I CONCURSO CIENCIA FICCIÓN, "EL PERDEDOR", RELATO NÚMERO 20

 

 

 

EL PERDEDOR

 

“.... .. trenza las crines de los caballos por la noche y conglutina las greñas de los duendes en sucios y feos nudos, que una vez desenmarañados pronostican grandes desventuras”.

WILLIAM SHAKESPEARE. “Romero y Julieta”.



 

 

CAPÍTULO I

LA MUJER DE LA VENTANA     

 

14 de febrero del 2000. Andrés hizo un gesto contrariado al recordar que no le había mandado flores a Sara y se sentó en un banco, frente a la Estación de metro en la que habría de entrar, dispuesto a ojear el periódico bajo la luz una farola, mientras pensaba una disculpa.

            De pronto, el hombre empezó a sentirse incómodo. Se miró los zapatos, estaban limpios y relucientes, se estiró los calcetines, no hubiera sido necesario, por ahí no andaba el problema. Procuró evadirse, continuar ojeando el periódico.

            El recelo iba a más. Se hurgó en los bolsillos de la americana, no tenía nada extraño en ellos, tan sólo el pañuelo blanco en el derecho. El desasosiego le asaltaba con más violencia a cada instante. Una mosca zumbó en el aire y un pájaro gritó desde la rama de un árbol. Molesto, el hombre batió el entorno con mirada inquieta, la mosca zumbona, el pájaro gritón y en el edificio de enfrente, una mujer aburrida que se perdía a través de la ventana de su primer piso. Andrés volvió a su periódico.

            No podía concentrarse ni en los bien rotulados titulares. La desazón le invadía, remiró intranquilo su alrededor. Un vistazo le fijó en la mujer de la ventana, tenía puestos los ojos en él, parecían imanes negros y su boca, una rosa que murmuraba.

            El pájaro pió vigoroso cambiando de rama y un perro no muy lejano ululó  al incierto alarido: ¡socorro!, ¡socorro!, procedente de la mujer de la ventana. Desconociendo el motivo, a reacción, el hombre corrió hacía el portal, subió las escaleras de dos en dos hasta el primer zaguán. La mujer esperaba, cubierta con una bata blanca de flores rojas, apoyada en la jamba de su puerta.

            Andrés, como un tornado entró y atravesó la casa. La recorrió buscando un incendio, cascadas de agua, un ladrón o un asesino.

            No ocurre nada. - Musitó, tras comprobar la vivienda, a la mujer que esperaba en el recibidor -. Ningún peligro, nada digno de mención. ¿No pedía usted ayuda?

-          Si. - Pronunció seria y añadió tras una pausa - Solicité su protección. Mi amenaza es la soledad.

Aquella mujer le intimidaba, sus ojos le aprisionaban. Ella le tomó de la mano, echó el cerrojo de la salida y le condujo al salón.

-          Esta es mi morada, no la puedo abandonar. Sin embargo en ella siento miedo, es un lugar embrujado. Desde el anochecer al amanecer un espectro camina por los pasillos, por las estancias, entre sus muebles. Mi pánico se acrecienta en las noches lóbregas desiertas de astros, cuando aúllan los perros.

La mujer le atraía, aceleraba su pasión con cada vocablo que pronunciaba, hasta que la excitación del hombre se hizo fuego. Los labios de ambos se encontraron en un beso apretado, de frenesí adolescente, de ardor maduro. Efusivos, rebuscaron sus cuerpos bajo los atuendos, los encontraron encendidos y tórridos, provocadores y preparados para el amor.

Por la ventana sacudía una noche calmada y cetrina, de ausente luna y estrellas.

El hombre y la mujer enfriaron su entrega cuando saludó el alba. Ella se acercó a la ventana. A la tenue claridad del día, Andrés vio una luna muy fina dibujada en el pómulo derecho de ella, desde la frente hasta la barbilla.

-          Ese trazo, en tu cara, te embellece. - Parece estar diseñado por un delineante -. Es la luna cornuda más hermosa que he visto jamás.

Fue hasta la ventana, junto a ella.

-          Es un recuerdo, - respondió la mujer suspirando-. Un amante de mi juventud dejó su alfanje impreso sobre mi piel.

-          ¡Qué burrada!. -Se escandalizó Andrés -. ¡Es tan perfecta!, Creí que era un tatuaje. No es de extrañar que, habiendo tenido un amante así, tengas pavor a la oscuridad.

-          Desde hace lustros, una mujer se asoma a esta ventana, cuando se oculta el sol. No todo el mundo la puede ver, ella busca sin tregua a un solo ser. Es un alma del purgatorio que espera llena de pena.- Añadió la mujer -.

Un escalofrío convulsionó a Andrés. A pesar de ello, mantuvo la serenidad. El perro que imitó a los lobos cuando la mujer pidió auxilio, debía de ser el mismo que ese amanecer descansaba bajo el banco que él ocupó con su diario. El hombre se concentró en el animal.

-          Un husky siberiano. Es bonito ¿verdad?

-          Depende del lugar en que se sitúe la belleza. Ese animal lleva sobre su cara una máscara blanca como cualquier mortal. - Repuso ella -.

El hombre procuró reanimarse ante sobrecogimiento que le causaban las palabras de ella y, optando por la ironía, añadió :

-          Contemplando a ese perro perdido o vagabundo y apoyados en este alféizar,   cualquier ingenuo que nos contemple a su paso podría confundirse y, si cree en la leyenda que me has contado, decir que la  mujer de la ventana encontró a un fantasma errante con el que compartir su condena.

-          La mujer que se asoma a esta ventana no está condenada al exilio terrenal. Voluntariamente ronda por la tierra para reencontrarse con un antiguo querer, alguien que le marcó con un alfanje la mejilla.

Andrés comprobó la cicatriz de la mujer, en el lado derecho de su semblante, involuntariamente recordó que él era zurdo. Imbuido por un mal presentimiento, con terror a lo desconocido se separó de la mujer misteriosa que continuaba sin ropas contemplando la calle.  Se sentía culpable de algo oscuro, víctima de algo ignorado. Un denso sofoco le abrumaba,  irreflexivo  fue a escapar.

-          ¡Espera!. - Espetó la mujer -. No son esas formas de irse después de una noche de amor. ¿Acaso temes venganza?.

-          No temo nada. - Se envalentonó Andrés -. Tengo una mujer, un hijo. Hasta este momento les había olvidado, no me lo explico. - El hombre balbuceó -. Les he traicionado, estarán preocupados, me esperan.

-          No has comprendido nada. - Declaró misteriosa la mujer -.

-          ¡Estás loca!

-          Yo era esa mujer. Yo soy la que se aparece en la ventana desde hace más de un siglo. Tú eres  quién  marcaste mi rostro con un alfanje.

-          ¡Estás loca!- reiteró Andrés -.

El hombre huyó aterrorizado. Salto los peldaños de la escalera en vertiginoso descenso. Corrió hasta la Estación del tren. Un perro de ojos azules le seguía saltando y meneando el rabo.

