I CONCURSO CIENCIA FICCIÓN, "La Máquina de Heirdest" Relato número 33

LA MÁQUINA DE HEIRDEST
El descubrimiento del Doctor Heirdest de que Dios se hallaba recluido en otra
dimensión fue, al principio, mal acogido por la Ciencia.

En realidad la palabra recluido no era exacta. Más bien tendría que haberlo definido
como emplazado o localizado, pero así fue como lo expuso durante la ya histórica
presentación en el MIT. Esta simple cuestión gramatical le reportó multitud de críticas
durante las semanas siguientes. Heirdest las ignoró todas, aduciendo que cualquier ataque
que se apoyara en creencias religiosas carecía, de repente, de cualquier consistencia.
Finalmente, en una entrevista para la radio, Heirdest intentó explicar con una analogía
sencilla los fundamentos de su teoría.

_Pensemos en un artesano que construye la maqueta de una ciudad. ¿Puede ese
hombre vivir dentro de la maqueta que ha creado? De la misma forma, las leyes de la Física
impiden que Dios comparta el Espacio-Tiempo que habitan sus creaciones.

Esta entrevista fue, para algunos, el punto de partida de la Teofísica. En los siguientes
cinco años la disciplina no ganó sólo credibilidad sino prestigio, y en otros diez años se
convertiría en una de las carreras de la rama científica con mayor número de estudiantes. Si
bien eran muchos los que todavía encontraban inaceptables las teorías de Heirdest, no era por
falta de pruebas, sino por miedo a descubrir como falsas unas convicciones que habían
supuesto la base de toda sus vidas.

Pero las pruebas, desde luego, eran innegables. El estudio de las Leyes de la Física
por parte de Jacob Heirdest y sus colegas demostró que la dualidad masa-energía eran tan
solo dos de los muchos estados que podía tomar algo que (por desgracia para el propio
Heirdest, al que nunca le gustó el nombre) dio en llamarse Superenergía. Heirdest probó
matemáticamente que podía existir un Universo donde todas estas formas estuvieran
presentes, enunciando cuáles debían ser las características de tal Universo, así como su
frecuencia de oscilación.

Así nació la Máquina de Heirdest, un ingenio destinado a crear una interferencia
entre nuestro Universo Matería-Energía y el Universo de la Superenergía. Por supuesto, tan
sólo dos de los estados de la Superenergía que emergiesen de esa interferencia serían
correctamente traducidos por nuestras leyes de la Física. Pero eso, confiaban, sería suficiente
para ver el rostro de Dios.
Las autoridades políticas habían sido instaladas en un ostentoso palco. La
construcción de las gradas había sido considerado un problema de suma importancia.
Heirdest se mostró reticente al principio ante la idea de que la puesta en marcha de la
Máquina se hiciera en un lugar público. Sin embargo, y puesto que el capital que había
subvencionado su construcción había llegado casi por entero de los contribuyentes, era difícil
negarse a que éstos (o, en todo caso, sus representantes) vieran aquello en lo que el gobierno
había invertido su dinero.

Delante y alrededor del palco para autoridades, las masas se agolpaban ansiando
presenciar la aparición del rostro divino. Los cánticos religiosos se superponían unos con
otros. Las voces que opinaban, que hablaban de miedos y alegrías, se unían en un mar de
expectante murmullo. Los medios de comunicación cubrían el evento de todas las formas
posibles. No sería exagerado afirmar que la Tierra entera estaba postrada ante los canales de
noticias, esperando ver a Dios mover la mano en señal de saludo.

¿Pero qué sería realmente lo que verían? Heirdest había sufrido la pregunta cientos de
veces en los últimos siete días. Aunque se había negado a cualquier tipo de especulación,
puesto que, decía, no había modo de anticipar cuál era el aspecto de Dios (o incluso si tendría
aspecto) algunos de los miembros de su grupo de investigación sí habían respondido. Sin
embargo en casi todos los casos se trataba de afirmaciones de carácter jocoso, que quizás
sólo pretendían, más que responder a la cuestión, buscar protagonismo mediático dentro de
un proyecto del que Jacob Heirdest era la única cabeza visible. Elmer Phittsband, el
ingeniero encargado de supervisar la construcción de la Máquina, declaró:
_No sé cómo va a ser Dios, pero espero que no haya visto todos mis pecados.
Gari Kerimov, el discípulo aventajado de Heirdest, dijo en una entrevista para
televisión:
_Sé muy bien cómo me gustaría que fuera Dios. Rubia, un metro setenta y cinco,
noventa-sesenta-noventa....
Estas declaraciones fueron tomadas como un insulto por los representantes de las
principales religiones monoteístas, así como por algunas decenas de asociaciones de mujeres.
De todas formas Heirdest consideraba que el peor rival de la Máquina no eran la opinión
pública ni los estamentos que aún se aferraban a antiguas tradiciones místicas, sino la
multitud de sectas que habían surgido desde el anuncio de su construcción, y más
concretamente las que vaticinaban la llegada del Fin del Mundo. Intentar llegar hasta Dios
era una gravísima ofensa que el ser humano nunca debía cometer.

