I CONCURSO CIENCIA FICCIÓN, SUPERVIVIENTES, RELATO NÚMERO 1

Supervivientes

 


Apenas unas rendijas dejan pasar la luz de la calle. Que, por lo demás, es escasísima y triste, y solo se enciende a unas horas determinadas de antemano con rigurosidad y puntualidad exasperantes. Exactamente tres, de una a cuatro de la mañana. Horas en las que, desde hace meses, cae una lluvia mansa y compacta, por lo que se ha considerado necesario
suplir dicha inconveniencia con esa mortecina luz artificial que se les concede gracias a la generosa autonomía de los generadores. El resto del tiempo la ciudad ha de permanecer en la oscuridad más absoluta y terrible, como de fin del mundo, como de universo a medio hacer.


Pero es por nuestra seguridad.


A la luz de una linterna pequeña que recarga a golpe desacompasado de manivela, Lucas apunta en su diario la aproximación de los días, los víveres que le quedan, el dinero para el pan duro y el agua embotellada de dudoso origen (mejor no pensar, no pensar...) que de vez en cuando le ofrecen por el hueco de la puerta; que el edificio ya hace tiempo que prescindió de este sencillo e higiénico servicio de primera necesidad. En la libreta tiene sitio también, en las últimas hojas, para ir apuntando el nombre de las víctimas conocidas, de las que está al tanto a través del noticiero de las nueve. Pero ese espacio radiofónico, controlado, además, «por quien todos saben», carece ya de credibilidad alguna. De hecho, el vecino del 328 se había despedido hace unos días pidiéndole encarecidamente se encargara de reclamar sus restos si no regresaba en el plazo de 48 horas, y ya habían pasado bastantes más. Sin embargo, su nombre impronunciable (era, al parecer, polaco), tal vez por pura incomodidad lingüística o por la certeza casi absoluta de que nadie lo iba a echar en falta, no se había aún incluido en el parte de los caídos por causas diversas, ya fuera atentado indiscriminado, ataque de la guerrilla, ingestión de alimento envenenado o en condiciones deplorables o cualquiera de los múltiples motivos que empezaban ya a ser tan naturales como la muerte natural, esta cada vez más rara y celebrada. Un buen infarto, una caída fortuita, un derrame cerebral a los 75, incluso un desafortunado accidente de tráfico por dormirse al volante o por beber más de la cuenta, cualquiera de aquellos orígenes de sufrimiento familiar ahora postergados al olvido. Lo que daría Lucas por una cama de hospital, una operación de gravedad planificada con todas las firmas necesarias con que los médicos se eximen de cualquier sentimiento humano semejante a la culpa. Y la sedación, y unos días en cuidados intensivos sin sentir ni padecer, en ese estado de modorra placentera que recordaba de cuando su intervención de amígdalas. Y luego nada. Pero al menos sí un entierro digno, con llantos en el tanatorio y alabanzas sobre «qué bueno fue en vida, qué poco ruido dio», y un nicho pequeño perfectamente identificado, en la calle 1.002 del cementerio civil que ya no se dice «camposanto», a la derecha, entre una familia completa muerta en accidente aéreo y una viuda que se cansó de esperar a su marido y decidió ir a buscarlo en persona al más allá, tan
impacientes se vuelven los mayores.


Lucas se espanta cuando ve que en el mueble alto que le sirve de alacena, además de algún animal sorprendido en plena caza, quedan apenas tres latas de verdura en conserva y dos mendrugos mordisqueados de pan. Quizás tuviera que cocinar «aquello». En cualquier caso, es peligroso lanzarlo a la basura. Todo el mundo observa y espía la procedencia de cada bolsa de residuos, inspeccionadas con pulcritud inaudita por los servicios municipales para averiguar, en cierto modo, qué queda en cada clausurada vivienda, y el hecho de que algún roedor se cuele en el apartamento indica que ha acudido a las migas, que no han de ser sino restos de pan o de cualquier otro alimento más sustancioso. Así que algo le queda para sobrevivir al sujeto ese. No le conviene a Lucas que sepan que goza de tantos «privilegios».


