I CONCURSO CIENCIA FICCIÓN, YAHVÉ, EL CELOSO, RELATO NÚMERO 13

YAHVÉ, EL CELOSO

“En el mes tercero de la salida de los hijos de Israel de la tierra de Egipto, en el mismo día llegaron al desierto de Sinaí.” (Éxodo, 19. 1.)

La explanada, prolongación hijastra del viejo y fecundo monte, es una gigantesca laguna de múltiples y microscópicos espejos. El viento, polidireccional, aborta oscuras centellas de arena. Arriba, la lumbrera mayor escupe su esplendente e implacable furia/fulgor, arrebatando al erial destellos cegadores.
En la falda del imponente coloso de tierra, el pueblo escogido reposa del fatigante éxodo. Los más ancianos conversan entre sí con gestos y ademanes que señalan hacia el promontorio.
Sudoroso, incansable, enérgico, predestinado, irredimible sin saberlo aún, el Salvado de las Aguas devora el sendero que conduce a la cumbre. Una mezcla de temor/pánico y curiosidad/angustia aterradores le humedecen la piel.
Al llegar a la cima, se detiene, resoplando. Después, muy lentamente, su mirada temblona se va posando sobre el gigantesco artefacto/disco ovalado que descansa inerte apoyado sobre sus seis delgadas patas de dorado/fulgente metal. Una especie de anillo nebuloso le rodea, protegiéndolo.
Descalzando sus polvorientas sandalias, el hebreo avanza unos pasos y se arrodilla a prudente distancia, con el rostro pegado a la tierra sagrada. Una enorme interrogación parte de la brillante máquina y se enrosca en la mente del israelita, quien se apresura a responder la exigencia:
—Sí, todos han consentido, pero algunos dudan, y...
“Entonces Jehová dijo a Moisés: He aquí, yo vengo en una nube espesa, para que el pueblo oiga mientras yo hablo contigo, y también para que te crean para siempre...” (Éx. 19. 9.)

¡Desandar/descorrer el camino apresurada, infatigablemente!... ¡Consultar otra vez a los ancianos y al pueblo!... Retornar/retemblar a presencia del tripulante del disco plateado... Percibir su atronadora y sin embargo armoniosa, suave/cálida voz:
“Y Jehová dijo a Moisés: Ve al pueblo y santifícalos hoy y mañana; y laven sus vestidos, y estén preparados para el día tercero, porgue
al tercer día Jehová descenderá a ojos de todo el pueblo sobre el Monte de Sinaí. Y señalarás término al pueblo en derredor, diciendo: Guardaos, no subáis al monte ni toquéis sus límites; cualquiera que tocase el monte, de seguro morirá. No lo tocará mano, porque será apedreado o asaeteado; sea animal o sea hombre, no vivirá. Cuando suene largamente la bocina, subirán al monte.” (Éx. 19. 10-13.)

Es el segundo día del plazo/ultimátum. La redonda perfección de la lumbrera menor cuelga de las estrellas quieta, impasible, platinando las sombras. El templo/vehículo de metal dormita, vigilante. Abajo, al pie del Sinaí, un creciente rumor de adoración embota los sentidos.
Olfateando el sendero que corona la cumbre, una fiera salvaje busca alimento...
De pronto, el disco despierta y una pupila roja parpadea en la penumbra. Adonai emite una silenciosa orden y al momento una lanza de fuego brota de una de las patas del templo y el profanador cae fulminado, con el cuerpo rodeado de una suave fosfores-cencia. Hasta el campamento llega un sonido agudo, electrizante, sobrecogedor, única manifestación del alerta de Hashem.

Es el día tercero de la promesa. La madrugada agoniza entre místicas urgencias.
Yo-Soy (Yahvé), majestuoso y sereno en el disco que es su morada errante, oprime/piensa en el enorme tablero varios dientes de colores:
¡De inmediato, un atronador zumbido libera su potencia; la tierra se estremece con súbitos espasmos; nubes de polvo y humo revolotean furiosas; el disco chilla su obediencia y comienza a danzar, entre remolinos de energía liberada que estremecen el aire...!
“Aconteció que al tercer día, cuando vino la mañana, vinieron truenos y relámpagos, y espesa nube sobre el monte, y sonido de bocina muy fuerte, y se estremeció todo el pueblo que estaba en el campamento. Y Moisés sacó del campamento al pueblo para recibir a Dios; y se detuvieron al pie del monte. Todo el monte Sinaí humeaba, porque Jehová había descendido sobre él en fuego; y el humo subía como el humo de un horno, y todo el monte se estremecía en gran manera. El sonido de la bocina iba aumentando en extremo; Moisés hablaba y Dios le respondía con voz tronante. Y habló Dios todas estas palabras, diciendo:
Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre.
No tendrás dioses ajenos delante de mí.
No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra.
No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos.
No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano.
Acuérdate del día de reposo para santificarlo.
Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da.
No matarás.
No cometerás adulterio.
No hurtarás.
No hablarás contra tu prójimo falso testimonio.
No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciaras la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo.
Todo el pueblo observaba el estruendo y los relámpagos, y el sonido
de la bocina, y el monte que humeaba; y viéndolo el pueblo, temblaron, y se pusieron de lejos. Y dijeron a Moisés: Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos; pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos.” (Éx. 19-20. 16-19-1-19.)

Y recibió Moisés los mandamientos principales grabados con luz coherente sobre dos tablas de piedra, y la fosforescencia que ya conocemos le afiebraba el rostro:

“Y aconteció que descendiendo Moisés del monte Sinaí con las dos tablas del testimonio en su mano, al descender del monte, no sabía Moisés que la piel de su rostro resplandecía, después que hubo hablado con Dios.” (Éx. 34.29)

Una vez que ha entregado a los israelitas la tierra prometida, Yahvé-el-Celoso (el Programador) se aleja del planeta azul...
La nave/templo devora las profundidades espaciales.
En su interior, pensativo, Dios medita sobre su próxima misión, sobre su próxima escogencia.

(Usted puede ver las cosas, y dice: “¿Por qué?”, pero yo veo cosas que nunca han sido y digo: “¿Por qué no?” George Bernard Shaw)

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