I CONCURSO CIENCIA FICCIÓN, "Metamorfosis Cósmica", RELATO NÚMERO 75

Parte 1

 

 

Quizá ustedes recuerden el horrible insecto en el que se convirtió Gregor Samsa en el relato titulado “La metamorfosis” de Franz Kafka.

 

Bueno pues para que se hagan a la idea, yo soy algo parecido, aunque también muy diferente. Gregor tenía un caparazón duro que cubría su cuerpo, tenía un abdomen protuberante de color pardo y con hendiduras que formaban como arcos. Tenía numerosas patas de una delgadez extrema en comparación con el cuerpo. Para ustedes, los humanos, una especie de extraña cucaracha gigante, del tamaño de un hombre.

 

Yo soy bastante más pequeño; mido unos 10 cm de los suyos, en sus proporciones. Soy más alargado; para que lo imaginen, una cucaracha o ciempiés de esa dimensión.

 

Tengo una piel coriácea, que en la parte de abajo es más delgada. Mi piel es de un color verdoso plateado y es traslúcida. ¿Recuerdan ustedes a los extraterrestres de “Inteligencia artificial”?

 

Tengo veinte patitas, diez a cada lado del cuerpo, no tengo ojos; me muevo mediante un sistema parecido a lo que ustedes llaman radar. En realidad no tengo ninguno de sus cinco sentidos. Tengo “otros” sentidos, podríamos llamarlo así, pero es muy difícil…..no lo iban a entender.

 

En fin, que es muy complicado describirme. Si tuvieran una fotografía; aunque me temo que se asustarían mucho.

 

Yo y otros 20.000 millones de seres como yo (más o menos) vivimos en algo parecido a los que ustedes llamarían un planeta; pero no es redondo, en realidad no tiene forma.

 

¿Cómo vivimos?. Voy a intentar explicárselo con sus propias palabras; aunque me temo que todo parecido a la realidad es pura coincidencia.

 

Somos individuos libres y unitarios, eso vaya por delante. Y nos movemos libremente por nuestros mares y montañas blancas. No hacemos nada, vivimos y disfrutamos extraordinariamente de ese “vivir”.

 

No nos alimentamos a su manera. Una forma de red energética cubre nuestro planeta y permea por él, llegando a todos y cada uno de nosotros, a todos y cada uno de los puntos del planeta. Y esa energía nos hace vivir. Sin más. ¿Han visto la película “Avatar”; bueno pues algo así pero mucho más “sofisticado”

 

No tenemos hermanos, ni padres, ni amigos y sin embargo, con cada uno de los 20.000 millones de individuos tenemos una relación muy intensa, todos con todos. No tenemos sus sentimientos de odio, envidia, alegría, euforia, tristeza..etc  y creo que tampoco de amor

 

Ya se imaginarán que no tenemos nunca hambre ni sed, ni hacemos lo que ustedes llaman “hacer el amor”. No existe el sexo, tomos somos iguales en ese sentido. Tampoco tenemos enfermedades ni dormimos nunca; no lo necesitamos. Nuestra energía nos lo da todo

 

No somos eternos, ni mucho menos. Para ustedes los humanos nuestra vida sería muy corta, unos 3 años de los suyos. Cuando nos vamos acercando a esa edad, nuestro cuerpo empieza a sufrir transformaciones, nos hacemos más débiles, nuestra “estructura” se deteriora (mira en eso sí nos parecemos a Vds.). Es entonces cuando poco a poco, nos dirigimos a lo que ustedes podrían llamar cementerios. Hay unos 200 distribuídos por todo nuestro planeta. En ellos no hay lápidas, ni fosas. Cuando uno de nosotros llega al “cementerio”, simplemente se queda quieto junto con todos los que allí están. Formamos una gran masa, que poco a poco se va haciendo un todo compacto.

 

A esa masa se van agregando individuos moribundos y de ella van saliendo, se podrá decir, naciendo; nuevos individuos pletóricos de fuerza.

 

Con esto tienen una idea, vaga realmente, de cómo soy y como vivo en mi planeta. Ah! Se me olvidaba, no tenemos nombres.

 

Sin duda pensarán ustedes que nuestra vida tiene que ser muy triste, sin emociones, sin amor, sin padres, sin amigos, sin sexo. Pues la verdad que no lo sabría contestar; me resulta imposible comparar mi felicidad con la de individuos de otras especies, de otra formas de vida. Es todo tan relativo…. ¿dónde están las referencias? ¿hay referencias? ¿puede haber referencias?.

 

Y ahora vamos a lo importante del relato. ¿Dónde vivimos? ¿dónde está nuestro mundo?.