Será mejor deshacerse del animal con la consabida estrategia del despelleje y posterior despedazamiento. Las partes por separado no repugnan tanto. Si un animal pierde su fisonomía inicial, puede pasar por cualquier otro, y Lucas se ha ido especializando en ciertas mezclas inocuas.


Mira el reloj. Las tres y cuarto. Cuenta ya con poco tiempo para gozar de esa escasa luz que entra por la rendija del salón. Cuando aquel resto irisado se apague, se retirará a la alcoba, en cuyo arreglo pasa buena parte del día para vencer el tedio, haciendo y deshaciendo la cama, ordenando cajones, cambiando los contados cuadros de sitio, escondiéndose del espejo para no ver ese rostro demacrado que ya se niega a reconocer, que se burla continuamente de él, que le devuelve una cabeza sin pelo por los efectos del uranio y la sarna.


Al otro lado de la pared distingue claramente los inconfundibles sonidos de su vecina.


Se mueve con un sigilo animal, aprendido y afianzado en la escuela de danza donde practicaba antes de la catástrofe. A veces canturrea quedamente y se desliza. Lucas puede oír con claridad cómo ejecuta un cambré junto a la puerta del salón, donde antes la mujer tenía un espejo de enormes dimensiones. Pero ya no lo tiene.

En un principio, cuando aún no se tenía idea de cuánto tiempo duraría el asedio, era factible vender objetos, la mayoría innecesarios, y por los portales que albergara meses antes a lo más granado del barrio de las letras fueron saliendo pianos de cola, cuadros del XIX, sillones Luis XIV, gramolas que se resistían a dejar de sonar, como en despedida desesperada y llorosa de un tiempo mejor que no habría de volver. Ya no era posible encontrar compradores decentes en el mercado negro. Tampoco les quedaba qué vender. Debían, pues, resignarse al reparto semanal, no siempre puntual, que realizaban en los camiones de guerra.


Era el momento en que todos los supervivientes asomaban a un tiempo sus espantados rostros a la avenida, ordenados en fila por manzanas, silenciosos y marciales, si era posible la marcialidad en aquel arrastre de despojos enmudecidos por el miedo atroz y la debilidad extrema. Era, además, norma inviolable que todos los habitantes de la ciudad hicieran su aparición para el reparto, pues este, para evitar el engaño y el fraude, se realizaba por individuo, de modo que incluso los ancianos eran bajados cuidadosamente en la silla de comedor que les quedaba para esos menesteres por las angostas escaleras despojadas de alfombras y bronces, y más de uno hubo que bajó varias veces ya muerto para que algún otro se aprovechase de su ración, hasta que el olor y la descomposición eran tan perceptibles que debían dar parte a las autoridades para la incineración pertinente. Por esa picaresca hubo que recurrir al Instituto Forense, en el que se creó un departamento específico de autopsias de emergencia, momento que aprovechó más de uno para solicitar un trabajo bien remunerado que contaba, además, con ciertas prerrogativas disputadas con verdadero encono. Ellos mismos, los trabajadores del SAE, vigilaban permanentemente las andanzas del resto del personal, y se acusaban unos a otros para así contar con una plaza libre destinada a un conocido o, simplemente, tener más botín que repartir. «Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas», se decían bien convencidos.

 

Lucas vuelve del reparto con su escueta bolsa de papel aceitoso. En el portal se cruza con la bailarina, aunque al pronto no la reconoce. Hubo un tiempo en que estaba atento a sus andanzas, e incluso la veía como un posible apoyo para las horas bajas. Pero su aspecto actual es verdaderamente lamentable. Han pasado solo 19 meses desde el comienzo del asedio, pero por su piel pecosa y mal alimentada han transitado más del doble. Hoy viste una falda vaporosa y florida, una camiseta fina de mangas cortas, unas sandalias gastadas, y se recoge el pelo desteñido con una cinta de color azul brillante, única nota alegre en el penoso conjunto.


