Relato 001 - La caprichosa flecha de una veleta

Lunes 9 de abril del año 2012.

Me llamo Germán, soy detective privado y, actualmente, trabajo para la Agencia Marjanes de Granada. Hoy mismo, a primera hora de la mañana, nos ha llegado un nuevo caso… Un prestigioso bufete de abogados de la calle Recogidas con el que colaboramos habitualmente, necesita que encontremos al beneficiario de la herencia testamentaria de una rica, vieja y piadosa solterona recientemente fallecida. Por lo que se ve, la susodicha ha dejado, a través de un albaceazgo, la mitad de su dinero y patrimonio a la Beneficencia y, la otra parte restante, unos 2 millones de euros (tasas, minutas e impuestos no incluidos), a su único pariente o descendiente vivo (un tal Antonio Sánchez Alarcón), que se encuentra en paradero desconocido y al que ha sido imposible localizar por el momento. Nuestra misión, por tanto, es dar con él lo antes posible y comunicarle la buena nueva. Su última dirección conocida, es una urbanización residencial de Cumbres Verdes en La Zubia. En fin, sin más, a mediodía, me dirijo a la localidad en cuestión y realizo una serie de indagaciones sobre el particular.

Antonio Sánchez Alarcón, de unos 45 años, es un mediano empresario de la Construcción caído en desgracia tras el estallido de la burbuja inmobiliaria en el 2008. Su empresa de tabiquería quebró en 2009 y sus bienes muebles e inmuebles se encuentran embargados. Según uno de sus antiguos vecinos, su mala cabeza y el alcohol y las drogas, le han llevado a él, a su mujer y a sus dos hijos de corta edad, literalmente, a vivir debajo de un puente, en una autocarabana, en un cortijo en ruinas en plena Vega de Granada. Seguidamente, me desplazo a la que fuera sede de su empresa, en pleno centro de La Zubia, y allí los nuevos inquilinos me corroboran su triste historia: ¨Está arruinado, consume drogas, los Servicios Sociales quieren quitarle a los hijos pequeños y no quiere saber nada de requerimientos, citaciones o notificaciones¨.

A eso de la dos y media de la tarde, acudo al Puente de los Vados, en mi Volkswagen Sharan, a verificar in situ la morada actual de Antonio Sánchez Alarcón y familia… Efectivamente, en una de las explanadas cercanas al Puente de los Vados y la Planta Depuradora de Aguas Residuales, se encuentra aparcada una desvencijada Fiat Ducato, en un improvisado camping de estética chabolista, junto a las ruinas de un viejo cortijo. Se trata de un paraje idílico, con unas impresionantes vistas a Granada capital y Sierra Nevada, pero con un hedor insoportable a campo, estiércol y aguas residuales. Aunque hoy está despejado, las lluvias de los últimos días han hecho mella en los caminos y accesos de tierra de los alrededores. Por ello, para prevenir problemas con el pavimento embarrado y los socavones, decido aparcar el monovolumen en frente, al otro lado de la carretera. Posteriormente, cruzo la vía a pie y, tras sortear los numerosos charcos y baches, me planto sibilinamente en los umbrales de tan fétido y tétrico asentamiento.

Me recibe una enclenque y sucia perra de aguas, entre compulsivos quejidos e insistentes ladridos.

-¡Quita chucho! ¡No molestes…! ¡Disculpen! ¿Hay alguien por ahí?

 

Como nadie me responde, golpeo persistentemente la puerta de la autocarabana, para hacer presente mi llegada… Sin obtener resultados. La cánida de pelo negro y vivarachos ojos color avellana sigue igual, tirándome de los bajos del pantalón, intentando llamar la intención, a pesar de mi repertorio de zapatazos y de chasquidos onomatopéyicos para espantarla. Me atrevo a girar el picaporte de acceso lateral e inspecciono, entre un intenso olor a marihuana, el interior de las descuidadas salita y cocina americana y del pequeño aseo con ducha… Nada. A continuación, reviso también la espaciosa parte delantera de la Fiat Ducato… El salpicadero está saturado de publicidad caducada de grandes almacenes, restos de comida en descomposición y latas de cerveza repletas de colillas de tabaco de liar pero los asientos de cuero cuarteados del conductor y del copiloto están vacíos.

Ajjjjjj!

