Microrrelato 46 - Noche de trabajo interminable

Aquel hombre estaba exhausto; ni la brisa otoñal que cada noche mece los cipreses de Costa da Morte, era suficiente para aliviar su sofoco. Aún así, no cejaba en su empeño y, con la terquedad de quien siente el orgullo herido, volvió a cargar con mi cuerpo para enterrarme por quinta vez.

 

 —¡En Galicia, cuando hacemos algo, lo hacemos bien! —le escuché decir entre resuellos.

 

Me miré las uñas, desgastadas de tanto escarbar. Había intentado huir varias veces, pero las piernas no me respondían como semanas atrás; que os voy a contar, el paso del tiempo castiga los cuerpos sin piedad. Y más a los de mi especie.

 

Encaramado a sus hombros cual saco de patatas contemplé la Luna, gorda y clara. Juraría que me observaba con una sonrisa burlona por las desgracias que me estaban sucediendo. Fue en ese momento cuando decidí que debía descubrirme, confesar mi naturaleza; quizá una explicación a tiempo bastara para que aquel maldito enterrador me dejara marchar en paz.

 

No funcionó. Es posible que mi mandíbula, tan desencajada que casi parecía un péndulo, no ayudara a hacer comprensibles mis palabras.

 

 —Me da igual que usted sea de Zambia, aquí no hacemos distinciones —replicó—. En mi cementerio, un cuerpo putrefacto siempre, siempre, acaba metido en el hoyo.

 

“¡Un Zombie!”, grité de nuevo, “¡soy un Zombie!”. Pero de nada sirvió.

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