Relato 006 - Manchas

MANCHAS

Gris. Invisible. Carlos es una de aquellas personas que jamás llama la atención. Su rostro es indescriptible y no por que no hubiese palabras adecuadas para su descripción; su estatura, media y cualquier hubiese afirmado que no tenía carácter, pues nunca expresa su opinión ni alza la voz más de lo necesario. Nadie repara en él y en los contados casos en que alguien se había fijado en su persona o incluso había interactuado con él, lo había olvidado al poco tiempo; como se olvida todo aquello a lo que no se da la suficiente importancia. Se podría afirmar que Carlos es uno de esos individuos que puede superar una rueda de reconocimiento en una comisaria de policía con éxito, tal es su anonimato físico.

Cualquier con un mínimo de curiosidad se habría fijado que Carlos siempre estaba en la lavandería de nueve a diez de la noche, justo antes del cierre e inalterablemente los mismos tres días de semana: lunes, miércoles y sábado. Y aún más, invariablemente sentado en una esquina del banco, mirando fijamente como su lavadora lavaba su ropa, siempre la misma lavadora, la situada más al fondo.

Ninguno de los clientes habituales, cuatro o cinco que acudían una o dos veces por semana con el mismo horario que Carlos se interesó nunca en hablar con él. Miento. Uno sí, hubo alguien que se le acercó una noche para pedirle un par de monedas para la secadora tras haber fracasado con los otros dos clientes que en ese momento se encontraban en el local. Carlos había sido el último recurso, y el único que le había prestado las dos monedas sin ni siquiera separar la mirada de las lavadoras y sin recibir un gracias como cambio.

Dos meses llevaba Carlos acudiendo a la lavandería. No siempre traía la misma cantidad de ropa para lavar; en ocasiones solamente transportaba una bolsa de deporte y en otras se le veía entrar con dos o incluso, en una única ocasión, cuatro bolsas llenas de ropa sucia habían acabado ocupando dos lavadoras, hecho extraordinario, pero no apreciado en su importancia por los demás clientes.

Aquella noche llovía con fuerza cuando Carlos llegó a la lavandería. Había sido uno de esos días que solamente se pueden denominar como “tonto”, con los cielos nublados, amenazando lluvia a lo largo de la jornada para ir a descargar ya en el anochecer.

Carlos había preparado su lavadora cuando una señora ya anciana entró en el local. Nadie la reconoció. Era la primera vez que entraba en ese establecimiento, seguramente aguijoneada por el diluvio que estaba cayendo en el exterior y que la había empapado.

¡Qué manera de llover, válgame Dios! Mira que doña María me sugirió que cogiese el paraguas, pero creí que aguantaría— comentó sentándose al lado de Carlos.

Carlos no respondió. La mejor manera de ser invisible era comportase como tal.

¿Usted no se ha mojado? —inquirió— ¡Qué suerte, joven! Yo estoy como una sopa. Y todo por culpa del inútil de mi yerno. ¿Sabe? Vivo con mi yerno, ya sé que le gustaría encerrarme en una residencia de esas.

Carlos la miró levemente, sin llegar a girar la cabeza del todo, pero si lo suficiente como para ver que la mujer decía la verdad. Iba a coger un resfriado si seguía con esa ropa mojada.

Tengo toda la ropa pegada a cuerpo— comentó al mismo tiempo que se quitaba con dificultad los zapatos para mostrar unos pies, que aun cubiertos por finas medias, solamente podían calificarse como perfecto—. Mejor, mucho mejor. ¿Sabe? Mi hija murió en el último verano, Dios la tenga en su gloria.

Carlos centró su atención en las lavadoras, o al menos lo estaba intentando. Esa desconocida lo alteraba. Esa señora no dejaba de parlotear.

Me podría haber instalado con mi otro hijo, pero es mi casa y no se la pienso dejar al zángano de mi yerno —continuó—. Qué suerte tiene usted, ese pantalón parece de buena tela.

Gracias —se vio Carlos obligado a responder, aunque solamente fuese por educación.

El último cliente, sin contar a Carlos y a la desconocida, abandonó el local a pesar de que en el exterior seguía lloviendo con ganas. La mujer se levantó sobre sus pies descalzos aunque cubiertos por las finas medias, se acercó a la puerta y dio la vuelta al cartel alternándolo de abierto a cerrado. Después acercó la única silla del establecimiento y la dispuso de tal manera que bloqueo el acceso a la lavandería desde el exterior.

Espero que no le moleste, pero así seguro que no nos molestan.

Carlos la dejó hacer tan sorprendido como intrigado. ¿Qué idea debía recorrer la mente de esa parlanchina señora? Carlos la observó con más atención calculando una edad de unos ochenta años bien llevados.

La desconocida colocó uno de sus pies sobre el banco donde estaba sentado Carlos. Y Carlos vio como la mujer deslizaba sus medias hasta dejarlas extendidas sobre el suelo.

Por otro lado, estoy segura de que usted es un caballero, eso siempre se nota —el vestido dejó de cubrir su cuerpo para hacer compañía a las medias— ¿Qué tal estoy?

