I CONCURSO CIENCIA FICCIÓN, EL INVOCADO, RELATO NÚMERO 4

Recuerdo que esto sucedió cuando visité Damasco invitado por el Museo Nacional de Siria para conocer sus salas e intercambiar piezas con las que tenemos en el Museo del Banco Central en Quito.

En un sótano del Museo Nacional en Damasco, quizás el más antiguo del mundo, me quedé trabajando, una noche, mientras mis anfitriones sirios y mis compañeros de viaje, que llegaron de varios países, disfrutaban una fiesta árabe con todos sus deliciosos detalles.

En ese sótano, digo, encontré un libro antiguo por sus características de empastado, impresión y escritura. Estaba en un mueble alto, en medio de otros libros viejos guardados sin codificación pero con los títulos destacados en el lomo con grandes letras doradas.

Cuando revisaba ese anaquel me llamó la atención el nombre: El Invocado, creí que podría ser un buen tema para conocer, más aún cuando aquella literatura, sabía por indicios de mis anfitriones, estaba relacionada con costumbres y tradiciones árabes que habían sido almacenados en ese sótano porque ocupaban un espacio que era vital para una enorme exposición internacional que preparaba ese Museo.

Me senté al borde de una grada para leer con tranquilidad el texto que no era muy extenso, su presentación me llamó la atención poderosamente.

Se trataba de un manual para invocar la asistencia de un mago –genio dicen algunos- que tiene la capacidad de otorgar a su invocante un deseo, cualquiera que sea este.

En las instrucciones escritas en árabe, idioma que aprendí en mi carrera universitaria, se explicaba que este mago solo tenía la capacidad de aparecer una vez por generación y sus poderes se aniquilaban si el invocante –amo es la palabra que utiliza la literatura árabe para referirse a estos personajes muy conocidos en su cultura- solicitaba el mismo deseo de sus antecesores.

No fue muy difícil encontrar las frases correctas para cumplir con los requisitos citados en el texto pero las condiciones me preocuparon.

La invocación debía hacerse en el mismo sitio donde se encontraba el libro y volverlo a su sitio al concluir. No había fecha ni hora para ejecutar la invocación y expresar el deseo que debía estar listo para pedírselo al invocado cuando este apareciera porque su disposición de tiempo era apenas de 10 minutos, en esta dimensión, según entendí.

Diez minutos de nuestro tiempo que era en realidad un tiempo medido a la velocidad de la luz, es decir, 300 mil kilómetros por segundo.

Deduje que el mago invocado procedía de otra dimensión desde la cual viajaba a la velocidad de la luz, aparecía en nuestra dimensión, cumplía el pedido del invocante y desaparecía del mismo modo en que llegó.

Lo que en verdad sucedía – esto lo entendí mucho después del suceso, cuando profundicé en mis estudios de teoría cuántica-, es que el invocante era quien se trasladaba, por la magia de las palabras correctas, a la dimensión de los deseos cumplidos en donde moraba el mago, por lo tanto la Tierra y el Universo no se afectaban y continuaban sin violar sus propias leyes físicas, apenas se registraría como la pérdida de una pequeñísima cantidad de energía que luego de esos diez minutos volvería a su normalidad.

El verdadero problema no era la forma cómo el invocante o el invocado se encontraban sino preparar el deseo para no repetir lo que hayan solicitado mis antecesores y saber si en esta generación, alguien más ya lo había hecho: No tenía forma de saber qué solicitudes se habían ejecutado antes, a no ser que adivinara, fundamentado en mi conocimiento sobre la condición humana.

La ambición, el placer, el poder, podían ser mis guías. Si mis antecesores invocantes se comportaron así, entonces habrían pedido riquezas, reinos, tierra, mujeres, animales, placeres, poder; por lo tanto no podía pedir lo mismo, debía ser algo completamente distante de esa conducta para que el invocado cumpla mi deseo.

Antes de iniciar el viaje a Damasco terminé un ensayo sobre la teoría de las formas que se publicaría en una revista científica brasileña.

Fueron las Formas de la naturaleza, con mayúscula, como escribe Borges, las que dieron respuesta a mi angustia.

