Microrrelato 47 - Pepito

Como todos los veintisiete de diciembre, Pepito flotaba en una nube de felicidad. Enfundado en su abriguito azul marino, iba de la mano de su papá a la juguetería de la calle Mayor, llamada así pese a ser peatonal y estrechita. Allí, en un buzón con forma de rey Baltasar, echaría su carta a los Magos de Oriente.

Pero antes de entrar, como siempre, disfrutaría un buen rato del escaparate, cuyos estantes, tras años de exponer aburridas tablets y videojuegos, volvían a exhibir trenes eléctricos, fuertes del Lejano Oeste y muñecas de Ibi, entre otros juguetes. Un espectáculo de ensueño idéntico al que su papá y su abuelito conocieron en su infancia.

Cuando salieron, padre e hijo se encaminaron hacia la iglesia de El Salvador para dar gracias al Señor por aquellas Navidades tan pródigas en turrones, pavo y marisco, pero también por los regalos que recibirían el seis de enero: Pepito, un tren eléctrico y papá, gracias a una amiguita que mamá no conocía, un Rólex cuya existencia tampoco llegaría a conocer.

Sin embargo, antes de entrar en el templo, ocurrió algo que dio al traste con toda la felicidad de aquel día. Un grupo de octogenarios andrajosos y desdentados flanqueaba la entrada sosteniendo con sus mugrosos dedos cartones en los que se podían leer mensajes como «Tenemos hambre» o «Por caridad, un poco de leche para nuestros nietos»

«Con lo tiernecito y jugosito que debo de estar, y con el hambre que tienen, seguro que me comen», pensó Pepito. Y de inmediato, rompió a llorar.

—¡Todos los años igual! —dijo su padre con resignación—. Que no te van a hacer nada, cariño. Que son los empleados de papá. Anda, échales unas peladillas; verás cómo se pelean entre ellos.—sugirió con un guiño y una sonrisa.

 

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