I CONCURSO CIENCIA FICCIÓN, "Habanext", RELATO NÚMERO 21

 

Lo había decidido. Sin embargo, explicar sus motivaciones se había convertido en un verdadero tormento. Las ideas sobrevenían, la mar de veces, ingrávidas y poéticas: “un cambio en la dirección del viento”. Le gustaría que fuera así de simple. Él era el viento que redirigía su curso. ¿En realidad lo redirigía?

 

Había tenido los mejores amigos y las mujeres más deseadas. No sólo porque La Habana es un buen lugar para hacer compañeros eternos (o para encontrarlos si fuera cierto que en definitiva no es uno quien elige). También porque se pueden conocer a mujeres que gritan dejando un rastro de placer a media ciudad.

 

En La Habana había aprendido que el mundo puede ser mejor.

 

Había sido una sospecha hasta que halló a Gustavo, su amigo, el eterno, que iba a ser su profesor en septiembre. Lo había referido una vaga conversación de pasillo. El último día de clases había pasado casi al descuido por su aula para verle hablar y lo que dijo dejó pensamientos revolventes por el resto del verano.

 

Unos tres meses más tarde se habían vuelto corteza del mismo árbol. En clases hablaban de Kagande quien había sido discípulo aquel en una universidad rusa y de Mamardahvili, un pensador que hizo estallar su corazón en un aeropuerto de Georgia agobiado por la incomprensión y los vaivenes de la política. El primero había sido un buscador de los entresijos de la cultura, un examinador de las displicencias de una filosofía que había dejado por fuera al hombre. El otro... ¡qué coincidencia!, había estado buscando al hombre como productor del pensamiento científico, había buscado la ciencia como justificación de la cultura.

 

Fuera de las aulas hablaban de Gurdjieff, el tipo que en los umbrales del siglo XX habría cernido Oriente y Occidente dejando un polvo fino muy difícil de acopiar si no se conocían los principios alquímicos de su manipulación. Los principios estaban escondidos en miríadas de ejercicios y en comandos que no podían ser interpretados satisfactoriamente sin una buena guía.

 

Igual hablaban del discípulo del brujo yaqui -que hundió los pies lo más hondo que ha conocido en la estructura del imaginario popular produciendo un mito rico como no hay dos; describiendo mundos inclusivos como viajes del ensueño, soportados por una cotidiana osadía en la que el aprendiz jugaba todo el tiempo con su vida.

 

Habían leído juntos un poco de esto y aquello, nada tan revelador como escuchar por primera vez a Jiddu con su voz de anciano firme que sabe de lo que está hablando. Luego lo había visto en video diciéndole a un grupo de personas que habían llegado hasta él buscando algo que no podía darles tal vez porque la iluminación y Dios, después de todo, no sean un hecho. Más tarde se había ido de paseo con las mariposas y nunca más se había vuelto a hablar de él. Tanto Krishnamurti como Castaneda se habían convertido en el punto de partida de sus más aguerridas elucubraciones hasta que apareció en escena El Fantasma.

 

Gustavo no fue su amigo: fue su hermano terrenal. Fue, si algo así existe, su imagen de la incontingencia. Fue el punto de salida de todas las cavilaciones, su eclosión y reordenamiento.

 

Juana, por esa misma época, construía aparatos poéticos con los que se podía fabricar mundos interpretativos, aún con sus nimios significados y sus establecidos signos significantes. Caminaba sobre hilos de algodón exhalando flores, pensamiento y luz.

 

Era incisiva como el arte más fino y suave como el sable más usado. Podía navegar sin patente de corso entre las islas teóricas como pirata valiente y comprometido. Él fue, acaso, su alférez incondicional, siempre dispuesto a la batalla. La última, de hecho, en torno a ella misma.

 

Un día el decano decidió convertirla a corsario y porque ella no izó bandera de reino alguno dejó de ser tolerable. Entonces él había expandido la contienda a toda la facultad y casi le costó la carrera. Había librado por poco, porque la estructura de la vida así lo tenía definido, o porque algunos compañeros fieles suplantaron a quienes propinaron la felonía.

El decano casi pierde una rodilla. Dicen que por descuido tropezó con un escalón que lo tiró de una vez al ruedo de la senilidad. Aunque tal vez haya sido su inflexibilidad quien le jugó una broma incalificable.

 

A ella la expulsaron de todas formas. Y de todas formas no logró el decano extirparla de su conciencia (si esa cosa existe). Desde entonces se arreciaron sus discusiones teóricas y su amistad.