La noche que encontré el libro y lo leí, no hice nada más, lo devolví a su sitio y juré no comentar con nadie el hallazgo para lo cual, inventando una serie de excusas, tomé un par de días fuera del grupo y sus actividades, con el fin de pulir el deseo.

Releí el artículo sobre las formas y otras obras de la misma materia; cuando estuve seguro regresé al sótano la noche de la fiesta y sin compañía.

Como a cualquier mortal me bullían los pensamientos sobre los deseos pero tenía un plan definido y no lo iba a modificar, ese sería mi éxito: Quería dinero, eso me daría poder y cumpliría cualquier otro deseo terrenal. No lo podía pedir directamente porque corría el riesgo de coincidir con pedidos anteriores y mi mago perdería sus poderes.

Leí las páginas del libro que contenían las instrucciones para llamar al invocado, cumplí todos los pasos con tranquilidad y al pie de las instrucciones; nada extraordinario sucedió cuando llegué al final. Luego de unos minutos, y mientras revisaba otras páginas del libro a ver si faltaba algo más por aplicar, escuché a mis espaldas un voz gruesa, varonil que se expresaba en árabe.

Era un hombre de unos 40 años, bien parecido, con barba y bigote, pelo abundante negro, vestido con una túnica negra que le cubría todo el cuerpo.

Se acercó sin prisa y me dijo que él era el invocado; mi corazón palpitó, aunque todavía no me convencía, podía ser cualquier empleado del Museo al que no conocía y que me estaba jugando una broma.

Insistió en hablar y me dijo que no tratara de explicar nada ni de preguntarle más que lo necesario para pedir mi deseo porque ese no era el momento ni el lugar para distraernos de lo que nos había reunido en ese sótano y me pidió amablemente que me remita a formular el deseo.

Sus palabras me tranquilizaron y asumí el papel de invocante, lo tomé con seriedad y procedí; dije que deseaba cambiar una forma de la naturaleza.

Al escucharme, su rostro sereno se frunció, estaba sorprendido he hizo un gesto con la mano para que alargue mi intervención.

- Quiero que elimines de las formas de la tierra, la espiral, contesté, y su rostro se ensombreció más aún; reflejaba incertidumbre.

- No acostumbro solicitar que me expliquen el por qué y para qué de los deseos, aclaró, pero en este caso estoy confundido. Aunque es mi obligación obedecer tu deseo; y, de hecho así procederé, porque cumpliste con el rito de invocarme, te pido humildemente que aclares tu pedido.

- Partamos desde el principio, añadí, ya con seguridad de lo que estaba haciendo y de que en verdad se trataba del invocado y mi deseo no se había repetido anteriormente por otros invocantes. Mi deseo es obtener dinero y luego poder, pero como consecuencia de mi preparación académica y científica a la cual voy a dedicar esa plata.

He pensado que si se elimina la espiral de las formas de la naturaleza de la tierra desaparecen los tornillos que sostienen estructuras, cosas; dejan de funcionar los pernos y las roscas que cierran recipientes y muchos objetos más.

Entre lo poco que puedo describir, creo que no se derrumbarían los edificios ni los puentes; los vehículos, aviones y barcos continuarán armados, el problema sería que no se podrían desarmar para arreglarlos, repararlos o reconstruirlos, porque todos los pernos y tornillos serían lisos y funcionarían como clavos. Las escaleras en espiral desaparecerían y serían escaleras rectas.

Mi intención es ofrecer al mundo la espiral como Forma para solucionar los problemas presentados, al ser patentada me dará recursos y todo constructor o armador del mundo pagará por utilizar la espiral o los implementos que requieran esta forma y ayuden a solucionar problemas.

Sé que muy pronto la espiral será reclamada como conocimiento universal y pasará a manos de todo aquel que la necesite, cuando llegue ese momento habré obtenido recursos suficientes para invertirlos en nuevos experimentos científicos.

El invocado guardó silencio, dio media vuelta y desapareció entre los estantes del sótano, tal como había llegado; no sentí nada especial ni noté que haya cambiado nada en mi entorno.

Dejé el libro en su sitio como exigían los requisitos y salí del sótano, al abrir la puerta que me llevaba al Museo constaté que el invocado había cumplido mi deseo.

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