I CONCURSO CIENCIA FICCIÓN, FINGIR LA MUERTE DE GAIA, RELATO NÚMERO 6

Fingir la muerte de Gaia





Pero ya no era ayer, sino mañana.

(Joaquín Sabina, “Donde habita el olvido”)



Néstor: El que es recordado. Héroe griego.

N.Edu. Nedu. Al menos recordaba su propio nombre. Y la recordaba a ella. Gaia.
Aquella despedida, en la avenida gris, abarrotada de personas que caminaban
semiinconscientes, siguiendo dormidos las instrucciones que sus propias mentes
formulaban a través de chips implantados, y que les hacían vivir en su cabeza
todos los deseos con los que podrían soñar jamás. Era el Sistema. Creado por el
propio ser humano. Y el ser humano fascinado por él.

El deseo de Nedu, sin embargo, no se había hecho nunca realidad. Había
limitaciones en el Sistema. Él era hacker, lo sabía, su vida consistía en romper
esas limitaciones para disfrutar lo que no le daban. Pero de Gaia nunca pudo
romper ninguna barrera. Quizás porque ella no seguía el Sistema. Y porque él
nunca pidió eso al Sistema.

En ese momento, del cual sólo quedaba lo que flotaba en su memoria, Gaia lo
miraba, con esos ojos azules que él nunca comprendió, pero en los que él se
perdía cada vez que ella le hablaba. Con esa mirada triste, pero infinita, que
llegaba siempre más allá en su alma. En ese instante del pasado, Gaia estaba
tratando de memorizarlo, de recordar su cara, sus rasgos, quizás incluso de
memorizar lo que sentía por él, si es que acaso sentía algo. Sus memorias se
estaban desvaneciendo. Era cuestión de unos instantes, aunque ninguno de los dos
sabía cómo serían de largos. Olvidar para sobrevivir. Si recordaban, estarían
condenados. Los identificarían, los localizarían, los matarían. Olvidar y vivir.

-¿Sabes? -dijo ella en ese momento. No pestañeó ni cambió de expresión-. Gaia no
significa nada.

Nedu se concentró más aún en sus ojos.

-Pero Gaia también significa Tierra -contestó.

Ella no pareció haber escuchado la respuesta. Su mirada se clavaba en él, como
si lo taladrase, pero en realidad, pensaba Nedu, no lo veía. Estaba perdida en
alguno de sus pensamientos, que siempre eran inalcanzables. Y entonces su mirada
se desvaneció para siempre. En apenas una milésima de segundo perdió la
intensidad, después su rostro se relajó, y las pupilas se dilataron hasta casi
hacer desaparecer el azul de los ojos. Nedu sintió una punzada en el corazón, en
ese momento y ahora, recordándolo. Había olvidado.

Gaia giró la cabeza despacio, mirando a su alrededor como un robot.
Desorientada, pero relajada, tranquila, con su expresión infinita. Dio un paso
hacia atrás, sin siquiera darse cuenta de que Nedu estaba allí, y se unió a la
masa de personas que caminaban en silencio por la avenida.

Nedu se desesperó. La vio confundirse con todos los demás, pero no pudo
reaccionar. Tampoco lo hizo cuando ya era demasiado tarde y no la veía. Se había
metido en ese mismo tumulto de gente y se había dejado arrastrar, esperando que
a él también le llegara el olvido. Los sonidos de todas las pisadas, los choques
con esas personas, sus respiraciones, sus voces monocordes hablando consigo
mismas o, con ese mismo tono mecánico, con la persona de al lado, el calor
asfixiante de la masa. Fue lo último que recordó.