Heirdest pensaba que si de verdad Dios razonaba como los seres humanos, bien
podría haberse sentido orgullo en lugar de ofendido. Orgullo como los padres que ven que su
hijo comienza a caminar. Por suerte para él, las autoridades que debían facilitar el dinero
para la construcción de la Máquina lo habían visto de la misma forma.

El helicóptero que traía a Jacob Heirdest y Gari Kerimov hizo su aparición diez
minutos más tarde de lo previsto. Los científicos no se molestaron en presentar una excusa
ante las cámaras, y se dirigieron hacia la pequeña cabina de control situada a poca distancia
del enorme dispositivo. La intrincada retícula oval de garfios, rodeada de altísimas barras
puntiagudas de tres metros de diámetro, se asentaba sobre una superficie de ochocientos
metros cuadrados. Por cuestiones políticas y económicas de las que Heirdest había decidido
permanecer alejado, el emplazamiento escogido para el ensamble final de la Máquina y su
puesta en marcha fue el Desierto del Gobi. Cualquier lugar con espacio suficiente para
instalar el mecanismo le hubiera valido, en realidad
Heirdest se colocó frente a la consola de mandos y conectó la radio.
_Doctor Hacob Heirdest hablando a Control Central_dijo_. ¿Me oís?
_Le oímos_respondió una voz a través de la salida de audio de la consola.
_¿Todo listo?
_Todo listo, Doctor Heirdest.
_Bien. Empezamos cuenta atrás.
_Empezando cuenta atrás. Un minuto para la reacción.
Heirdest se echó para atrás en el respaldo de su silla y dio un vistazo a todas las
personas que se habían reunido para presenciar el evento.
_Cuanta gente_ murmuró.
_Demasiada_comentó divertido Kerinov, sentado a su lado_. Si la Máquina fallara
ahora y explotara, dejaría al mundo entero sin líderes. Todos desaparecidos en un segundo.
_Siempre hay gente dispuesta a reemplazarlos_ afirmó Heirdest. El tono melancólico
de su voz previno a Kerinov de hacer alguna broma al respecto.

El ser humano iba a reunirse con su Creador, con la Fuente de todas las Cosas, con la
Mente que había pensado el Orden. Aunque ése era un momento que sin duda pertenecía a
toda la Humanidad, Heirdest no podía evitar sentir, de una forma infantil y egoísta, que
aquello era suyo y de nadie más. Él era el único que había dedicado días de trabajo y noches
de insomnio a llevar a cabo aquel proyecto, que había hipotecado la posibilidad de formar
una familia. De entre todos los que presenciarían hoy el acto, sólo él había tenido que sufrir
las humillaciones de sus colegas científicos. Es verdad que más tarde fue laureado con todos
los honores, pero para Heirdest, más que un signo de reconocimiento, fue un intercambio
injusto en el que él había salido perdiendo. Está bien, te daremos las razón y a cambio tú nos
entregarás todo tu trabajo. Ésa era la única realidad. Miles de millones de personas iban a
presenciar algo que él había hecho posible. Algo que, al menos la primera vez, debería haber
sido sólo suyo.

_Treinta segundos_informó la voz del Control Central.
_Treinta segundos_repitió Kerimov en tono reflexivo_ Veintinueve... Veintiocho...
Veintiseite... ¡Ya queda menos!
Kerimov se frotó las manos presa del nerviosismo y la excitación. Miró a Heirdest,
pero éste se limitaba a mantener la mirada clavada en el cuerpo exterior de la Máquina. Era
imposible adivinar qué pasaba por la mente de aquel hombre en ese momento.
_Veinte segundos_ informó de nuevo el Control Central.
La gente comenzó a aplaudir. Los vítores y el griterío se hicieron más intensos. La
masa se movía como un solo ser, ansioso, impaciente.
_Quince segundo.
_Preparados para liberar la carga_ordenó Heirdest a través del micrófono.
Un último vistazo a la consola reiteró la impresión de que todo marchaba
debidamente. Nada parecía estar fuera de lo normal. No había indicios de que el sistema de
intersección dimensional fuera a fallar, o de que el mundo fuera a acabar de repente.
Definitivamente, Heirdest pensó que aquél no era el día del Apocalipsis.
_Diez segundos. Liberando carga.

Un último respiro.

_Cinco segundos.

Tan solo cinco segundos. Cinco breves e insignificantes segundos.

Ya cuatro.

_Cuatro... Tres... Dos... Uno...

Por fin.

_Cero. Entrando.

La complejísima red de garfios comenzó a moverse. Como olas en el mar, la
superficie osciló rítmicamente, lenta al principio, mucho más deprisa después. Las afiladas
columnas que rodeaban la Máquina se entrelazaron en un fulgurante abrazo de destellos
azules. La intensidad de la luz aumentó, y al final una multitud de rayos que iban de una
columna a otra arroparon la dinámica estructura.

