Microrrelato 37 - De mente engañosa

 

La joven Azucena, está sentada sobre la hierba. En sus manos tiene la fotografía de un bebé de pocos días y un muñeco grande a su lado al que llama Zarzo, en su hombro; un cuervo.

Oye, Cuervo ¿Por qué me has traído a ese tipo ante mi presencia? Aparece ante mí diciendo que es mi hermano, que yo lo abandoné en el bosque a los pocos días de nacer, que yo empujé a mi madre a un pozo, que envenené a mi padre con mercurio. ¡Qué barbaridad! Y viene a recuperar el reino que yo le arrebaté —mientras Azucena habla el cuervo se pasea por sus hombros — ¿Qué te pasa Cuervo? ¿Por qué dices ¡huy!, ¡qué veo!? Sí… Cuervo ya… veo a los doctores y a los camilleros y traen una camisa de fuerza. Oye, Cuervo, no preguntes para quién, está bien claro que para este loco que dice ser mi hermano. ¿Qué te dije cuervo? La doctora me ha pedido que le dé a Zarzo, lo van a encerrar un largo tiempo. La doctora me propone que me cambie de vestido, el que tengo puesto tú me lo has ensuciado, ahora llevaré un vestido de reina. Ya… sé… Cuervo que todavía no soy reina, pero lo seré muy pronto; cuando mi padre deje de respirar. Sí… ya sé que le han dado el antídoto, se lo dieron demasiado tarde.

Adiós, Cuervo, eres mi mejor amigo. Nunca me llevas la contraria, no como estos que me rodean, todos locos.

El cuervo levanta el vuelo, en su viaje por los aires iba emitiendo los sonidos de agg, agg, agg y en el desequilibrado cerebro de Azucena escuchaba cual, cual, cual, será el siguiente.

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