I CONCURSO CIENCIA FICCIÓN, EL EXTRAÑO RELATO DE SARAH PARKER, RELATO NÚMERO 12

Los geólogos Akira Miyakawa, de Fukuoka, Japón, y Sarah Parker, de Hastings, Inglaterra, quedaron atrapados a dos mil seis cientos metros de profundidad cuando el submarino en el que viajaban encayó por error en una pared de roca que el sónar no había detectado. Ninguno de sus intentos por liberarse dieron resultado, así que finalmente Sarah y Akira se sentaron a esperar el rescate, actuando como si lo que en realidad estuvieran haciendo no fuera resignarse a morir.

Llevaban casi tres horas en silencio cuando, de repente, Sarah se aclaró la garganta y
dijo:

_Doctor Miyakawa, ¿quiere oír una historia curiosa?

_¿Qué clase de historia?_ preguntó algo molesto, pues, asumiendo lo peor, había dedicado los últimos minutos a poner en orden sus pensamientos y no quería ver tan difícil trabajo de introspección interrumpido por alguna banalidad.

_Es algo que... Algo que me pasó una vez. Es una tontería, pero el caso es que nunca se lo he contado a nadie y... Bueno, ¿le importaría escuchar la historia? Pienso en ello cada día de mi vida, porque puede que sea la cosa más rara... más increíble que me haya sucedido jamás, pero nunca se la he contado a nadie. ¿Me deja que se la cuente?

_Sí, claro_ asintió Akira, ahora francamente interesado en el tema_. Pero si es algo tan increíble, ¿por qué nunca lo ha compartido con nadie?

_Precisamente por eso, porque siempre pensé que nadie me creería. En realidad, para ser sincera, tampoco tengo esperanzas de que usted me crea, pero por una vez me gustaría poder saber la opinión de alguien. Oír mi voz relatando lo sucedido, a ver si suena tan descabellado como creo.

_Está bien_ dijo Akira acomodándose en su asiento_. Vamos a ver cómo suena esa historia.

_Cuando tenía 17 años tenía un novio que se llamaba Sean, Sean Sheridan. Mis padres y sus padres eran amigos, se conocían desde hacía mucho. Ese verano Sean me dijo que si quería pasar con él dos semanas en Dublín, en casa de su hermana mayor, que se había ido de vacaciones a Egipto o... o a Turquía, no sé. El caso es que, bueno, yo no estaba segura de si quería ir a Dublín, porque estaríamos Sean y yo solos, y suponía que él aprovecharía la ocasión para proponerme que nos acostaramos y... bueno, yo me había acostado con ningún chico entonces, y tampoco estaba totalmente segura de querer que Sean fuera el primero. Pero
al final sí fui, porque la verdad es que nunca había salido de Sussex y quería viajar y conocer sitios nuevos. Así que, bueno, fuimos a la casa de la hermana de Sean en Dublín, y la verdad es que Sean... sí, una noche intentó que nos acostáramos, pero le dije que no y no volvió a insistirme. En fin, ahora viene la parte extraña.

_Está bien_ dijo Akira, esbozando una sonrisa comprensiva.

_Coincidió que el día del cumpleaños de Sean estábamos allí en Dublín, así que esa mañana salí a comprarle un libro que quería regalarle. Le dejé sólo en casa, y se suponía que yo tardaría una hora en volver porque tenía que ir hasta el centro de la ciudad. Pero cuando estaba en la parada de autobús me di cuenta de que me había dejado mi cartera y todo el dinero, así que di media vuelta y volví a la casa. Ya le he dicho que Sean no me esperaba.

_Sí.

_Yo tenía una copia de las llaves de la casa, porque Sean era un poco despistado y me había dado una copia en previsión de que algún día olvidara las suyas o las perdiera en algún lado. Así que, bueno, en lugar de llamar usé mi copia de las llaves para entrar en la casa. No sé, podría haber llamado al timbre porque, en fin, aquella no era mi casa, pero... Bueno, el caso es que no llamé. Usé las llaves y entré. Dije "Hola Sean", pero no me respondió, así que entré hasta el comedor y... Sarah cayó y miró hacia abajo, como si se sintiera incapaz de afrontar la mirada de su compañero. Por un momento se arrepintió de haber comenzado a contarle aquello, se sintió vulnerable y estúpida. Pero luego recordó la situación en la que se encontraban ella y su compañero, y con triste alivio descubrió que no tenía nada que perder. Aún en el mejor de los
casos, si conseguían salir de aquel submarino, no le importaría mirar a los ojos al Doctor Miyakawa y sentirse juzgada por éste, ya que eso significaría que seguía viva.