 

Había sido un día gris, de sol oculto tras la contaminación, cuando de repente
había recordado a Gaia. No sabía cuánto tiempo había pasado. Quizás meses. Había
perdido noción incluso de su propia existencia, no recordaba nada de lo que
había hecho en todo ese tiempo. Intuyó que habría estado perdido por antros de
mala muerte, bebiendo, malviviendo, haciendo cualquiera sabía qué, hasta que un
día, de repente, le habían venido los recuerdos. Primero había recordado sus
ojos y su mirada, y se sintió fascinado. Después recordó su nombre. Y por fin,
con un dolor insoportable, el momento de la despedida y del olvido. Al principio
no había entendido nada, y había pensado que estaba teniendo una alucinación,
algo provocado por la última borrachera. Tenía tanto alcohol en su cuerpo que ni
siquiera se mantenía en pie. Pero luego, tirado en el suelo de una habitación
mugrienta, se empezó a dar cuenta de que lo que veía eran recuerdos, reales
además. Y cuando, más tarde, se había formado claramente en su memoria el último
momento con Gaia, se había sentido tan desesperado que se bebió una botella
entera de whisky y se quedó inconsciente.

Se despertó por las arcadas. El licor le hizo vomitar hasta que no le quedó nada
en el estómago. No se podía mover. Le dolía todo el cuerpo, no había ninguna
parte que se librara. “Nedu”, pensó, “me llamo Nedu. ¿Qué coño he estado
haciendo todo este tiempo?”. No podía ni siquiera pensar. “Una amnesia
inducida”, dijo, con una voz que él mismo apenas entendió.

Desde el suelo, alcanzó a ver un ordenador. Tenía conectados muchos aparatos,
hasta tal punto que parecía un satélite lleno de basura espacial. La pantalla
estaba encendida, con un sniffer activado. “¿Qué mierda estaba haciendo? ¿Qué ha
pasado con mi vida?”, fue capaz de decir, y volvió a caer inconsciente.





 

Hacía frío esa noche. Apretó al cuerpo su chaqueta, marrón y delgada. Antes, al
ponérsela, había visto que tenía cortes que parecían hechos por una navaja, pero
no recordaba cómo se los había hecho. Sacó de su mochila un poco de hierba
nórdica y mordió un trozo. Era muy amarga y le revolvía el estómago, pero la
necesitaba para mantenerse de pie. Todavía le dolía la cabeza, tanto como para
quedarse una semana en la cama sin moverse. Pero estaba lleno de rabia.
Necesitaba saber. Delante de él, la puerta de un sótano en un edificio viejo y
polvoriento. Miró la cerradura. Una reminiscencia en su mente hacía que supiese
que no era una cerradura normal. La misma reminiscencia que le había ayudado a
encontrar este lugar. No sabía qué había dentro, pero estaba seguro de que era
algo importante. Miró en sus bolsillos y en su mochila. Estaba el ordenador con
todos sus dispositivos, pero no se sentía capaz de usar nada eso para abrirla.
Probablemente en algún momento de su vida hubiera podido, pero ahora simplemente
no recordaba cómo tendría que hacerlo. Pero no se quería rendir. Salió fuera y
buscó alguna ventana. Encontró una pequeña que daba al sótano. Dentro estaba
oscuro. Respiró hondo y se dio ánimos. Rompió el cristal y se coló dentro.

Cuando encendió la luz, tuvo una gran decepción. No había nada. Alguien lo había
limpiado a conciencia. Era un pequeño almacén con varias sillas y mesas, pero
ninguna caja, ningún ordenador, ningún papel.

Se acercó a la mesa más grande y pasó la mano por encima. Le vino un recuerdo,
fragmentado. La imagen de Gaia tumbada allí, hermosa, con su mirada insondable
de siempre, etérea, pero esa vez con un matiz de miedo. Tenía electrodos en la
cabeza, conectados a un ordenador. Y controlando ese ordenador estaba él. Nedu
sabía lo que había estado haciendo. Estaba borrando la memoria de Gaia. Después,
recordó el vaciado del lugar, el deshacerse todas las máquinas, el caminar la
deriva, disfrutando los instantes, esperando el momento en que la memoria de
ambos se desvaneciera. Y, mientras, Nedu fijando en los retazos de su mente cada
detalle de Gaia, cada detalle de sus ojos y de su cercanía, para cuando todo se
hubiera ido.

Nedu se sentó en la mesa. Gaia había sido quien le borró la memoria a él. No
podía recordar si la intención había sido borrar incluso quién era o si sólo
había sido un fallo. O si sabían que el borrado podría ser defectuoso y que la
memoria podría volver en cualquier momento. No sabía si ella quiso que él
mantuviera algo o si fue un error en su plan.