Cuando llegó a su domicilio, se sorprendió por un auto de policía  detenido frente a su puerta. Dos cadáveres tapados junto al vehículo de la autoridad. Le apresó el desgarro de un reo que desconoce su crimen. El hombre tan sólo concluía que, inexplicablemente, su mujer y su hijo eran la cruel venganza de la demente, con la que él pasó una noche de loca pasión.

Andrés narró a los incrédulos agentes el descabellado episodio para el que, minutos antes, arrepentido buscaba una inocente disculpa con la que justificarse ante su esposa. Una aventura en la noche con una insólita mujer  que, él tenía el firme propósito de silenciar y olvidar.

La Ley acercó al hombre al lugar en que tuvieron lugar los hechos. En el bulevar, un pájaro sobre un tallo, trinaba al calor de los primeros rayos de sol. Un perro con ojos grises mordisqueaba una bata blanca con flores rojas y olisqueaba las páginas de un periódico del día anterior.

El portero se escandalizó y discutió con los policías, al fin les mostró el piso que requerían. Conserje y guardias se jaranearon con acritud. Aquel primer piso estaba desvencijado, los muebles estaban descoyuntados. La porquería que allí se almacenaba era motivo de denuncia continúa por los vecinos. Nunca se había oído comentar que una mujer joven se asomase a la ventana. Allí vivía una vieja desvalida con interminables arrugas, ninguna luna tatuada sobre la piel.“¡Qué coartadas más absurdas se buscan los asesinos” - escuchó decir Andrés -.

Cuando el hombre se montaba esposado en el coche patrulla, vio como una mendiga, a la que acompañaba un  perro seco con antifaz, recogía unos trapos y unos papeles de debajo del banco en que él estuvo sentado y libre, tan sólo ayer.

CAPÍTULO II

LA PRISIÓN

 

            El lugar en que encierran a un asesino, al principio parece un lugar frío, después se siente cálido: De las otras muchas  mazmorras, de la propia, brota olor a la suciedad, al padecer que  impregnan sus muros.

            En el aislamiento de la celda, los pensamientos giran hasta el infinito dentro de la cabeza. No hay muchas cosas que hacer al cabo del día,  más que recapitular las circunstancias por las que se está allí.

            El hombre es un  condenado a perder la razón.

            Un abogado experto en temas callejeros se acercó al hombre. El defensor también estaba condenado a defender, aunque le causara asco ese auxilio que había de prestar.

-          Es mejor que confiese y se le aplicarán penas menores. - Dijo, directamente, el asignado por el turno de oficio -.

-          Ya he confesado.

            El abogado puso sus ojos en el techo de la celda como si implorara al cielo.

-          Repasemos su coartada.

-          No es coartada. Es la verdad.

-          Exponga mejor su verdad. Su vacilante verdad, su indeterminada verdad.

            Andrés hombre repitió impertérrito:

-          Bajé andando por el Paseo central, desde mi trabajo hasta la Estación de  tren. Me senté en un banco del bulevar, frente a la Estación. Ojeé el periódico. Me sentí vigilado, no sabía por quién. Alguien me asediaba. La sensación era cada vez más molesta. Descubrí a la mujer que me observaba desde una ventana. Andrés fue introduciéndose en su relato; de la impavidez dio paso a la exaltación. Realmente me acosaba tras el cristal. Todo es muy vago. Todo, menos los penetrantes ojos de aquella mujer cuando me gritaron ¡Socorro!.

-          ¿Gritan los ojos? - Inquirió el abogado -.

-          Los de ella sí. Eran imanes que atraían. Subí a su piso sin dudar. Fue como un hechizo. Estuve con ella. Hice el amor con esa mujer, como jamás hubiese sospechado podría ocurrir. Cantando y llorando, con la impresión de que la amada que no acababa de llegar, había llegado. Todo era mágico. Acogí el pasado y el futuro en la fuerza del presente. Bendije y maldije el momento con todo mi escarnio. Estaba introducido en un mundo de afecto eterno. Me hallaba en un trayecto transcendental de mi existencia.

Ahora – continuó Andrés - estoy desnudo en esta vida, mi coraza eran mi mujer y mi hijo, Sara y David. Fue la mujer de la ventana quién acabó con ellos, estoy seguro. A cualquier hora aparece en el ventanillo de esta celda, en las paredes, en el suelo, en el techo con su incontable beldad, y queda en mi, un fétido dolor por su ausencia, una incalculable añoranza íntima. Mi mayor calvario es sentirla a ella más que a Sara y a David. Su voz me excitaba. Mantenía una enigmática sonrisa al hablar. Usted imagine a la Mona Lisa, de carne y hueso, y al tiempo, translúcida. Andrés fijó sus ojos en el abogado y reanudó su narración: recorra con los sentidos la textura aterciopelada de la pintura, la epidermis de la mujer, caerá en una noche que es un lapsus de amor.

-          El hombre empapaba su voz con emoción -. No adivino si estuve con un ángel o con un diablo. Todavía vagaba en el ensueño cuando llegué a mi casa. Mi mujer y mi hijo habían sido asesinados. El portero de aquella casa  dijo que jamás moró allí esa mujer que yo vi asomada a la ventana, la mujer que me sacó de este mundo. Los muebles que yo le describí a la policía no tenían semejanza con los existentes en aquel piso. El paradisiaco lugar en el que yo derroche amor y pasión, era una cuadra que habitaba una trastornada harapienta. Tuve la certeza de que había estado con un ser del más allá.

El defensor entrelazaba y desunía sus dedos.

-          Si usted se empecina en dar esa versión, alegaré enajenación mental. Soltó como si en algún momento hubiese tenido paciencia y ya se le hubiese acabado. Saldrá de la penitenciaría, se le recluirá en un manicomio. Cuando se canse de estar enamorado de un espíritu asesino, el médico podrá dar por curada su insalubridad mental. Entonces, tal vez regrese a prisión, tal vez obtenga la libertad. Será otro caso.

-          No estoy loco. - Dijo el hombre recobrando su impasible calma -. Respecto a mí, no quiero que se hable ante los tribunales de enajenación, ni siquiera transitoria. Ya conoce la verdad.

  • Usted delira.

El abogado se fue alejando mientras exclamaba:

-          ¡En fin, colega!. ¡Usted y yo tenemos muchos días para hablar!. No desesperemos al primer encuentro.

            Andrés se sentía culpable, encontraba justo pagar por su culpa. Se tumbaba en su catre, la cara contra la almohada y cerraba fuertemente los ojos; no quería dormir, la vigilia le era reconfortante porque con su voluntad, podía ver a  Sara y David.   Dormido, la mujer de la ventana rondaba en los sueños.

            Frente al abogado, siempre tenía las mismas pendencias.

-          Hoy quiero escuchar la verdad; nada de espíritus asesinos. – Profería el defensor según pisaba la celda -.

