Relato 017- Primer Encuentro

Primer encuentro

 

             — ¡Mamá! —gritó Carlitos por tercera vez.

 

            La voz detonó en la cocina y huyó por el patio de luces, donde cualquier vecino con la ventana abierta pudo haberla oído. Carla interrumpió la conversación con su hermana y miró a su hijo como si de él hubiera recibido una patada en la espinilla.

 

             — ¡¿Y ahora qué quieres?!

             — Me prometiste que podría ver la llegada de los extraterrestres por la tele... —refunfuñó Carlitos.

             — ¿Has terminado con la merienda?

 

            El crío se metió en la boca la quinta parte del bocadillo de chorizo que aún quedaba en el plato y, mirando con los ojos muy abiertos a su madre, la sacó de dudas.

 

             — ¡Pfi!

 

            Carla soltó un bufido de desesperación.

 

             — Está bien, ahora pídele permiso a tía Inés y, sólo si te lo concede, podrás ir al salón.

 

             — ¿Pfuedo id al zalón? —rogó Carlitos, todavía con la boca llena.

 

            Su tía sonrió un instante ante el descaro del niño y, acto seguido, señaló con la nariz hacia el pasillo, dándole así su consentimiento.

 

             — ¡Bfien! —escuchó farfullar a su sobrino mientras este salía corriendo.

             — ¿Qué es eso de la llegada de los extraterrestres? —preguntó Inés a su hermana.

             — ¿No lo has oído? —respondió Carla, sorprendida— Llevan toda la semana anunciándolo.

             — Pues no, bastante he tenido con estar al día de la última discusión en el programa "Famosas al último grito", ¿lo viste?

             — Ya te digo, será la noticia del mes —convino Carla. Luego, haciendo un ademán con la mano para restarle importancia, retomó la respuesta— Nah, una chorrada que han montado para mantener a los críos pegados al televisor. Según dicen, ha habido un contacto por radio, o algo así, con extraterrestres y se van a presentar hoy, ante la humanidad, a las seis en punto, ¿te lo puedes creer?

             — Vaya tela, así están los chavales de hoy en día, atontados perdidos —dijo Marta, remarcando su disconformidad con un claro cabeceo de lado a lado— Como la hija de la Preysler, ¿has visto el nuevo novio que se ha echado? Dios, qué feo. A ese no lo tocaba yo ni con un palo...

 

 

-o-o-o-

 

 

             — Buenas tardes y bienvenidos, señoras y señores, al acontecimiento del siglo. Hoy, para la humanidad, es un día crucial, único, inimaginable hasta hace pocos días y de un calado existencial como jamás se dio. Hoy responderemos a la pregunta que nos llevamos haciendo desde hace siglos: ¿estamos solos en este universo? Soy Javier Gómez, periodista especializado en ufología, autor del libro "¿Qué hacemos aquí abajo si ellos están allá arriba?", y firme defensor de la existencia de vida extraterrestre. Y estamos aquí, en este marco incomparable que brindan los Campos Elíseos de París, para narrarles el que, sin duda, será un día para escribir con letras de oro en los anales de la historia. Uno de esos días en el cual, esperemos, cambie el curso de nuestra civilización...

 

            Carlitos tomó asiento en el sofá y se preparó para vivir algo realmente excepcional.

 

             — ... Y a mi lado, tras aparcar en  un armario de Brasil, aunque sólo sea por un día, el traje caqui de explorador para acompañarnos en esta retransmisión, el prestigioso biólogo y arqueólogo Mario Boticcelli. ¿Mario, que te parece el escenario escogido por los extraterrestres para hacer acto de presencia? Si te digo la verdad, al principio tenía mis dudas. Pero después de ver las bellas imágenes aéreas ofrecidas por los drones, creo que no podía haber un lugar más adecuado para situar el aterrizaje. Es curioso, porque las formas geométricas de estos inmensos jardines, en cierto modo se asemejan a los dibujos aparecidos sobre aquellos campos de trigo en el norte de Inglaterra hará unas décadas. Recordemos la controversia que se generó a cerca de su autoría: unos decían que eran la broma pesada de unos campesinos. En cambio, otras voces señalaban a seres de otros planetas trazando un lugar visible desde el espacio donde posar sus naves. ¿Y tú, Mario, cómo lo ves?