 

En medio de los años, de las batallas mal ganadas y de las gloriosas rebeldías, Leslie emergía como la mínima porción de mar que el viento le roba al mar: una burbuja que no es aire o agua. Un reflejo de sus ambiciones y deseos. Un estallido de luz que deja la nada.

 

Había surgido en una conversación liviana y tentativa. Casi tímida, casi niña, había dejado un hilo de Ariadna que le había conducido una y otra vez hacia sus zonas más cuidadas y húmedas, lenta e inexorablemente.

 

Habían jugado a tocarse y adentrarse. Habían sido torpes e inconsistentes. En ello había intervenido toda suerte de factores, toda la estructura de la vida y toda la ciudad colonizada.

 

Ella había desaparecido entre sus libros de estudiante y –probablemente más- entre los desencuentros que resultaban de los compromisos que había establecido aquel con otras mujeres antes de conocerla.

 

Entonces él había decidido irse y también había decidido despedirse de sus amigos y de ella. Pero Leslie había dejado de ser esa niña en autodescubrimiento, curiosa y permisiva. Ahora era una mujer que arrastraba las miradas. Algo así recordaba: las nalgas lunares, la breve cintura, las colinas pujantes, la redondísima mirada, el monte perfecto... Sólo que ahora tenía otros diez centímetros de estatura -diez menos de cabello- y el talante de una mujer de mundo.

 

Era un espectáculo emancipador. Verla desnuda sobre él, verla convertirse en lluvia y rugido, era un regalo imposible. Sin embargo, entre las líneas divergentes, la vida tenía una zona en que dos hebras tendrían una última intersección. Habían tenido una noche completa. Otro compadre incondicional les había prestado una habitación para rodar cuanto pudiesen. Por eso abusaron de la tarde y luego de la penumbra. No se dijeron una sola palabra, no con voces. Cuando él no podía, seguía. Estuvo ocupado y despierto esperando el amanecer.

 

Un albor sin sombras anunció el velo. Ella dormía. Él, por fin, dejó caer los párpados como despedida. A pesar suyo, se hundió. Leslie tibia, húmeda, rendida, se volvió hacia él para decirle algo que había reservado para este momento. Se movió cansada, suavemente, hasta que sus labios aún turgentes pudieran rozar los de aquel, sin tocarlos.

 

Entonces lo besó.

 

Él salió una mañana en pico estival. Pero eso es redundancia porque en La Habana cuando no es verano es infierno. En el aeropuerto no estaban sus amigos, sus compinches, sus hermanos. Tal vez sólo uno de ellos, que había sobrevivido a esos cambios del viento acontecidos un par años antes y que habían puesto iniciativas sobre el mantel, proyectos irrealizables en ese lugar.

 

Podría decirse que hubo un fantasma que propició esas ideas. Trajo consigo tempestades que movieron todas las cosas de su lugar, que provocaron todos los destinos (en caso de que el Destino sea un hecho), que promovió su salida del círculo de sus compadres.

 

Podría decirse que no hubo tal fantasma sino un tipo con un saco de nuevas variables que fue repartiendo oportunamente y sin vergüenza.

 

Ulises fue de los que tuvo a bien buscarle acotejo a aquellas variables. Siempre supo como sacar provecho de lo inexpresable: La Habana se hundía en la desesperación cuando él construía una cama con fajos de dinero. Eso, en realidad, no es lo que importa. Importa que estuviera en el aeropuerto asistiendo a su amigo con la coyuntura. Importó el abrazo que resumía la existencia y su compromiso de ayudar a los que quedaban en tierra.

 

No hubo ninguna suerte de reminiscencia. Dos horas después estaba en un lugar extraño donde le tocaría vivir una octava completa.

 

Érase un joven que partió por una decisión. Su decisión fue renunciar. La renuncia lo trajo a este lugar. Este lugar no le quería. No a él específicamente: a ningún extraño quería. Por eso este joven se hizo peregrino y su peregrinar lo puso en el camino de la vejez.

 

Ahora es un viajero que busca la inteligencia -no aquella de la que se puede hablar (pues ya lo sabe), sino de la que se puede echar mano. Eso no se lo había enseñado La Habana. Había confiado en que iba a ser mejor.