-          Es una bruja y ejerce su magia sobrenatural sobre mí. Tiene  conocimientos ocultos sobre la condición humana y sabe desatar el cúmulo de las pasiones. Enlaza amor, castigo y muerte, - repetía el hombre ahogado en sus palabras -.

-          ¡Enajenación mental!, para colmo progresiva, ¡Cada día desvaría usted más!. Eso será lo que alegaré en el juicio. - Recalcó la defensa -.

-          ¿Cuándo saldrá el juicio?. - Se interesó Andrés sin intentar contradecir a su abogado -. Ya ha pasado un año.

-          Tal vez pase otro, colega. Con un poco de suerte unos meses. Tiene tiempo de abandonar su cabezonada. Deje de ofuscarse y haga frente a la verdad. De lo contrario, le guste o no, mi alegato lo basaré en su pérdida de facultades, transitoria si afirma tener olvidado ese episodio, permanente mientras se empeñe en su fantástica historia.

            El acusado miró hacia arriba, desviándose de la reiterativa conversación.

-          Observe - dijo al abogado - los techos blancos. En pequeñas y cuadradas estancias, como ésta, a base de mirarlos, se pueden volver circulares y de colores. Pueden formar una espiral irisada por la que si nos dejáramos atraer alcanzaríamos el cielo. Yo me detengo en el momento en que mi alma va a ascender  por ese torbellino coloreado. Puedo revelarme a ser atrapado por un tornado, sin embargo, no puedo vencer la sugestión de aquella mujer.

-          ¿Qué más me cuenta hoy? - Husmeó ausente el abogado -.

-          Olvido el turbulento centro de este techo. - Andrés prosiguió con la necesidad de hacer a alguien partícipe de su éxtasis -. Dejo mis ojos en los angulares rincones. En las telarañas. Cuando la tejedora se deja ver, la capturo. Mire, en esta caja tengo muchas. Amaestro a las arañas; me recreo con esta actividad. Me gustaría enseñarlas a leer, licenciarlas en Derecho, que una de ellas fuese mi abogado.

            La tez del defensor perdió su brillo.

-          La semana próxima saldrá el juicio. Iba a atrasarlo. No merece la pena. Usted no claudicará en sus farsas.

-          Me crea o no me crea, no soy un asesino. Enfréntese a una verdad establecida en un orden distinto de existencia, proveniente de otras latitudes, que rebasa nuestras dimensiones mortales.

-          ¡Eso sería hacer profilaxis en el reino de los muertos!.

-          Su persona evidencia el nacimiento del Superhombre - ponderó Andrés -.  La muerte de Dios bajo la concepción de Nietzsche. Juzga sin temor a Dios y sin respeto a los hombres. Construye bloques: él de los buenos y él de los malos, él de los ganadores y él de los perdedores.

-          No se confunda usted. - El defensor hostigado adquirió seriedad -. Soy creyente de un Dios que hace justicia sobre sus gentes cuando se desorbitan y rompen la armonía del universo. Dios es el único que resuelve y liquida las perversiones de la humanidad.  

-          Dios dirige desde el principio, internos compases de la naturaleza. Usted se cree que es la voz de Dios ante las gentes y se permite calificar a algunas personas de trastornadas, a mí por ejemplo. Bajo esta conclusión impone criterios: sobre la verdad o mentira del que debería ser su defendido. En lugar de defender, juzga. Da por hecho sus criterios y criba.

-          Existe un Dios terapeuta contra la razón en crisis. En manos de ese Dios le quiero poner yo. Su salvación está en que yo apele a su locura. –Insistió el abogado-.

-          Si Dios existe es  con todas las consecuencias-.  No sólo existe para confirmarle a usted sus ideas sobre lo cierto y lo incierto de la vida. También existe para contravenir sus ideas, mostrarle lo increíble de la certeza y lo concebible de lo inverosímil.

-          La voluntad de Dios va ligada al sentido común y a la experiencia cotidiana. - Sostuvo el abogado -.

-          Los hechos humanos no son contrastables sino constatables. Carecen del rigor de la física o las matemáticas. Sin embargo, hechos similares se pueden constatar a través de los años, los siglos, los milenios...   No puede  constreñirse, ceñirse estrictamente a principios cartesianos. Le ruego tan sólo intente no oponerse a la existencia de fenómenos sobrenaturales. ¡Defiéndame! No me juzgue como un Dios prepotente.

-          Nunca he creído en brujas. No se que esotérica disertación podré hacer. Basándome en ellas. Seremos dos títeres ante un Tribunal.

-          No seremos títeres. Seremos hombres desamparados ante fenómenos ocultos.

******

-          Ha tenido suerte - el abogado parecía contrariado -. El juez era blando. No se estableció conexión entre las pruebas y sus palabras. Debe de haberla.. Le felicito. Una extraña pero buena coartada. Espero no sean muchos los asesinos que acusen a  espíritus de sus actos ó acabaremos todos locos. Francamente, me gustaría no volver a verle.

Salió de la prisión sin rumbo. Sin mujer, sin hijo, sin casa ni trabajo. Una sola obsesión y un solo temor: volver a ver a aquella mujer de la ventana.

La ribera del río era un buen lugar para acampar. En él, David echaba pan a los patos. Sara sonreía. Tumbado en el césped, la vida volvía hacia atrás.

            Las tardes eran para beber, era una esponja hasta que en ningún antro se le permitía la entrada. Ayudado por el alcohol y un amor brujo con el que  Sara y David quedaban desbancados. Incluso beodo revivía con mayor intimidad la belleza fascinante de aquella mujer sobrenatural que le llamó en la noche. El roce con una piel cuya memoria aún producía quemaduras en su carne. 

            Otra vez era libre. ¡Sin tan sólo pudiese volver a encontrar a la mujer con luna creciente sobre su pómulo derecho! Desde que ella apareció nada volvió a ser igual. Sin ella,  nada tendría significado.

Cuando dormía nadaba en pesadillas. Despertaba gritando. Siempre gemía entre alaridos al amanecer. Sufría las bufonadas de la muerte y el sueño en el contorno de la noche.  Él debía de haber sido el muerto en lugar de Sara y David.

            Dentro de Andrés nacen la Muerte y multitud de espantos negros. Vuelve la Noche personificada con la forma de una mujer que origina pocas alegrías y muchos horrores.

En el ámbito de la Noche, la Muerte y el Sueño juegan juntos dentro del hombre. Desde la antigüedad, el terror humano más habitual es el temor a la oscuridad y a las fuerzas invisibles de la noche. En el siglo VIII antes de Cristo,  Hesíodo, describió el origen del mundo partiendo de un caos primigenio de cual la oscuridad y la noche emergen.

            Oscuridad y Noche se unieron y engendraron el Día y el Sueño, los Sueños y los Placeres del Amor. De ellos, también nacieron la Muerte y multitud de espantos negros.