 

Para empezar una pequeñísima lección de lo que ustedes llaman física atómica.

 

Actualmente para ustedes la partícula más pequeña, indivisible, es el quark. Nunca ha sido observado pero ustedes saben que existe. Según ustedes, no hay nada más pequeño que un quark. Hasta hace no mucho tiempo, pensaban que los protones, los neutrones y los electrones eran partículas indivisibles. Ahora saben que por ejemplo, un electrón está formado por dos quark y un protón está compuesto por tres quark. Pero ¿qué es lo que no saben? ¿creen que no hay nada mas pequeño que un quark?

 

Seguro que se imaginan que si, que tiene que haber partículas mas pequeñas que el quark pero no las pueden ver. Es solo una cuestión de proporción dimensional.

 

Bueno, pues nosotros, los de mi especie, vivimos en esa especie de planeta que antes les he descrito, el cual está en un universo que es millones de veces más pequeño que un quark. Es decir hay millones de universos con sus estrellas y planetas (o algo equivalente) dentro un quark.

 

Y ahora, permítanme que les haga una demostración. Tengo ahora mismo, sujeta por mis dos patitas más activas, una jeringa con un líquido que una vez inyectado en un ser vivo, hace que el tamaño de este se duplique, se triplique, crezca y crezca….…se haga millones de veces mayor.

 

Me voy a inyectar en el abdomen 5 mililitros (en su sistema de medición). Me los estoy inyectando ya.

 

 

Fin de la parte 1

 

Metamorfosis cósmica

 

Parte 2

 

El matrimonio Young vivía en una pequeña casa-granja en las montañas próximas a Calgary (Alberta, Canadá). Ambos, David y Ann, superaban ya los setenta años. Vivían tranquilamente su bien merecido retiro tras una larga vida de trabajo.

 

Periódicamente recibían la visita de hijos y nietos, pero gracias a la buena salud de ambos, vivían solos y no dependían sustancialmente de nadie. Disfrutaban de los pequeños animales de la granja, de los inmensos prados verdes que se perdían en el horizonte y, como no, de la televisión.

 

Un atardecer de otoño cuando las últimas luces del día se difuminaban y el disco rojo del sol dominaban el horizonte, David y Ann estaban sentados en el pequeño porche. No hablaban. Pensaban. Pensaban en lo que habían sido y lo que les quedaba por ser.

 

De pronto, en el mismo porche, a un par de metros de donde ellos estaban, vieron, de repente, algo que no habían visto en su vida. Un bicho extrañísimo, una especie de insecto de color verdoso, del tamaño de un puño. Estaba totalmente inmóvil. Se apoyaba sobre un montón de pequeñas patas como una cucaracha o un ciempiés. Ann pegó un grito e instintivamente se levanto y se alejó unos metros.

 

David, buen conocedor de la fauna del lugar, no daba crédito a sus ojos. Aquello no era real; parecía sacado del más tenebroso de los sueños. No se parecía a ningún insecto conocido, ni a ningún reptil, a nada.

 

-“Ha debido caer de otro planeta” dijo David.

 

De pronto el bicho comenzó a andar lentamente hacia ellos. Movía extrañamente sus pequeñas patas; y avanzaba relativamente rápido.

 

Ann comenzó a gritar aterrorizada y se alejó aún más, corriendo.

 

David se levantó casi de un salto. Al verle mas cerca el animal ¿era un animal? Era aún mas extraño.

 

Entró en un pequeño cuarto donde guardaban herramientas y algunos apeos. Cogió una pala metálica.

 

Pero cuando se dio la vuelta y se pudo dar cuenta, tenía el bicho adherido a su camisa, como una garrapata gigante y monstruosa, a la altura del pecho. Intentó soltarse pegándole con la pala. Al principio no lo consiguió, pero tras algunos golpes pudo tirarlo al suelo del porche.

 

El bicho corrió otra vez en su dirección

 

Con un certero golpe de pala, David dejo inerme al bicho. No se movía, parecía muy herido. Un líquido azul marino salía por algunas partes de su cuerpo. Comenzó a retorcerse como queriendo reemprender el movimiento.

 

Zas! El segundo golpe de pala fue definitivo. El bicho era ya una mezcla de caparazón, visceras y el líquido azul cubriéndole casi totalmente. Dos hililos del líquido corrían hacia la parte más baja del porche.

 

Zas! Borbotones del líquido azul saltaron de la masa en que se había convertido el bicho.

 

David sintió por un instante, un dolor espantoso. Y luego, nada.

 

Parte del líquido azul le había salpicado en brazos y piernas. En menos de cinco segundos el cuerpo de David fue corroído y no quedó absolútamente ningún rastro. Nada.

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