Microrrelato 28 - El viaje

—Estaba segura de que, al final, papá no solo me perdonaría, sino que me felicitaría por lo que iba a hacer. Así que, pese al riesgo de recibir una buena tanda de azotes, me escapé por la ventana de mi dormitorio.

»Mientras me dirigía al cruce de caminos, en las afueras, donde había quedado con mi amiga Sara, pensaba en la rapidez con la que tanto él como mamá pasarían de su enfado a abrazarme cuando les enseñase las manzanas, la mermelada y los caramelos que iban a darnos los representantes del Gobierno. Ya que, según nos habían contado unas chicas del colegio, estaban visitando los pueblos de la zona en busca de muchachas como nosotras para recompensarlas por su aplicación en los estudios.

»Pero cuando llegué allí no vi a Sara. Sin embargo, me encontré con otras niñas de la comunidad, como Débora, la hija del rabino, que, vestida con su mejor abrigo, esperaba la llegada de la comitiva.

»Tan pronto como llegó, ocurrió algo que me disgustó mucho. Uno de los soldados que escoltaban a los funcionarios nos informó por megáfono que se habían agotado los regalos, pero que en su lugar nos iban a llevar en sus camiones a un sitio muy bonito en el que nos lo pasaríamos muy bien. Así que, presa de una rabieta propia de una niña de ocho años, abandoné aquella larga cola y me volví a casa

—¿Y a dónde ibais a ir, abuela? —preguntó la niña sonriendo.

—No lo supe hasta doce años después de aquella noche, cuando coincidí con el hermano de una de esas niñas en una cafetería de Cracovia. Al preguntarle por su hermana, me contestó, entre sollozos, que aquellos camiones jamás regresaron del campo de concentración de Auschwitz.

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