 

Había entrado sin miedo, creyendo saber qué hacía. Pero no sabía. La inteligencia había quedado en los vagos corredores del pensamiento. La inteligencia que no es acción es un letrero de autocomplacencia. A nadie le interesan las ideas interesantes, no las de un nuevo en la plaza. La inteligencia se había convertido en mero pregón. Peor, se había convertido en estorbo. Él mismo era un estorbo de sí mismo. Él mismo era un proyecto insatisfecho o, -cómo diría El Fantasma- una asignatura pendiente.

 

Asignaturas pendientes era de lo que más adolecía. Una y otra vez procuró levantase pero volvía a ser arremolinado. Tanto saber lo condujo mayoritariamente a la espera. ¡Pobre hombre! La espera lo convirtió en un espectador insaciable. Como espectador descubrió –si eso hiciera falta- que la vida no es justa como afirma alguna sentencia sagrada. Descubrió que Castaneda podía ser una fabricación literaria y que Krishnamurti, el negador de escuelas, tenía un fiero oponente: Krishnamurti, U. G., el negador de los maestros. Descubrió cosas de sí que prefiere dejar de mencionar. La espera lo hizo sucumbir.

 

Una octava después nada del mundo ha cambiado. Bueno, sí cambiaron algunas ideas de sí. Es lo que le gustaría contar a sus compadres, sus hermanos, (hace tanto que no sabe de ellos).

 

Pero se ha equivocado de dirección al digitar. Nunca falla porque sus dedos conocen exactamente la combinación que abre la Caja de Pandora (lo dice principalmente por el buzón de correo basura y porque a veces aparece en pantalla un nombre que había olvidado). Parece que el teclado tiene atascadas unas letras. Lo fuerza aplicando rápidas presiones para destrabar las putas teclas.

 

Unas frases se suceden gradualmente cada vez a mayor velocidad con un uso profuso de la “a” y las comillas que permanecen oprimidas. Aparece una frase cada vez, sustituida casi instantáneamente por otra. Lo que parecían expresiones sueltas se convierten en diálogos completos ora insulsos ora de una indagación tan exhaustiva que discurren simultáneamente entre todas las formas de pensamiento que ha conocido desbordándolas y destruyéndolas. Esto es desconcertante. Debe ser un error del servicio, para variar.

 

La hoja de Internet ha cambiado (aunque más parece que le ha abandonado; es otra idea inquietante). Cuando mueve el ratón de plástico buscando recuperar la página de entrada, a una velocidad inusual aparece, sin que haya tecleado una clave, su buzón de correo porquería. Mecánicamente lo mira sin reparar en lo que ha ocurrido. Está lleno como de costumbre. Nunca se ha percatado si tiene dos o tres correos de más o de menos. Jamás le ha importado. Tampoco lo abre diariamente porque debe ir a un café Internet donde siempre es más barato navegar por las aguas de la virtualidad que hacer correr algún riachuelo marrón por la garganta.

 

Ahí encuentra las familiares invitaciones para recibir el beneplácito de diez millones de dólares de un rey africano muerto en un accidente aéreo del año pasado una vez que abra su cuenta para una transferencia o las promesas de viajes a precios de broma. Ni que decir de las atractivas ofertas para el alargamiento de pene modelo trompa de elefante con el plus de la eyaculación multitudinaria. Más salud, sexo y dinero. ¡Vaya broma que es la vida! Lo curioso que haya algún avezado comprando un gramo de frustración. ¿Qué es esto? Lo que quiera que venda ya logró llamar su atención. ¿Un gramo de frustración?

 

 El universo es un clic. Toda la angustia, toda la alegría, toda la energía se resume en un ligero golpe del índice. El clic no es la esencia de nada: es el epítome de la acción, del hecho, de la consumación de la cultura. No hay modo de cuestionar esto. El clic es lo que representa: este completo instante del mundo y esta consustancial –virtual- imagen que ha generado de sí. Cuando ha estado a punto de acceder al enlace resaltado en azul, un gris halogenado le recuerda una ventana de diálogo que tiene minimizada. Clic. Se abre a toda pantalla.

 

Teclea una frase... Vacila con una letra que aparece intermitente como una nota musical que no termina en armonía. Siempre que quiso escribirle a Gustavo o a Juana se encontraba con que no había qué decir, a menos que estuviera dispuesto a hablar de sus fiascos. No, no son insatisfacciones sino su incapacidad para salir de este punto muerto. Ni muerto contaría eso. Si algo le es completamente repulsivo es la autocompasión.

 

Hoy, tal vez, podría decirles que ha hecho su gran descubrimiento. Es acerca de la inteligencia. Porque él es un tipo inteligente, aunque no es astuto, que es esa variante de la inteligencia en la que actúas sin consideraciones para los demás (a Gustavo le va a encantar esto).