             — Bien, ante todo buenas tardes a los telespectadores. ¿Que cómo veo el estar aquí, en París, rodeado por un millar de ávidos periodistas, más interesados en crear un circo televisivo que en informar al ciudadano? Pues un despropósito. La verdad, estoy un poco incómodo. Este no es mi hábitat natural. Me parece estar formando parte de algo que, probablemente, acabe en una gran broma.

             — ¿U... una broma? —dijo el periodista, sorprendido— Pero, Mario... ¿De veras piensas eso?

             — Pues sí. Mira, Javier, yo agradezco... Perdona, ¿puedo tutearte?

             — Sí, claro —contestó Javier— por supuesto. ¿Y yo?, ¿te puedo llamar Mario?

             — Mmm... No.

             — ¿No?

             — Desde luego que no. Tú debes llamarme profesor. O, en su defecto, Sr. Boticcelli. Pero, como te iba diciendo, agradezco la generosa financiación por parte de la cadena. Con el acuerdo firmado se ha involucrado de verdad, pasando a ser uno de mis principales mecenas en el documental que filmaré con las tribus aisladas en el Amazonas, donde además incluiré mi profunda investigación sobre la fauna y flora que les rodea. Eso es lo que de verdad me importa. Pero, como decía mi abuela, " es de bien nacido ser agradecido". Por esa razón vine en cuanto recibí vuestra llamada. Pero debo confesar que habéis invitado a la persona más incrédula del planeta para opinar sobre el fenómeno extraterrestre. Porque, seamos serios, ¿alguien espera ver a un ser de otra galaxia paseando por estos jardines?

             — Hombre, Mario... digo, profesor. La señal emitida, según la NASA, procede de las inmediaciones de Marte. Un lugar en el que actualmente no existe tráfico alguno de naves tripuladas, ni mucho menos sondas de paso. También nos ha llegado una confirmación oficial del proyecto SETI, el instituto para la búsqueda de inteligencia extraterrestre, dando el visto bueno al mensaje. Al parecer tardaron dos días en descifrar el complicado algoritmo que fue transmitido en el lenguaje universal de las matemáticas. Y la cantidad de militares y dirigentes haciendo acto de presencia, creo que aporta al acto una seriedad y un rigor defin...

             — ¿Y? —cortó Boticcelli— En mi modesta opinión, eso sólo demuestra la enorme capacidad organizativa de quienes han montado todo este tinglado. Yo apostaría por una empresa automovilística o una marca de refrescos. Esta clase de corporaciones suelen ser las más efectivas a la hora de publicitar sus productos. Mira, Javier, ya que estoy no queda más remedio que prestarse al juego y continuar con la fiesta, pero no me privaré de exponer mi más absoluto escepticismo ante la llegada de unos posibles alienígenas. Yo soy un hombre de campo, un explorador. Así que, hasta que no lo vea, no lo creeré.

             — Está bien —concedió Javier— Respeto su punto de vista, profesor. Pero... ¿podría al menos darnos su experta opinión respecto al protocolo de bienvenida que se ha ideado?

             — ¡Oh!, sí, claro, por supuesto. Para eso estamos aquí, ¿verdad? Deja que repase los apuntes... Por lo que he podido leer, la ceremonia está basada en nuestras ritos más ancestrales, todos muy humanos y adecuados si lo que pretendemos es dar a conocer la cultura terrestre. Primero tienen previsto ofrecer unos trofeos con los que conmemorar la jornada. Unas figuras talladas en madera que, la verdad, me parece una opción muy elegante y ecológica. Luego se entregarán unos ramos florales, donde quedará patente la belleza producida por nuestro planeta y no desentonará para nada con estos preciosos jardines que sirven de escenario. Y, para finalizar, se ofrecerá un tentempié a los supuestos visitantes. Desde tiempos inmemorables, la mayoría de los pueblos han considerado el compartir sustento como un gesto amistoso. Vamos, que así, a simple vista, todas estas tradiciones parecen sacadas del manual del buen terrícola. Lástima que este esfuerzo sea en balde.