La muchacha, visiblemente turbada, alcanza su puerta apresuradamente y, justo cuando la cierra, esboza una terrible mueca que posiblemente quiso ser una sonrisa.

Lucas abre la mugrienta bolsa sobre la encimera justo a punto de que todo fuera a parar al suelo de la cocina. Dentro hay un trozo de carne macerado en su propia grasa, con vetas grisáceas; una lata de acelgas a punto de caducar; dos piezas de fruta agusanada. Pone sin prisas todo en la alacena y enciende el fogón. La llama azulada lo ensimisma por un
momento. «Si juntáramos nuestras provisiones, podríamos tirar un poco más».


La carne debe ser cocinada con premura antes de que llegue a la putrefacción absoluta.


Gracias a Dios (si es que por ventura existiera y se manifestara de algún modo más amable), aún tiene algo de sal. Con el tiempo ha aprendido a reutilizarla, a reciclarla, a lavarla y volverla a evaporar en una salina casera que se ha fabricado en el lavadero, el lugar de la vivienda donde hace más calor. Aunque no mantiene el blanco original, pierde pocas de sus propiedades conservantes. Por eso, una vez cocinada la cecina sanguinolenta, debe ser cuidadosamente envuelta en el mismo papel en que momentos antes ha sido transportada, con la fina costra de sal que, dependiendo de la estación, se llega a obtener. Piensa en compartir sus útiles conocimientos con la bailarina, a la que considera poco habilidosa, como desconcertada hasta un punto enfermizo. Así imagina Lucas a los artistas: poco prácticos y resueltos. Pero ya no podrá salir hasta el próximo reparto. El martes es el turno de los camiones cisterna. Entonces las filas se desordenan peligrosamente y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad se ven obligadas a intervenir muy a su pesar.


Si el hambre es mortificante, la sed enloquece a todos, que se amontonan y golpean para llegar los primeros al expendedor de agua, y a más de uno, en el apresuramiento, se le escapa la botella o la jarra, que sale rodando y se rompe en mil pedazos, con la desesperación consiguiente de su portador, que pide a gritos «una garrafa, por amor de Dios, por caridad», y nadie responde a sus ruegos, sino que se alegran por el hecho de que esta vez habrá un bidón
menos que llenar, una boca menos que alimentar a los pocos días, pues de seguro acaba muriendo cocido en su propia fiebre.


Lucas retoma el cuaderno de notas. Tiene ya poco que decir. Una tras otra las páginas recuentan el trozo de carne, las piezas de fruta, la garrafa de agua. De vez en cuando el panfleto amarillento con las instrucciones a seguir en cada situación de emergencia, que han llegado a ser tantas que los apéndices y anexos han superado en mucho las páginas iniciales, que son las que contienen lo que puede considerarse el cuerpo de la norma, el articulado y sus disposiciones, que ha ido variando a medida que el estado de sitio se ha hecho más palpable; que en principio se podía salir a la calle, y recogerse uno a partir de las nueve, y había economatos donde adquirir los productos básicos, que cada vez fueron más básicos y se esparcían con mayor holgura por todo lo ancho de las estanterías metálicas del establecimiento. Pero desde que se cortaron las comunicaciones y se cerraron las fronteras le llegó el turno a la ingente tarea de autoabastecerse.