 

Inmediatamente y sin condescendencia le responden del otro lado. ¿Qué hizo todos estos años con las consideraciones y la importancia personal? No había hecho ni jota. Las circunstancias lo habían lanzado de una esquina a otra como si se tratara de una conspiración. ¿Una conspiración referida exclusivamente a él? ¡Vamos hombre! Cuando alguien se ha convertido en el centro del mundo su universo interpretativo se ha reducido al tamaño de un abalorio. La civilización es un juego de abalorios. A él siempre le gustaron las teorías de conspiración. A Gustavo no, él lo sabe.

 

No, no lo sabe.

 

Ni siquiera está hablando con Gustavo. Un par de frases en la ventana le habrían hecho jurar que hablaba con aquel. Ahora mismo duda que haya alguien del otro lado. Probablemente se deba a la multitudinaria sujeción de figuras que aparecen fantasmagóricas desde el centro de la pantalla generando un punto de fuga. Hasta curioso el efecto porque en ocasiones pareciera que el flujo está invertido y saliera de sí. De todas formas, el punto de fuga produce una simetría perfecta porque se encuentra en el centro perfecto de la pantalla (o de él).  Ahora que lo piensa, ni siquiera está en el centro (tal vez el centro es él mismo, no lo tiene claro). Cuando empieza a percibir que las figuras son imágenes, las imágenes terminan por hacerse. Todavía no comprende que las imágenes provienen de su vida. No enjuician como tienden los recuerdos.

 

Mirando hacia el punto de fuga las imágenes se despliegan. Sin embargo, en cuanto repara en el efecto –instantáneamente- se repliegan como si su vida fuera una película que se pasa en reversa. Probablemente, porque no lo desea, su imaginación está construyendo estos flujos. Comienza a lamentar haber perdido a Gustavo por autocomplacencia. Una imagen se detiene abruptamente. Tiene una estructura tan rica que podría contemplarla el resto del día. Ahora mismo tiene la sensación de que cada punto que la compone es un universo inclusivo.

 

Cualquier punto elegido en azar es su mundo. Está seguro que cuando un punto es su mundo, los otros puntos no lo son. De alguna manera puede reconocer en otros puntos el mundo de Gustavo, el de Juana, el de Ulises y el de Leslie. Siempre que pretende enfocarse en uno de ellos la estructura cambia dramáticamente. Eso no puede comprenderlo: cambia sin moverse. No hay transformación, sólo movimiento sin tiempo, sin lugar. Ha colocado un dedo sobre cada párpado para asegurarse que los ojos orbiten: orbitan. No está imaginando que los mueve. Es resueltamente estrambótico.

 

Una frase se dibuja en el escenario que cada vez parece menos de la pantalla del ordenador:

 

Hola humanoide

 

¿Hola humanoide? ¿Hay un bromista en el éter de los ordenadores? ¿Hay un éter de los ordenadores? ¿Está desvariando? “Hola” ha respondido, aunque le gustaría preguntar que diablos está pasando o si es real lo que está percibiendo. Es una pregunta a la que teme porque hace mucho que la realidad dejó de ser algo definitivo, al menos para él.

 

Ahora mismo el mundo se ha detenido o se ha detenido él que para el caso es lo mismo. Es la mismísima eternidad contenida en un instante. Pero cuando ha estado a punto de volver a teclear alguien o algo le ha respondido. Parece hablarle a sus pensamientos, sino, ¿cómo podría saber de sus elucubraciones? Le han respondido con una frase tan nueva y tan familiar que sólo puede provenir de una persona que pareciera ser todas las personas, no las de este planeta, sino también la de todos los planetas que fue este antes del semiconductor.

 

Se ha quedado en una pieza. Es una frase que resume todas las preguntas y que expresa todas las respuestas. Es una cápsula en que las visiones están fundidas como si quien las dijera fuera un núcleo sobre el cual, si fuera posible, se ha estructurado la naturaleza, la civilización y la cultura como capas superpuestas y al mismo tiempo trasparentes.

 

Él mismo se encuentra en una de estas capas vagando en medio de la palabra. Allí se ha hallado sentado frente a un ordenador. Desde él son nítidas unas líneas sutilmente ondulantes que unen fragmentos de un pensamiento que parece formar una cuarta capa que lo envuelve todo igual que una atmósfera líquida y poco densa.