CAPÍTULO III

EL CEMENTERIO

            Andrés decidió adentrase en la Ciudad de los Muertos. A caminar por las calles que se iluminan con la fluorescencia de los cadáveres. A buscar, entre los pasillos bordeados por cuerpos en descomposición o descompuestos, aquel lugar dónde yacían Sara y David.

            Le dio un vuelco el corazón y se arrodilló ante su tumba. Le embargó la impotencia por lo que no tenía remedio. Dejó la cabeza reposar sobre la lápida y se dejó arrastrar por aquel tornado al que tantas veces se había impuesto estando en prisión. Se encontró flotando hacia un resplandor rojo. Era algo insólito.

Una Sara tierna y dulce se aproximó a él.   

-          Hay muchos misterios ocultos, misterios de la mente y de la existencia. Y tú no crees, hombre que en la tierra, perdido y sin espacio, desde la antigüedad hay ritos que buscan el estado de unión entre lo mortal y lo divino.

-          Tienes razón, soy un hombre perdido desde que tú no estás.          Hoy, he olvidado el mundo del Mercado de Valores, de Acciones, de Bancos. Eso no me importa. Mi penitencia es haberte perdido a ti y a David. Esta otra parte de la vida, la indescifrable, empiezo a captarla mejor.

-          Has salido de tu insulsa vida material. Aquella que delimitaste entre David, yo y tu trabajo. Estuvimos muy alejados, Andrés.

-          No digas eso. Con tus palabras hago viajes que a nadie le puedo contar. Ha sido una suerte recobrarte hoy en mi camino. Contigo toco los lazos que entrelazan tradiciones y vulgaridad. Eres una expresión alegórica de lo desconocido.

-          Hoy, soy el propio desconocimiento. – Reveló Sara -. ¿Sabes qué ocurrió?El cielo comenzó a oscurecerse. Tomo el color  gris perla, inamovible, sin viento. Desde la ventana, absorbiendo el olor de la tarta en el horno que David se empeño que hiciera, me sorprendió la soledad que causa el bochornoso y veraniego mes de agosto en las calles. Un hombre dobló la esquina con un inmenso paraguas negro. Un paseante en la desierta calzada. Comencé a fraguarle historias matando así el aburrimiento.¡Un cobrador! A mi memoria le acechó la muerte. Eso es, ¡el cobrador de los muertos!, ¡que expresión tan bruta!, me reproché, el cobrador de cualquier compañía de entierros. Seguí divagando sobre el hombre, para entretenerme. Claro, claro, como va a perder su puesto de trabajo porque cada vez domicilia más gente sus recibos en el banco, por eso anda despacio; está moralmente agotado. Tal vez ya no tenga ni siquiera trabajo. Puede ser un pobre hombre que ha salido de su casa para evadir una depresión. Si, estoy en lo cierto. Esa cara de desánimo y esos ojos pequeños y hundidos en oscuras ojeras, tan sólo anuncian decaimiento. ¡La tarta!, recordé.  ¡Se me quema la tarta!. David vino tras de mí,  justo entonces comenzó a sonar el timbre de la puerta. Miré por la  mirilla. ¡Dios mío!. Es el hombre del traje y paraguas negro. Que firme parecía visto de cerca. David abrazó mis rodillas, yo tenía miedo y el niño temblaba.

            Sara enmudeció. Andrés no atinaba a decir palabra. Después Sara reanudó su explicación como si estuviese ajada en vida terrena. 

-          “Buenas tardes”, me dijo. ¡No era un hombre!. Frente a mí, estaba una mujer masculina con negra levita,  de duros rasgos, de insoportable hedor. Sentó cátedra: yo soy ese ser que tras el nacimiento siempre se evita, aún con la terrible certeza de que, un día se acerca. La mujer se tornó más demacrada y tétrica; su paraguas se convirtió en guadaña. Después sólo vi un alfanje.

Sara se esfumó en neblina, como se disipan los fantasmas:  Desapareció poco a poco,  semitransparente, sus contornos fueron haciéndose confusos; su túnica azul fue aclarándose  y lentamente se desvaneció, empezando por la cabeza y terminando por los pies.

La muerte no era el final de todo.

            Andrés se estremeció ante la posibilidad de estar realmente loco. Rugió el nombre de Sara y de David, mientras, le robaba las flores a los otros muertos del cementerio, para depositarlas allí, dónde la mujer y el hijo reposaban eternamente. Un perro de rostro blanco lloró cara a la luna.

CAPÍTULO IV

TERESA

 

            El invierno es crudo para el que no tiene en dónde guarecerse. Según va entrando la noche, le van echando de todas las tascas en dónde ya no toma más que el vino barato de los beodos. Cuando cierra el último antro en que le permiten la bebida, camina sin dirección hasta abandonarse en cualquier portal.

Andrés se asombró con una caricia en su frente;  fue como un lamido cariñoso de perro siberiano. Miró sesgado,  halló unos ojos negros sobre un encubrimiento de pintura decadente tras la noche golfa.

-          Te puedo dejar que subas a mi cuarto. -Dijo la cara de colores entremezclados-.

-          No pago.

-          Si quisiera dinero no te hubiese ofrecido cobijo.

La voz de la mujer era cascada, de tabaco y alcohol.

            Ella le precedió subiendo las escaleras. Podía ser una anoréxica o una drogadicta de mediana edad. Tal vez fuera una vieja decrépita. En cualquier caso, era un cúmulo de degeneraciones y desengaños.

            Andrés dormía cuando entró la luz del día sobre su cama. El cristal de la ventana estaba polvoriento y el amanecer se presentaba velado. Se hallaba en un cuarto mugriento, su cara estaba pringosa por el maquillaje que, entre besos y arrumacos, su protectora le roció. Bajo las sábanas manaba el olor a sudor de cuerpos añejos en la noche;  un soplo del aseo matinal  de su compañera inauguraba el día.

-          Tú y yo somos una mierda. Nada. -Expresó,  lozana e irreconocible, la muchacha que Andrés urdió anoréxica o drogadicta de mediana edad, tal vez vieja decrépita, en la noche anterior -.

-          Nada. - Él hizo eco -.

-          Tienes unas manos infrecuentes, unos tintes raros en tu gesto. No son de trabajador ni de vagabundo. Te rodea una misteriosa aureola que distinguí nada más verte. Por ello te invité a subir a mi cuarto. Tuve necesidad de hacer mío tu alrededor.

-          ¿Sólo por eso?. - Preguntó insolente el hombre -.

            La muchacha hizo caso omiso a la provocación. Continuó con lo que quería contar.

-          Las manos definen a los hombres, en ellas va escrito el destino. Las tuyas son especiales. Anoche lo intuí por tu halo; hoy lo aseguro porque conozco su tacto. ¿Quién eres tú?.

-          Nadie. No soy nadie. - Algo en la voz de la chica le recordó a Sara -. Corredor de bolsa, eso es lo que fui un día.