             — ¿No cree que vaya a venir nadie? —preguntó Javier.

             — Pues no, para nada —soltó Boticcelli— Seguramente ahora aparezcan un par de avionetas para colocar delante de nuestras narices alguna pancarta con el logotipo de unos cereales famosos, o promocionando ante el mundo entero el lanzamiento de una nueva consola de videojuegos... ¡Ves! —dijo de pronto— Ya son las seis y dos minutos, y por aquí no ha venido nadie. Y, bien mirado, la impuntualidad me parece más propia de seres humanos que de unos extraterrestres esquivos a los que...

             — ¡Ahí están! — interrumpió Javier— ¡Dios mío, es una nave enorme!, al menos tendrá el tamaño de un edificio.

 

            Carlitos se levantó del sofá y se situó a veinte centímetros del televisor, aguantando la respiración, con toda su atención puesta en la pantalla para no perder detalle.

 

             — Sí, es... es... ese aparato es inmenso —balbuceó Boticcelli— Pero no perdamos de vista la perspectiva para echar las campanas al vuelo. Deberíamos recordar que a principios de siglo veinte ya se diseñaron zepelines de unas dimensiones similares...

             — Cierto, profesor. Pero, ¿con esa maniobrabilidad? Se ha plantado sobre el punto de encuentro en apenas cinco segundos; y mantener flotando algo tan grande a tan pocos centímetros del suelo no parece estar al alcance de nuestra actual tecnología.

             — Eh... sí, he de admitir que eso ha sido... sorprendente... pero todavía no podemos descartar la mano humana en todo este asunto. Además, pensemos por un momento en el tren de Tokio y el uso tan eficiente que hace del electromagnetismo...

             — ¡Espere un momento! — volvió a interrumpir Javier— ¡Se abre una de las compuertas!

             — Ahora saldrá Bill Gates anunciando su nuevo Windows, o algo parecido, y seguro que dará una explicación lógica a todo esto... —dijo Boticcelli con poca convicción.

             — Pues no, no va a ser Bill Gates. A menos que este mida entre tres y cuatro metros de altura, o eso es lo que intuimos desde nuestra posición. ¡Atención, la criatura se ha desplazado hacia delante y ya está bajo la luz del sol! Pero... ¿qué clase de cuerpo es ese? Desprende un brillo azul turquesa muy poco convencional, ¿no le parece?

             — Pues sí... es... es... realmente desconcertante.

             — ¿Se ha fijado en la estructura de su cuerpo? Tiene las piernas larguísimas, construidas a partir de una especie de trenzado de lianas y terminadas en lo que parecen ser raíces. Y lo que vendría a ser el tronco, es... tronco de verdad envuelto en hojarasca. Tiene toda la pinta de poseer naturaleza vegetal, aunque quizá sea una criatura algo más viscosa. ¿De verdad que aún duda de que sea un alienígena?

             — Pues... ahora mismo no sé qué pensar...

             — Profesor, antes ha dicho que necesitaba verlo para creerlo. ¡Pues aquí está!, ¡ahí lo tiene!—gritó Javier— ¡Estamos viviendo un acontecimiento colosal, extraordinario, maravilloso! ¡No puede negar lo que ven sus ojos!

 

            La narración televisiva quedó interrumpida por un largo silencio. Circunstancia que aprovechó Carlitos para observar con atención la aparición de otras diez arbóreas criaturas de idéntico aspecto a la primera.

 

             — Está bien, me rindo a la evidencia —concedió finalmente Boticcelli— Partamos desde la premisa de estar presenciando un verdadero encuentro con extraterrestres.

             — Además, de un momento a otro van a dar comienzo los actos programados... pero... los alienígenas se mueven. Han salido del asfalto y se dirigen hacia el césped, lejos del bullicio y en dirección contraria a nuestros representantes. ¿A qué cree que es debido, profesor? ¿Quizá se han desorientado? ¿O se han espantado al ver tanta gente?