_Entré hasta el comedor_ prosiguió al fin_ y Sean estaba bocabajo, con los pies pegados al techo. Tenía los ojos cerrados, como si estuviera en trance. Sus brazos estaban...

_¡Un momento!_ le interrumpió Akira_ ¿”Estaba bocabajo con los pies pegados en el
techo”? ¿Ha dicho eso?

Sarah asintió. Akira permaneció mudo, observando con rostro hierático a su colega, cuidándose mucho de mostrar lo que estuviera pasando por su cabeza. Al cabo de unos segundos dijo:

_Continúe.

Sarah, decidiéndose a no sentirse intimidada por la opinión que el Doctor Miyakawa pudiera estar formándose de ella o de su historia, prosiguió:

_Como le dijo, Sean tenía los pies pegados al techo. Sus brazos estaban extendidos, como en cruz, aunque en un ángulo algo más cerrado. su piel estaba toda cubierta de... de una especie de pelo muy corto, de color blanco. Su cara también, toda su piel. Y de la cabeza le salían dos cuernos, como los de un ciervo, aunque no tan grandes.

Sarah miró de nuevo Akira, intentando en vano leer alguna expresión en el rostro de éste. Viendo que Sarah se había callado, Akira preguntó:

_¿Y qué sucedió entonces?

_Al principio me quedé... Estaba helada. No sabía qué hacer, ni qué decir. Hubiera gritado, o salido de allí corriendo, o... o las dos cosas a la vez. Pero no podía, mi cuerpo no me obedecía. Mi cerebro se había quedado bloqueado. No sé si puede imaginar lo que era ver aquello, lo que era ver a Sean con aquel aspecto y... ¡y colgado de aquella forma! Creo que mi cabeza simplemente no... no podía procesar lo que estaba viendo. Aún hoy, si pienso en ello, me estremezco.

_Claro_ asintió el Doctor Miyakawa, que parecía permanecer totalmente ajeno a los aspectos extraordinarios de la narración_. ¿Y después?

_¿Después?

_¿Qué pasó? ¿Él la vio?

_Oh, sí, sí, me vio. Yo estuve allí de pie, mirándole, durante unos dos o tres minutos. No sé, a lo mejor fueron sólo diez segundos, pero yo creo que... creo que fue más tiempo. Varios minutos. Estaba bloqueada, totalmente fuera de mí, cuando de repente Sean abrió los ojos. Y sus ojos eran... eran amarillos, excepto la pupila, que era negra y alargada, como la de un felino. Ver aquellos ojos me causó aún más impresión. Casi terror, diría. Pero entonces Sean saltó al suelo, y... No sabría cómo explicarlo. Mientras caía su aspecto cambió. Su piel dejó de estar cubierta por aquel pelo blanco, y los cuernos desaparecieron de su cabeza, como si se metieran hacia dentro en su cráneo, y sus ojos recuperaron el aspecto normal. Fue todo muy rápido, cuestión de menos de segundo, pero al mismo tiempo algo que pude contemplar con todo detenimiento, como si hubiera podido verlo a cámara lenta. Y él me... Sean se me acercó, y me saludó como si tal cosa, como si no hubiera pasado nada. Me dijo "Hola, ¿ya estás de vuelta? Pero si te acabas de ir". Y yo no... ¡No sabía que decirle! Porque él estaba actuando como si no pasara nada, como si hacía un instante no hubiera estado pegado al techo ni hubiera tenido aquel aspecto aterrador. Y de repente yo me sentí... me sentí ridícula, estúpida, porque, ¿cómo había podido pensar que algo así había sucedido? ¿Cómo había
imaginado aquello? Era obvio que Sean no... no había podido subirse al techo ni sufrir ninguna aberrante transformación. Yo lo había imaginado.

_¿Y usted no le dijo nada?

_¿A Sean? ¿De lo que había visto? No.

_Entonces, usted misma no está segura de que lo vio.

_¡Pero sí lo vi! ¡Lo vi! Lo he pensando mucho, he repasado mis recuerdos, las sensaciones que sentí, y sé que lo vi. Al principio me engañé a mí misma, me decía una y otra vez que no era cierto. Pero es que sí lo es.