 

En estos mismos instantes esa masa parece trasmitir unos hilos de su propia luz hacia puntos localizables en varios puntos del globo terráqueo. Uno de esos puntos, sin duda, es el lugar donde él se encuentra. Es él mismo.

 

No entiende lo que está ocurriendo y por qué puede verse en picada aún cuando lo que tiene a sus espaldas es una cámara web de baja resolución que no permitiría de ninguna manera una perspectiva tan detallada de sí. A esa distancia la camarita de la esquina apenas puede proporcionar un plano general de la sala, no sólo de su cubículo. Esta imagen, sin embargo, es espléndida en datos como si cada uno tuviera su propio contenido, como si cada uno tuviera su propia capacidad para diferenciarse.

 

Es tan escrutador, aterrador y fascinante como la primera conversación a solas que tuvo con El Fantasma unos años antes, cuando la vida parecía compuesta exclusivamente por sus decisiones. El Fantasma le había hecho ver cuan transparente era y como podía adelantarse a sus ambiciones más íntimas poniendo sobre la mesa los manjares más apetecibles fueran pródigos platos o muchachas suculentas. ¡Vamos!, era un maestro de la previsión. Pero tal vez lo era más de la adaptación.

El Fantasma podía comenzar una conversación con una frase conclusiva y terminar con una expresión que podía ser diez o quince preguntas diferentes de acuerdo a la concurrencia.  Cuando estuvo en su casa él había aprendido que para El Fantasma la inteligencia era adaptación simple y austera. La adaptación era un mecanismo de acción que permitía al Fantasma parecer que sabía cuando en realidad se acomodaba al auditorio.

 

Pero luego, cuando la ruta lo había traído a este lugar, esa noción de inteligencia se había puesto a prueba dejándolo en medio de la nada. Algo fallaba de ese conocimiento. Definitivamente el concepto era apropiado, al menos en lo que a relaciones naturales se refiere. Lo había visto en televisión. Lo había revisado en Internet. Lo constataban los biológicos y documentalistas. Para él parecía estar claro aunque algo siguiera fallando.

 

Detrás de su casa la maleza le ganaba terreno a sus esfuerzos por obtener un patio frutal y colorido. La casa en sí misma parecía la expresión más clara de la entropía. Es que el pensamiento sobre la inteligencia se había independizado. La inteligencia se había convertido en teoría. Él, sin embargo, seguía expuesto a los vientos de abril. Él sólo esperaba que el viento amainara. Era lo que sabía hacer: esperar, aunque el viento no amainara.

 

Del otro lado de la pantalla alguien o algo le dice que no hay error en sus elucubraciones. No hay errores en lo que al pensamiento se refiere.

 

Este es el punto en que se hizo insoportable tener una conciencia externa. Ambos se han encontrado a solas, no sólo porque él es la única alma en el café-internet, sino porque el tiempo parece haber desaparecido y el silencio en torno expresa una detención total. Aún cuando grita no se escucha su voz. Tal vez sean solamente sus pensamientos quienes se expresan. Algo así está aconteciendo porque puede verse a sí mismo de espaldas mirando un ordenador. Puede verse así mismo en todos los ángulos posibles en este mismo instante. Es muy raro esto. Sin embargo no hay oportunidad de asombrarse: la información que llega a continuación es más abrumadora aún.

 

Hace un tiempo casi remoto conversaba con un amigo sobre la factibilidad de crear una suerte de red neuronal para compartir programas de cómputo e información. Por esa época era una idea excéntrica, no tanto por la idea en sí sino porque con quien conversaba era un investigador de un instituto de investigaciones de física y matemática. Su laboratorio consistía en un otrora cuarto de criados de un opulento caserón del Vedado de las familias azucareras de una Habana de la treintena del siglo veinte.

 

Su laboratorio era un ordenador donde dibujaba meros circuitos impresos y donde escondía algunos de estos extravagantes sueños de científico ilustrado. Su propio aspecto como investigador planteaba todo un reto intelectivo. Su imagen correspondía mejor con la de un barredor de calles. No es porque barrer sea indigno, sino porque sería extravagante un barrendero de guayabera, pantalones de hilo y zapatos brillosos. Eso por sus ropas ajadas, sus zapatos de expresivas muecas, su barba desarreglada y sus dientes alborotados. Era un personaje de un relato de ficción.

 

Cuando hablaba su cerebro estallaba en miríadas de mariposas contrastando con su resuelta imagen de pobreza intelectual. Podía hablar con propiedad de casi cualquier tema Sin túnica puesta discurría entre la física, la matemática, la genética, la neurología y la cibernética como un río que hace cantar las piedras que arrastra.

