I CONCURSO CIENCIA FICCIÓN, EL GUARDIAN DEL CUARTO ROJO, RELATO NÚMERO 3

 

EL GUARDIÁN DEL CUARTO ROJO                                                        

 

                                                    

           -Papá, tú no hables. Nada sabes de nosotros como para meterte en esto

          -¿Cómo que nada sé? A ver… ¿Cómo es eso, eh? Me esfuerzo día tras día por ustedes y ahora dicen que no tengo ninguna incumbencia... He sido un cría cuervos, eso es lo que pasa

          -Por favor, no eleven las cosas de esa forma que nada van a lograr así… Esta discusión tiene como fin arreglar asuntos y no crear otros peores

          -Sí, mamá… Pero él, ¿qué se mete? Es un forastero en su patria

          -¿Oíste, amor? Te me retractas en este preciso instante, mocoso de porquería

          -Oye, no tengo ocho años como para que me vengas a gritar

          -Y yo no te estoy pagando la vida como para que vengas a trapear el piso conmigo…

          -Estoy de acuerdo con Miguel… Lo único que te interesa es llenarnos con cosas las manos, pero estamos tan vacíos como tú… Tú tienes la culpa

          -Te prohíbo que le hables así a tu padre, Marcela

          -Déjalos, Viviana… Déjalos… Son unos malagradecidos, eso es lo que son. Si uno no  se preocupa de la casa y de llenarles su pieza con todo lo necesario, después lo acusan de irresponsable, y si uno les llena hasta los calzoncillos de objetos, lo acusan a uno de no darles cariño. Inconformistas, malagradecidos, ¡¡¡cría cuervos!!!

           -Mi chanchito… Estás muy tenso… ¿Vieron lo que lograron? Ahora su padre se siente mal, llévenlo al cuarto rojo

           -Está bien, mamá

 

         Tomaron entre los dos hermanos a su padre y lo llevaron, casi arrastrándole, al cuarto rojo. En realidad era la puerta la que tenía aquel color pero terminó por designar a toda la pieza de esa forma. Al abrir la puerta, Miguel cerró los ojos y su hermana se burló de él por su cobardía.

         -Tú sabes que no me gusta mirar “eso”… Es tan extraño para mí…

         -¡Que eres tonto! Dejaré a papá en su asiento. Quédate aquí en la puerta… Ya tienes miedo…

         -No molestas más, tarada

 

         Marcela colocó a su padre en un sillón de felpa. La sala estaba oscura y es que no tenía luz eléctrica ni luz de ningún tipo. Marcela, a tientas, encontró una linterna que ella misma había dejado la noche anterior encima de un mueble, y encendiéndola, al instante alumbró un mueble de color negro que en uno de sus pequeños cajones guardaba una llave brillante y hermosa con forma de serpiente.

 

         -Hija… Me siento mal… Tengo ganas de gritar, me siento asfixiado

         -No te preocupes, papá… Ya te daré la medicina

 

         Afuera, en la puerta, Miguel de espaldas al cuarto le gritó a su hermana que se diera prisa. Sentía su piel frágil y un ligero dolor de cabeza le inundaba a golpes. La hermana no le hizo caso y abriendo una jaula de regular tamaño, dejó escapar un suspiro un tanto calmo y a la vez un tanto ahogado.

         -Te lo dejo, pequeño. Es todo tuyo

         Marcela le dio un beso a papá en la mejilla, quien parecía inconciente, y salió lentamente de la habitación.

         -Mira, Miguel. Ahora la llave y la linterna las voy a guardar en mi pieza porque si le toca entrar a cualquiera de ustedes les va a costar dar con el mueble negro de ahí adentro. Así que yo administraré esto

         -Ya, como sea… Lo que es yo, espero no entrar nunca a ese lugar

 

         Dentro de la habitación, la oscuridad era densa e incluso tenía una fragancia a soledad. Cuando se abrió la puerta de la jaula, el papá se sentía tremendamente triste. Una voz le empezó a despertar de su mísero estado:  

         -Oh, mi señor. Os recitaré un pequeño poema:

         “El encierro de mi alma me hace enloquecer,

           los párpados cerrados me hacen enmudecer,

           los puños apretados me hacen temblar,

           la espada en una mano me hace tartamudear,

           pero prefiero todas esas angustias,

           antes que ver el rostro de suegra en ayunas!!”

 

         El papá comenzó de a poco a soltar una risita que parecía tos y aún conservando su aflicción, le dijo al extraño poeta:

         -Dime, amigo… ¿Por qué quieres que ría? ¿Cómo quieres que suelte una carcajada si el mundo que he construido es una verdadera mentira?

         -¿Y acaso no soy yo una mentira también, mi señor? ¿No estamos aquí sólo en un show de larga duración? Fíjese en esto

 

         El papá no lograba ver bien en medio de la oscuridad. Además, su mente aún estaba un tanto dormida. Lo único que divisaba era la forma de una persona. Su traje era fosforescente y estaba haciendo malabares con unas bolas que parecían ser de fuego. Tampoco lograba distinguir si estaba volando o se balanceaba en un monociclo. De vez en cuando profería algunos entusiastas gritos.

         -¿Quién eres tú?

         -Oh, mi buen señor. Mi acto no alegra vuestro corazón. ¿Cómo es que no me conocéis si ya has venido cientos de veces a mi humilde aposento? A lo mejor su majestad necesita otro verso lleno de sarcasmo:

          “Yo quisiera ser tú,

            y tú quisieras ser yo

            Si nosotros somos ellos,

            ¿con quién está él?”

 

         -Deja de hablar estupideces- el hombre comenzó a sentir unas cosquillas en el estómago y un retorcimiento en el pecho. De un segundo a otro se desato la risa en él.