Se esforzó más por recordar. Se concentró en la imagen de Gaia y en ese lugar.
Quizás, se dijo, y lo que decía le iba resultando familiar, los dos montaron ese
lugar con un objetivo muy concreto. Se asociaron para hacer algo ilegal, algo
relacionado con las redes del Sistema. Quizás se conocieron casualmente, o bien
se buscaron específicamente para ello, o quizás fue Gaia quien le buscó para
realizar algo que sólo ella sabía. Pero ese algo salió muy mal, y tuvieron que
eliminar todas las pruebas, y esconderse. Sin embargo, sólo esconderse no
servía, y alguno de los dos dijo que debían borrar sus propias vidas, ser otros,
fingir así sus muertes. O quizás ya sabían que ése era el riesgo y tenían
preparado ese plan. Pero, ¿qué buscaban? No sabía tampoco cuánto tiempo había
pasado desde aquello. Había perdido la memoria hasta tal punto que durante un
tiempo indeterminado había debido ser una especie de zombi. Ahora ya empezaba a
recordar quién era, qué era, y lo vacía y decepcionante que había sido siempre
su vida. Quizás el olvido no había sido tan mala opción entonces.

La cabeza le reventaba. La imagen de Gaia se estaba volviendo tan intensa en su
mente que le hacía daño. Miró a su alrededor. Había multitud de tomas de red. Se
preguntó dónde irían. Entonces se dio cuenta de que no tenía sentido que hubiera
tomas de red. Nadie las usaba. Y menos en un sótano perdido. Se agachó delante
de una de ellas y se quedó mirando el agujero. Pensaba que la respuesta podría
estar ahí. Pero, al mismo tiempo, suponía correr un riesgo. Con la cabeza tan
espesa como la sentía, le estaba costando pensar qué hacer y cómo hacerlo.
Finalmente, sacó su ordenador de la mochila y lo conectó.





 

Cuando amaneció, Nedu seguía despierto. Estaba en un hostal a las afueras de la
ciudad, el sitio más alejado que había encontrado donde no le pedían tarjeta de
identidad. Estaba muy asustado. Se había tenido que tomar cuatro analgésicos, y
después dos botellas de whisky, y aun así sentía el dolor de cabeza como si le
estuvieran machacando el cerebro con clavos gigantes. Se tanteó la nuca. Pensó
que quizás quitándose el chip podría salvarse. Sabía cómo hacerlo. Sin el chip
no podrían localizarlo, ni identificarlo. Pero no se podía vivir sin chip. Si
detectaban que no lo tenía, lo ficharían como a un delincuente, como alguien que
está evadiendo la justicia y quiere ocultarse. Además tampoco podría entrar en
la red sin el chip, y él se dedicaba a eso. Era lo único que le movía en la
vida. Romper sistemas, saltarse reglas. Por eso, razonó, Gaia y él se habían
borrado la memoria. Le vino a la mente de nuevo la imagen de Gaia. Y, no sabía
por qué, su extraña frase: “Gaia no significa nada”. Se tumbó en la cama y
suspiró, desesperado. Era un maldito inútil. No era sino un hacker mediocre que
se había metido en un asunto que no era para él. Un asunto que no era para
nadie. Porque, se dijo, ¿qué sentido tenía? ¿Había dinero por medio? ¿Idealismo?
¿Había acaso posibilidad de conseguir algo? Una toma de red que conectaba con el
propio Sistema. No sabía cómo a alguien se le podría ocurrir eso. Cerró los
ojos, profundamente cansado, y vio los de Gaia mirándole. Sí, pensó, había sido
ella a la que se le había ocurrido todo. Cómo no seguir a esos ojos, a esa
personalidad enigmática y fascinante, a esa mirada que lo veía todo desde su
inmensidad.

-Debo encontrarla -dijo, y se incorporó.

Mareado, golpeándose contra los muebles, sacó el ordenador y se coló en la red
del Registro de Ciudadanos. Sabía que por el nombre Gaia no encontraría nada,
pero aun así lo buscó. Una vez descartado, buscó por rasgos personales.
Caucásica, ojos azules, pelo negro y liso, alrededor de los treinta años.
Aparecieron miles de fotos. Se tomó otros dos analgésicos y las fue mirando una
por una.

