Microrrelato 26 - La galla

Garrameta! Garrameta!                                       

                                          

Cuando padre, con voz rota, mandó que me vistiera con la muda de los domingos para ir a ver a la abuela, me asusté de veras, pero tomé sin dudar (a padre no conviene contrariarlo) la mano que me tendía desde el portón entornado.

— ¡Se muere!

Madre me lo confesó llorando, al ascender a duras penas por la angosta escalera de estrechos peldaños que conducía hasta el piso.

A la abuela Antonia le llaman la galla no por el coraje, sino por unos gallos de colores que lucía a ambos lados de la proa la primera barca de pesca que compró la familia. A mí siempre me pareció una mujer valiente y poderosa; por ello, me impresionó descubrir en la cama apenas un espectro de vientre abultado, como una anguila a la que había crecido panza. Y me asustó la caja, que ya habían colocado de pie, apoyada contra la pared del pasillo.

Murió soltando un débil silbido, seguido de un ruido de tambor terrible, que sonó igual al que hace al estallar el cohete que cierra los fuegos en las fiestas de Gandía.

—Mala bajada aguarda —murmuró padre pensando en la escalera, sin percatarse de que Pep, el cuñado, al que dicen el socarrat porque le gusta un disparate la costra quemada de la paella, ya se afanaba en montar una polea en la ventana de la salita, la que abre a la calle de la Vía, con idea de bajar el ataúd atado por un cabo al día siguiente para el entierro.

Pregunté extrañado a madre, que no cesaba de llorar, al ver que habían dispuesto con primor dos pañuelos blancos de encaje cubriendo las manos y el rostro de la abuela.

—Es por las moscas —dijo, con el mirar perdido. 

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