             — Si te digo la verdad, Javier, creo que antes has dado en el clavo cuando has comentado aquello de que parecían plantas. Y sospecho que, de la misma forma que nosotros no conocíamos su aspecto hasta ahora, estos seres tampoco tenían la menor idea de a quién mandaban su mensaje. Al menos es lo que deduzco cuando observo la charla que intentan mantener, mediante el tacto, con ese enorme ciprés, sin duda un organismo mucho más parecido al suyo y del que parecen esperar alguna respuesta. Es posible que, para ellos, nosotros no seamos más que unas pequeñas alimañas pululando por los alrededores.

             — Pues estas alimañas han dado el pistoletazo de salida a la ceremonia y... sí, parece que se dan por aludidos, porque ya se dirigen hacia la banda de música que está interpretando la fanfarria de bienvenida. Esto indica que su cuerpo posee alguna clase de sensor para detectar los sonidos, ¿no, profesor?

            — Sí, pero este hecho no debería sorprendernos. Hay estudios que han demostrado los extraordinarios beneficios producidos por la música sobre las plantas, aunque no sepamos muy bien cómo perciben las vibraciones de las notas musicales. Y si pensamos en estos extraterrestres como una versión evolucionada de nuestros vegetales, capaces de llevar a cabo tareas tan extraordinarias como navegar por el espacio, sería de lo más lógico que fueran capaces de escuchar la melodía; incluso llegar a disfrutarla.

             — Ahora que hemos captado su atención, entra en escena Milton Gualotuna, administrador de la demarcación de Kundiawa, perteneciente al estado de Papúa Nueva Guinea. Recordemos el proceso llevado a cabo hace apenas dos días, donde se produjo un sorteo para determinar, entre un elenco de quince mil gobernantes, al representante de la humanidad en este trascendental acto; y la suerte quiso premiar a este humilde país situado en Oceanía. La ceremonia que se llevará a cabo es originaria de su isla, ¿cierto, profesor?; y, al parecer, no ha resultado nada fácil escoger la liturgia...

             — Así es. Siendo Papúa Nueva Guinea una región poblada por una exótica variedad de tribus, se ha optado por dos de los ritos más famosos y característicos de sus habitantes: en primer lugar, Gualotuna ejecutará una especie de marcha marcial sobre un manto de pétalos, costumbre muy extendida en todas las etnias de su país natal cuando estas pretenden desear una agradable estancia al viajero. Luego, como presente, hará entrega de una figura humana tallada en madera de Araucaria, una inmensa conífera autóctona de su región. Una variedad vegetal tan exclusiva como para estar valorada en un cuarto de millón de dólares.

             — Ahí está Milton Gualotuna, caminando con decisión, aunque lenta, muy lentamente, hacia esos extraños seres que, curiosamente, ahora parecen haber palidecido. ¿No le resulta algo extraño este cambio en la pigmentación de su piel, profesor?

 

            Además de la variación en su tono, Carlitos también había detectado un leve encorvamiento en el tronco central de los alienígenas, recordándole ese gesto al de un gato enfurruñado.

 

             — Bueno, más que cambio en la piel, yo hablaría de corteza. Pero sí, el color azul turquesa lo han mutado a un añil cenizo poco agradable a la vista. No tengo la menor idea de a qué es debido. ¿Quizá no se han adaptado al oxígeno de la Tierra y eso afecta a su clorofila? En el hipotético caso de tenerla, claro. Piensa que cuando hablamos de estos seres nos adentramos en un terreno totalmente inexplorado. Habrá que estar atentos a cualquier cambio en su aspecto, porque no los veo capaces de poder comunicarse a corto plazo con nosotros para darnos una explicación, más si cabe cuando nadie ha identificado ningún orificio desde el que puedan emitir sonidos.

             — De hecho, están totalmente paralizados. Ni la leve brisa que sopla ha podido agitar ninguna de sus hojas. ¿Acaso nos observan con detenimiento?

             — Es posible. Date cuenta cómo Gualutona ha optado por dejar el obsequio a sus pies, o mejor dicho, a sus raíces, ante esa pose imperturbable. Y también porque no tienen brazos con qué sostenerlo, claro está. Pero tienes toda la razón cuando señalas su abrumador silencio, porque yo no he podido escuchar ni el crepitar de sus ramas cuando se han movido. Esto demuestra el enorme control que poseen sobre su cuerpo.

