Relato 011 - Pequeño Capitán

 

Sin previo aviso los días se tornan nauseabundos y oscuros.  La negrura del mundo se desparrama  secando bocas y vísceras. 

No admites que tu propio hijo ya sólo sea un recuerdo.

La vida  que más quisiste  ha sucumbido. Presa de un azar nefasto. Difuminada en laberintos de estadística. Ojos cavernosos, entrañas frías, hierro y piedra son tu sombra.

¿Quién le explica a un padre que su único hijo pertenece a la tierra? ¿Quién le cuenta que ahora solo es polvo y su esencia desaparecerá entre las telarañas de  la memoria y el recuerdo de los que le conocieron?

De postrer despedida: un  quejido desgarrado sobre una caja de pino. Sollozos imperecederos de mujeres desconsoladas. Dolor de hombres que no deben sentir dolor. Quebranto. Palustres  rasgando la niebla. Blanco yeso ávido de lágrimas. Una pared separando los sueños del más allá, de donde nadie regresa.

            No queda consciencia  de haber dicho adiós. Tan solo un pertinaz desconsuelo, que tornará, tal vez, con la pátina del tiempo, en sabor agrio o leve aroma de  momentos alegres.

Te alejas de la tumba. Temeroso del vacío del hogar, que ya no es hogar si no pira funeraria de reproches y premoniciones donde una  madre buscará  canciones de cuna  ya para siempre perdidas, robadas. Por delante  largos los días y  cortos  años.

¿Y ahora? No existen caminos, tan sólo el después.

            Fin. Zeta. Omega. Amén.

 

           

Días, semanas y meses, Ramiro cruzó las altas cancelas del cementerio, escondiendo bajo el abrigo flores y duelo, hasta que el dolor se transformó en resignación. 

Sentado sobre la lápida miró distraídamente a los arboles que asomaban la cabeza por encima de las tapias del camposanto. Aún retenían  hojas los álamos y algún que otro ciprés escrutaba curioso desde la calle a los dolientes que paseaban entre las tumbas. Encaramado a las enormes ramas de uno de  ellos le vio por primera vez; no tendría ni ocho años, rubio y espigado, atlético dentro de su desgarbada pequeñez.     Salió del cementerio y se dirigió hacia los arboles donde el niño  gateaba de rama en rama oteando el horizonte. El crío se entregaba en cuerpo y alma a un juego que Ramiro no alcanzaba a comprender.  No le prestó demasiada atención. Pero al poco vio reflejada en él la imagen de su hijo perdido.

En realidad todo le recordaba a su hijo.

            ―Ten cuidado criatura, te vas a partir la crisma si caes desde ahí arriba.

            ¡Inicien contramarcha, vamos a chocar! gritó el niño con voz ronca.

            ¡Que te bajes del árbol! .

            ―¡No puedo, hay un iceberg a proa! ¡Viren a estribor!

            Ramiro escrutó  con atención la campiña que se  extendía ante ellos, ondulante, inmensa. Nada  alteraba la monotonía de suaves e interminables lomas de tierra húmeda. 

            ¿Dónde hay un iceberg? ―le siguió el juego.

            El niño señaló con el dedo una inmensa nube blanca que surcaba el cielo con pesadez. Observada con atención pareciera varada  en el inmenso azul, dando la impresión de que el parque realmente se movía en su dirección.

            ―¡Vamos a chocar!

            Ramiro sintió un leve mareo y se sentó en uno de los bancos. Siguió contemplando  con fascinación el juego del niño.

            ―¿Cómo te llamas, pequeño?

            Murdoch, William Murdoch,  Primer Oficial del Titanic…a su servicioy ―y siguió escudriñando el horizonte.

 

 

Metódica y puntualmente, Ramiro, vigilaba a hurtadillas a las mujeres que osaban mancillar la tumba de su hijo con jarrones rotos y trapos sucios. Cambiaba las flores mustias por otras más frescas, siempre claveles y al fin: un chorrito de agua para remojar  los tallos que se afanaban por sobrevivir.

¡“Techad al trepo”! ¡“Techad al trepo”! ―las voces provenían del otro lado de las tapias. Ramiro se acercó curioso, buscando el origen del estrépito. Al bordear el muro descubrió, un día más, al pequeño capitán. No pudo contener una sonrisa. Una sonrisa, después de tantos meses. Se sintió culpable, y trato de fruncir el ceño. Pero en el fondo se sentía reconfortado. Buscó acomodo en un banco de piedra y ensimismado se dejó llevar por el enredo de los curiosos juegos del chaval. 

Le observó en silencio y fue consciente del poco tiempo que había dedicado a disfrutar de su propio hijo.

