Microrrelato 39 - Escuela de baile

Se me daba bien el baile. Ya en las primeras clases, la mayoría de las chicas decía que les encantaba bailar conmigo. Y siendo joven, simpático y una pizca guaperas, la escuela resultó ser un magnífico semillero de amiguitas.

En Marta nunca me había fijado mucho. Hasta que me enteré quién era su padre. Tenían dinero a espuertas, así que no tardé demasiado en enrollarme con ella. Lo típico; le conté que estaba pasando un momento delicado, que acababa de romper con mi pareja, que tenía el corazón vacío y esas tontunas. Ella se puso tierna y yo dejé que me consolara.

Cuando se quedó embarazada, supe que había dado un buen braguetazo. El bodorrio lo pagó el suegro, por supuesto. Y me buscó un trabajo decentillo en su empresa. Poca faena y un buen sueldo, ¡qué más se puede pedir! Claro que a los viejos se les cae la baba con su nieta. Así que a todos nos interesa llevarnos bien.

Y aquí estoy ahora, estrenando el cochazo que nos acaba de regalar mi suegro. Voy a enseñárselo a Daniel, colega mío de juergas y festivales. Le invitaré a unas copas también, que el pobre con esta crisis lo está pasando jodido.

—¡Joer, vaya carro! —exclamó Dani al verme llegar.

—Se ha empeñado mi suegro —respondí, encogiéndome de hombros—. No he podido negarme.

—Claro, pobrecito. No, si encima le has hecho un favor al quedarte con él.

Ambos reímos con ganas y pedimos unos cubatas.

—Esto… a ver… —continuó Daniel, sin apartar la mirada del coche— cuéntame otra vez qué hay que hacer para apuntarse a eso del baile.

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