         -Veo que mi señor ríe cuando no he dicho nada gracioso

 

         De súbito, el personaje de los versos, tomó un pedazo de madera en llamas el que se metía en la boca y luego con un soplo lograba encender la habitación con extrañas llamaradas que en cualquier momento podrían quemar todo el cuarto. El papá no lograba cerrar la boca y su risa se iba haciendo más y más aguda. El personaje cambió su divertido semblante y su rostro tomó características aterradoras. Abriendo su boca al máximo, profirió un  grito de dragón.

         -Es la señal, Miguel

         -Odio escuchar ese sonido

         -Debes acostumbrarte… Estoy segura que si te metieras ahí ya no tendrías más tristezas y tus amigos dejarían de llamarte “gallinita llorona”

         -Cállate, tarada…

         -¡Ya! No peleen el par. Vayan y saquen a su padre de ahí. No lo despierten. Recuéstenlo despacito en mi pieza y yo me encargo del resto

         -¿Por qué no lo sacas tú, mamá?

         -No, Miguel… A mi tampoco me gusta ver eso… Sólo lo hago cuando me siento mal. Tú eres la única persona que oigo que se pone triste. Eso te pasa por ser tan cobarde

          -No… Mentira. No soy cobarde. Simplemente encuentro extraño este mundo. ¿No te parece mal que tengamos a esas criaturas ahí encerradas como si nada?

          -Ya, Miguel. Vamos a buscar al papá. No te cuestiones tanto las cosas

 

         Cuando abrieron la puerta, hallaron al papá durmiendo en el sillón de felpa con una larga sonrisa “de oreja a oreja”. Miguel se quedó como siempre en la entrada y Marcela se encargó por ende de cerrar la jaula y sacar al papá del sillón. En una esquina de la jaula, un hombrecito delgado tenía la cabeza entre las piernas y estas a su vez tomadas con las manos. Parecía dormir, parecía llorar, parecía meditar, parecía orar, parecía soñar, parecía odiar, parecía amar.

 

         -Gracias, mi dulce hombre de misteriosa mirada- el hombrecito delgado contestó con una risa estrepitosa. Cuando Miguel la escuchó, no pudo evitar que algunas lágrimas se escaparan de sus ojos

         -Marcela… Dime que jamás entraré ahí. Dime que esto es una mentira, que es sólo un sueño…- Marcel había sacado arrastrando a su padre. Miró a su hermano fijamente y le escupió en el rostro.

         -Imbécil. Debieras estar agradecido de todo esto- mientras Miguel se limpiaba la cara, el hombre de la jaula reía o aullaba atropelladamente. Luego de unos segundos, calló.

         -Ayúdame con papá

         -Marcela… Tengo miedo

         -¿Miedo de qué? ¿Miedo de ver su extraña figura?

         -No… Miedo de conocer la realidad

         -Si aprendieses a no cuestionar tanto las cosas, si supieses que debes vivir cada momento a plenitud, si comprendieses que hay cosas que son así porque simplemente lo son, no deberías entrar ahí… Pero como es el caso… ¡Tú debieras vivir ahí dentro! Le diré a mi mamá que sólo molestas en nuestras vidas, que ni siquiera sabes tomar adecuadamente a papá luego de sus sesiones y de que no nos quieres

         -Eso es mentira, yo los quiero… Entiende… Por favor no le digas eso

         -Tú sabes bien qué sucede con los que no quieren ver a sus papitos reír…

         -No sé porque te pones así… Hace unos momentos, en la mesa, me apoyabas cuando peleaba con papá

         -Amo el sonido de ese grito

         -¿De qué hablas? ¿Me ayudaste sólo porque querías que papá se sintiese mal para poder dejarlo en esa maldita habitación?

         -Siempre lo hago así… Y deja de cuestionarlo todo, imbécil

         -Hijos, los oigo

         -¡Mamá, el extraño está cuestionándose todo otra vez!

         -No, mamita… No le hagas caso, sólo quiere ponerte en mi contra

         -A ver, extraño… ¡Cállate! Dejen a su papá en mi pieza

 

         La mamá estaba vestida con hermosos encajes negros. Una violeta azul estaba amarrada a su cuello, unos guantes negros surcaban sus delgadas manos, una capa roja protegía sus espaldas y unos zapatos negros de taco alto con correas que llegaban diez centímetros más arriba de los tobillos, adornaban sus piernas.

 

***

 

 

 

 

         Al despertar de su profundo sueño, el papá de a poco comenzó a volver a descubrir las cosas que le rodeaban. Incluso le costó reconocer a sus propios hijos.

         -¿Estará bien?

         -Claro, Miguel… Ha pasado por lo mismo cientos de veces. Le haré la pregunta de rigor- caminó seria y lentamente hacia su padre y saludándolo con su mano derecha moviendo de arriba hacia a abajo los apretados cuatro dedos, más una sonrisa despiadada, le hizo la pregunta:

         -Hola, papá. Espero que hayas tenido los sueños más hermosos de tu sabia vida. Dime, ¿estuviste peleando ayer con Miguel?

 

         El hombre, aturdido, miró hacia donde estaba Miguel y volteando la cabeza nuevamente hacia el rostro de su hija, contestó:

         -¿Pelear? ¡Jamás peleo con mis hijos! ¿De qué hablas, Marcela? ¿Acaso he peleado contigo alguna vez?

         -No, papá. Lo decía sólo porque ayer sentí alguna extraña discusión cuando estaba en mi pieza. Pierde cuidado, debe haber sido otra bulla la que oí anoche

 

         El padre se levantó de un salto de la cama. Fue hacia la cocina en donde encontró a su esposa, que aún no partía hacia el trabajo. La casa era espaciosa. Constaba de dos pisos y la cocina era una de las piezas más grandes de aquel hogar. Saludó a su mujer riendo, le hizo mimos y luego de tomar el desayuno, partió cantando una jovial canción y ya adentro de su automóvil, aún se le podía seguir escuchando cantar. Su felicidad era tremenda. La mujer tomó desayuno sola. Se sentó sobriamente a la mesa, se arremangó sus medias mientras comía un sanguche. Cuando vio a los hijos bajar, los recibió con una amable sonrisa. Las ojeras de sus ojos no parecían provocarle molestia alguna

         -Mamá… Ya me cansé de ver a esos imbéciles venir… También me cansé de tus shows

         -¿Shows?- y Marcela rió largamente- ¿Vas a dejar que el extraño te trate así?