Fue entonces cuando Lucas observó con verdadera admiración de oficinista inútil acostumbrado a la comodidad egoísta de los solteros cómo los vecinos del bloque de enfrente, que contaban con el privilegio de amplias zonas comunes para su esparcimiento y solaz, reconvirtieron el césped artificial de los campos de tenis en un huerto ecológico. Incluso
hicieron un intento de piscifactoría en los estanques de azulejos brillantes que ornaban el recinto, si bien recrear un ecosistema lacustre convincente y productivo les trajo muchísimos quebraderos de cabeza. Los del 234 de la calle X se convirtieron, pues, en los proveedores oficiales del resto de la manzana. Proveedores por lo bajo y a escondidas, por supuesto, hasta que el huerto les fue requisado en un acto imprevisto de conquista en el que hubo dos muertos
y gran cantidad de heridos, obligados como se vieron de repente a compartir aquel paraíso que tanto les había costado y en el que tantas esperanzas habían puesto. Evidentemente, les pudo la avaricia, que, de haberse resignado al autoabastecimiento, nada hubiera pasado. Ni siquiera hubiera cabido la posibilidad siempre presente de la denuncia vecinal. Todo lo contrario. Más bien hubiera servido de ejemplo para habilitar las zonas comunes propias, los parterres y
espectaculares macetones de la azotea donde desde siempre habían tenido cabida con holgura pequeños naranjos y domesticados granados.


Se acerca la hora del parte. Lucas ha perdido toda esperanza de reconocer en la vertiginosa lista de víctimas al antiguo vecino que tan arrepentido estaba de haber emigrado para darse de bruces con una realidad peor; pero, aun así, espera pacientemente a que el locutor de voz cansada y monocorde, ya tan familiar, en la que algunas veces distingue un tono compasivo y acariciador, como de querer dar ánimo a sus desconocidos y cada vez más borrosos oyentes, lea los 38 nombres ordenados alfabéticamente (siempre 38: cabría preguntarse por qué) y salte a la te sin pronunciar de mala manera ese «Siemowski» que tanto ansía por su propia tranquilidad, por romper la monotonía, por ser coprotagonista de esta historia de desastres en la que se han visto embarcados sin saber muy bien por qué. Él, al fin y
al cabo, se había ofrecido a recoger sus restos, y aquello que en cualquier otro momento le hubiera resultado incomodísimo y hubiera rehusado del modo más educado posible le podía servir de generosa excusa para salir un rato de su apartamento. Solo para esas cuestiones se expedían autorizaciones sin preguntar demasiado, sin indagar siquiera su relación con el difunto, pues lo que quieren los servicios oficiales es quitarse de en medio el fiambre a la mayor brevedad posible. A veces se les acumulan más cuerpos de los que serían deseables.


En fin, Lucas era el llamado a recoger sus escasos objetos personales, a dedicarle una oración, a llorarle unas lágrimas que no le pertenecen, y se ve perfectamente capaz de fingir la pena oportuna con tal de ganar la calle sin su marcialidad o su garrafa, contemplar la nube amenazante y turbia que se cierne sobre ellos, que descargará de una a cuatro esa lluvia ácida que ha ido disolviendo los contenedores, los semáforos, los bolardos, las fuentes; ese líquido áspero que deja ronchas en la piel, quema los ojos, cercena las esperanzas de salir con vida.


A través de la pared escucha Lucas el deambular incierto de la danzante. Quizás se ejercite para no perder la flexibilidad, la tonicidad de los músculos, la cordura necesaria que la aleje de la idea nada descabellada de abrir la ventana y observar el vacío, tan tentador, tan sugerente. Seguramente la frena el hecho de que los suicidios no están contemplados en el Manual de uso en situaciones de emergencia que repartieron a las tres semanas del comienzo del conflicto, y ya van siendo demasiados. Por eso se le pide encarecidamente a lo que de población va quedando se contengan en sus angustias indomables, que qué tipo de nación van a reconstruir, llegado el caso, si se derrumban a las primeras de cambio por un cerco de unas cuantas semanas. Esta reflexión le da la seguridad de que la bailarina acabará por decidir no abrir la ventana que da al patinillo, donde un día llegaron a acumularse cuatro cuerpos informes que nadie se atrevía a amortajar. En lugar de eso, la imaginará en un pas de deux desparejado de Rachmaninov sin posibilidad de promenade, y quizás apoyada sin peso en el galán de noche del que no se ha desprendido para que le sirva en sus ensayos diarios, que no abandona porque nunca se sabe.