Kerimov abrió la boca, incapaz de reprimir el asombro infantil que aquella visión le
causaba. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

La multitud permanecía en silencio. Millones de asombrados ojos observaban la
escena desde los puntos más distantes del planeta. Millones de sobrecogidos corazones,
expectantes, nerviosos, maravillados.

La Máquina aceleró su movimiento hasta alcanzar una velocidad de rotación
inimaginable. Talmente parecía que iba a desmontarse, que de un momento a otro se abriría y
los pedazos saldrían disparados radialmente con una fuerza increíble. Sin embargo la
Máquina continuó girando, generando cada vez más y más luz.

Finalmente la situación llegó a su clímax. La luz se hizo tan intensa que apenas podía
ser observada sin causar dolor. Entonces, como apoteósica bienvenida, el brillo se apagó y el
cielo se inundó de chispas de vivos colores. Un gas, o tal vez un líquido ingrávido, emergió
del centro de la Máquina, al tiempo que la rotación de ésta disminuía. El líquido se alzó
hacia el cielo, abarcando una extensión cada vez mayor. Aunque al principio había parecido
de color negro, a medida que pasaban los segundos se iba volviendo más claro, adoptando
una tonalidad azulada. Al cabo de unos segundos el azul se tornó verde, y más tarde el verde
se tornó amarillo. Un color fue dejando paso a otro. Y habiéndose completado todo el
espectro de colores del Arco Iris, el líquido comenzó a presentar tonalidades y matices que
ningún ojo humano había percibido nunca antes, que el cerebro interpretaba como si se
tratara de nuevos colores. Estos colores nuevos cubrieron todo el líquido, en el que comenzó
a aparecer movimiento, como si estuviera lleno de burbujas que intentaran escapar.
El espectáculo resultaba maravilloso. En todo el mundo nadie pudo resistirse a la
belleza de aquella admirable masa brillante. Era hermoso, en el sentido más profundo y puro
de la palabra. Simpmenente hermoso.

Y Heirdest, no obstante, permanecía impasible.

La cosa no se le antojaba más que una enorme mancha flotante de grasa. Como la
grasa de un motor. Negra, sucia, pero que reflejaba todos y cada uno de los rostros que la
observaban desde el suelo. Y aquello no le parecía maravilloso. No le fascinaba, ni producía
en él una sensación de humildad. Por el contrario, se sentía terriblemente dolido, privado de
su más maravilloso logro.

De alguna forma fue consciente de que tal era el dolor que sentía por haberse visto
obligado a entregar a los demás su tesoro, que se había autoconvencido de que aquel tesoro
no tenía ningún valor. ¿Queréis a Dios? Es mío, pero si lo queréis, si de verdad lo queréis...
¡Tomadlo! No es gran cosa. De hecho, no es más que una enorme mancha de grasa.
Se maldijo. Se culpó a sí mismo una y mil veces. No podía reprimir aquel estúpido
sentimiento de posesión, quizás porque su inmadura mente no había conseguido aún
deshacerse del niño que un día fue. Sin embargo, se reprochó, sí podía haberse callado. Podía
no haberle dicho a nadie lo de la Máquina. Podía haberlo mantenido en secreto. Aunque
entonces, ¿cómo habría llegado a construirla?

Fuera como fuese, estaba destinado a no apreciar la grandeza de Dios. Él,
precisamente él, que lo había hecho posible.

Dios flotó sobre la Tierra durante los siguientes ciento doce minutos. Cubrió el cielo
por entero, y llenó de felicidad las maravilladas almas de todos aquellos que observaron su
belleza. Y ésta era tan enorme, tan infinita, que ninguna mente fue capaz de recordarla
después por completo, pues ninguna imagen así cabía en la memoria de una persona.
Cuando Dios desapareció, la Máquina de Heirdest se desmoronó. Todos los
mecanismos que la mantenían sujeta dejaron de funcionar. Un aplauso estalló entonces, y
todos se sintieron al mismo tiempo tristes por la pérdida y alegres por la ganancia.
En ese mismo momento el mundo se dividió entonces en dos grupos de personas:
aquellos que habían sido felices con el advenimiento de Dios, y Jacob Heirdest, primer
doctor en Teofísica.

Se estableció que la Máquina se reconstruiría cada año (hacerlo más a menudo
resultaba técnicamente imposible) y que cada año sería puesta en funcionamiento bajo la
atenta mirada del Doctor Heirdest, al que ya llamaban el Enviado de Dios. Los pueblos se
unieron de una forma que en el pasado hubiera sido considerada utópica, para afrontar
anualmente el reto de traer a Dios a la Tierra y emborracharse de su bastísima belleza. Toda
la Humanidad se había vuelto adicta a la felicidad. Una felicidad que les llenaba por
completo, que los unía a todos en un sentimiento común.

Jacob Heirdest, por su parte, continuó sin percibir esta felicidad, y después de hacer
funcionar la Máquina treinta y dos veces más, murió triste. En la Tierra no quedó nadie que
se sintiera como él.

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