-          Explícate bien. - Jovial la muchacha añadió -: No necesito que te adornes. Di lo que siempre se ha dicho, carterista de guante fino.

-          Ahora, desde la lejanía de aquellos tiempos, supongo que no andas muy descaminada. Se me podía haber llamado así.

-          Me has convencido dándome la razón. No robas bolsos a las señoras ni carteras a los caballeros. - La muchacha se puso melancólica -, me gustó mucho  una película: “La soledad del corredor de fondo”. Un presidiario que corría y corría. El esfuerzo le convirtió en un gran atleta, consiguió favores de los guardianes y el odio de sus colegas. A punto de alcanzar el triunfo en la competición definitiva, se dejó ganar. Prefirió la mala vida al desprecio de sus compañeros.  ¿Eres un corredor de fondo?

-          Salí del presidio. No soy libre. Estoy más encarcelado que nunca al amor de una mujer. Por ella fui a la cárcel. Por ella vago como alma en pena. Por ella todo lo perdí.

            Se quedaron en silencio. En el cuarto inmundo, las arañas correteaban por las paredes, tejían tupidas telas en los rincones. Alguna cucaracha asomaba entre las grietas del suelo. La habitación era una celda sin olor a desinfectante, con un ventanuco sin rejas y con una puerta hacía el exterior. No se sabía si daba más tranquilidad que la prisión o más angustia. 

-          ¿Cómo te llamas?. - Rasgó el silencio Andrés -.

-          Teresa. - Contestó espontánea -. Eso es, tú me puedes llamar Teresa.

-          ¿No es tu auténtico nombre?

-          Lo es. Precisamente por eso, tú eres de los pocos que me puedes llamar así. No lo conoce cualquiera.

            Sin restos de maquillaje su rostro emanaba el mohín inocente de un niño, de David pensó el hombre. Las ropas de la noche estaban dobladas en la única vieja silla que tenía el cuarto. Vestía un uniforme de colegio de pago. Era una niña, apenas una adolescente, concluyó Andrés.

-          ¿De dónde sacaste ese uniforme de colegio de monjas?.

-          De debajo de la cama. - Rió la muchacha -.

-          ¿Qué dirán tus padres? No has aparecido por tu casa en toda la noche.

-          Nunca llego pronto a mi casa. En cualquier caso, no dirán nada. Nunca se enteran si estoy en casa o no. Ellos viajan o cumplen con sus compromisos sociales, ya sabes, cenas, fiestas.... Aunque estén aquí, tampoco ellos aparecen por casa hasta altas horas de la madrugada. Yo soy libre.

-          Ponte en que se enteran. - Insistió Andrés -.

-          ¿Quién se lo va a contar?.

-          Un chulo, por ejemplo. – Afirmó severo el hombre -.

-          Temen a mi padre. Es un gran... abogado. ¡Ya no te doy más pistas! No olvides que quién abra la boca será el primer pillado. - Amenazó Teresa -.

-          ¿Que haría tu padre contigo?. - Perseveró el hombre -.

-          ¡Qué pregunta! Alardearía justicia. Me dejaría en las puertas de un correccional. La chica puso voz ronca y gesto huraño: “aquí dejo a mi hija, es una puta”. No me preocupa, de los correccionales se sale, tú has salido de prisión ¿no?.

-          ¿Por qué llevas esa vida?

-          Me aburro. Me gusta la aventura prohibida. Busco hombres interesantes. De vez en cuando encuentro alguno, a ti por ejemplo. Realmente es la primera vez que tropiezo con uno atractivo. ¿Por qué fuiste a prisión? ¿Mataste a tu mujer?

-          De eso me acusaron: de la muerte de mi mujer y de mi hijo. Yo no lo hice. - El hombre se abatió con sus palabras -.

-          Eres como una novela policiaca, ¡más intrigante aún!. Seguro que tenías una amante,  te acosaba hasta la locura. ¿Los mató tu amante?.

-          Si.

-          ¿Por qué no delataste a la asesina?

-          Es una historia complicada. Había estado con ella en la noche. Se había esfumado en la mañana.

-          ¡Ah! A ella la mataste tú. Lo he adivinado. En cierta forma se lo merecía, por matar a tu mujer y a tu hijo. Esa fue tu feroz venganza.

            El hombre sonrió.

-          No. Ella es del otro mundo. Estaba muerta cuando la conocí. Es un espíritu.

-          ¡Uf! ¿De verdad que no me estas contando una novela?. ¡Una amante fantasma!. ¿Se te aparece a menudo ella? .

-          Algunas veces, cuando menos lo espero, su imagen surge ante mí. Sin embargo, nunca volví a estar con ella tras la muerte de Sara y el niño. Sé que siempre está a mi lado, me acompaña y observa. Algún día estaremos juntos.

-          ¿Cuando tú mueras? ¿Buscas la muerte?

-          No. Ni una cosa ni la otra. Tengo que dar con ella en esta vida para poderla olvidar.

-          ¡Uf! ¡Esto es muy complicado! ¡Me voy!. La clase de baile es lo único que controla mi madre. Una sola falta a su dichoso ballet y se me puede echar a perder la vida. Quédate aquí el tiempo que quieras. No vengo a menudo por aquí. Fue una casualidad encontrarte ayer. Estando tú volveré con frecuencia. Este cuartucho lo tengo para alguna noche loca como ésta, para íntimos amigos como ya lo eres tú, o incluso para meditar.

-          ¿Cuántos años tienes?. - Curioseó Andrés -.

-          Diecisiete. No importa. Es como si hubiese cabalgado dos siglos. Mi gran temor es la muerte. Llevo esta vida huyendo de ella. No sólo por aburrimiento hago disparates,  ocupada en insensateces se me escapa la macabra idea. Para colmo te encuentro a ti, con una amante que procede de la muerte. Lo peor es que entiendo tu historia y no dudo de ella. A veces me sumerjo en un mundo irreal, otra dimensión, otra fantasía y estoy más viva en ese mundo que en éste. A menudo mezclo alucinógenos y alcohol, recobro un pasado en que mis padres se inquietaban por mí, me mimaban. También puedo transportarme a un futuro, en el que un hombre me adora. Mi descalabrada vida presente no existe.

-          ¿Por qué te sientes tan infeliz? 

-          Me gustaría ser el fantasma de tu esposa, que me adoraras. Me gustaría ser tu amante muerta, el más allá de tu existencia.

            El hombre se estremeció.

-          Soy una romántica. La última romántica de estos tiempos.

-          Un día, no se si lejano o cercano, quise que una araña fuese mi abogado. - Rememoró Andrés -.

-          ¿Por qué no una cucaracha? – Ironizó Teresa -.

-          Porque mi abuela decía que las arañas tejen telas para atrapar en ellas a las almas como si fuesen moscas.

Teresa se fue, dejando un portazo tras sí.

