Relato 012 - El viejo camino de tierra.

 

El sol de otoño brillaba débilmente sobre la Patagonia central. El viento era suave, apenas una brisa del sur que bajaba la temperatura, anunciando la posible llegada de mal tiempo. En un rincón remoto de la extensa meseta se hallaba un humilde caserío resguardado en una hondonada. En los alrededores la geografía era espartana, una planicie que se extendía hasta el horizonte con mínimas ondulaciones en el terreno arcilloso y reseco. Por doquier pululaban los rústicos arbustos típicos de la región: piquillines, jarillas, coirones, y algarrobos. La fauna silvestre, igual de rústica y opaca, se escondía en las irregularidades del terreno y las marañas de arbustos entrelazados.

 

A un par de centenas de metros al sur del caserío había dos niños que jugaban en el medio del campo, correteando entre los arbustos y las irregularidades del terreno. Buscaban lagartijas, unos pequeños reptiles que se mimetizan con el suelo con tanta perfección que sorprenden al caminante con su repentino movimiento, que las hace salir disparadas en busca del resguardo de los matorrales espinosos. Los niños que vivían en aquel lugar tenían pocas diversiones a las que dedicarse, y una de las más comunes era la caza de lagartijas. En realidad era la única a la que se le podía llamar juego, a pesar de lo que significa cazar un animal, ya que las otras diversiones estaban asociadas a trabajos con una finalidad, como el arreo de ovejas o la búsqueda de frutos silvestres.

 

Los niños estaban agazapados, en silencio, cuando un ruido lejano, grave pero muy débil, llamó su atención. No era el inconfundible ruido de los caballos, ni tampoco eran las ovejas, porque las pocas que aún quedaban estaban a buen resguardo en la zona de mallines al norte del caserío. Desde que las cosas fueron de mal en peor y no se supo nada más del resto del mundo, las ovejas se empezaron a cuidar como si de hermanos se tratase. El ruido, que lentamente crecía en intensidad, era sin lugar a dudas provocado por un automóvil. Pero los niños sabían que en el escuálido pueblo apenas quedaban dos o tres vehículos en condiciones de usarse, y todos ellos estaban bien resguardados, evitándose a toda costa su uso.

 

La curiosidad pudo más que el temor, y los niños corrieron hasta una pequeña elevación del terreno a pocos metros de ellos. Al llegar arriba, se encontraron con el viejo camino de tierra que antaño era la vía de entrada al pueblo. Éste se hallaba salpicado de pequeños arbustos que reclamaban el terreno que injustamente el hombre les había arrebatado durante muchas décadas. Siguiendo la traza del olvidado camino, a lo lejos, se veía un reflejo cristalino que se movía, acompañado de una nube de polvo traslucida que señalaba el sentido del movimiento. Un leve estremecimiento, producto del miedo, dejó paralizados a los niños, cuando se dieron cuenta que lo que estaba circulando por ese camino era un automóvil y que, para colmo de males, venía hacia el pueblo. Ellos no recordaban lo que había pasado, pero en el pueblo siempre contaban que todo había desaparecido y que el camino de tierra jamás volvería a usarse. A excepción de las huellas que servían para comunicar a las familias que vivían internadas en las zonas más desoladas de la meseta, no había ninguna comunicación por tierra con ningún otro pueblo.

 

Los niños se largaron a correr en dirección al caserío, impulsados por el miedo a lo desconocido. Se suponía que nadie podía venir de allá, ni del este, ni del oeste, ni el norte ni el sur. El mundo se limitaba a la meseta, con sus suaves lomadas, sus tristes mallines y lagunas secas, sus míseros arroyitos y la pobre gente que lo habitaba. Con suerte llegarían a unas trescientas o trescientas cincuenta almas, no más. Pobladores de campo, unos cuantos residentes estables del pueblo, y algún extranjero caído allí durante los tiempos de confusión que precedieron a la desaparición de todo. Pero ya habían pasado cuatro inviernos desde la llegada de la última persona. Era un hombre de ciudad, que decía ser médico, que llegó buscando amparo y contención. Él fue quien dijo que ya no quedaba nada allá, que todo había desaparecido. Los valientes, o locos, que salieron en busca del mundo regresaron diciendo que todo era polvo o directamente no regresaron.

 

Sortearon la tranquera que hace las veces de entrada al pueblo con la facilidad característica de los niños que se crían al aire libre, entre caídas y magullones. Gritaron con fuerza y muchas caras se asomaron a las sucias ventanas y surgieron de las desvencijadas puertas. Los mayores rodearon a los chicos y éstos les contaron lo que habían visto: un automóvil, polvo, el camino viejo. No hicieron más que terminar la historia cuando todos escucharon el ronco bramido de un motor a explosión, que delataba a un vehículo subiendo por la irregular trepada que llevaba al pueblo. Algunos hombres silenciosos entraron de nuevo en sus respectivas casas y salieron por atrás, armados con viejos fusiles y escopetas de caza. Las mujeres reunieron a los pocos chicos del pueblo y los escondieron en cobertizos y galpones. El resto de los hombres se dirigió a la tranquera de entrada, a la espera de lo que iba a pasar. Algunos de ellos, que vivían parte del año en puestos alejados una decena de kilómetros del pueblo, habían contado historias sobre encuentros con personas errantes llegadas de allá, de donde no quedaba nada, y decían que ya no eran hombres, sino pálidas imitaciones, dementes y enfermos. En esos casos los abandonaban cerca de alguna laguna y nunca más se sabía de ellos.