A las tres de la madrugada, alguien llamó a su puerta. Todos sus músculos se
tensaron. El corazón latía enloquecido. Nedu tenía los ojos irritados y estaba
pálido por el cansancio y el dolor. Delante de él estaba la foto de Gaia. Más
joven, con el pelo corto, pero con esa misma mirada nostálgica y penetrante.
Cerró el portátil y se quedó en silencio, esperando que quien fuese se marchara.

Volvieron a llamar.

-¿Néstor Edúgal?

Recordó que tenía una navaja. Sólo la había usado un par de veces, y en una de
ellas casi mató al tipo. Fue durante un negocio frustrado, un asalto a una red
bancaria. Metió el ordenador debajo de la cama y sujetó la navaja desde dentro
del pantalón.

-No es aquí -dijo Nedu. El miedo se le notaba en la voz.

-¿Identificación número 9881857245-AXD-927?

Nedu se tocó la nuca y se llamó imbécil a sí mismo. Hubo un silencio al otro
lado. Nedu miró hacia la ventana y calculó la posibilidad de coger el portátil y
saltar por ella antes de que entraran. Se fijó en la puerta. No había echado
ningún cerrojo.

-¿Quién es? -preguntó al final. No se atrevía a moverse.

-Agencia de Inspección del Sistema. Necesitamos verificar sus datos.

Era el fin, pensó. Lo habían localizado cuando entró en la red, en el sótano. No
iba a tener escapatoria. Era el Sistema, se había puesto en marcha para él. No
había nada que hacer. Se levantó, resignado, como un autómata, y abrió la
puerta. Ni se acordó de su navaja. El hombre que había al otro lado ni siquiera
lo miró. Permaneció inmóvil, erguido, vestido con un mono gris con el emblema de
la ciudad, con un maletín en una mano y un aparato de registro en la otra. Era
una máquina pequeña que tenía una pantalla brillante y muchas teclas, y un
pequeño emisor láser.

-Buenas noches -dijo el hombre, sin mostrar ninguna expresión-. Por favor,
muéstreme el cuello.

Nedu, sin plantearse siquiera una mínima resistencia, hizo lo que le pidió. El
hombre activó entonces el láser del aparato de registro y lo pasó por su cuello.
La máquina emitió un zumbido.

-Muy bien, señor Edúgal, ya está -dijo el hombre, guardando el aparato-. Ha
quedado registrado. Dentro de poco vendrán a por usted. Si tiene dudas con el
procedimiento, puede usted consultarlo en la red de la Agencia. Buenas noches.

Un buen rato después de que el hombre se hubiera marchado, Nedu seguía en la
puerta, mostrando el cuello, sin fuerzas. Vendrían a por él. Todo se había
terminado. Y lo peor era que no había podido averiguar por qué había sido todo
aquello, qué era lo que habían hecho.

Cuando Nedu consiguió moverse, se dejó caer junto a su ordenador y se quedó
enganchado a la pantalla mirando la foto de Gaia. Después, pudo conseguir la
suficiente claridad mental como para leer la información que había debajo. El
Registro de Ciudadanos decía que estaba muerta. Nedu lo leyó de nuevo. Muerta
hacía dos meses. No pudo procesarlo. Se quedó leyendo esas mismas palabras sin
poder salir de ellas.





 

Había amanecido ya. Nedu seguía mirando la pantalla. Gaia, pensaba, no era su
auténtico nombre, pero eso no importaba. Era ella. Sin embargo, el registro no
decía la causa de la muerte. Quizás, pensó, la habían descubierto y asesinado
sutilmente, para no llamar la atención. Reflexionó durante unos segundos,
recogió de prisa sus cosas y salió hacia la casa de Gaia.