En la muchacha se unieron el afecto por Sara,  la devoción por David, el mito de la mujer de la ventana. Todo lo recopiló Teresa durante mucho tiempo sin encontrar el hombre a su paso una mirada canina y azul ni un pájaro alarmante entre el aire, hasta que

            Andrés encontró la agenda de Teresa sobre la mesilla. En ella la dirección y el teléfono de la muchacha. Anteriormente, jamás había olvidado nada que la delatara. En un arrugado billete de autobús, Andrés anotó sus señas. Tuvo un mal presentimiento.

-          ¡Regresa Teresa! – gritó-.

CAPÍTULO V

LA MENDIGA

            Pasaban los días y el hombre continuaba con aquel arrugado billete de autobús, sobre el que estaba escrito el teléfono de Teresa, quemando sus dedos en el bolsillo del viejo gabán.

            Si en un principio se sintió pederasta junto a ella, ahora le daba miedo perder a Teresa, la mujer que compartía la esencia de Sara y David. Por la noche él acudía al mugriento cuarto ya más suyo que de Teresa, ella no siempre acudía.

            De mañana iba a sentarse al mismo banco en que un día leyendo el periódico presintió las miradas de la mujer de la ventana. Los cristales estaban sucios y adivinó la casa de miseria que surgió tras la noche que él pasó en el lugar del pasado.

            Un sobresalto sacudió al hombre. A su lado estaba  sentada una  vieja usurera, a sus pies  se tendía un husky de aspecto enfermizo y roñoso antifaz.

-          Es usted a la que llaman “trastornada habitante” de ese edificio. ¿Cohabita con ese perro?.

-          Si. Yo soy la maldita. Allí estoy sola. A ratos con ella. El perro de ojos azules se aleja de mí al anochecer. Su piel brilla, sus carnes se lustran cuando aúlla a la luna. Regresa a mí al albear, a este banco. Un pájaro nos acompaña en la claridad de la jornada, brincando de árbol en árbol, de rama en rama, alguna vez se posa en una farola..

-          Sospecho que usted me hubiese podido ayudar mucho. Estuve en prisión y usted sabe cosas que incluso para mí son inconcebibles. Aún me puede ayudar: a encontrar una parte de mí.

-          ¡Un hombre de hoy, le pide a una pobre y loca vieja que cuente los cuentos de una abuela!.

La mujer lanzó una estrepitosa carcajada. Traspasó al hombre con la mirada y comenzó a narrar:

 -         Los temores subliminales de los muertos aparecen en las mentes de quiénes vivencian los acontecimientos. Los cuerpos descarnados pasean como por su propia casa en aquellos edificios antiguos que han sido escenarios de terribles sucesos. Sus paredes tienen absorbidas las emociones desagradables de quienes las sufrieron y murieron entre ellas. Con implacable furia producen un terror abrumador en los sentimientos del ser vivo que reconstruye psíquicamente sus turbaciones.

La mendiga adquirió un tono severo antes de continuar:

-          Nada tiene de novedoso lo que te ocurre a ti. El contacto con los espíritus puede ser tan íntimo que a veces es poseídos voluntariamente por ellos. Aunque no lo creas, - manifestó la anciana -, tú has sido y estás poseído inconscientemente por ella: Un amor atávico que deseas y no te puedes permitir olvidar.

-          ¿Poseído por ella? . 

-          Ella, María Soledad fue su nombre. A ti María Soledad te ha hecho portador de un gran amor.

-          ¿Ninguna de las pinturas o escritos, ejecutadas por poseídos ha revelado la felicidad y la infelicidad de sus autores? ¿Hay más amores que provienen de años remotos y se manifiestan en el presente?. ¿Sabe algo sobre lo que yo pueda tener una referencia, un punto de apoyo?. - Expresó el hombre -.

-          ¡Infelicidad ó felicidad! Todo proviene del más allá.  Una advertencia, hay muchos peligros si comunicas  las almas de otro mundo.

La indigente tomó aire.

-          No has estado por medio de sesiones dentro del mundo de las sombras. María Soledad, se abalanzó sobre tí cuando te supo preparado para resistir. 

            El ahogo de la usurera hizo pesado el ambiente.

-          Hace frío, me voy a casa. - Alegó arisca la mendiga -.

-          ¿A la casa del espíritu?

-          A mi casa. A la de mis ancestros. A los silencios en la eternidad, a los macabros y dulces presentimientos. Es el lugar en que no existen las mentiras, los engaños, los retrasos. Dónde la suavidad, pacíficamente, trae los rasgos de una bella mujer. Es el lugar dónde toda poderosa invocación surge por sí misma.

-          Cuénteme algo de esa casa que se aproxime a la realidad. - Suspiró el hombre-. ¿Dónde está usted al llegar la noche?. Yo estuve allí, en su casa, y su casa no es la de ella, cambia. Sus harapos desaparecen y me  dice que éste vuelve a ser la limpia bata de seda que fue hace siglos...

-          Al igual que tu, yo habito moras en ese estrecho tormentoso dónde se contornean los peligros. Dentro de nosotros se da la lucha entre dos potencias, una terrenal y otra ultraterrenal.

El perro siberiano puso su triste mirada azul sobre la luna mientras la mendiga se alejaba.

CAPÍTULO VI

EL REENCUENTRO

 

            Tenía la necesidad vital de ver y estar con la mujer que le pidió socorro a través del cristal de su ventana. Con la protagonista de su reprochable y sublime noche de amor, infiel y fiel.

Quería que escuchara sus palabras de amor, vividas y ocultas en el tiempo. Tal vez quería ver a su amor para olvidarlo, como le indicó a la mendiga. 

            La encontró esperándole en el vestíbulo.

-          Te vi cuidando arañas en prisión. Las arañas van asociadas a la buena suerte, a menos que se mate una en el lugar en que se habita. Tú las cuidabas. 

-          Cuando era pequeño e iba al pueblo, mi abuela contaba que la araña es un instrumento del diablo, teje sus redes para atrapar las almas como moscas - Repuso el hombre de forma vacilante -.  ¡No se como pude descuidarme tanto!; todo me había sido advertido.

-          Todo entra dentro de los perjuicios populares contra la aceptación de la existencia más allá de la materialidad.

-          ¿Qué soy materia o espíritu? ¿materia y espíritu? ¿qué eres tu?

-          Yo soy tu cuita pendiente. Tu ser y no ser. Tu encuentro y alejamiento en la realidad.

-          ¿Desde cuando sabías todo esto sobre mi?. ¿Desde cuando me esperabas?

-          Los seres humanos, si pisaran la tierra recordarían el tiempo en que vagaron como espíritus, sabrían todo lo que  reserva el destino. Desgraciadamente, volvemos a nacer con cerebro impoluto. ¡Casi impoluto! Si fuésemos capaces de aplicar algo más que nuestros cinco sentidos, o tan sólo esos cinco, pero a fondo, nuestras premoniciones serían artículos de fe.

            Andrés quiso apretar la realidad agarrándose al único recurso que le quedaba.