 

Interminables segundos después apareció la fuente de ruido sobre la cuesta. Era una vieja y enorme camioneta blanca sobre la cual pesaban cientos de miles de kilómetros recorridos. El motor dejó de rezongar por la subida y la camioneta bajó lentamente la cuesta, deslizándose casi con fragilidad hasta detenerse a escasos centímetros del decrepito portal del pueblo. Los hombres pasaron al otro lado de la tranquera para averiguar quien había llegado. Examinada de cerca, la camioneta lucía destartalada por los cuatro costados, con trozos de chapa saliéndose y agujeros de óxido, y sus cuatro neumáticos apenas si estaban inflados. Nadie en el pueblo se hubiese animado a recorrer esas extensas soledades en tales condiciones.

 

Los hombres se agruparon a ambos lados de la camioneta para ver su interior. Al volante se hallaba un joven de unos escasos treinta años, sucio y fatigado, de ojos cansados y gesto tranquilo. Era delgado, de tez morena, y estaba aferrado al volante con determinación, como si estuviese dispuesto a partir nuevamente. Su acompañante era una joven mujer de edad similar, de pelo rubio despeinado, con mirada somnolienta.

 

—Buenas tardes — saludó el muchacho al volante

—Buenas tardes —respondió uno de los hombres del pueblo, de espesa barba, que parecía ser el líder.

 

Todos se quedaron en silencio. Solo se escuchaba el ronquido sereno del motor de la camioneta y el ulular producido por la brisa del sur.

 

—Nos alegramos de encontrar gente de nuevo, hace muchos meses que no vemos a nadie – dijo el muchacho de la camioneta mientras trataba de esbozar algo parecido a una sonrisa.

—¿Podemos quedarnos con ustedes? – preguntó la chica, con un ligero temblor de voz.

 

Otra vez quedaron todos en silencio. Casi cuatro años habían pasado desde el arribo de la última persona al pueblo, por lo que esta situación los tomaba desprevenidos. Ellos eran hospitalarios, pero con las cosas que habían sucedido no podían confiar fácilmente en nada ni nadie que viniese de allá lejos, por el camino de tierra.

 

—¿Dónde está el resto? ¿Cuántos quedan? —preguntó el líder

 

El muchacho y la chica se miraron en silencio, y ella empezó a sollozar.

 

—La última persona que vimos fue a su hermana – dijo el muchacho, señalando a su acompañante con la cabeza — hace unos tres meses, pero ahora ya no está, sólo somos nosotros dos… y esta vieja camioneta que se está quedando sin combustible

—Aparte de ustedes… ¿Cuántos más quedan Allá? ¿Va a venir alguien a ayudarnos? – insistió el líder.

 

Nuevamente el silencio. Una fuerte ráfaga de viento frío sopló desde el sur, y algunos se dieron vuelta a mirar el horizonte, donde unas incipientes nubes negras anunciaban una posible tormenta.

 

—Nadie… no queda más nadie. Nosotros dos somos los últimos. Nadie más va a venir —dijo el muchacho.

 

Se examinaron y desafiaron mutuamente con la mirada, y el muchacho volvió a recalcar su afirmación:

 

—Nunca más… nadie vendrá, nunca más –

 

Los hombres se retiraron y debatieron rápidamente, con pocas palabras y gestos severos. Al final de la improvisada deliberación, el líder se dirigió hacia los dos jóvenes, y esbozando una sonrisa franca les dijo:

— Sean bienvenidos, pueden quedarse en nuestro pueblo

 

Los jóvenes respiraron aliviados, y todo el cansancio y dolor de sus rostros se esfumó, dando lugar a un alivio que no han podido sentir en los últimos meses. Alguien abrió la tranquera y les hizo señas para que pasen. El muchacho se aprestó para entrar la camioneta, pero antes le preguntó al líder:

 

—Una pregunta más… ¿Cómo se llama este pueblo?

 

El líder miró en dirección al triste caserío y en un par de segundos pasaron muchas imágenes por su mente: el trabajo duro del campo, la pobreza, las carencias, la gente que llegó de afuera, y la ominosa situación en la que vivían desde hace cuatro años. Se le hizo un nudo en la garganta cuando recordó que había mandado a sus dos hijos a estudiar a la ciudad, para que pudiesen tener un futuro mejor al de un puestero rural como él. Nunca más había sabido de ellos, desde que el resto del mundo se apagó con un silencio sepulcral, un silencio para el cual todavía no había podido encontrar respuesta.

 

Un trueno apagado se escuchó a lo lejos. El hombre de espesa barba sacudió la cabeza, volvió a mirar al muchacho, y aclarándose la voz le respondió:

 

—Hace muchos años tuvo un nombre, pero ese nombre era para el mundo de aquel entonces. Desde hace cuatro años, en vista de lo que ha pasado, hemos decidido rebautizarlo. Simplemente lo llamamos “Mundo”, porque es el único mundo que aún existe –

 

FIN

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