Relato 016 - Flechas

 

Había perdido la capacidad de enamorarse, y no era una cuestión baladí.

Podría decirse que las flechas del carcaj de Cupido se habían acabado hacía años, y la mayoría de los tiros habían sido errados.

De ahí que la vida de nuestro protagonista navegara en un viaje de ida sin vuelta hacia la soledad. Este viaje era aderezado con momentos, proporcionalmente escasos, de brillo. Esto ocurría cuando se reunía con los únicos, y buenos, amigos que tenía.

Quizá había empezado a muy temprana edad a enamorarse, eso es lo que siempre pensó, aunque era totalmente un sinsentido. No el hecho de que fuera muy joven, que lo era, cuando por primera vez se quedó embelesado mirando los ojos azules de una compañera de clase en el colegio.

Estaba en el recreo, comiéndose un bollo, probablemente un Phoskitos, con lo cual serían sobre las 11 de la mañana. Todo el mundo jugaba, al balón, al látigo o al “tú la llevas”. El tiempo daba igual como estuviera; con apenas 11 años, moviéndote y corriendo nunca tienes frío ni calor, eres ajeno a la temperatura. Pero hacía sol, no un sol radiante pero sí lo suficiente para que se reflejara con fuerza en los cabellos rubios de la primera niña por la que se interesó.

Está claro que él no sabía que esa sensación de estar durante una eternidad mirándola a los ojos, mientras que sólo pasaba un segundo en el tiempo real, era amor. Para él fue un momento raro, de ebullición, de no saber qué hacer, si acercarse a ella entre el grupo de las chicas o de salir corriendo. Nadie te explica que hacer en una situación así.

Intentó pasarlo por alto, seguir con el bollo y el balón, y seguir con su grupo de camaradas del recreo.

Pero hay veces que la cabeza no tiene la suficiente fuerza, tengas la edad que tengas, y has de seguir al corazón.

Tuvo que ir a hablar con ella y así lo hizo durante los recreos del resto de la semana. Para el lunes siguiente todo había pasado; a la velocidad con la que ocurre todo a los 11 años, un enamoramiento de una semana es mucho. Al fin había pasado aquella sensación extraña.      

Podría de nuevo seguir jugando y haciendo el bestia en los recreos sin distracciones femeninas.

Creyó que no volvería a ocurrir, pobre iluso. Lejos de acabar todo había empezado.

A los dos años, durante la primavera, volvió a pasar.

De nuevo, ese viaje a lenta velocidad por el tiempo. Un encuentro fortuito, y eterno, pupila con pupila con una compañera que había empezado en el colegio ese mismo año.

Otra vez las mismas e incontrolables sensaciones. Intentó de nuevo centrarse en otras cosas, dejarlo correr. Difícil misión.

Escribió unas rimas chusqueras, poesía lo llamó él, y las guardó. El error fue enseñársela, la poesía, a su mejor amigo del grupo. Craso error.

Las rimas acabaron, como por arte de magia, en manos de aquella niña, de pelo negro y ojos castaños, de risa fácil y movimiento grácil. Se había desatado un huracán. En un segundo se arremolinaron alrededor de nuestro amigo enamorado todas las niñas de la clase, cogiéndole por los brazos mientras que Elena, que así se llamaba la niña, se acercó y le dijo en tono muy serio:

— Cierra los ojos y abre la boca.

Ante tal orden, lo que intentó nuestro apresado protagonista fue soltarse y huir, pero no es fácil soltarse cuando te agarran 3 o 4 niñas cada brazo, ¿verdad?

— No te preocupes, que no te voy a dar un beso —  dijo ella de nuevo.

Lo que pensó en ese momento es que si no le iban a dar un beso, lo cual ya era una sucia perspectiva en aquellos momentos, le iban a hacer comerse el papel. Así que se soltó como pudo y huyó a esconderse. En el recreo del día siguiente nadie se acordaba de nada. El lamentable episodio había acabado. Siguió echándola miradas de cuando en cuando, pero pronto los efluvios de este segundo enamoramiento pasaron.

De ahí, y hasta el segundo año de instituto, nada reseñable ocurrió. Una chica del pueblo, otra del barrio, pero eso fueron cosas sin importancia, sin la sensación de estar pensando a cada momento en ella. Nimierías al lado de lo que ya había vivido.

Pero ese momento, ya siendo un quinceañero, fue crucial en lo que tendría que venir.