         -Pequeño hombre. Lo que hago no es algo que te importe, ¿ya? Sólo yo lo entiendo

         -Y si es algo tuyo, ¿por qué me obligas a seguirte? ¿Crees que no me duele conocer el destino que ya me tienes asignado?

         -Mamá, no quiero que me vean con él los demás… Me da vergüenza

         -Hijo. Ponte esta careta. Debes acostumbrarte desde ya a tu realidad- la madre había sacado de entre sus pechos una careta con olor a leche materna, con olor a destino. Miguel la tomó entre un sentimiento de dolor y una rabia contra sí mismo. Marcela le miraba acuciosamente

         -Madre, ¿cuándo vamos a vender al extraño?

         -Espérate un tiempo, cariño mío. Vayan hacia donde deben ir. Y tú, no te saques la careta por ningún motivo. ¿Me entendiste?

         -Sí, mamá. La obedezco

         -Te noto triste, Miguel… ¿No quieres entrar al cuarto?

         -No

         -Entonces, hijos míos, vayan a buscar felicidades a la calle y si el mundo les persigue no tengan miedo: aquellos que posean el cuarto rojo tienen asegurada la llave de la dulzura espiritual- al decir esto, Marcela mostró a su madre el collar que llevaba puesto. En su extremo tenía la llave en forma de serpiente.

 

         Detengámonos en la madre, en Viviana. Luego de que Marcela  y Miguel dejasen en la pieza a su padre, tal como Viviana lo había ordenado, esta mandó de forma nerviosa a sus hijos a acostar. Debía estar sola para su espectáculo. La luz de la sala de estar era un amarillo pálido, muy tenue, que a ratos parecía que se apagaba. Hacía un poco de frío pero esto no le importaba a la madre, quien aparecía con una capa de seda roja, unos encajes negros de cuero, sus guantes del mismo color, la violeta azul en el cuello, los zapatos de tacones altos y una vara con una cinta de color fucsia que medía unos cinco metros. Comenzó a bailar con movimientos mecánicos y lentos, luego corrió hacia la cocina y dando vueltas alrededor de sí, hacía girar la cinta tal cual lo hace una gimnasta. Subió con dificultad la escalera. Al llegar arriba, tiró sus dos zapatos de tacón alto hacia abajo. Luego, bajó la escalera al igual que un gato, o bien reptando. Ya abajo, golpeó sus zapatos con la cinta fucsia. Los golpes eran débiles y junto a la tenue luz se  iban apagando de a poco. El olor de la cinta color fucsia era dulce. Tenía sabor a fragancias de yerbas ocultas en algún paraje campestre. Viviana se ganó frente a la puerta roja. Se hincó de rodillas y comenzó a acariciar la puerta. En un acto de suma teatralidad, se arrojó al piso y empezó a rodar y rodar en un ir y venir constante. Miguel la observaba con horror. Tenía ganas de arrebatarle la cinta y tirarla lejos, o botarla en el basurero pero no aguantaba ver a su madre haciendo esos actos. Viviana se dio cuenta de que la seguían y corriendo se encerró en el baño. Había dejado en el suelo la cinta. Miguel la tomó y apreció su fino olor. Le pareció que era la fragancia de alguna cara colonia. Su nariz se daba un banquetazo, y el joven no evitó llevarse a la cara la tela. Extrañamente comenzó a danzar. Llevaba sus piernas grácilmente. Los movimientos de sus manos ondulando la vara y haciendo cimbrar la cinta, eran finos y hasta emocionantes. Comenzó a cantar una vieja canción de cuna. Su madre salió del baño aplaudiéndolo. Él no podía dejar de bailar. Viviana entró a una pieza y trajo un cajón negro en el que había hartas prendas femeninas. Obligó a su hijo a ponerse una ropa de encajes muy parecida a las de ella.

         -Y no olvides la careta- advirtió Viviana.

 

         Miguel casi sin advertir qué hacía, se sacaba su pijama y se colocaba las prendas. Los tacos le sentaban bien y la careta lo hacía parecer extraño y misterioso. De repente, la madre empezó a reír sarcásticamente. Miguel no entendía nada. Cuando vio que apegados a la ventana de la sal de estar, estaban tres muchachitos con cámaras fotográficas, rompió en llantos y sollozos. La madre les abrió la puerta a los muchachitos. Uno llevaba la cámara fotográfica, otro una botella de ungüento de aceite y el último, un peine de oro. Al tiempo que se reían de Miguel, procedían a efectuar las labores que noche tras noche realizaban. Un muchachín sacaba fotos a Viviana y a Miguel. La madre se tiró al piso al tiempo que profería palabras suaves y melosas. Otro muchacho acariciaba el estómago de la madre, al tiempo que le colocaba sus ungüentos de fino aceite y el tercero peinaba los largos cabellos castaños de esta.

         -Dejen a mi madre tranquila- los jóvenes se abalanzaron a reír conjuntamente a Viviana y todos con el dedo índice extendido hacia Miguel, le gritaron:

         -“Extraño, extraño, extraño. Vete de nuestro hogar, ve a tu jaula a llorar”

 

         Miguel subió cada escalón con un baile lleno de movimientos ondulantes y desarticulados. Movía la cinta en círculos hacia arriba. Se despidió de todos, en el escalón del medio, con una reverencia.

         -Tú no sabes lo que es gozar los placeres que la vida te da, extraño, pero muy pronto bajarás a lo más profundo del averno y nos harás felices a todos. ¡¡¡Sientan este aceite que recorre mi cuerpo!!! ¡¡¡Rejuvenece mi piel, me hace eterna, me hace dichosa!!!- dijo Vivian mientras lloraba de placer. El muchacho que la peinaba le recitaba poemas insulsos y sin calidad artística. Cuando Miguel llegó arriba, la hermana lo golpeó con un fierro pequeño y lo amenazó con matarlo si no ayudaba a la felicidad familiar.