             — ¿Me engañan mis ojos o han vuelto a cambiar de color? Ahora juraría que se aproximan a un verde muy cercano al terroso, aunque continúan sin moverse... Quizá estén algo más arqueados, pero no menean ni un tallo... ¡Y ya están aquí las azafatas! —dijo Javier pasando de un tono pensativo a otro entusiasta— Portan una espectacular cesta multicolor compuesta por un número de flores abrumador; desde Tulipanes a Begoñas, pasando por Orquídeas, Magnolias, Hortensias; agrupadas todas en la composición más bella jamás creada. O eso dice el programa. Diez floristas, junto a un grupo de artistas plásticos, han sido los encargados de conjuntar tales bellezas para lograr esa sinfonía de colores. ¿No le parece un regalo digno de deidades, profesor?

             — Realmente hermoso, Javier. Pero deja que incida de nuevo en la reciente variación de tonalidad que han experimentado nuestros huéspedes. Porque, ha sido acercarles las flores y, automáticamente, volverse de un marrón demacrado bastante inquietante. Llevo un rato dándole vueltas a este asunto de la continua muda en su aspecto, y he llegado a una conclusión nada halagüeña.

             — ¿Una hipótesis? ¿Cree saber por qué cambian de color? Pues cuente, cuente. Estamos impacientes por escucharla.

 

            Carlitos tomó un cojín del sofá y se acomodó, a la espera, si cabe aún más cerca del televisor.

 

             — Bueno, tan sólo son suposiciones mías porque, como ya he comentado, no tenemos ni la menor idea de cómo ni porqué se comportan de esa manera. Pero si fueron capaces de construir esa nave y surcar con ella el universo en busca de vida, deben ser también una civilización muy avanzada en todos los aspectos. Incluido, por supuesto, el del plano emocional.

             — No le sigo, profesor. ¿A qué se refiere?

             — Veamos, te pondré un paralelismo para analizar lo que ha sucedido hasta el momento. Imagina que se cambian las tornas. En lugar de recibir la visita de esos alienígenas, somos nosotros los que aparecemos por su planeta. Hemos detectado vida inteligente y aterrizamos allí, ¿correcto?

             — Sí, sí, continúe.

             — Bien, lo primero que esperaríamos encontrar sería a unos seres con cuerpo de humanoide, porque los humanos somos la única inteligencia superior que hemos conocido hasta el momento. Sin embargo, y para nuestro desconcierto, nos topamos con algún mamífero inferior que no da señal alguna de raciocinio, igual que en este caso les ha sucedido a nuestros visitantes con el ciprés. Luego, imagina que veamos avanzar unos arbustos con patas hacia nosotros, presentándose en formación y haciendo sonar sus trompetas de guerra. Porque, perdóname, pero eso es lo que me ha hecho sentir la banda de música. Sólo me ha faltado ver aparecer el General Caster con el séptimo de caballería.

             — Todo esto que cuenta me parece un poco exagerado, profesor...

             — Pues espera, espera, que aún se puede poner más feo. Dan comienzo los preparativos de bienvenida y vemos cómo uno de esos seres avanza con paso decidido a través de un camino cubierto por vísceras de animal, aplastando sin piedad los trozos de carne. ¿O he de recordarte cómo ha triturado esos pétalos con su paso marcial el señor Milton Gualotuna?

             — Hombre, visto así...

             — Pero no se ha conformado con hacer añicos a esas flores inocentes. Luego ha postrado un cadáver de arbusto mutilado a los pies de esos alienígenas. O eso es lo que han podido interpretar cuando se les ha hecho entrega de la figura tallada en aquella exótica conífera. Es como si, continuando con nuestra visita imaginaria por su planeta, ellos hubiesen abierto en canal a un simio para esparcir por el suelo sus venas y arterias, creando así la imagen ramificada de un matojo sanguinolento.

             — Cielo santo, profesor. Parece mentira, con lo pudoroso que se muestra y lo macabro que puede llegar a ser...

             — Y puede que no haya quedado ahí la cosa, porque la cesta con flores bien podría interpretarse como una montaña de bebés recién nacidos, muertos y decapitados que...