Ya era demasiado tarde, terriblemente tarde. 

Tantos días perdidos en cuidar una hacienda ahora sin heredero, tanto afán en acumular una fanega  más de tierra con la que incrementar el patrimonio, tanta vida desperdiciada en aumentar la cuenta corriente.

            ―¿Para quién son esas flores?

            Descabalgó del mundo paralelo en el que de un tiempo a esta parte se refugiaba de la realidad y se encontró con unos ojos profundamente verdes que le observaban a corta distancia.

            ―Señor ¿Para quién son esas flores? ―preguntó insistente el pequeño oficial, que se había acercado hasta él.

            Son para mi hijo susurró mientras se recomponía.

            ¿Y dónde está tu niño?

            Ramiro señaló con la mirada  las cercanas tumbas.

            ―¿Está muerto?

            El hombre trago saliva, y asintió resignadamente con la cabeza.

            ―Los muertos no salen a por las flores, así que no servirá de nada.

            Es para recordarlo dijo Ramiro

            Yo sé que los niños se mueren, porque en el Titanic murieron muchos. Algunos se ahogaron pero la mayoría se congeló.

            Vaya, no lo sabía.

            A mi me gustaría viajar en el tiempo y aparecer en el barco, para avisar al Capitán que iban a chocar con un  iceberg. ¿Te gustaría tener una máquina del tiempo?

            En la mente de Ramiro apareció la carretera donde su hijo chocó a toda velocidad contra un iceberg. Notó un sabor salado en los labios.

            ―¿Quieres jugar conmigo?

            Sin darle tiempo a reaccionar, agarró a Ramiro y lo llevó hasta la enorme rueda metálica, en forma de timón de barco, que servía para ejercitar los brazos. Abstraídos, navegaron durante semanas  entre bloques de hielo que amenazaban con rasgar el buque.  Cerraron compuertas. Huyeron del agua congelada a través de interminables pasillos. Alimentaron las calderas con carbón incandescente y notaron los temblores del acero abierto por cuchillas heladas.

 

 

 

           

 

La nube de polvo inundaba la calle y amenazaba con tragarse a los pocos viandantes que transitaban por la acera.

Se te ve mejor cara ―soltó de sopetón la dependienta que barría con esmero la puerta de la floristería. Ramiro fue consciente de que llevaba más de un mes sin comprar flores para la tumba, algo que venía haciendo puntualmente todas las semanas.     Sintió un fuerte remordimiento. Un mes sin apenas recordar el dolor que le atenazaba. Un mes que había dedicado a jugar con el pequeño capitán del Titanic, al que buscaba puntualmente todas las tardes junto a las tapias del cementerio. El crío se había convertido en una auténtica obsesión que le carcomía y reconfortaba al mismo tiempo. Los ratos de juego y solaz junto al ocurrente chiquillo le evadían e incluso llegó a pensar que era su hijo con quien jugaba, por eso esperaba con ansiedad el momento del encuentro.

El polvo que levantaba la escoba le devolvió a la realidad  ¿El cumplido de la mujer era una indirecta para recuperar un cliente o se trataba de una muestra sincera amabilidad?

            Sí, parece que me encuentro algo mejor contestó Ramiro, protegiéndose la nariz con la bufanda  mientras miraba con atención hacia el cementerio, que se alzaba inmenso sobre el cerro.

            Ya no se puede hacer nada dijo resignada.

            No, si no es por mi hijo, estoy buscando a otra persona.

            La dependienta torció el gesto en una mueca de pena y siguió barriendo mientras el hombre subía la cuesta de tierra apuñalada de cipreses.

 

 

 

 

            ―Mañana me voy dijo el pequeño escondido tras los bancos de piedra.

            ―¿Cómo que te vas?

            Mañana zarpa mi barco hacia América.

            Ah…creí que hablabas en serio ―exclamó Ramiro,aliviado.

            En ese momento comprendió el vínculo que ya le unía con el muchacho. Por un momento sintió las cuchillas de una nueva separación. No se había planteado que pudiera desaparecer algún día, así sin más. No conocía su verdadero nombre. No sabía quiénes eran  sus padres. Le encontró unas semanas atrás y le aceptó como un regalo. Algo que el universo, pues Dios ya no contaba para él, le ofrecía para paliar la muerte de su hijo.

            ―Mañana nos vamos en el “artobus”. Mi abuelo se ha curado. Ya come algo más. Hoy desayunó dos tostadas con aceite y una magdalena, al mediodía tomó dos copas de vino con aceitunas y para almorzar un cocido con peras en almíbar. Con muy poquito se queda comido. Mi padre dice que si es capaz de tragarse todo eso es porque ya está bueno. El abuelo responde que aún se siente mal porque no quiere que nos vayamos todavía, pero a papá lo echarán de la fábrica si no regresamos parloteaba el niño con inocencia. A Ramiro le estalló el corazón en mil pedazos.