         -¿Qué diría papá si te viese así? Menos mal que duerme tan apaciblemente, tan exquisitamente… Espero que todo lo haya olvidado… Miguel, no creas que no te quiero pero es necesario que te corrija- Marcela acarició el rostro de su hermano y le besó la frente. Al mirar en sus ojos reconoció a alguien y s ele subió el rubor a la cara. Miguel estaba adolorido en el piso, tenía ganas de cantar alguna alegre melodía pero su hermana le tapó la boca con las manos y lo arrastró hacia su pieza. Abajo, la madre y los muchachitos danzaban por la casa. Luego, salieron a la calle y se armó una gran fiesta, un gran carnaval entre vecinos y gente de otros lados.

         -¿No es hermosa nuestra madre? Hablaba para sí, Marcela, apoyada en el marco de su ventana que daba hacia la calle. Hombres, mujeres y niños, danzaban felices. Un grupo de muchas personas con un tiesto de ungüentos de aceite cada uno, llenaron a Viviana de un extraño brillo en la noche. Las risas subían enormemente. Marcela seguía hablando sola. En la otra pieza, Miguel intentaba recobrar la conciencia a la vez que se preguntaba el por qué estaba viviendo en esa casa, en ese mundo.

 

 

***

 

 

 

 

         -Hey, Miguel… Ven, ven. Tengo que decirte algo. He descubierto un secreto- le dijo Rafael en aquel centro de estudios.

         -¿Secreto? Vamos, dime- y se dejó llevar hacia donde le guiaba el amigo

         -Mira…, he descubierto que somos una especie de seres extraños

         -¿Cómo es eso?

         -A ver, ¿cómo explicarte? ¿Te han dado ganas de bailar y danzar alegremente sin ningún motivo aparente?

         -Sí, me pasa muy seguido

         -Ya veo. ¿Y en tu casa te quieren vender?

         -Sí, siempre me hablan de eso. Ya han ido a mi casa muchas personas que preguntan por mí y que para cuándo estoy listo

         -¿Viste? A mi me vendieron

         -¿En serio? ¿Y a quiénes?

         -A los hombres del pasado. Aquellos que sólo velan por sí mismos y que no piensan en otra cosa que no sea dinero. Me han vendido a ellos y me quieren enseñar cosas malas

         -¿Quiénes son esos hombres y qué cosas malas te quieren hacer?

         -Son personas rudas que pertenecen al pasado. Sus miradas queman y hacen cenizas tu corazón, sus palabras hieren y su saliva hace heder tu hígado. Ellos se preocupan de enseñarte a hacer felices a otros mediante el canto, la pintura, el malabarismo, la magia y el sufrimiento

         -No entendí eso último

         -Sí, es verdad… El ser humano goza con el sufrimiento de las demás especies. Fíjate- Rafael se acercó a un grupo de muchachos y sacó una navaja. Todos lo miraron preocupados y con mucho miedo de que él los atacara pero cuando vieron que este se cortaba la yugular, rieron como nunca antes lo habían hecho en su vida.

        -Ah… Con que eso es- pensó Miguel. Rafael se acercó agonizando a su amigo y le dijo, con voz entrecortada y estertórea, que la única solución es la muerte- el joven Juan se acercó a Miguel y le dijo:

         -Esos son los efectos de quien no ocupa el cuarto rojo- el aludido, que estaba comprendiendo la situación, contestó:

         -Él no la necesitaba… Él era un cuarto rojo

 

 

***

 

 

 

         “Puedo ser tantas cosas a la vez. Sin embargo quisiera encontrarme y no perderme entre tantos caminos ambiguos. Estoy riendo lo sé, pero a la vez lloriqueando. La luz del más allá alumbra mis pintadas mejillas y las hace ver rojas y a veces negras. No se hacia dónde voy, pero debo tener claro hacia donde guiar. ¿Es que nadie puede guiarse fielmente a sí mismo sin tener que traicionarse en la ruta de las espinas venenosas? Sí, yo le conocí: era un tipo gordo y grotesco. Me reía de él en su cara y luego lloraba sus penas. Le seguía para martirizarlo. Mis retales le quemaban los intestinos, mis rombos le azuzaban la vista. Quería arrancar de mí, le tenía miedo a la realidad. Corría por las calles, corría por las veredas, rebotaba como una estúpida masa elástica, rodaba en los canales de su mente y se ahogaba tomando leche… Y ese ser patético me causaba risa y llanto porque en sí mismo encerraba la capacidad de lograr causar grandes efectos… Nunca sólo un efecto. Él me necesitaba. Recuerdo que estaba en el baño e invocaba mis dulces risas, invocaba mi dulce sarcasmo y quería que volara y gritara vomitando fuego como un dragón furioso. Se hincaba y se arrastraba de esta forma, dando círculos en su casa, y pedía que yo le indicase el camino hacia la felicidad. Mis ganas por matarlo aumentaron. Mis gritos en forma de simún eran para él un oreo que le inyectaba en la sangre vida. Mis llantos eran su alegría, mi alegría era su pena. ¡Cómo quisiera despertar de este largo ensueño que me obliga a vagar desconsolado dentro de los momentos extraordinarios de otros! ¡Cómo quisiera arrancar de esta envidia hacia la felicidad de esos patéticos seres que rumian la nada y sólo se preocupan de buscar esta estúpida contracción muscular!