             — Vale, vale —interrumpió Javier— Creo que ya ha quedado bastante clara la comparación. Lo que no entiendo es qué tiene que ver todo eso con la transmutación de colores.

             — Pues muy sencillo. Por lo que sabemos del mundo animal y vegetal, la pigmentación exterior puede significar dos cosas: peligrosidad o estado de ánimo. Y no en pocas ocasiones las dos cosas a la vez. Es una forma visual de advertir a todo aquel que permanezca por los alrededores, de mandar un mensaje. Nosotros, los humanos, nos ruborizamos cuando sentimos vergüenza, enfado o tristeza; o sea, nos ponemos rojos. Sin embargo, con un susto bien dado, también somos capaces de transformar el color de nuestra cara en un blanco lechoso. Todo dependerá de nuestras emociones. Y eso si nos centramos sólo en los sentimientos, como creo que está pasando. Porque podría darse el caso de ser un aviso, como hacen las abejas con su traje a rayas o alguna clase de pez caribeño al inflarse, de su mortífero veneno... o de algo peor.

             — Entonces... ¿quiere decir que han podido enfadarse?

             — ¿Desde mi punto de vista?, por descontado. Ya he enumerado anteriormente las razones por las que podrían sentirse agraviados. Ahora sólo espero que ese follaje pardo no sea una alerta de su peligrosidad. Por cierto, ¿qué clase de alimento ofreceremos a nuestros huéspedes, Javier? Tenías el programa a mano, ¿verdad?

             — A ver... deja que mire... Sí, aquí está. Qué casualidad, precisamente se ha evitado confeccionar un menú carnívoro para que no nos vieran como unos caníbales desalmados. Parece todo bastante fresco y sencillo, la verdad. De primero se servirán unas delicias compuestas por mini alcachofas, espárragos trigueros, pimientos, berenjenas, cebolletas y calabacines estofados, acompañados de un surtido variado de ensaladas... todo muy ligero. Y para terminar, una macedonia de frutas con zumo de naranja. ¡Ah!, también se indica que el grueso de los alimentos, menos las ensaladas y el postre, se servirá en forma de pincho.

             — Uff, esto me da mala espina, Javier.

             — Pero, profesor, lo que nos ha explicado es todo una mera suposición, ¿verdad?

             — No, en serio, sólo faltaba mostrarles cómo torturamos a sus congéneres exprimiéndolos, troceándolos, friéndolos en aceite, haciéndolos hervir en agua hasta reblandecerse... Y, para colmo, luego nos los comeremos, empalados, ante sus propios ojos. O tallos, o lo que sea que utilicen para observarnos...

             — Profesor, tranquilícese. Le veo un poco nervioso...

             — ¡Pero observa las imágenes, Javier! ¡Están pasando del marrón al granate! Ya verás tú cuando los comensales den el primer bocado... ¿No hay un modo de parar todo esto? —dijo Boticcelli, sonoramente alterado— Debería existir un botón de emergencias para dar aviso, ¿verdad? Seguramente andará por aquí...

             — Pero... haga el favor de estarse quieto... ¡Deje en paz el panel de mandos!, ¿no ve que eso es el controlador del volumen?

 

¿Hola, compañeros? ¿Me oís desde la central...? Yo apenas me escucho por los cascos... ¿Puede alguien arreglar este estropicio?, el profesor ha arrancado el botón. ¿Hola...? ¿Sí? Ahora, gracias a Dios... Un poco más bajo sería perfecto... ¿Lo tenemos? Así, muchas gracias compañeros.

             — Perdona, Javier, pero creo que me marcho —dijo Boticcelli con voz aterrada— Este lugar no es seguro. Estamos demasiado cerca de esos seres.

             — Sí, sí. Váyase, por favor.

             — Y pienso que tú deberías hacer lo mismo.

             — Sí, claro, recojo esto un poco y ahora nos vemos. ¿Compañeros, podéis acompañar al profesor?

 

            Mientras se escuchaban pasos alejándose, las cámaras no dejaban de enfocar la corteza magenta de los alienígenas. Aquellos primeros planos dejaban clavado en su cojín a Carlitos.