El reloj de pulsera de Lucas marca las dos. La lluvia lo adormece lentamente. El murmullo del agua cayendo sobre el asfalto requemado no llega a ocultar ese otro sonido de llanto que procede con toda seguridad de la pared vecina. Esas lágrimas a solas le interrumpen el sueño, lo conmueven. Está tentado de acercarse a la pared, de la que ha separado la cama por una extraña superstición de que la lluvia acabe horadando las vigas que sostienen el edificio.

A veces oye ese ronroneo de termita. Se imagina el líquido filtrándose y deslizándose entre los ladrillos y baldosas, lamiendo esos pilares mastodónticos, cada vez más enflaquecidos, cada vez más incapaces de sostener los 450 apartamentos que componen el edificio. Ya ha habido antecedentes de otros derrumbes inesperados de inmuebles, que no avisan con antelación, sino que, de repente, deciden desplomarse con mansedumbre, como esos corredores de fondo que de repente resuelven darse por vencidos, que para qué seguir corriendo, para qué permanecer en esta lucha que ni me va ni me viene.


Lucas se acerca a la pared. Comprueba que, en efecto, el sonido fluescente que percibe no es solo el del agua de la lluvia, sino el de las lágrimas de la compañera. Acaricia la medianera, que alguna vez pensó en cambiar de color pero siempre permaneció con ese indeterminado vainilla que tanto gustó en una época. Piensa en que deberían idear un código de golpes con que comunicarse, que es absurdo dedicarse en exclusiva a escuchar e interpretar los movimientos de cada cual, pues Lucas está seguro de que la joven se emplea en lo mismo, y que lo espía deseosa de saber de él, de entablar una comunicación, de compartir lo que les queda de vida, seguramente tan poco. Además, en la planta cuarta son pocos los apartamentos que permanecen ocupados. El de la esquina y poco más. Pero ese da a la otra calle, se asoma al extenso parque en el que el feliz vecindario coincidía los domingos para hacer deporte, volar cometas, caminar sin amenazas. Ahora está ocupado por el Ejército, que ha montado un acuartelamiento que empezó siendo de tiendas de lona, como un albergue de boy scouts, y que poco a poco se ha transformado en una sucesión de pequeños edificios aplastados de una planta, con calles asfaltadas, con servicio de telecomunicaciones y hospital de campaña. Se ve que la cosa va para largo.


Cuando piensa en eso, en que la planta está prácticamente deshabitada, se da cuenta de que podrían andar por el rellano con relativa tranquilidad. Aun así, Lucas decide esperar a la consabida cita del martes, cuando pasen los camiones cisterna y se forme ese tropel incívico al que ella, según ha observado, no se suma, sino que espera, a pesar de la sed y la debilidad, a que le llegue el turno, y entonces, con timidez, extiende el esquelético brazo al hombretón
que nos ha tocado en suerte, que, aunque rudo y de escasos modales, reparte con largueza y ecuanimidad, y a veces, los días de más calor, asperja unas gotas vivificantes sobre la concurrencia para que resista mejor la inacabable espera.

No sabría decir Lucas qué hora era cuando escuchó el golpe. Pensó que podía ser parte del sueño, pues desde el comienzo del conflicto tenía la misma pesadilla recurrente, los mismos bombardeos, los mismos gritos, los mismos tanques pasando por encima de cuerpos crujientes, los mismos edificios en llamas, el intento siempre frustrado de escapar. Esperó un poco, pero no oyó nada, y volvió a cerrar los ojos. Solo un momento, pues en seguida se repitió el golpe.