         `-No… Mente, no me atormentes. Déjame tranquilo, te lo suplico´

 

         Y vuelven los sentimientos ajenos a causar estragos. Estas son mis manos, pero no son mías. Este soy yo, pero no soy mío. Mis manos, mis piernas, mis brazos etc., son entregados hora tras hora para que los mastiquen aquellos que prenden la vela al viento y con esta los doran cuando el aire pasa suavemente… Pero cuando pasa fuerte como un temporal de destrucción, los queman y piden mi ayuda. Me río en su cara, me río de sus pequeñas tristezas, de sus pequeñas fallas y con mi vara mágica los despierto hacia la realidad. Pero hoy sólo soy un títere de vuestros deseos. Ya perdí mi voz… ¡Encerradme y dejadme tirado en el rincón más putrefacto de vuestras mentes, míseros espectadores, que esperáis todo de los demás pero que de vosotros no pedís nada! Sus sentimientos me han cansado. Deseo gritar como un vestiglo que sangra el vómito que vuestras propias arcadas inconscientes destellan casi al unísono en la tierra de las mentes extrañas y autodesconocidas que pululan asquerosamente como babosas dejando un lodanal de baba supurienta que hace heder mi corazón… ¡Si comprendieseis lo difícil que es mi situación! ¡Si tan sólo dejasen de percibir lo obvio que quieren recibir y abriesen las almas, sus necrófilas hermanas de la muerte incluso podrían amistarse con ustedes! ¿Estaré exagerando? ¿Estaré escondiendo el secreto que debiera contaros desde el principio? ¿Estaré fingiendo compasión y amistad? ¿Me estaré seduciendo a mí mismo en un ataque de autovalidez flagrante? ¿Quieren tocar en medio de mi dulce máscara y sentir el dolor que las llagas de sus dedos les proporcionarán? ¡He aquí mis dichos! ¡He aquí mis finales conclusiones eternas! Porque yo no estoy  para dar gritos de verdades desabridas y fáciles de disolver. Mi mundo trascendental os grita esta, mi verdad: no puedo haceros felices como vosotros quisieseis, pero puedo inyectaros esta, mi droga…: yo mismo. Me entrego a vuestras manos, moldeadme y hacedme papilla, jugad a ser dioses constructores, jugad a ser dioses destructores, comandad el destino truncado. Mis dientes filosos os roerán la carne y vuestra sangre correrá como un gran océano puesto que se unirá gota por gota y creará el torrente humano. No estáis preparados para comprender. Mi hombre gordo lo supo aquel día… Le ví llegar asustado. Tenía la panza con letras que no puedo nombrar. En su corazón había dibujada una figura burlesca. Mis cara sonrió y los soles se acoplaron en dulce armonía con las lunas que quién sabe dónde estaban escondidas. Intenté calmarlo, pero ofuscado se obstinó en hacerme danzar ante él: dijo que tenía el poder de hacer lo que quisiese. Me reí en múltiples carcajadas con sabor a hiel y le dije que sí, tenía razón, pero lo suyo era voluntad y no poder. Se puede desear la destrucción del corazón pero no se puede construir la linfa sobre la sangre. Me miró con ojos que inyectaban mercurio de una forma un tanto lenta y luego un poco más despampanante. Me dí vueltas alrededor y mientras escuchaba su discurso-arenga-perorata saqué unas ideas de mi bolso y las hice volar en medio de la habitación. El gordo se acostó y gritaba al verme feliz. Lo había comprendido: su inteligencia, su supuesto poder, su voluntad, se hacían pedazos frente a la infranqueable muralla que protege la felicidad con guantes de seda y de plomo. Volví a reír y le indiqué al gordo unos cuantos amigos que le venían a ver. Se levantó en calzoncillos y les abrazó uno por uno. Cuando me vieron, tiritaron de miedo: la gente le tiene miedo al pasado de una forma enfermiza. Se contentan con hablar del futuro y el mañana pero siempre terminan hablando bien del pasado, que es mejor que su hoy. Mientras les mostraba mis dientes, tomaban desayuno por la escalera. Cada peldaño tenía el aroma de una cinta de seda color fucsia. Nadie evitó tirarse en la escalera y retozar de alegría al sentir el contacto entre su piel y la escala. El gordo me pidió poder para durar siglos en su felicidad y limpiándole los ojos con una pomada muy amarga al paladar de la retina, le dije sarcásticamente, y con claras ganas de derrumbar su castillo de mocos, que todo era tan ilusorio como sus invitados reales. Luego de decirle esto, el gordo se levantó de su cama y miró hacia fuera: nunca existió el desayuno, nunca existieron los buenos amigos, y nunca existió la mesa en la escalera. Pero el color fucsia seguía con su aroma, era lo único real. El show de larga duración impactaba en su vida y le anonadaba. Me insultó y yo lo insulté, me corrigió y yo le corregí, me golpeó y yo esquivé sus golpes: el pasado y el dolor saben evadir los reclamos de los infelices. ¡Buscadme para haceros reír, mi señor, y hallareis que con mi escobilla sólo levanto más cenizas, más humo! ¡Invocadme para traeros del pasado un significado feliz, mi señora, y hallareis ante vuestro dulce encaje negro, una mísera varita con una cinta fucsia! ¡Usad mi vara mágica y os pondréis felices!

         `-No mente… No me atormentes. Déjame tranquilo, te lo suplico´

 

         Aún nadie abre el rincón feliz. Me pregunto qué sucederá. Aún no oigo pasos. Espero que mi retoño logre identificarse con esta noble carrera. Espero que las cosas se eleven y se encuentren con el averno que ya existe… En realidad, no sé cómo el vástago podrá asimilar tanta responsabilidad. Ahora, a reír a reír, a burlarse de los infelices que se han drogado con un elemento que es sólo la mutación de mis lágrimas. Dulces caminos de seda, acariciad la nueva aurora, acariciad la salvaje destrucción lenta, acariciad el progreso, acariciad la felicidad humana, acariciad las rejas de mi cárcel. Desde aquí lanzo el augurio. Desde aquí lanzo la advertencia. Desde mi posición me enfurezco con el malabar mal hecho, me retuerzo con la pantomima fofa, me desvanezco con las palabras desabridas y sin sal. Desde aquí pisoteo la esperanza que alguien escribió… Porque yo soy el guardián de las mañanas oscuras, porque soy aquel que debe dar lo que no tiene, porque soy el que se entristece segundo a segundo porque no tengo más movimiento que el que se me ha inculcado… Porque soy el guardián del cuarto rojo… Aquella mascota que el destino ha querido acariciar con los gritos de auxilio de los infelices que todo confuso lo ven…”

