Microrrelato 34 - Para lo que valió

«Preso del candor de su seráfica belleza, mi silencio se dispuso a gozar del tuyo y del exquisito roce de tus labios que, como tiernos y candorosos pétalos, se entreabrieron deliciosamente para extasiar nuestras almas en el dulce tálamo de Eros. De ese modo, nuestros pensamientos, torrentes de pasión que se elevaban al éter con desenfrenada aunque sutil presteza…». Juan dejó de leer. Cerró los ojos y, apoyándose en el respaldo de la silla Luis XV que había desfondado, se esforzó hasta expulsar una ventosidad tan aguda y estridente como un solo de trompeta mejicana. Luego, comenzó a reír. Primero, con risa muda y convulsiva; y después, con desquiciadas carcajadas.

—¡Mira que te gusta hacer el payaso y perder el tiempo! —le recriminó Carlos, su compañero, que acababa de entrar con su carro de supermercado repleto de chatarra de los contenedores de alrededor.

— ¡Siempre igual! Que si hago mal esto, que si hago mal lo otro, que si pierdo el tiempo. ¡Mira la silla y dime si ves el asiento! El día menos ‘pensao’… —dijo llevándose la mano derecha al bolsillo trasero del pantalón.

Carlos, en parte porque sabía que su compañero, las raras veces que se enfadaba, acababa tirando de navaja, y en parte por no perder tiempo, agachó la cabeza y se apresuró a terminar de romper la Luis XV.

—Oye, que solo quería que no nos pillase el toro. Que van a dar las ocho, y como esto se apague —se excusó Carlos señalando la hoguera, cuyos rescoldos iluminaban el salón de la casa que habían ocupado—, mañana amanecemos ‘congelaos’ o ‘comíos’ por las ratas.

—Tranquilo. Ah, ‘me se’ olvidaba —dijo ofreciéndole el libro que estaba leyendo—, toma la mierda esta que me he ‘encontrao’ arriba. Avivará la lumbre.

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