Era un edificio de cristales brillantes a la luz de las farolas. Gigantesco, de
esquinas afiladas y con apartamentos exactamente iguales, con todos los
servicios automatizados. Cuando estaba allí delante, se dio cuenta de que no
podría entrar fácilmente. Era un edificio controlado cibernéticamente, y el
programa portero no abriría la puerta a un extraño sin la identificación
adecuada. Pero ahora se sentía más capaz que antes de emplear sus conocimientos
de hacker. Además, la visita del agente le había dejado sin ningún tipo de
esperanza, y por tanto, sin ningún miedo. Aprovechando que aún era de madrugada
y a esa hora nadie lo vería, desmontó el panel del programa portero y conectó el
portátil a su toma de red. Mientras se colaba en su sistema, que no tenía un
nivel especial de seguridad, sentía cómo se aliviaba un poco su dolor de cabeza.
En unos minutos, el portal estaba abierto. Cuando estaba haciendo lo mismo con
la puerta del piso de Gaia, se cuestionó por qué lo hacía. Invadir así la
privacidad de alguien que ha muerto. Pero su sentimiento por ella era tan
intenso, y tanta también su ansia de saber quién era, quién se ocultaba detrás
de esa mirada y ese escudo impenetrable, que sus manos abrieron la puerta antes
de que se diera cuenta.

El apartamento de Gaia era ordenado, y estaba lleno de objetos de cristal. Todo
transmitía una impresión etérea e infinita. No parecía que hubiera estado vacío
desde hacía dos meses, y menos que su dueño hubiera muerto. Los muebles, la
cocina, el dormitorio; todo estaba recogido y ordenado. Nedu se sentó en el sofá
del salón. Allí había fotos de Gaia. Fotos de niña, de adolescente, de adulta.
Sola, con sus padres, con distintos hombres. Estas últimas Nedu prefirió no
mirarlas. Pero, en todas, incluso desde niña, estaba esa mirada que buscaba algo
y que veía algo más allá. Nedu se quedó observando las fotos durante mucho rato,
hasta que el sonido de la puerta de otro apartamento le sacó del trance. Nedu se
quedó inmóvil, expectante, pero los pasos se alejaron.

Se levantó buscando algo que le diera más información, y encontró su ordenador.
Dentro de él, su diario, escrito desde que era adolescente hasta hacía dos
meses. Nedu contuvo la respiración antes de abrir los archivos, y se cuestionó
de nuevo si debía hacerlo. Y, de nuevo, casi sin quererlo, lo abrió.

Lo leyó entero. Desde la primera entrada hasta llegar a justo la anterior a su
muerte. Cuando terminó ya era mediodía, y Nedu en algún momento había llorado.
Miró a su alrededor. Un cuarto ordenado, con libros cuidadosamente colocados.
Libros de filosofía, arte, historia. Y novelas, cuentos, poemas.

-Gaia, eras una idealista -dijo Nedu-. Una idealista que nadie podía parar. Y me
arrastraste contigo.

En las notas, Nedu había leído cómo crecía una niña con una mirada capaz de ver
el alma de las personas, hasta que se convirtió en una adolescente capaz de
desmenuzar todos los aspectos de la sociedad hedonista e hipercontrolada que el
ser humano había creado para sí. Una sociedad en la que las personas se
enganchaban a un Sistema construido por ellas mismas y que les proporcionaba en
sus mentes, mediante un chip que lo controlaba todo, la vivencia de todos los
sueños que pudieran tener, consciente o inconscientemente. Así, todo era
satisfecho dentro de sus cabezas, todo sueño formulado era inmediatamente
cumplido en su fantasía, y dejaba de importar lo que hicieran fuera, en el mundo
real, con sus cuerpos y sus vidas. Gaia había visto todo eso, esa espléndida y
cómoda cárcel donde las personas tenían todo lo que querían, y sufría. Se había
empeñado en cambiarlo, en sacar a las personas de su sopor y que dejaran de
autocontrolarse por medio de chips y de su Sistema. Nedu leyó en las notas algo
acerca de un plan para colarse en la red del Sistema, y así generar algo, un
caos. Ese caos, pensó Nedu, contrastaba totalmente con la calma y la claridad
mental que transmitía siempre Gaia.

-Y ese caos era lo que íbamos a hacer nosotros -se dijo-. Pero, ¿qué pasó con
él? ¿Qué es lo que hicimos, qué encontramos? ¿Por qué teníamos tanto miedo?

