Microrrelato 30 - El ropavejero

 

Debía tener nueve o diez años pero recuerdo los detalles con claridad. Esa noche me escabullí de mi cama y encendí el televisor. Lo tenía prohibido, mis padres creían que ese programa me afectaba. Sí, me aterraba, pero también me fascinaba...

Se tomó un momento antes de continuar. Metió una mano en el bolsillo y con disimulo acarició su amuleto. Luego continuó.

Creo que decidí ser coleccionista después de esa noche. Narciso Ibáñez Menta era un ropavejero experimentado que trataba de pasarle a su hijo el talento especial que tenía para reconocer perlas en medio de la basura. De un vistazo era capaz de distinguir un elemento de valor entre una montaña de desperdicios.

El amuleto rodaba entre sus dedos, oculto a la mirada del psicólogo.

La decrépita pero bondadosa esposa del ropavejero supo ser una mujer hermosa, aunque el único rastro de belleza que le quedaba eran los ojos azules, aun radiantes en medio de un mar de arrugas. Unos días después de su muerte, el hijo se presentó borracho frente a su padre, arrastrando un pesado saco de arpillera. Le recriminaba un talento imperfecto, el viejo no era tan bueno como creía. Cruzó la sala, abrió un armario. En un frasco de mermelada flotaban los hermosos ojos azules de su madre. Luego vació con violencia el contenido del saco, el cuerpo inerte rodó hacia los pies del ropavejero. Señalando el rostro, las cuencas vacías, le reprochó: "Ella era la joya, papá".

Creo que es suficiente por hoy –dijo el psicólogo.

Se sintió mejor después de la sesión, más liviano, con ánimo para tomar un expreso en un bar. Se sentó en una mesa y sonrió a los ojos verdes de la camarera cuando pidió el café. Su mano escondida en el gabán jugaba con dos esferas. 

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