 

 

***

 

 

 

 

         -Hijo mío… ¿Estas listo?- Miguel observó a Viviana con odio y mucha decepción. Tranquilamente dejó caer su mochila en su sillón. Le pidió la llave en forma de serpiente a su hermana. Esta le miró despiadadamente y al entregarle las llaves, apretó la mano derecha de Miguel, de una forma brusca, sin compasión y con claras ganas de romperle algún hueso. El hermano sonrió con dolor físico y miró hacia arriba. El techo se veía hermoso y reflejaba algunas sombras hermosas y despatarradas. El padre se levantó de la silla en donde estaba fatigadamente varado y dirigiéndose con dificultad a su hijo, le decía:

         -Miguel… Cenemos por última vez juntos… ¿Te parece?

         -Como quieran…

 

         Se sentaron los cuatro a la mesa. Por la ventana de la sala de estar, se veían cuatro niños. Tres eran los mismos de la noche anterior y el cuarto parecía ser una niña. Miraban serios y cansados. Uno de los niños empezó a lamer la ventana. Su lengua amplia y amarilla, más una boca muy abierta, y unos dientes filosos, pedían saciar el hambre… El hambre de algo. Miguel los saludó desde su asiento con una pequeña reverencia.

         -Bien hijo… Veo que la realidad ya no te asusta tanto

         -No, mamá… Me he resignado a aceptar ciertas cosas- la madre sonreía misteriosa y miraba de vez en cuando a su marido que parecía no prestar mucha atención al hijo.

         -Hay algo que no entiendo, mamá…

         -Ya empezaste, Miguel… Siempre son tus dudas, siempre con tus cuestionamientos. ¡Te lleva la misma muerte y aún adoptas tu estúpida actitud! ¡Tengo ganas de matarte!

         -Déjalo, Marcela… ¿Qué es lo que no entiendes, pequeño extraño?

         -¿Por qué usas ese calzón de castidad?- los padres se avergonzaron y el rubor se les subió a la cara. Marcela miró hacia fuera. Los cuatro niños danzaban tirándose ungüentos de aceite. La que parecía ser niña, tenía una vara con una cinta color negro y golpeaba con ella a sus amigos, suavemente en un principio y luego comenzaba a gritar llamando a todo el vecindario. En unos minutos la ventana estaba llena de gente mirando.

         -Mira, hijo mío… Tu madre usa ese hermoso calzón metálico porque… Digamos que siente una atracción muy fuerte hacia esa puerta, hacia ese cuarto rojo- luego de decir esto, tomó a su mujer por la cintura y la colocó sobre la mesa. Sacó sus pantalones de una forma agresiva y con lágrimas de miedo en los ojos. Le gritó a su esposa diciéndole que desfilara en la mesa y así lo hizo ella. Era un calzón de color verdoso y plomo. Tenía algunas rejillas para expeler los desechos humanos. El candado era de color rojo. Luego, el padre volvió a tomar por la cintura a su mujer y la sentó en una orilla de la mesa. Suavemente besó sus piernas, los pies y cada uno de sus dedos. Miguel y Marcela miraron hacia la ventana. Había cientos de lenguas lamiéndola. Miguel sintió asco e increpó furioso a sus padres por dar ese miserable espectáculo. De súbito, recordó la llave que hacía poco le había entregado su hermana. Miró a esta sorprendido, luego miró el calzón metálico para volver a mirar finalmente a Marcela. Esta le dijo:

         -Sí, es verdad… Así fue como naciste… Así fue como ellos te trajeron al mundo. Golpea a este hombre. Él no es tu padre- Miguel tomó por la cintura a su madre y la tiró en un sillón. Luego agarró por el pecho a su padre y le dio un grito de dragón y luego lo golpeó.

         -Arranca, extraño, si quieres salvar tu vida- le gritó Viviana.

 

         La gente había roto la puerta y la ventana. Se abalanzaron sobre la madre y se la llevaron entre todos. Marcela se quedó abrazada a un cojín en medio del suelo, mientras hablaba consigo misma. El padre persiguió a Miguel.

         -No, Miguel… Espera… No entres ahí… ¡No lo hagas! ¡Hay mucho que hablar!

 

         Miguel no le prestó la menor atención y abriendo la roja puerta, se internó en lo más profundo de la oscuridad. La pieza estaba muy lóbrega y Miguel no evitó dar un grito de temor. Angustiado, pateó todo lo que ante sí se le podía interponer en su camino. Así, golpeó una jaula que emitía una fosforescente luz. Miguel sintió un sonido hueco y metálico. El gruñido de un miserable animal le hizo dar un grito de amenaza. Palpó la jaula y encontrando la cerradura, tomó la llave en forma de serpiente y la introdujo en esta. Al ir abriendo, miró hacia el alrededor y divisó una ventana que dejaba entrar ciertos rayos de luz de luna. Comprendió que la habitación era luminosa pero nadie lo había notado. Sacó la llave, y abrió la puerta de la jaula. En su abrir fue haciendo un leve sonido de metal oxidado. Era una voz, en realidad. Un ser de cuerpo fosforescente de un salto fue a dar hasta la ventana de la pieza. Se quedó, un minuto exacto, mirando algo y luego volteó la cabeza de forma brusca. El personaje miró a Miguel con burla, compasión y comprensión.

         -Papá… He venido a encontrarme con mi realidad

         -Aaah… ¿Desde cuándo sabías la historia?