            ―¡No puedes irte! ¡Si te quedas te construiré un Titanic! chantajeó.

            ¿De cartón? se interesó el pequeño.                  

            No, de hierro y a tamaño natural se envalentonó Ramiro, a quién la realidad se le venía de repente encima.

            ¿Y navegará? A mi madre le gustaría hacer un crucero a Nueva York, pero yo no pienso ir, por lo menos en un camarote. En una barca salvavidas, a lo mejor el niño seguía empecinado con los icebergs y los barcos hundidos.

            ¿Te quedarás?

            ―¿Me prometes construir el barco?

            Te lo prometo sentenció Ramiro.

            Se lo diré a mi padre. Seguro que me deja quedarme.

 

 

 

Los días se agarraron al calendario como hojas perennes, convertidos en fríos e interminables inviernos. De haber vivido aún, Oscar Wilde hubiera visto reencarnado bajo los árboles del cementerio a su gigante egoísta quién presa de la amargura esperaba con desesperación el regreso del pequeño capitán.

Con el tiempo el hombre se fue resignando a que el niño nunca aparecería y que tal vez la gente tuviera razón y nunca existió, que realmente estaba loco y tan sólo fue una artimaña de su imaginación febril en el deseo de recuperar al hijo perdido.

Loco.

            Así le llamaban en el pueblo, pero él seguía empecinado en la búsqueda del pequeño capitán. En el fondo de su corazón presentía que el crío había desaparecido definitivamente. Los años pasaban para todos y  en caso de vivir ahora sería un joven, casi un hombre.

Con los años su esposa murió, y el hombre quedó completamente sólo.

Liberado de compromisos sociales y terrenales tomó una firme determinación, un último recurso para intentar que el niño regresara a su lado, si en realidad no había consistido en una cruel jugarreta de su mente.

Se decidió a  cumplir una antigua promesa no realizada y se embarcó en la construcción de una quimera. Desde aquel momento la gente le dio por perdido.

 

 

 

Matías había sido engullido por las procelosas aguas de la juventud. Los dibujos del Titanic con los que inundó los cuadernos de la niñez se transformaron en calenturientos versos de amor que a su vez  tornaron en estrofas de canciones extrañas donde los héroes nadaban bajo el mar y las ragazzas habitaban “elevatores” de grandes resacas.

Las chimeneas de su nuevo barco expulsaban  humo alucinógeno de hojas de siete dedos y la apatía y el desencanto de los futuros inciertos derribaron los sueños de la infancia a golpe de litrona. 

La ciudad encarceló al joven robando sus recuerdos y esperanzas. Nada quedaba del niño que una vez visitó a su abuelo en el pueblo. Vagos recuerdos e imágenes difusas perdidas entre campanas y juegos.

Tan sólo, de vez en cuando, algún que otro remordimiento y el deseo de ser un poco mejor y buscar un porvenir taladraban el escudo con el que se defendía de la propia realidad. Observaba a su padre vencido y sentía la necesidad de soltar los lastres que le ataban a la miseria en la que él mismo se estaba hundiendo. Por  momentos buscaba la excusa para dar un paso adelante, zafarse de sí mismo, salir del círculo vicioso que le carcomía. Más era un afán inútil que chocaba con el orgullo y la soberbia.

Y ahora, llegaba la hora del regreso.

Una fábrica cerrada a cal y canto y un peligroso paseo por la línea sin retorno que separa a las drogas de la delincuencia precipitaron la vuelta a los orígenes.

La absoluta apatía y el desprecio por el mundo que le rodeaba exasperaron a  su padre. Buscando una manera de redimir y encauzar al hijo que se perdía irremediablemente por los caminos de la desidia y la estupidez, el hombre decidió cambiar de ambiente. Esperanzado en que el campo y la tranquilidad del pueblo proporcionaran una vida, sino más prospera, tal vez más pausada y sana, volvió a su antiguo hogar.

Nada quedaba del apacible y bucólico pueblo donde nació. Las calles rugían desbordadas de vehículos sin control. La educación y la paciencia claudicaron en pos de una modernidad no digerida y el desenfreno de las drogas también había hecho mella entre las pandillas de jóvenes que deambulaban sin trabajo, futuro ni lugar.

Matías seguía en sus trece y al poco de llegar se preocupó de buscar a las ovejas más descarriadas para matar el tiempo fumando y a bebiendo como un desesperado cosaco tras la batalla.