Carlos giró la cabeza para mirarla, alertado por su pregunta. El cuerpo de la desconocida estaba cubierto por una combinación negra, pero tan ligera que se apreciaba lo que quedaba oculto.

Un inesperado rubor encendió las mejillas de Carlos. ¿Esa venerable anciana se le estaba insinuando mientras oían los truenos caer?

La mujer cogió la ropa y la depositó en una de las secadoras.

¿Qué le parezco? —preguntó ella sentándose muy cerca de Carlos, rozando su cuerpo.

Carlos centró a la altura de sus pechos mientras su respiración se aceleraba.

¿Cree usted que debería secarlo también? —inquirió obligándole a tocar la tela.

Carlos intentó retirar la mano sin éxito, tan inesperadamente fuerte le sujetaba. Y ella le obligó a acercarse más.

Me parece que eres demasiado tímido —le susurró al oído—. Nadie nos molestará. Creo que será mejor secar también la combinación.

La señora se colocó de pie delante de Carlos.

¿Me ayuda? —dijo levantando los brazos.

Carlos la miró sin entender a qué se refería, o más bien sin quererlo entender. Él nunca había tenido éxito con las mujeres, pero creía que a cierta edad ciertos comportamientos no eran normales.

Joven, que ya no tenga edad para tener los brazos levantados tanto tiempo.

Y Carlos obedeció, levantando la combinación por encima de la cabeza de la anciana y a lo largo de sus brazos hasta liberarla de la prenda. Y la mujer quedó entonces cubierta únicamente por un conjunto de sostén y bragas negras.

Carlos giró la cabeza para mirar hacia su lavadora, el tiempo de lavado debía estar a punto de finalizar. Ya debía estar a punto de pasar la media hora de costumbre.

La lavadora dejó de lavar. Carlos se removió inquieto. Debía acabar el trabajo y con ella delante era imposible. Fuera seguía lloviendo, aunque la tormenta parecía estar alejándose.

Creo que su lavadora ya ha finalizado su ciclo de lavado —le susurró ella al oído—. Debería pasar la ropa a la secadora. Se puede secar junto a mis prendas.

Pero Carlos no abrió la lavadora, no podía abrirla con ella delante. No podía tener testigos mientras sacaba la ropa y limpiaba a fondo la lavadora de las posibles pruebas, pruebas que podrían hacerse servir en un juicio contra la gente que le pagaba por la limpieza y contra él mismo, que podría ser juzgado por encubridor y por destructor de pruebas. Sangre u otros desechos humanos podían estar en ese momento dentro del filtro de la lavadora.

Debería ponerse la ropa —le aconsejó—. Se va a enfermar.

¿Sabe? No es la primera vez que estoy así, desnuda ante un desconocido. Eres demasiado joven, pero yo fui famosa durante años, los hombres pagaban por ver mi cuerpo. Ahora, algunas arrugas dominan mi cuerpo, pero todavía conservo mucho de mi erotismo.

Ella se le acercó. Él retrocedió hasta chocar como la lavadora. No deseaba dañar a esa señora, esa señora que debía estar loca.

Estoy disponible —dijo ella, y cogiéndole la mano la depositó sobre su pecho—. Y tú también. ¡Qué calor!

Ella lo arrinconó aún más contra lavadora y él se dejó empujar, abandonando toda voluntad. Ella era la alfa en esa relación y él lo aceptaba. Ella se le acercó aún más, hasta que sus cuerpos entrechocaron.

El padre de mis hijos murió, ¿sabe? Fui feliz con él, pero era tan mojigato que tuve que abandonar mi profesión.

Señora, por favor —suplicó Carlos levantado los brazos para situarlos entre él y la desconocida—. No se acerque tanto. No deseo hacerle daño.

¿Sabe? He procurado mantenerme en forma, pero veo que usted no ha pisado un gimnasio en su vida. Su cuerpo fofo le delata.

Ella se acercó aún más y Carlos se vio obligado a tocarle los pechos o bajar los brazos.

Ahora, sí. Puedes besarme. Pero no en la boca.

Y entonces él abandonó toda voluntad, jamás una mujer se le había insinuado de esa manera, ¿qué importaba la diferencia de edad? Las manos de él recorrieron el cuerpo de ella hasta rodearla por la cintura. Sus labios se posaron en sus pechos, recorriendo su cuerpo en sentido descendiente, centímetro a centímetro agachándose poco a poco hasta quedar casi en cuclillas.

No deberías haberlo hecho, Carlos —dijo ella repente.

Él se detuvo asustado e intentó levantarse al darse cuenta del cambio en la voz de ella, pero su instinto no fue suficientemente rápido, no para evitar que un estilete penetrase en su cuello, y que ese fino estilete provocase su muerte en pocos segundos, justo antes de que un último pensamiento acudiese a su moribunda mente: ¿cómo conocía ella su nombre?

Ella lo vio caer ya sin vida. Volvió a vestirse sin prisa antes de realizar una llamada telefónica:

El búho está en su olivo —y realizó la señal de la cruz sobre el cadáver de Carlos.

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