Esta vez sí presto atención a la dichosa perra de aguas. Me acaba de morder la puntera de uno de mis zapatos y me ha hincado uno de sus colmillos en el dedo gordo de mi pie izquierdo… Me la quito de encima con la planta embarrada del otro pie e, instintivamente, me agacho y cojo la primera piedra de consideración con la que me topo. Vociferando, la persigo, cojeando por un sinuoso y enlodado camino de guijarros y vegetación escarpada y, cuando estoy a punto de soltarle una colosal pedrada en la cabeza, choco de bruces con unas zigzagueantes y mugrientas piernas colgantes, a la altura de una centenaria platanera. Cuando me levanto del suelo encenagado, sin recuperarme todavía de la impresión, acierto a ver sobre mí a un hombre de mediana edad, moreno, desaliñado y con barba, con el rostro descompuesto, ataviado con un harapiento chándal y unas agujereadas deportivas… Ahorcado con una soga de esparto, de la rama verdosa y amarillenta de un plátano de sombra, a unos 3 metros de altura. Milagrosamente, aún se le mueven las extremidades superiores e inferiores de un lado a otro. Sin pensármelo dos veces, trepo por el árbol platanero, saco del bolsillo interior de mi parka una navaja suiza y, con una de sus hojas con forma de serrucho, consigo romper la cuerda y tirar abajo al presunto enajenado. Tras un accidentado descenso, con las manos y las rodillas magulladas, empapado en barro, sudor y sangre, acudo en su auxilio. Aparto de un fuerte puntapié a la temperamental cánida y procedo a desatar el aparatoso nudo del cuello del suicida… Tiene la tez morada, permanece inconsciente, respira con dificultad y tiene el pulso acelerado. Debe encontrarse en una de las primeras fases del ahorcamiento, si llega a sobrepasar los 5 o 7 minutos, no lo cuenta. Lo suyo es dejarlo en la posición lateral de seguridad, para que la lengua no obstruya el paso del aire y para que los vómitos o secreciones salgan al exterior. No cabe duda de que es Antonio Sánchez Alarcón, a pesar de su actual aspecto demacrado y zarrapastroso, sus rasgos faciales se corresponden con la foto que he obtenido de él a través de Internet.

Doy el aviso con el celular al 112 y en 10 minutos se presentan en el agreste lugar de los hechos una UVI móvil y una patrulla de la Guardia Civil… Un Equipo de Soporte Vital Avanzado compuesto por un médico, un enfermero y un técnico de emergencias, se pasa más de media hora practicándole ejercicios de reanimación para lograr estabilizarlo. Mientras tanto, otro técnico sanitario me realiza una primera cura de la herida del pie izquierdo, al mismo tiempo que presto declaración ante los agentes de la Benemérita que se muestran sorprendidos y estupefactos al conocer la historia personal del fallido suicida, el objeto de mi visita y el papel de la perra de aguas en la resolución del suceso (a la que previamente han conseguido atrapar y encadenar para que no estuviese, por en medio, entorpeciendo las delicadas labores asistenciales y de cuidados avanzados).

Tras finalizar el atestado, la Guardia Civil se queda con mis datos y me deja marchar. Resulta que yo también debo acudir a Urgencias para recibir tratamiento antibiótico y para la rabia como medida precautoria. Ellos se encargan ahora de la mascota samaritana, de escoltar a Antonio Sánchez Alarcón al Hospital Clínico de Granada y de ponerse en contacto, lo antes posible, con sus familiares para informarles del suceso y de la importante notificación del bufete de abogados de Recogidas.

La peculiar historia no tarda en filtrarse y extenderse por la prensa digital y la radio y la TV local, regional y nacional:<<Una perra salva a su amo del suicidio el mismo día que le van a comunicar la millonaria herencia de una lejana pariente recientemente fallecida.>>

Por lo que se ve, Ana Mellizo, la todavía mujer de Antonio Sánchez Alarcón, le había abandonado un día antes, refugiándose con sus dos pequeños en casa de los abuelos maternos, presionada por los Servicios Sociales ante la tormentosa situación económica y personal sin retorno que vivían. Y el antiguo empresario de la Construcción no aguantó más y, enajenado y desesperado, optó por inmolarse. Como es natural, los acontecimientos han dado un giro inesperado, al conocer ésta por boca de la Guardia Civil el rocambolesco incidente y al recibir, en mano, la notificación de la suculenta herencia con la que ha sido beneficiado su marido. Parece que, el Destino con su caprichosa flecha de veleta, ha dado una segunda oportunidad a los protagonistas de este retorcido cuento de la crisis y que la reconciliación entre los cónyuges, hijos y resto de la familia es solo cuestión de tiempo.

Por propia iniciativa, he dejado que toda la fama y publicidad se la lleven, a partes iguales, la intrépida perra de aguas, los Servicios Sanitarios y la Guardia Civil. El deber profesional y determinados acontecimientos de mi vida pasada, desaconsejan este tipo de escaparates, mieles o laureles. A mí no me deben nada y lo que ocurra, a partir de ahora, en esta historia no es asunto mío.

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