_¿Cómo puede estar tan segura? A veces inventamos nuestros recuerdos, y con el tiempo nos cuesta distinguir entre lo que pasó o lo que creemos que pasó.

_Cuando usted está despierto, Doctor Miyakawa, ¿no está acaso seguro de que está despierto? Cuando estamos dormidos podemos soñar que estamos despiertos, pero sólo cuando estamos despiertos estamos seguros de que lo estamos de verdad. Cuando estamos despierto no dudamos. ¿Entiende lo que le digo? Esa misma sensación de certeza es la que yo tengo. Puedo negarme lo que vi, cosa que hice durante muchos años... y mi propia experiencia vital puede negármelo también, porque la realidad nos enseña que ese tipo de cosas no pasan... pero que lo vi, que lo vi con mis propios ojos, de eso no tengo ninguna duda.

El relato de Sarah había acabado. Akira permaneció en silencio, mirando a su compañera y asintiendo de forma reflexiva, como si hablara consigo mismo.

_¿Y bien?_ preguntó Sarah, creyendo que el Doctor Miyakawa intentaría buscar la forma de cambiar de tema y no opinar sobre lo que acaba de escuchar. En su lugar, el japonés se echó hacia atrás en su asiento y mirando al techo dijo:

_Creo que usted cree que vio lo que dice que vio, pero obviamente... y supongo que no le extrañará que se lo diga... me cuesta creer que realmente lo viera. ¿Tal vez estaba bajo los efectos de alguna droga, o del alcohol?

_No, nada de eso_ dijo Sarah, su voz imbuida de un evidente tono de decepción.

_En fin, no se moleste Doctora Parker, pero no puede culparme de mostrarme incrédulo.

Usted misma dice que durante un tiempo se negó a sí misma haber visto aquello. No puede esperar más comprensión de un extraño.

_Claro_ musitó Sarah, y como ya había anticipado, se sintió estúpida por haber explicado aquella historia. Peor aún, se sintió sola e incomprendida, más sola e incomprendida que todas las veces que estuvo tentada de contarle la historia a alguien y acabó decidiendo no hacerlo. Leyendo la tristeza en su rostro, el Doctor Miyakawa dijo:

_Lo siento.

_¿Qué? No, no, por dios, no se disculpe. Lo extraño hubiera sido que me hubiera creído de inmediato. De hecho, hubiera pensado que me tomaba el pelo. Además, sí, tiene razón, seguramente fue... no sé, alguna clase de efecto óptico o...Un zumbido interrumpió la conversación. La luz amarilla de la radio se encendió.

Una voz masculina, áspera aunque no muy grave, habló en algún idioma nórdico. Unos segundos
después repitió el mensaje en inglés:

_Aquí el Capitán Townsed, del buque Svaneholms del ejército sueco. Hemos recibido una señal de socorro procedente de su submarino. ¿Se encuentran ustedes bien?

_Aquí el Doctor Akira Miyakawa. Nos encontramos bien. Por favor, díganos que vienen ustedes a salvarnos.

_Un submarino de nuestro ejército se dirige hacia su posición para iniciar las maniobras de salvamento.

Sarah y Akira gritaron de alegría. Sus esperanzas de salir con vida de aquella situación se habían desvanecido al mismo ritmo que sus reservas de aire, y ahora les resultaba liberador deshacerse de la necesidad de aceptar sus muertes con premeditada y artificiosa frialdad.

Sarah se arrodilló en el suelo, junto a su asiento, y estalló en un llanto reparador.

_¡Vamos a vivir!_ decía entre sollozos_ ¡Van a salvarnos!

Aprovechando que Sarah se cubría la cara con las manos, Akira sacó una pequeña libreta de un bolsillo de su pantalón y la abrió. Las páginas estaban llenas de nombres de personas seguidos del nombre de un lugar entre paréntesis. Cada entrada de esta lista de nombres iba precedida por un número, el último de los cuales correspondía al doscientos treinta y dos. Tomando un bolígrafo del bolsillo de su camisa, Akira apoyó la libreta sobre sus rodillas y apuntó: 233.- Sean Sheridan (Dublín)

Después, teniendo cuidado de que Sarah no le viera, cerró la libreta y la guardó.

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