Nedu se quedó en silencio mientras releía la última nota de Gaia, la anterior a
su muerte. Era una Gaia perdida, sin energía y sin objetivo, que ya no buscaba
conseguir ni cambiar nada, pero que seguía viendo, ahora con frustración, los
engranajes que movían todo y hacían que todo se mantuviera siempre girando sobre
sí mismo eternamente.

-Gaia -susurró Nedu-. Qué estúpida fuiste.

Cogió su mochila y se marchó.





 

En el sótano abandonado, Nedu se frotó los ojos. A pesar de que llevaba dos
noches sin dormir, a pesar del cansancio y del picor de ojos, el dolor de cabeza
había desaparecido. Sabía que posiblemente le quedasen sólo unas horas hasta que
vinieran a por él. Por eso era el momento ideal. Conectó su ordenador a la red
del Sistema y ejecutó el programa para romper su seguridad. Cuando se activó, el
programa se integró con el chip de Nedu y su mente se metió dentro de la red.
Todo era oscuro ahí dentro. En ese lugar no había sueños que se cumplían. Eran
los bastidores de la obra de teatro que se había construido el ser humano. Frío,
inhóspito y desagradable. Pero, ahora que estaba allí, Nedu empezó a recordar
algo. Se vio en ese mismo lugar, hace un tiempo, con la voz cristalina de Gaia
guiándolo. Igual que en aquella ocasión, Nedu se movió entre paquetes
interminables de información que iban y venían trayendo las felicidades
construidas específicamente para cada persona que las formulaba. Y, siguiendo su
rastro, y escuchando de nuevo la voz de Gaia en su cabeza, Nedu llegó al lugar
donde estaba el Sistema. Un feo conglomerado de información sucia, desordenada y
caprichosa, que subía, bajaba y se deshacía, acumulándose como en un basurero
interminable. Y de entre medias de ese basurero salían líneas de datos que en su
camino de vuelta formaban lo que la gente quería recibir para cumplir sus
deseos.

Nedu se había acercado hasta la puerta por donde entraba la información digital
de esos deseos. La voz de Gaia le había hablado entonces.

-Lo que quiero que coloques en esa línea es mi deseo.

-¿Cómo? -había preguntado él, sin entender.

-Mi deseo -había dicho Gaia, tranquila y segura-. El Sistema no podrá con él. No
está diseñado para él.

Y el programa que Nedu había llevado entre las manos, el virus diseñado
cuidadosamente durante meses, se había activado. Y Nedu lo había colocado en la
línea que iba hasta el Sistema. Después, todo fue salir deprisa de la red,
desconectar los ordenadores, borrarles todos los datos, y borrarse la memoria
ellos mismos para eliminar los restos de conexiones emocionales con el Sistema.
Había sido tan sencillo como eso.

Nedu recordaba y pensaba, mientras observaba el basurero del Sistema y todos los
datos que pasaba a su lado. Y detectó un paquete de información. Era el deseo de
Gaia. Entre la montaña de basura, un bloque gigantesco tenía su esencia. No
tenía forma, era afilado, pero al observarlo le llegaba la impresión de sus ojos
azules e inabarcables y de su voluntad clara y firme. Y vio cómo el Sistema
enviaba de vuelta deseos cumplidos hacia el exterior, hacia el chip de una Gaia
que ya no lo recibiría porque estaba muerta. Pero que durante meses los había
recibido, demostrándole a Gaia que se había equivocado, que el Sistema sí podía
con todo, sí era capaz de cumplir todos los deseos humanos. Incluso los de Gaia.

Se desconectó. Pensó que, después de esto, vendrían a por él mucho antes.
Probablemente estuvieran de camino ya. Pero, qué importaba. Se rascó la nuca, en
la zona donde debía estar el chip. Deseos, pensó. Él sólo había tenido un deseo,
y fue cuando conoció a Gaia. Nunca lo formuló, ni dejó que su chip lo formulara.
Ahora que Gaia estaba muerta, quizás podría dejar que se transmitiera, y tenerla
con él al menos en su cabeza. Ella no había podido con el Sistema, así que él no
iba a pretender ser más. Que al menos lo que le quedase de vida fuera un
instante feliz.





 





 

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