Cayó en viejos errores del pasado, pero acrecentados. Cuando la miraba era incapaz de pensar claramente, sus ojos marrones, la coleta con la que recogía su pelo, su cintura. No paraba de dibujarla en cualquier parte, con lápiz, boli o con hilos de aire. Tal era su enamoramiento. Cada vez que la miraba se le encogía el estómago, cada vez que la hablaba le costaba la misma vida prestar atención a las palabras sin distraerse en su mirada.

Como he dicho, volvió a cometer errores, eso siempre pasa. La escribió una poesía, esta más elaborada que la anteriormente mencionada. No contento con guardarla, se la entregó en mano el día de las notas de navidad. Fue un error estratégico garrafal, puesto que hasta la vuelta de vacaciones no volvería a verla. El día era frío, como suele ocurrir en diciembre, mientras que todos comparaban las notas y jugaban con botes de espuma, serpentina o petardos, se acercó a ella.

— Toma Esther. Léelo dentro de un rato.

Y se marchó a casa dejándola con un papel azul, con rimas del tipo “... si te pierdes en el bosque yo por ti me perdería, si te hundes en el mar yo por ti me sumergiría...”.

A la vuelta de las vacaciones, ella le entregó una carta. Al leerla se le rompió un poco el corazón, fue la primera vez que le hicieron daño de verdad. Con buenas palabras le dijeron la frase que nadie querría oír o leer del objeto de su amor: que podrían ser amigos, pero nada más.

Después de aquello se recompuso, un corazón joven cura rápido, aunque siempre quedan rastros. Podría decirse que un corazón roto es como un hueso roto, suelda y crea callo, es más difícil de romper por el mismo sitio. El problema suele venir cuando te rompen muchas veces el corazón, que al final el callo es de cemento armado y es complicado sentir algo bonito por otra persona, por mucho que se intente.

Y durante un tiempo de duelo por el amor caído, nuestro amigo no quiso a nadie, no amó a nadie. Por fortuna, eventualmente volvió a sentir, y como suele ocurrir, de manera inesperada. Poco al principio, como un gato que no sabe bien si el agua es buena o mala, y empieza acercado con temor una pata. Conoció a buenas chicas y otra no tan buenas y aprendió en el camino. De aquí para allá jugando con las cartas que le habían tocado, pero durante ese tiempo nada demasiado reseñable ocurrió.

Un día, sin embargo, recibió un correo electrónico de una amiga hablándole de una chica a la que sólo conocía por internet, y únicamente por su nick.

Y algo de magia debió ocurrir, porque no le hacía falta tenerla cerca, mirarla u oírla para saber que estaba enamorado. Era un enamoramiento intelectual puesto que la distancia entre ambos era de unos 600 kilómetros.

Durante meses hablaron hasta que intentaron coincidir un fin de semana a medio camino. Ya conocían sus voces y sus caras, incluso otras partes de sus cuerpos en la distancia. Mientras que conducía, a primera hora de la mañana de un sábado de mayo, no podía dejar de pensar en ella. En el coche sonaban canciones del tipo “Madrid Barcelona” de Tontxu o “Y ahora” de Manuel Carrasco. Puro pasteleo. Música blandita para un momento de mucha tensión sentimental.

Sin entrar en detalles, ese fin de semana fue agradable.

Pero los designios del amor, y más cuando la distancia se hace presente, suelen llevar a errores, malentendidos y problemas varios.

El dolor esta vez tardó más en pasar. Se dijo que no quería volver a enamorarse. No sabía, y aun hoy no sabe, que sobre eso los humanos no tienen ningún control. Acababa de cumplir 25 años y deseaba no volver a enamorarse.

Lo ha conseguido durante un tiempo, pero nada es para siempre.

Antes he dicho que había perdido la capacidad de enamorarse, sería más certero decir que la había olvidado.

Ahora está en la calle, la lluvia fina de la mañana ha dejado su lugar a una tarde soleada. Ha salido a pasear para estirar las piernas un poco y separarse de las pantallas que inundan su vida.

A unos cien metros camina distraída un mujer joven, pelirroja, vestida de manera elegante con falda negra, zapatos de tacón fino y una blusa de seda color azul celeste.

Él va con vaqueros, zapatillas de deporte y una camiseta bastante usada.

Son perfectos el uno para el otro, aunque ninguno de los dos lo sepa. Ahora os dejo, voy a hacer mi trabajo. Aún me queda una flecha en la aljaba y este es el momento de utilizarla.

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