En las escaleras había movimiento. Por la rendija, dada la oscuridad reinante, pudo percibir claramente una luz móvil, como de linterna en labor de inspección. Sabía que en otras zonas de la ciudad se hablaba de rapiña, de ataques nocturnos, de padres desesperados que lampaban por encontrar unos gramos más de cualquier cosa comestible para ofrecer a sus hijos, que habían aprendido a llorar en silencio, a morir sin exabruptos. Lucas se compadecía de ellos, pero tampoco podía consentir una agresión por su causa. Cabía la posibilidad de establecer con el atacante un diálogo, mostrarse caritativo, compartir algo de lo que le quedaba, que él era capaz de mostrarse generoso por salvar a un niño. Aun así, cogió un palo de esquí que aún conservaba de su vida anterior y se acercó sigiloso hasta la puerta. En ese
momento llamaron con dos golpecitos quedos.


Lucas estaba asustado. Decidió no abrir. Si querían algo urgente, que insistieran, que echaran la puerta abajo. Ya entonces sabría a qué atenerse, cómo actuar, aunque en el Manual de uso en situaciones de emergencia no habían tenido la precaución de añadir ningún capítulo sobre defensa y ataque, lo cual hubiera sido de lo más conveniente. Al fin y al cabo, estaban en guerra.


Entonces la escuchó, con sus mismas lágrimas enternecedoras que había antes percibido a través de la medianera. Era la bailarina, no había duda. Con cuidado, para no asustarla, abrió la puerta. Allí estaba, con la misma camiseta fina de mangas cortas, las sandalias gastadas, el pelo recogido con la cinta azul.


La invitó a pasar. Visiblemente turbada, pedía, por favor, «si no podría dejarme un momento el fogoncito para calentar una infusión», que le dolía terriblemente la cabeza y que todavía tenía un analgésico, que había guardado como oro en paño y que no tenía más remedio que agotar ahora.

Lucas pensó en que, verdaderamente, ese tipo de cuestiones también estaban siendo visiblemente abandonadas. Cerca tenían el hospital, el del parque; pero, al parecer, solo se atendían las urgencias de bala, de traumatismo, de fracturas y contusiones. No se iban a mirar en dolores menstruales, migrañas, otitis y otras mariconadas.

 

Lucas le dijo que por supuesto, pero que, si no le importaba, lo usara allí mismo, para no levantar suspicacias en el rellano, para no hacer ruido ni encender luces sospechosas, y que así podían charlar un poco, que hay que ver que, «siendo vecinos, no sabemos nada el uno del otro».


Lucas se arrepintió de las últimas palabras. La joven podía pensar en que hubiera detrás de ellas una tentativa de aproximarse demasiado. O incluso que estaba, en cierto modo, pidiendo un pago por el servicio, y, teniendo en cuenta que nada podía tener aquella desgraciada para cambiar, como a la vista estaba, podía malinterpretarlo con toda razón. Pero la muchacha no pareció intuir segundas intenciones en aquel individuo que le abría su casa y encendía con cierto apresuramiento solícito el fogón instalado en el salón para mayor comodidad de la siempre entrañable ceremonia de tomar el té, costumbre arraigada en aquel barrio tan educado y que en los últimos tiempos se había olvidado por completo por razones más que obvias.


La joven calentó agua y le ofreció una taza al ahora ya conocido. Cuando apagaron la llama, quedaron en la oscuridad más absoluta. Se localizaban por las respiraciones, y empezaron a confesarse sus preocupaciones, sus añoranzas de la vida anterior, sus horas muertas. Así se enteró Lucas de que la joven tenía un prometido, pero que él fue de los primeros que adornaron el boletín de las nueve, esto es, que fue una de las primeras víctimas, pues nunca llegó a convencerse de que aquello iba en serio, y desoía la lúgubre alarma que daba el toque de queda, hasta que, al parecer, su voz dejó de oírse definitivamente. Lucas le dio un sentido pésame poco convincente, pero le interesaba saber cómo era eso del reconocimiento de los cadáveres y la recogida de enseres, y si había que realizar algún trámite incómodo. Quizás sería mejor esperar a otra cita, pues estaba claro que, ya que habían roto el hielo, podían seguir viéndose. Tampoco era el momento de comentarle lo de la posibilidad del traslado de apartamento. Los dos querían conservarlo. Existía la posibilidad de que, en caso de desocuparlo definitivamente, fuera invadido por cualquiera de aquellos otros que veía derrumbarse su propio edificio; que, si bien eran pocos los que sobrevivían al derrumbe, algunos habría, y como lobos hambrientos localizaban rápidamente los huecos donde establecer su madriguera.