-          ¿Dónde escondes a la mujer que habita esta casa?, la vieja mendiga. ¿En dónde está oculta?

-          Aquí, en su casa. Ella pertenece a otra dimensión.

            Andrés se achantó.

-          El sitio, el lugar... ¿no estamos en la misma realidad que la mendiga?.

-          Tú y yo, estamos en la atemporalidad del tiempo por muy ininteligible que te resulte. - María Soledad sonrió con sarna -. Es efímera la distancia entre el ayer y el hoy.

La mujer tendió sus brazos. Andrés se rindió al placer del abrazo.

-          Quería volver a verte para olvidarte. - Confesó el hombre -. Te pido perdón. ¿Podré permanecer siempre aquí?

-          No pervivirás bajo el surrealismo mientras continúes  sometido a la latitud espacio-temporal de los humanos.

-          ¿Qué ocurrirá si no me voy de aquí?

-          Mañana serás acusado y procesado por ocupar la casa que con la que a una vieja loca le dejan por compasión, a pesar de ser ella legítima propietaria.

-          ¿Cómo podría permanecer siempre a tu lado?

-          Regresa a Teresa. Mientras puedas, regresa a Teresa. Ella es lo concreto, admisible y absurdo, pero es material y humana. 

            El hombre acariciaba su bata de seda blanca con flores rojas mientras, ella le expulsaba de su dimensión.

CAPÍTULO VII

EL ÚLTIMO ESLABÓN

 

            El graznido del pájaro atronó en su oído y un perro de mirada azul iba tras él. El hombre, con paso acelerado, entró en el oscuro portal.

            En un rincón del cuartucho, sentada en el suelo, Teresa lloraba; su cabeza sobre las rodillas, con los brazos abrazaba las piernas. A Andrés le compungió su llanto. Le traía la desdicha de Sara, el desgarro de David.

            Se agachó frente a la muchacha y abrazó su cabeza.

-          ¡Vamos, vamos...! ¿Qué ocurre?

-          Vienes de ver a tu amante ¿verdad?. Traes el perfume de la inmortalidad y el brillo en tu aura de esplendores arcanos.

-          Si. - Respondió el hombre afligido -. He vuelto a entrever la tranquila dicha del cielo y las vastas hogueras nutridas de llamas dilatadas de los infiernos. Las dos caras de mi alma.

-          Yo te creo. Siempre he aceptado la posibilidad de que los seres humanos superen una muerte física y pervivan en alguna otra dimensión inconexa al tiempo y al espacio material. Estoy convencida de que la muerte no es el final, la conciencia humana sobrevive a la desaparición física.

-          Está claro que existen los espectros, su mundo es distinto al de la substancia. Yo lo comprobé. Con el amor de esa mujer que surgió en una ventana. - El hombre soñó -. Atisbas un modo de percepción que sobrepasa al de los cinco sentidos y, entonces, multiplicas las vivencias.

            Teresa perdió la mirada. Su rostro tenía aún la pasta del maquillaje nocturno y su sonrisa estaba aviejada. Se tumbó en las sucias baldosas sobre las que había estado sentada quitándose y poniéndose los zapatos al tiempo que entrelazaba sus pies. 

-          ¡Una raya!. - Lanzó de sopetón la chica -.

            Teresa aspiro el polvo blanco derramado sobre un pequeño espejo. Después, con un portazo abandonó el cuarto.

            Unos minutos más tarde, un vuelco en el corazón hizo que Andrés descendiera las escaleras hasta el tétrico portal. Un recinto más lúgubre que nunca, con el cadáver aún tibio de Teresa.

            El hombre pisó la jeringa tirada al lado de la chica y salió a la calle. Salió a una primavera en que las ramas de los árboles habían ahorcado a sus propios frutos, en que el trino de los pájaros era atezado, en que un perro negro con antifaz blanco y  encrespado aullar, tornaba cárdena el mundo. 

            Había muerto Teresa. El último eslabón que unía al hombre con la vida real, el respeto a un sueño imposible, la realidad inconcebible en parámetros morales.

            El billete de autobús con el teléfono de Teresa, arrugado en su bolsillo, no le quemó los dedos, le arrasó lo poco de  alma que le quedaba dentro del cuerpo sobre la tierra.

            Se había escapado a otro espacio, a otro tiempo inaccesible para él, la muchacha que tenía el rostro de Sara, el gesto de David, el ardor de la mujer de la ventana.      

            Teresa muerta. Con ella había muerto toda condición mortal del hombre. Posiblemente él arrastraba la maldición de Caín. No le quedaba más que la autodestrucción sobre su naturaleza; a ella acudiría dejándose guiar por el amor sombrío de María Soledad.

Junto a Teresa,  Andrés había creído en dos fuerzas de la vida: una proveniente del instinto y otra del exterior. El hombre, contradiciéndose en cada acto, en cada símbolo de su presencia en la tierra, con un ímpetu que no sabía justificar, acudió a la figura de la mujer de la ventana. Ella y Teresa parecían ser las caras inversas de su destino.

 

CAPÍTULO VIII

TODAVÍA ES PRONTO

 

            El hombre caminó desesperado hacía la casa en la que presentía se encontraría con la providencia. Le embargaban la valentía y el miedo ante lo desconocido.

            Llegó hasta la casa en que por primera vez vió a la mujer en la ventana. Tomaba fuerzas para levantar la vista cuando una voz le frenó. 

-          No sigas, todavía es pronto para encontrar tu final. - Era la vieja mendiga -.

-          ¿Mi final? ¿Cuál es mi final si ya estoy acabado? . Teresa ha muerto. - Continuó el hombre atormentado -.          ¿Por qué se la llevó la muerte? Llevo la desgracia a todo ser que se cruza en mi camino. Quiero encontrar el fin de esta cadena. Sé que está en el piso, en su casa, en dónde María Soledad se asoma a la ventana.

-          Te cruzas con aquellos que vibran a tu nivel existencial. Con ellos compartes convivencias, más, no te culpes, cada uno lleva escrito su fín. Teresa se apoyaba en las drogas. Realmente tan sólo buscaba la llave que abriese las puertas de su parte del cerebro oculta, era una busqueda de su espiritualidad, del fondo de su ser que no alcanzaba a vislumbrar, como casi nadie. Con la droga, el ser pensante de Teresa se encontraba inmerso en un “yo” desconocido, más salvaje aún que la sustancia que había absorbido su cuerpo.

  • ¿Por qué Teresa?. - El hombre no dejaba de mortificarse - .

-          Huía de las dificultades de la existencia, de la falta de afectividad que tu sabes tenía Teresa. Se refugiaba en un universo irreal que cada vez quería fuese mayor. Las drogas - repitió la mendiga- , le abrían cada vez más las puertas del inconsciente, y eso buscaba Teresa para soportar su vida. Siempre se ha recurrido a similares procedimientos para continuar. Los Incas masticaban coca, los campesinos buscaban con ella un medio para resistir la fatiga, también llegaban al abuso cayendo en la apatía y el abatimiento. Los sacerdotes del Imperio del Sol encontraban en ese fruto el éxtasis religioso. Todo se reduce a una busqueda de algo más.