         -Desde hace mucho. Nunca quise entrar porque aunque nunca me gustó la vida de allá afuera, esta otra vida me parecía más sacrificada

         -Sólo debes sonreír y saber bailar muy bien- el personaje llevaba un sombrero blanco napoleónico en la cabeza, usaba una máscara de color morado, su traje era una blusa con retales de rombos de infinitos colores, sus pantalones ajustados presentaban las mismas decoraciones, unas calzas blancas terminaban en unos simples zapatos negros sin cordón alguno. Tenía unas largas manos con uñas pintadas negras y a ratos sus ojos fulguraban con los sensibles rayos de luz que entraban en la oscura habitación.

         -Dime qué es lo que debo hacer

         -Tienes que saber que eres un objeto. Eres propiedad de todos

         -Supe lo del calzón

         -Sí… Cuando tu madre entraba a este lugar procreábamos cada mes, cientos de risas… Tú demoraste más en nacer… “Hola, mi señor”

         -No entiendo… ¿Dónde están los demás vástagos?

         -Están repartidos en todo el vecindario, en todo el país, en todo el mundo. No hay lugar que no tenga un cuarto rojo. Somos el ejército que logra hacer sonreír a este mundo que descansa en llamas… “¿Qué quieres mi señor?”

         -Padre… Necesito tu cariño- Arlequín se acercó a su pequeño extraño y con una vara que estaba prendida en fuego le quemó las piernas. Miguel gritaba entre garabatos, insultos y profecías varias. El exorcismo había comenzado.

         -Te exorcizaré de la vida, hijo mío. Preferirás este cruel camino a estar entre ellos…

         -Dime que esto no tiene que ser así…

         -“Hola, mi señor. ¿Qué quiere, mi señor?”- el fuego recorría su espíritu. No podía moverse. Cuando su cuerpo completo ardía en chillonas fogaradas se sentó a hablar con su padre sobre la vida.

         -La vida, hijo mío, es un chiste allá afuera. Pero aquí es pura trascendencia

         -Explícame cómo es eso- a medida que Miguel ardía, iba exhalando vahos que no eran otra cosa que sus recuerdos humanos

         -Es trascendente pues sólo te ocupas de los fines últimos y de los demás, pero lamentablemente debes vivir encerrado en un mundo metálico… En una jaula…

         -¿Eres feliz?

         -No… Ni allá afuera ni aquí adentro existe la felicidad. Es un pequeño invento que levanta las esperanzas. Es un sentido que quiere ser el fin último

         -Entonces… ¿La muerte existe entre ustedes? O sea, ¿entre nosotros?

         -Sí, nosotros somos la muerte- Arlequín se sacó la máscara y mostró un cráneo. Era una calavera brillante y dentro suyo no había recuerdos humanos, más que los necesarios.

         -Padre… Yo no sé qué soy

         -Pues bien, hijo, mírate en este espejo… “Mi señor”- Arlequín se paró y buscó un espejo. Lo que vio Miguel fue sorprendente: tenía un gorro de bufón con doce puntas que en su final llevaban una esfera metálica, sus ropas eran de robos multicolores como los de su padre y llevaba unas calzas rojas que acababan en unos zapatos blancos sin cordones, y unos guantes negros. Comenzó a hablar cosas inconexas y reía sin parar. Sin embargo, ya no tenía recuerdos…, sólo unos pocos. Recordó que había sido concebido por una mujer que furtivamente entraba de noche tras noche a la habitación oscura para ser recorrida por las llamas del Arlequín.

         -Dime cómo llegamos a existir, padre

         -Es difícil contarlo… Ya casi no me acuerdo… Fue una guerra mental entre el pasado, el presente y el futuro. Los humanos no sabían cómo reaccionar. Ante sí, pasaban reyes, bufones, tanques, reptiles gigantes, hombres con lanzas, goliardos, sacerdotes, naves espaciales, astronautas, estados, proyectiles de triple maniobrar, lanzaderas de cráneos y recuerdos vacíos… Fue una batalla asquerosa. Los vencedores convirtieron al pasado vencido en su hazmerreír y en forma de arlequines nos encerraron en estas miserables jaulas. Nuestra misión por firma del tratado de paz, era curar las penas del mundo a pesar de que nosotros mismos no éramos más que seres perdidos, tristes, opacos… Somos el carnaval de la derrota, hijo mío…

         -¿Y qué queda por hacer, padre mío?

         -Debemos cumplir el sentido… Y escondernos en nuestra trascendencia. Además, recuerda que tenemos un secreto que ellos no podrían comprender…

         -¿Cuál, mi señor padre?

         -Pues, que somos la muerte

         -Esto es algo así como que nuestra risa esconde algo… Algo malo

         -No es malo… Sólo es parte del ciclo

         -Pero… Entonces… ¿Y la búsqueda de…

         -¿Búsqueda de la felicidad, hijo mío? ¿A eso te refieres?

         -Sí. ¿Tanto por nada?

         -Exacto… Pero es un secreto… Esa careta que tienes esconde mucho de ti

         -Pero, ¿por qué tengo mi rostro y tú no?

         -No necesito rostro, hijo mío… Yo me voy regenerando de a poco. Tú sólo eres una nueva reencarnación mía

         -¿Cómo es eso?

         -Sácate la careta- Miguel se sacó esta y su juvenil rostro inyectó las huecas órbitas del padre. Miguel sintió que sus carnes morían. En cinco segundos recorrió una vida entera. Recorrió toda una existencia. Sintió que moría. Y así, expiró en los brazos del rejuvenecido padre.

         -Hijo, perdona- su rostro ya no era el de un cráneo hueco y con el nombre de la muerte, sino que era el de un chico sano y alegre. Rompió la ventan de la habitación y de un salto o vuelo se dirigió hacia el espacio. Al caer en la calle, lanzó un grito de dragón.

 

         Instantáneamente aparecieron, de todos los hogares, arlequines, bufones, juglares, seres miserables sin más objetivo que el de hacer reír. Los reyes volvieron a la vida, los tanques aparecieron surcando las graves neuronas de los humanos y las avionetas enviaron pequeños soldaditos plomos que cantaban melodías divertidas. Los habitantes del vecindario salieron de sus casas y se tiraron al suelo con la cabeza tomada entre las manos y gritando se daban vueltas y más vueltas en un angustiante y unísono grito. Era el grito de la guerra.