Se despidieron con un «hasta mañana» esperanzado y cada uno se acostó en su lecho, aunque tan cerca del otro que seguían escuchando sus respiraciones, sus movimientos muelles en la cama, de nuevo las lágrimas, que ahora tienen un sentido, por el novio muerto, que, además, parece que alguna enfermedad le transmitió antes de pasar a mejor vida, pues nunca había tenido la bailarina peor aspecto.


En cualquier caso, eso a Lucas no le importa, y siguen reuniéndose sin verse cada noche, después de que el último rayo de luz abandone sus estancias. Deciden seguir hablándose en la oscuridad absoluta, para guardar el encanto de la primera vez y, por qué no decirlo, como medida de ahorro energético. Hablan de lo que hacían antes de llegar a esta
situación, de la academia de danza, de las alumnitas de futuro prometedor, de los planes de boda, del apartamento que buscaron en el centro de la ciudad, del papeleo burocrático en que se sumergía cada mañana Lucas, en un trabajo más que aburrido pero mejor remunerado. En fin, que, cuando ya lo tienen todo contado, empiezan con la etapa de los sueños, y poco a poco estos se cruzan y son uno solo, un solo destino cuando todo esto pase, en que se incorporarán a la enseñanza la una y al papeleo el otro, sin pensar en que no habrá academia ni oficina, sino que todo será una masa informe de escombros, hierros y podredumbre. Pero ya lo pensarán mañana. Y se dan las buenas noches, mientras quedan en que «no hace falta que mañana bajes por el agua, que yo iré. Ya sabes que el negrazo no se mira en cuántas
garrafas lleve. Me las llenará e incluso esbozará una sonrisa, porque ya sabe lo nuestro y lo aprueba».


A la mañana siguiente, Lucas desayuna lo de siempre, acompañado del té que cultiva la bailarina en una macetita que conserva con femenino esmero, junto a otro tiesto de albahaca y un tercero de cilantro para aromar los guisos. Tan inútil como la creía, ella también tenía sus métodos y sus recursos propios. Luego ordena la casa, que está más limpia que nunca, y la ventila a través del ventanuco del lavadero, el que se abre para la útil función de la producción de sal.

 

Lucas se sorprende saltando casi alegre los escalones, pegajosos de mugre, por los que es imposible caer, que antes te quedarás pegado a uno de ellos. Mira la nube, bien cargada de agua y ácido; el bloque 234, con la vigilancia perpetua en la puerta; el camión cisterna que se aproxima y que los llama con un golpe seco de claxon, más prolongado que otras veces, que parece que los avisa de algo, y quizás por eso empiezan a correr, o bien corren por inercia, porque el claxon suena parecido a las alarmas antiaéreas con que empezaron a esconderse al inicio del conflicto, o porque el edificio de donde acaba de salir saltando casi alegre los escalones se está viniendo abajo con parsimonia, para que les dé tiempo a todos de despedirse, de ver cómo se derrite, cómo la lluvia y el ácido han hecho su función, lenta pero segura, y «ha dejado caer un inmueble más, catástrofe en la que se presume no habrá víctima alguna» —dicen en el noticiero de las nueve— «pues, casualmente, coincidió el terrible derrumbe con la hora de reparto del agua salvífica en el camión cisterna de los martes».

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