 

             — ¿Se ha ido ya...? — preguntó Javier en voz baja— ¿Sí?... gracias a Dios. Bien. Perdonen por este incidente, señoras y señores. Ha sido tan bochornoso como inesperado. Les prometo dos cosas: primero, que no volverá a suceder. Y segundo, que para la próxima vez, antes de sentarme con un colaborador, lo someteremos a una concienzuda evaluación psicológica. Eso puedo asegurarlo. Pero no dejemos que esta mera anécdota empañe el día más determinante de la era moderna de nuestra civilización. Ehh... ¿Por dónde íbamos...? ¡Ah, sí! Ya tenemos a los comensales devorando esos maravillosos pinchos. ¿Y cómo están nuestros ilustres invitados...?, pues adoptando un color rojo intenso verdaderamente espectacular. Casi se diría que están a punto de estallar. Bueno, esas serían las palabras del profesor de estar todavía por aquí... Pero, si quieren saber mi opinión, la de una persona sensata y serena, me parece estar recibiendo un regalo, una muestra visual del poderoso autocontrol que ejercen sobre su organismo estos seres. Un arco iris en forma de saludo, una paleta infinita de colores especialmente creada para nosotros. Para emocionarnos. Para causar buena impresión. Para enternecernos. En definitiva, para que nadie pueda decir que no pusieron todo su empeño y predisposición en pos del entendimiento, del cariño... ¡Fíjense en la imagen!, ¿no les parece conmovedora? ¡Si incluso les crecen una especie de espinas por todo el cuerpo! De eso les hablaba yo antes, de la emoción. Yo también tengo la piel de gallina, yo también tengo el bello erizado. ¡Esto es emoción! ¡Emoción en estado puro...!

 

 

-o-o-o-

 

 

             — ¡Mamá! —gritó por cuarta vez Carlitos, con los ojos llenos de lágrimas, mientras zarandeaba las faldas de su blusa.

 

            Carla se soltó de un tirón, molesta ante la insistencia, y detuvo su charla.

 

             — ¡¿Y ahora qué pasa?! —gritó mirando al techo con desesperación.

 

            Su ira se apagó en cuanto clavó la mirada sobre su hijo. Tenía la cara empapada en lágrimas, y dos velones transparentes asomaban por la nariz para columpiarse hasta la barbilla.

 

             — ¿Estas bien, te has hecho daño? —dijo Carla al tiempo que escaneaba el cuerpo de su hijo en busca de heridas.

             — ¡No! —soltó Carlitos.

             — ¿No estás bien o no te has hecho daño? —preguntó Carla, algo confusa.

             — ¡No estoy bien! Se... se ha ac... acabado. En... en la tele es... están todos mu... muertos —habló Carlitos, tratando de colocar las palabras entre sollozo y sollozo.

 

            Carla abrazó a su hijo.

 

             — Anda, cuéntame qué ha pasado.

             — Es... estaban los extra... extraterrestres y un... un montón de personas con... con ellos —comenzó a explicar Carlitos, algo más sereno— Luego se pusieron cada vez más rojos, y luego más rojos, y luego lanzaron millones de agujas hacia todos los lados y... ¡Están todos muertos!

 

            Tras la última frase, Carlitos volvió a estallar en un llanto inconsolable.

 

             — Bueeeno, ya está... —dijo Carla redoblando la fuerza de su abrazo. Sin ser vista por su hijo, miró a su expectante hermana para luego lanzar la vista al cielo hasta poner los ojos en blanco, rogando paciencia a alguna divinidad— Entonces, ya ha acabado todo, ¿no?

             — Sí...

             — Pues ahora vuelves al salón, cambias de canal y te quedas allí un rato mirando los dibujos animados, que mamá aún no ha terminado de hablar, ¿entendido?

 

            Carlitos retrocedió un paso. Estaba perplejo. Dio media vuelta y, recibiendo por la espalda un leve empujón de su madre, se encaminó hacia el salón. Al parecer ni su propia familia era consciente de la grave situación. ¿O quizá sí? Después de todo, y para evitar su sufrimiento, no le parecía un mal plan permanecer anestesiado delante del televisor mientras toda la especie humana tocaba a su fin.

 

 

 

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