ESTRELLAS DE ARENA

I CONCURSO CIENCIA FICCIÓN, ESTRELLAS DE ARENA, RELATO NÚMERO 15

 

Agazapado bajo un firmamento repleto de estrellas de titileos dorados y destellos de rubí, Bruce Walker supo que iba a morir. Tenía la mirada perdida en los escarpados picos de las montañas y en sus ondulantes estribaciones, esas aterciopeladas garras que acarician el confuso y lejano horizonte. Bruce las observaba como si quisiese fundirse para siempre con ellas, como si quisiera formar parte del propio planeta. Su rostro ojeroso y surcado de arrugas sonreía en una mueca exánime que reflejaba la aceptación de su destino.

 

Noctalia, el extraño y lejano planeta de claridad azulada, iba a convertirse en su tumba. ¿Pero estaba realmente vivo? ¿Acaso lo había estado alguna vez? Ya no creía en su pasado. No podía hacerlo. Todos sus recuerdos eran falsos; apenas unas diapositivas grabadas en su cerebro robótico. Pero ella… ella, había sido tan real. ¿Podía amar un androide? No, no era posible. Él no podía ser un androide, pues él había amado.

—Alice…

Su voz sonó distante a través de la escafandra, como un suspiro ahogado en el vaivén del oleaje de un océano salvaje. Las estrellas parecían guiñarle sus invisibles ojos. Lo vigilaban, siempre lo habían hecho. Ellas eran su patria y contenían el porqué de su existencia. Lo sabían todo, tenían todas las respuestas. ¿Había existido Alice? ¿Era él un ser humano? Sólo ellas conocían la verdad. ¿Podía un ser artificial echar de menos? No, definitivamente no; se necesita un alma para añorar a alguien.

—No me olvides nunca, Bruce.

El siseo del viento pareció traer su voz. Recordaba su calor. Su boca tibia y su negro pelo forjado en el infinito universo. ¿Cómo podría olvidarla? Aquellos ojos de cobalto fundidos en el resplandor del amanecer. No. Alice había existido. Como había existido su amor por ella. Las caricias, los besos y los abrazos eran auténticos.

—No te olvidaré, Alice.

Para entonces la tierra cubría al cosmonauta un poco por encima de las rodillas. Ésta era como un reloj vital que goteaba granos de muerte. Bruce Walker no podía escapar. Aunque tampoco quería hacerlo. Sólo le quedaban cinco minutos de oxígeno, pero no le preocupaba, pues el polvo lo cubriría por completo mucho antes. Por fin iba a formar parte del planeta, a pertenecer a un lugar. ¿Pero podía morir un robot? No, un androide no muere; un androide se apaga, se termina… pero no muere. Únicamente los seres vivos son capaces de morir.

—Tengo frío, Bruce.

Otra vez el viento.

—Alice, ¿eres tú?

Preguntó, pero no hubo respuesta. La noche que lo abrazaba lo azotó con un golpe frío. Las estrellas lo miraban, estaba seguro de que lo observaban. ¿Sería Alice una de ellas? Quizá lo estuviese esperando, más allá de la vida, en las vacuas llanuras de la soledad. ¿Sería capaz un robot de sentir melancolía?

—Te esperaré, Alice. Te esperaré por siempre, acurrucado bajo la cálida luz de las estrellas.

Un destello eléctrico, como un chispazo, fue lo último que se vio de Bruce Walker antes de que la arena lo enterrase por completo. Antes de que las estrellas lo acogieran en su regazo.

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