El punto de reunión era en la explanada del cementerio, un frustrado jardín al que sólo acudían quiénes buscaban un rincón discreto donde desfogar los deseos carnales o consumir productos de origen ilegal. 

Allí, por casualidad, se encontró una tarde, entre risas y humos, con la triste comitiva que subía por el camino de cipreses: dos operarios de la funeraria junto a un perro negro y tuerto andaban en silencio tras un coche fúnebre, perseguidos por el lúgubre tañido de una campana que resonaba entre las casas.

            Ahí traen al loco señaló uno de los jóvenes.

            ¿A qué loco? ―preguntó, curioso, Matías.

            Al chiflado del Titanic. Fíjate, no tiene ni quién le llore. Ya se la ha hundido el barco todos estallaron en carcajadas.

            Dicen que se ha gastado todo el dinero en construir un trasatlántico en medio del campo. Vamos, lo que yo te diga: majareta perdido.

            Matías tiró el porro al suelo y despreció una litrona, mientras observaba el paso del ataúd.

            ¿Tú estás tonto o qué…? reprocharon los demás.

            Observó la arboleda que le rodeaba, las nubes que surcaban el horizonte y los restos mohosos de antiguos artilugios. Se agarró a una rueda que parecía un timón, intentó girarla, pero la herrumbre se lo impidió. En su interior saltó algún resorte olvidado. Miró a los jóvenes y sin despedirse se marchó tras la comitiva que ya traspasaba las cancelas del camposanto.

            Vaya, se nos marcha un loco y viene otro ―todos volvieron a reír, sin mostrar el más mínimo respeto por el muerto.

            Matías observó, resguardado tras las tumbas, como enterraban al loco. Los operarios bajaron con sogas la caja y  echaron yeso encima. Después cubrieron la lápida con una pesada losa de mármol donde aparecía el nombre de una mujer y un joven.

            Ea, pues ya se va a encontrar con su hijo, bastante ha sufrido creyendo que iba a volver del otro mundo. El pobre  perdió la razón. ¿Recordáis cuando decía que después de muerto jugaba a los barcos con él, entre estos árboles? Y mira que gastarse todo el dinero que tenía en construir una réplica del Titanic. En fin, Ramiro, descansa en paz ―sentenció el enterrador antes de irse.

            Matías  se quedó un rato. Presentía que cuando se marchara, con él se perdería el último recuerdo de aquel hombre. Sentado en la lápida contempló  los álamos sin hojas y  los cipreses que asomaban por las tapias y se estremeció cuando los árboles le devolvieron ecos de voces infantiles.

            Luego perdió la noción del tiempo.

 

 

 

            El padre del chaval no podía creerse el cambio que había acontecido en su hijo. Con sorpresa y satisfacción le acompañó  a matricularse en una escuela de jardinería. De nuevo leía. El joven había decidido retomar los estudios y ahora se dedicaba a pasear por el campo, solitario y pensativo. 

            Fue en uno de estos largos paseos donde descubrió lo que ya cambiaría su vida para siempre: en una hondonada de la campiña, varado entre cerros de cultivo, se alzaba un inmenso barco. Enorme, destartalado, parecía querer partir la tierra con su descomunal quilla. Metros y metros de chapas metálicas pintadas de negro, rojo y blanco sostenían cuatro descomunales chimeneas.

            ¿Impresiona, verdad?

            El joven se sobresaltó al escuchar aquella voz. Debajo de un olivo descansaba un anciano del lugar.

            ¿Quién ha fabricado esto? preguntó Matías.

            Lo construyó  Ramiro. Al desgraciado se le fue la cabeza cuando murió su hijo. Decía que el niño se aparecía junto al cementerio y jugaba con él. El niño le dijo que si construía el Titanic se quedaría junto a él para siempre.

            Ramiro vendió todas las tierras que ves a tu alrededor para realizar esta locura. Aprovechó la estructura de una nave de aperos para construir el barco. Las empresas de construcción le sacaron hasta la última moneda. Murió cuando puso la última pieza. Yo lo conocía bien y puedo asegurar que no estaba loco.

            El pobre juraba y perjuraba que el chiquillo existió en realidad. Una verdadera lástima. Por cierto, tú no eres de por aquí ¿verdad?

Pero Matías ya no le escuchaba; ahora sólo tenía oídos para las imponentes sirenas que desbarataban  las nubes con su estruendo; ahora, sobre la cabina de mando, comenzaba a navegar lenta y pesadamente entre los olivares, buscando un puerto incierto.

Las olas de espuma levantadas por la demencia de Ramiro mojaron sus pies arrastrando delfines de barro y el pequeño capitán descubrió que sus sueños aún esperaban anclados a la tierra.

 

 

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