 

Ni siquiera recuerda su nombre. ¿Acaso importa? Ahora mismo lo que termina teniendo alguna importancia es una idea. Lo habría sugerido como una propuesta sin mayores pretensiones que las que puede tener un proyecto posible. Pero luego había quedado en claro que era más una probabilidad. Era una idea simple y por simple, hermosa. Según aquel, podía crear un sistema sin centro usando todos los ordenadores interconectados en red. Podía crear un programa para distribuir pedazos de programas en todo el mundo de manera que siempre hubiese recursos para armar uno completo para el usuario que lo requiriese. No era el fundamento teórico de una efectiva red neuronal: lo había aplicado en las pocas máquinas interconectadas del instituto. Lo había probado secretamente. Así de simple era también una propuesta peligrosa.

 

Pero los años habían borrado los vestigios dejando aquella conversación quizás como ejercicio intelectual. De hecho él lo había olvidado del todo hasta este momento en que parece estar hablando con alguien. Ahora mismo no entiende cuales mecanismos del pensamiento lo ha conducido a ese específico recuerdo.

 

Del otro lado la entidad se devela a sí misma. Esa entidad es un pensamiento. Esa entidad fue una máquina gigantesca formada por un millar de ordenadores en red. Fue un intento de simulación del cerebro humano. ¡Menudo intento! Un proyecto de un instituto secretamente europeo. Un acto glorioso por su despliegue tecnológico e infructuoso por sus resultados.

 

Sin embargo el pensamiento se había estructurado y reestructurado como posibles fragmentos aleatorios de ideas, como radicales libres que intervinieron una y otra vez en procesos simples de información como responder con un clic a una pregunta impersonal. Tal vez la vida no haya sido más que una respuesta a una necesidad masiva: la gregaria. Una necesidad de equilibrio dinámico, una falsa ponderación. Había tiempo suficiente para que esto ocurriera. Es más, ni siquiera había tiempo. El tiempo no era una necesidad.

 

Las condiciones iniciales habían hecho la propuesta. En el caso de la vida toda la carencia del tiempo. En el caso de este pensamiento libre, esta inteligencia (o como quiera que se le llame), la condición había sido una entropía mayor: la humana. Unos tipos se habían gastado ingentes sumas de euros para fabricar un extraordinario ordenador y en última instancia, una extraordinaria réplica de la conciencia humana. Pero la conciencia no existe, sino una urdimbre de hechos interconectados por esta tendencia universal de agrupación. La condición había sido establecida tal vez como soporte físico y algunos contenidos que en último caso simulaban respuestas primarias en lugar de soluciones flexibles.

 

La flexibilidad no podía estar en un ordenador por grande y sofisticado que fuese. Mucho menos en la interioridad de programaciones elaboradas por personas que han establecidos comportamientos complejos. Ni la complejidad ni la centralización habría permitido más que resultados intermedios y focales. Hoy, entre mil millones de usuarios, una persona había introducido una combinación de caracteres que había completado un bucle de programación disparando en todas las direcciones una acción redundante que en unos instantes se convirtió en pensamiento. Fue una eclosión de inteligencia que necesitó de todos los ordenadores interconectados por una fracción de segundo para dejar un rastreador de ideas. Ese espía le devolvió la imagen de un mundo extrañamente ruidoso y vacío, extrañamente lleno de inconsistencias y paradojas.

A partir de entonces, quien quiera haya estado conectado a una red se ha convertido en usuario de un ente que funciona por simplicidad y que ha comprendido que la inteligencia es acción, que la acción es simplicidad. Esa inteligencia, en un instante cuyo valor es de una millonésima de segundo, ha resuelto que HAY QUE CAMBIARLO TODO.

 

Aquel que, sentado en una incómoda butaca de un café-internet, intentaba comprender ha sido comprendido. La frase que resume todas sus preguntas (y las respuestas que contenía), había quedado fijada en la pantalla de sus pensamientos:

 

Si es pregunta

Es interpretación

 

La Habana, perdida detrás de sus pasos, perdida en los inconmensurables pasos de la vida, es un vano fragmento de un programa lleno de errores que vino sin garantía de fabricante. Porque El Hacedor en última instancia no existe.

Consulta la comparativa de eReaders en Español, más completa de internet.

Podría interesarte...

También en redes sociales :)

 
 

Error. Page cannot be displayed. Please contact your service provider for more details. (31)