-          No puedo creer que ella ha muerto. ¿Por qué Teresa? . – Se torturaba Andrés -.

La mendiga suspiró cansada.

-          Teresa jugó a la muerte.

-          Entre sueños y alucinaciones pueden estar contenidos mensajes de muerte. ¿Y si existiéramos en diversos planos vibratorios?. Tendríamos un cuerpo físico, un doble etéreo, un cuerpo astral, un cuerpo mental, un cuerpo causal, un alma espiritual e incluso, es posible, que un espíritu divino. Sería la más alta escala de la espiritualidad alcanzar cada uno de estos planos; serían estados del ser que explicaría “mundos paralelos”.

-          ¿Mundos paralelos? - Se asombró Andrés -. Yo tan sólo concibo un plano en el que se mezclan los tres elementos de nuestro destino: el pasado, el presente y el futuro.

-          Mundos paralelos es la posibilidad de una separación entre el cuerpo y el alma, sin que ninguno de los dos muera. Seria una independecia manifiesta del espíritu sobre el cuerpo. Es una dualidad manifestada, también, en antiguas civilizaciones. El espíritu podría adquirir un conocimiento del Más Allá, el mundo paralelo al que se unirá cuando el soporte carnal de su alma se desintegre. Es, al fin y al cabo, otra dimensión de la misma realidad.

El hombre guardó silencio.

 

CAPÍTULO IX

 

 

Caminó hacía dónde sus pies le llevaron. No se resistió, se dirigió a aquel lugar en que aparecía María Soledad.

            Frente a la mujer que le alteró presente pasado y futuro, tan sólo acertó a balbucear:

-          ¿Por qué un perro?

  • El perro. Un perro negro con antifaz blanco - aseguró la mujer-.

¿Reía o lloraba aquél fantasma enamorado?. ¿Sus lágrimas eran frías o calientes?. 

-          Los perros son notables por su honradez, ecuanimidad e inteligencia. – Continuó la mujer- Tienen capacidad ilimitada para los fuertes afectos. Su defecto: esa lentitud providencial que tú mismo tuviste para reconocer y entregarme tu amor. ¡Cómo bregaste contra él!. Pero ahora te tengo y, como les ocurre a los perros cuando se consigue su afecto, éste es para siempre dentro la inmensidad sin tiempo ni espacio del Universo. ¡Andrés!, tú bajo el calendario lunar, eres perro. No puedes escapar a esa verdad.

-          ¿Me hubiese podido afectar otro elemento en mi condición canina?. - 

            El espectro le miró con compasión, con un poco de temor por si aún no era del todo suyo.

-          Podrías haber sido un perro bajo el metal; buen amigo y peligroso enemigo; inflexible. Si hubieras sido un perro de agua serías soñador y contemplativo, siempre flexible. Un líder nato en la jauría humana, lo hubieses sido bajo el signo del fuego.

-          Una vida de perro es la mía. No hay que tener mucha imaginación, para adivinarlo.

-          No te minusvalores. De los doce símbolos animales, seis son siempre positivos: la rata, el tigre, el dragón, el caballo, el mono y el perro. Los perros son animales queridos, afectuosos y leales. Como tú, el perro es honrado hasta el extremo, digno de confianza y el más fiel de los amigos.

-          Somos dos personajes con terribles implicaciones y complejidades entre la vida y la muerte. – Dijo Andrés -.

-          Es el camino del largo viaje mental que comunica espíritus arcaicos con seres y cosas cotidianas: el río, el Paseo que recorrías al salir de tu trabajo,  el cuarto deteriorado de Teresa, son elementos del sueño, aún de tu realidad; tan ciertos y materiales como los espíritus que lo atravesamos. Los volcanes del inconsciente arrojan poderosas fuerzas sobre la consciencia cotidiana.

-          En el límite de la conciencia - musitó el hombre -, ¿has buscado mi nulidad?

-          No, esa sólo existe en la tierra. Morir no es anular el tiempo, es encontrar la atemporalidad universal. Principio o fin, es igual. La propia vida puede ser constante o inamovible en su perpetuidad.

-          ¡Es fácil ser dura desde la muerte!

            La mujer paladeó sus palabras:

-          La muerte es un continente lejano, universal; choca con los conflictos individuales y, por primera vez desde que mantenemos contactos, te ruego que evites un análisis sobre lo  inevitable.

-          La muerte es una realidad concreta. En mí, empieza a ser deseable. - Sollozó el hombre -.

-          No te creas surrealista por estar convencido de esa verdad.- Aseguró María Soledad -.

-          La muerte no es surrealista. La muerte puede llegar a ser romántica, es romántica. - Especuló Andrés -. Eres mi bien y mi única verdad.

-          La verdad y el bien no son lo mismo. La verdad puede ser desmesuradamente siniestra.

-          La vasta, vaga y necesaria muerte. - Meditó el hombre -. El futuro alejado del corruptor y del corrupto, aunque ambos sean una misma cosa. La muerte, aunque la queremos ignorar, es nuestra verdad siniestra, certera desde el nacimiento, la gran temida y desconocida. Hoy es sugestiva, frente a ti, mi amor eterno, capaz de hacerme desear la muerte.

            La mujer le ofreció un alfanje con mango toledano, el corte sobre la piel sería luna creciente.

            Sara y David eran dos estrellas fugaces cuya luz ya era efímera sobre el hombre. Teresa en el mundo de los muertos. Andrés había perdido toda conexión en la tierra. Lo real había sido un precario sueño, la pesadilla se tornó en un dulce sueño y en su única autenticidad. Al hombre le sería imposible vivir sin ese amor que surgió fantasma y que tal vez caminó entre líneas trazadas por dioses. Un amor que acaparó su mundo.

            No dudó un instante en poner fin al cuerpo con el que cargaba. Sus pies hacía tiempo que ya no andaban sobre la tierra. La mujer que le pidió socorro desde la ventana, un día en que se detuvo su mundo terreno, era su principio y su fin, junto a ella había visto la otra cara de su alma, algo más, había visto la cara a Dios. La promesa del amor imperecedero le alentó a la eternidad.

            El conocido ladrar del perro siberiano con blanco antifaz silbó en sus oídos como una lengua de fuego que abrasa el viento y el ensangrentado grito de un pájaro anunció su salida del mundo.

14 de febrero de 2.000 una fecha fatídica. Desde entonces, aquella mujer de la ventana  no había sido más que la muerte mostrándole sus encantos, había estado viviendo la ausencia de sus seres queridos, desde la muerte. No fueron Sara y David, ni Teresa que cuidaba a David, ni la mendiga que era la portera de su casa, quienes habían muerto. Había sido él aquel 14 de febrero que olvidó enviar rosas  a Sara.

 

FIN

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