidido hacer aquel viaje, en parte influenciada por tus recuerdos, siempre me hablabas tanto de aquella ciudad, de aquel puente.

—María…

Tu voz me tomó por sorpresa, me giré y ahí estabas, sin haber cambiado mucho, tan atractivo como siempre, con ese punto entre niño perdido y hombre de mundo que siempre me había fascinado tanto. Me dejé envolver por tu abrazo, disfrutando del sentirme pequeña, casi frágil ante tu envergadura. Te abracé también yo, dejé reposar mi cabeza en tu hombro, sabiendo en ese instante que todos mis pasos desde nuestro último abrazo, me habían llevado de nuevo a ti, porque seguías siendo el destino de mis pensamientos, de mis deseos, de mis sueños más oscuros y espesos. Deseé que el tiempo se parara, o que el mundo se precipitara en ese mismo instante hacia su final, así mi final sería contigo, sería por fin algo nuestro, aunque fuera mero final. Pero nada se detiene, y mucho menos el tiempo, mucho menos el continuo rotar de la tierra sobre su eje, y sin embargo, envuelta en aquel abrazo, sentí que todo se paraba, sentí que el tiempo se quedaba suspendido en el aire, sentí que tú eras destino, que siempre habías sido mi destino, que todo lo anterior a ti, que todo lo posterior a ti hasta ahora, había sido una mera preparación para este hoy, para este presente que eran tus brazos. Me apartaste para mirarme, tu abrazo se había transformado ya en pasado y ahora tenía tu mirada colgada de la mía.

—María, vaya sorpresa, tú y yo aquí. Parece increíble, ¿verdad?

—Verdad…

Verdad… tu coletilla preferida, siempre acababas tus afirmaciones con esa palabra, como queriendo recabar la aprobación, el beneplácito del oyente. Cuánto había echado en falta esas seis letras, esa boca que pronunciaba esa palabra, esa voz que entonaba esa palabra, ese cuerpo al que pertenecía esa boca, esa voz. ¿Verdad? Verdad era que nunca habíamos sido nada más que amigos pero mucho más que amigos, verdad era que nuestra amistad había estado llena de matices, verdad era que siempre esperé más, que siempre esperé algo conformándome con nada, con esa nada que tú llenabas de deseo preciso y exacto en algún momento dado. Verdad era que lo que tú dabas eran meras puntadas imprecisas en un mantel que yo bordaba con esmero, pero que siempre estaba incompleto.

—Tenemos mucho de qué hablar, hemos de ponernos al día de nuestras vidas. Vamos, te voy a enseñar mi Londres y nos vamos contando.

Como hice tantas veces, comencé a caminar a tu lado, deseando lo que nunca hacías, que cogieras mi mano en la tuya para pasar de caminar contigo a caminar en ti. Pero tú seguías siendo tú, el tú de siempre, ese hombre del aire, del tiempo, de las ciudades lejanas. Esa barca sin ningún ancla.

Más allá de mis sueños imposibles, sabía que nada habría cambiado en ti, sabía que tú y yo nunca, aunque yo y tú siempre. Así que caminé contigo, y comencé a contarte mi vida, y comencé a escucharte, vidas paralelas que tal vez hoy volvieran a transformarse en secantes. Y mientras te hablaba, mientras te escuchaba, mientras caminaba y caminabas, alfombré mi cabeza con esas líneas, transformé mis pensamientos en un mantra que a fuerza de repetirlo, esperaba se cumpliera: seamos secantes, seamos secantes… otra vez.

 

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