         -Preparen las grandes bazucas T-TTT100300-1%T- dijo el general grotescamente.

 

         Cada neurona tenía su batallón. Las familias gritaban cada vez más fuerte. En las calles los bufones anunciaban la llegada de los recuerdos, los juglares hablaban y cantaban hermosas canciones épicas y líricas sobre el pasado y los arlequines corrían con varitas mágicas o con espátulas de madera que escupían grandes fogaradas las que iban a caer en el mundo civilizado. Mucha gente se tomó de las manos y en un esfuerzo último por escapar de la realidad, cantaron dulces versos que hablaban de la armonía y la esperanza de la felicidad. La idea era acallar sus propias mentes perturbadas. Los arlequines gritaban en gigantes procesiones la palabra “trascendencia” y quemaban con ella cientos de corazones humanos.

         -Son unas bestias- gritó una hermosa mujer que sostenía una vara con una cinta de color fucsia.

         -Y vosotros sois unos intrascendentes- le gritaban ellos en respuesta.

 

         Se inventaron eslóganes, se crearon nuevas disciplinas que debían ser estudiadas por los jóvenes, se crearon nuevas religiones, más personas con conciencia social se ponían, al mismo tiempo, la banda presidencial. Apuntaba todo esto a destruir un pasado remoto y al mismísimo tiempo cercano. Las risas cesaron por unos segundos, luego reanudaron su marcha, y los generales daban sus órdenes de ataque. La risa de un arlequín parecía sonar más y más fuerte. Los recuerdos aparecieron de las mentes por las bocas y rompiendo los ojos, dejando las cuencas vacías. Y la guerra aconteció. Hubo muchos muertos y muchos sobrevivientes. Los vencidos volvieron a ser puestos en jaulas, esta vez de acero y selladas herméticamente. Volvió el conflicto entre la risa y el llanto… Y nuevamente la guerra se desataba…

 

 

***

 

 

         Un día, Miguel despertó asustado y nadando en un sudor pegajoso y hasta elástico. Corrió por la escalera en calzoncillos y vio a su familia tranquilamente desayunando.

         -A ti, ¿qué te pasó, hijo?... Se te olvidó ponerte la ropa

         

         Miguel volvió a su pieza consternado. De repente, mientras se ponía los pantalones, arriba de la cama, atisbó, con el rabillo del ojo, que en el patio sucedía algo. Se acercó a su ventana y vio que en la casa de enfrente había una mujer anciana puesta en una camilla. Hablaba sola y sudaba demasiado. Una vez totalmente vestido, fue a la pieza de su hermana que daba a la calle, y vio que en cada casa había una ambulancia. Miguel bajó sorprendido y habló del caso con su familia.

         -Fíjate, hijo, que muchos se han vuelto locos. Dicen que están viviendo en medio de una guerra trascendente… Es sumamente extraño

         -Bueno… Pero dejemos esos problemas a un lado… Hermanito querido, toma, te lo regalo- era una hermosa joya

         -Gracias… ¿Y a qué se debe esto?

         -Simboliza todo lo que te quiero

         -Mi niño, te hice las tostadas que tanto amas

         -Gracias, mamá- Miguel se sentía extraño y no atinaba a decir nada. De repente, un extraño recuerdo surcó su mente.

         -¿Qué pasó ayer?

         -¿Qué pasó de qué?

         -Díganme

         -Nada, hijo. Nada

         -Doctor, usted dígame… ¿Qué pasó anoche?- Miguel hizo esta pregunta dirigiéndose al doctor que hace años vivía con la familia.

         -Nada, hijo… Sólo tuviste otras de esas pesadillas con arlequines, soldados, mujeres con calzones de castidad, amigos que se cortan la yugular y hermanas psicópatas

         -… - Miguel quedó con la boca abierta. El doctor sonreía dulcemente. Viviana y su esposo se tomaban las manos. Marcela lucía bella y llena de juventud.

         -Doctor… Dígame… ¿Estoy loco?- el doctor miró fatigado y con un rubor de hombre de muchos años de vida.

         -No, hijo… Sólo tienes que saber que debes lidiar con una gran lucha mental. Todos los que te rodeamos ya vencimos. Pero, tú, aún no vences los fantasmas del pasado que te siguen… Pero no tengas miedo, estamos contigo en la lucha

 

         Miguel se paró confuso de la silla y avanzó hacia la ventana de la sala de estar. Lucía como nunca y no tenía ninguna muestra de daño alguno. Así, revisó su hogar como si lo viese por primera vez. Se acercó a su familia y les dijo que le dolía la cabeza y que interiormente se sentía triste y con mucho dolor.

         -Hijo mío… Doctor, ¿qué hacemos?

         -Emm… Miguel…, anda al cuarto rojo, ahí te sentirás bien y todo se solucionará

         -Muchas gracias, doctor… Pero, ¿qué es el cuarto…- Miguel, entonces, recordó una imagen confusa. Volvió a mirar a su familia y al doctor que ya era parte de la misma, y les observó tan tranquilos y felices, como si hubiesen probado algún medicamento especial, alguna panacea, que se sintió feliz por ellos. Se paró frente a la puerta roja. Al voltear la perilla tuvo la sensación de hacer algo que no debía. Sin embargo, antes de que girara completamente la perilla, la puerta ya estaba abierta. Un ser de extrañas vestimentas con rombos de colores, le daba la bienvenida a una pieza oscura.

         -¿Y tú? ¿Quién eres?- la pregunta de Miguel sonó ingenua. El ser rió gratamente.

 

         En la mesa, los comensales conversaban alegremente. El doctor hizo un divertido chiste ante el cual todos rieron. Todo era muy feliz y el doctor lo disfrutaba.

 

 

 

 

 

 

FIN

 

       

 

 

        

      

 

 

 

        

        

        

 

        

       

 

 

 

 

 

          

     

 

 

 

          

      

 

 

 

 

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