Relato 002 - Los otros mundos

LOS OTROS MUNDOS

Dedicado a Eduardo Pons Prades , Mariano Constante y a todas las españolas y españoles que padecieron el infierno y nos legaron el testimonio de la dignidad y de la valentía con que lo sobrevivieron.

Cuando los tres hombres se acercaron hasta el lugar exacto donde cayó el meteorito, oyeron un ruido similar al de una enorme tapa girando hasta levantarse. Al mismo tiempo, la tierra, quemada por el impacto del cuerpo celeste, adquirió un color rojo y, en pocos segundos, naranja a causa de la elevada temperatura que desprendía el cráter.

Al cesar aquel sonido, una especie de cascabeleo metálico precedió a la aparición de algo parecido a una gigantesca cobra metálica cuya cabeza emitía una luz roja. Los hombres confiaron en que aquel ser, al verlos venir con un trozo de tela blanca unida a un palo, no solo no les haría ningún daño, sino que gracias a él y a aquel encuentro se convertirían en los personajes más importantes de la historia de la humanidad: los primeros seres humanos en establecer contacto con seres de otro mundo. Sin embargo, y sin que ellos apenas se dieran cuenta, un torrente de chispas brotó de la cobra dejando de ellos tan solo tres montones de ceniza.

Paco se esforzó por sonreír mientras fingía seguir con interés la pugna entre los marcianos y la humanidad unida, como por obra de uno de esos milagros en los que él no creía, por una causa común: su subsistencia. Pero los mareos que padecía desde hace diez años se repetían ahora no solo con más frecuencia, sino con más intensidad.

¿Te encuentras bien? —le preguntó su compañera.

Sí, claro. No es nada. Es solo aquella vieja lesión que de vez en cuando me da la lata, como para recordarme viejos tiempos.

Clara sonrío y le acarició el brazo. Luego, acercó sus labios a su oído con el fin de no alzar la voz para no molestar a los otros espectadores.

Leí buenas críticas sobre esta película. Y al enterarme de que la estrenarían también aquí, en Perpiñán, pensé que te gustaría verla.

Sí. Es muy… interesante —añadió Paco mientras le devolvía la caricia.

Y durante la hora y veinte minutos que duró la sesión, no dejó de pensar en que a sus cuarenta y siete años gozar de la compañía y la amistad de una compatriota en aquella ciudad del sur de Francia era lo mejor que le había ocurrido en los diez años que siguieron a aquel mes de mayo.

¿Sigues…?

¿Mareado? No. Ya se me pasó. —dijo mientras caminaba esforzándose por aparentar que ni siquiera se acordaba de aquellas molestias que, sin embargo, aún sentía.

Son las ocho. Conozco una pequeña tasca que está al final de la Rue Poissonnerie. Allí preparan un salmón con tallarines y queso delicioso.

Tras esbozar una mueca de fastidio, le guiñó un ojo a la muchacha en un gesto de complicidad que comprendió enseguida, ya que comenzó a reír como una niña que acabara de cometer una travesura.

Sí. Ya sé: no he sido nada original con lo del salmón. Bueno, en realidad quería gastarte una broma. Iremos al bar de la Rue de la Fusterie. Conozco al dueño que también es español. Aún estamos a tiempo de que nos prepare una tortilla de patatas y algo de chorizo a la plancha.

Paco se detuvo y su sonrisa dio paso a una expresión a camino entre la melancolía y la ternura.

¿Cuánto tiempo llevamos saliendo juntos?

No lo sé. ¿Cuatro meses? —contestó Clara con extrañeza. —¿Y a qué viene eso ahora?

Te saco casi veinte años. Y una chica como tú…

¡No digas tonterías! Además, los dos compartimos el mismo modo de ver las cosas, de concebir el mundo, la vida. Aunque, quizás, tú con algo más de experiencia que yo, sobre todo teniendo en cuenta cuanto me has contado de tus años en España y luego aquí.

Él volvió a sonreír confiado y ambos prosiguieron su marcha.

¿Qué te ha parecido la película?—preguntó su joven amiga tratando de desviar la conversación a temas más intrascendentes.

Me ha gustado bastante. Pero para serte sincero, de existir vida en otros planetas nunca la he imaginado así.

Clara frunció el entrecejo en un coqueto gesto de extrañeza ante aquella afirmación.

Cuando era niño, me gustaba mirar las estrellas hasta altas horas de la noche. Imaginaba que detrás de cada uno de esos puntos de luz podría haber miles de planetas como el nuestro. Y en cada uno de esos mundos hombres y mujeres, como tú y como yo, que vivirían bajo un sol como el de la Tierra, padeciendo las mismas miserias que cualquiera de nosotros.

Paco apartó la mirada de su amiga y volvió a dirigirla, tal y como hacía en su infancia, hacia el firmamento. Después, cerró los ojos, y al otro lado del infinito, pudo ver con toda claridad no solo un mundo idéntico al que conoció años atrás sino a sí mismo reviviendo cada uno de los instantes de aquel pasado.

***

Hacia las cuatro de la mañana el tren de carga se detuvo en las inmediaciones de Neuen Bremen, un campo de los llamados de tránsito. Pues de los sesenta prisioneros que llegaron con vida, unos irían a Mauthausen, otros al Castillo de Hartheim, donde los nazis realizaban todo tipo de experimentos con sus cobayas humanas, pero ninguno se quedaría allí. No obstante, daba igual un destino que otro: los triángulos azules que tanto Paco Boix como sus compañeros llevaban cosidos en su ropa así como las iniciales N.N que también llevaban impresas (Noche y Niebla, Nacht und Nebel) eran un pasaporte hacia una muerte segura.

Dos horas más tarde, tras una marcha en la que quedaron atrás varios cautivos, cuando llegaron al campo, un grupo de cuarenta hombres, o mejor dicho, de lo que fueron, desnudos de cintura para arriba, parecía formar para ellos una especie de comité de bienvenida. Ninguno movía un solo músculo de su cuerpo pese a que el agua del lago, donde fueron obligados a sumergirse minutos antes, se deslizaba a través de sus torsos huesudos y lacerados. Un semicírculo de oficiales y de perros lobos vigilaba que ninguno de aquellos infelices temblase siquiera pese al frío glacial.

Paco y sus compañeros fueron obligados, escoltados, a su vez, por los SS que los habían conducido hasta allí, a permanecer también quietos observando a aquellos prisioneros, paracaidistas aliados apresados meses antes. Veinte minutos después, vieron desplomarse a varios de ellos. De inmediato, los perros se abalanzaron sobre los caídos y sus gemidos se mezclaron con las risotadas de todos los soldados alemanes.

Un individuo obeso y rubio vestido como el resto de prisioneros, a excepción de un brazalete que lucía en su brazo derecho, fue reclamado por uno de los mandos. Ambos miraron a Paco. Y, tras asentir con la cabeza a una orden del superior, se abalanzó a la carrera sobre el español.

El comandante me ha preguntado por qué no te ríes. ¿Acaso no te parece gracioso lo que acabas de ver? —le vociferó a Boix, en un castellano apenas inteligible por su marcado acento ruso, refiriéndose a los paracaidistas que habían sido devorados por los canes.

El español, que tiritaba a pesar de ir vestido con el pijama de fibra de papel que recibían todos los prisioneros, no contestó. Pese al pánico, que bloqueaba su cerebro, no tardó en comprender que aquel sujeto era un kapo, un delincuente común al que las autoridades del campo habían puesto al mando de la barraca que sería su hogar hasta que, tanto a él como al resto de sus compañeros, los destinasen a otro campo dotado con un horno crematorio. Por ello, pensó que, para no prolongar en vano su agonía, lo mejor que podría hacer era no provocarlo.

¡Estás sordo! —volvió a gritar el kapo echándosele encima y mostrándole sus dientes amarillentos y cariados— ¡El comandante quiere saber por qué no se ríe su cerdo español!.

Cuando acabó la frase, Paco perdió el conocimiento. Al despertar tendido en su litera, una intensa punzada en el oído y un hilillo de sangre que corría a través de su lóbulo izquierdo le auguraron que aquel puñetazo no sería el último que recibiría del kapo ruso. Así mismo, ya más recuperado, también llegó a la conclusión de que aquella ‘bienvenida’, el hecho de que el comandante se fijase en él, podría deberse, con toda probabilidad, a los informes que la Gestapo habría recibido de España, y donde se detallarían sus actividades en la zona del Maestrazgo descarrilando trenes y atacando convoyes del bando nacional tres años antes.

A partir de entonces, los vergajazos de los guardianes, los golpes del criminal cuya bienvenida recordaría durante toda su vida en forma de mareos frecuentes, las pulgas de la barraca, las ratas, el frío y la humedad se convirtieron en su rutina diaria a lo largo de tres años. Hasta que un día, cuando la muerte dejó de ser un instrumento al servicio del miedo y de sus verdugos, pudo oír por boca de un sargento inglés unas palabras cuyo significado, al igual que el de su propia estima, había olvidado: sois libres.

****

Paco continuó varios segundos con los ojos cerrados antes de abandonar aquel lejano mundo. Una vez abiertos, aún necesitó varios más para percatarse de la realidad que lo rodeaba.

¿Has vuelto ya de tu viaje a través de las estrellas? —le preguntó Clara con un tono sombrío, totalmente distinto a la dulzura y la candidez con que se había expresado hasta entonces.

En realidad, he estado aquí en todo momento. Como en tu película, han sido los otros mundos los que me han invadido. —contestó el ex convicto de Neuen Bremen con una sonrisa.— Tu amigo, el español del bar, me narcotizaría durante la cena, ¿verdad?.

Clara conocía el resto de aquella historia que ya había vivido decenas de veces en los últimos dos años. Tras introducirlo en el maletero de un coche con la ayuda del dueño del bar, lo llevarían hasta la Junquera y de allí a Barcelona, donde sería juzgado y condenado por sus acciones durante la Guerra Civil. Sin embargo, antes de oír la orden de fuego ante la tapia de un cementerio, volvería a vivir en Lérida, en sus minas de amianto, el mismo infierno que conoció en Alemania.

Date la vuelta.—dijo a Paco mientras amartillaba la Star semiautomática que había sacado del bolso. —Y ahora, vuelve a cerrar los ojos.

 

***

¡Basta! —dijo la monja al descubrir, por la grabadora digital que llevaba, que el joven no era un sobrino de la anciana, sino un periodista—¡Haga el favor de marcharse inmediatamente o llamo a la Policía!.

El estudiante de Periodismo esbozó una sonrisa irónica, cogió su cazadora y salió a la carrera hacia la entrada, donde se había quedado la chica con la que había ido.

Tras dejar atrás el viejo edificio del que emanaba un intenso olor a sopa, ambos respiraron teatralmente y rieron a carcajadas al cruzar sus miradas.

¿Qué tal? —preguntó la chica.— ¿Se trataba de una leyenda urbana?

¿Lo de los ‘safaris’ del Régimen, lo de la caza de republicanos en Francia? ¡Vete tú a saber!. La verdad es que, al principio, la vieja no paraba de largar. Pero luego, nada más empezar La guerra de los mundos, ha estado más pendiente de la televisión que de mi entrevista.

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