CONCURSO CIENCIA FICCIÓN, "EMPATÍA", RELATO NÚMERO 89

En el año 2056 las ciudades se habían extendido tanto que eran prácticamente independiente, una especie de ciudades-estado, de polis griega. Se podían abastecer perfectamente pero el comercio entre ciudades aportaba más diversidad al mercado.

Lucentum era una ciudad como cualquier otra, tenía los mismos problemas de delincuencia que afectaban a las otras ciudades de su entorno, estaba rodeada por cinco ciudades más, Sator, Arepo, Tenet, Opera y Rotas. Las relaciones con las ciudades vecinas eran óptimas, entre ellas habitaba un sentimiento de vecindad casi familiar. Cada ciudad tenía capacidad para defenderse por sí misma, la ingeniería militar había avanzado tanto que no costaba nada hacerse con un buen armamento por si alguna vez se necesitaba, pero la guerra era algo que los ciudadanos de aquella ciudad sólo percibían en las noticias cuando hablaban de otros continentes, aquellos cual desarrollo tecnológico no había cambiado mucho en sesenta años.

 

 

Ese día no era como los demás, después de acabar la carrera como los dos mejores de su universidad, les ofrecieron un trabajo en un laboratorio. Todo cambiaria a partir de ahí.

Cuando llegaron al laboratorio aún o sabían muy bien que era a lo que iban a dedicarse.

El doctor los miró con cara de desprecio y les dijo – no creáis que os va a gustar lo que vais a ver-. Al entrar en la habitación se podía ver un hombre con una máscara entubado a una bombona de gas, al cabo de un minuto le quitaron la máscara y aquel hombre empezó a llorar y a golpear el suelo con su puño. Gritaba de desesperación. Cuando los médicos lo agarraron ya tenía las manos llenas de sangre.

-Ya es suficiente.-Dijo el doctor-Vamos a la sala de reuniones.- Dirigiéndose a los novatos científicos.

Aquello había sido horrible, no sabían de qué se trataba pero la curiosidad no les permitía hacer otra cosa que seguir las instrucciones del doctor.

-¿Qué está pasando aquí?- le preguntó Ana a su compañero.

-Yo se lo mismo que tú, pero parece algo importante.- le contesto Rubén.

Al entrar en la sala el doctor los mandó sentar en las dos sillas que quedaban libres entre una docena de personas ataviadas con sus respectivas batas blancas y un nombre en cada una de ella. El doctor se puso enfrente del proyector, el discurso iba a comenzar.

Se apagaron las luces, se dibujaron unos gráficos en la pared y el doctor comenzó a hablar.

-Sin rodeos- Lo dijo con cara seria-Hemos llegado casi a la fase final del proyecto Caja de zapatos.

Rubén no pudo contener la risa y se le dibujó una sonrisa en su rostro.

El profesor lo vio y prosiguió diciendo- Para aquellos que no sepan a qué se refiere, sólo decirles que el cerebro es como una caja de zapatos en la que guardamos todos nuestros recuerdos, aquellas cosas importantes o también las inútiles, las vamos amontonando ahí hasta que un día la abrimos y sólo encontramos recuerdos mezclados con otros, desordenados. Por eso lo que buscamos con nuestro experimento es ordenar esos sentimientos, esos recuerdos de nuestro cerebro y así podremos ayudar a la gente a que se conozca a sí mismo.

La cara de Rubén ahora era de vergüenza, ya había comprendido que aquí todo era tomado muy en serio. El doctor prosiguió- Nuestra sociedad actual está llena de gente a la que no podemos buscarle un lugar para que sean productivos, de momento la única solución a esto era condenarlos por sus delitos y enviarlos a las cárceles superpobladas de las afueras de la ciudad, donde no molesten. Pero así no ganamos nada productivo para nosotros, estamos perdiendo trabajadores, médicos… porque algunos tienen una buena formación. Ahora lo que pretendemos es hacer de esta gente que la sociedad ha tachado de escoria unos ciudadanos modélicos y para ello hemos reunido a los mejores neurólogos y químicos de la ciudad para que juntos consigamos darle un provecho a esta gente. El método es relativamente sencillo, se trata de conseguir organizar su mente para que estén preparados para recibir la información que van a absorber gracias a nuestros experimentos. Con la toxina Empatía logramos hacer que una persona pueda conocer el estado de ánimo de otra sólo con permanecer cerca de ella, es como una especie de telepatía y además le estructura todos sus recuerdos para asociarlos con sentimientos pasados seleccionándolos de entre todos para que así logremos la respuesta que esperamos por parte del sujeto. Es decir, que si alguien está triste el sujeto no tendrá más opción que preocuparse por él e intentar ayudarle, puesto que no sabrá reaccionar de otro modo, no podrá elegir por que la toxina elegirá por él.

Toda la gente de la sala estaba en silencio. Prosiguió -nuestro último experimento no ha logrado una respuesta esperada. El sujeto ha recibido información del estado de ánimo de alguno de nosotros y no ha sabido cómo reaccionar. Es la baja número 9 del proyecto Caja de zapatos.  Así que su tarea, a partir de ahora, será perfeccionarla para que esta respuesta no se vuelva a dar en un paciente.

 

Un mes después llegó el momento de la prueba, Rubén y Ana habían modificado la toxina Empatía y según todos los compañeros habían dado en el clavo.

Rubén miró a Ana y le dijo - Espero que funcione sino todo el trabajo no habrá servido para nada y creo que al doctor nunca le llegaré a caer bien.

-Tranquilo saldrá bien, lo hemos hecho juntos, como los trabajos en la universidad y siempre nos ponían matrícula. -Dijo Ana.

-Ya pero ahora es distinto, además estamos jugando con la vida de una persona que no sabe lo que se le va a hacer.- Rubén miró a Ana y le dijo al oído- El paciente a firmado cualquier cosa por el mero hecho de que le han prometido la libertad inmediata.

La cara de Ana pretendía ser de sorpresa como si no lo supiera, pero era algo que no le preocupaba mucho, el paciente era un asesino en serie…

Después de un rato el paciente despertó de su estado de shock, estaba confuso, no sabía que le había ocurrido. Los médicos procedieron a desatarlo de la silla a la que estaba amarrado y se lo llevaron para ponerlo en libertad vigilada. Todo era cuestión de días saber si habían conseguido su meta, así que Ana y Rubén se tomaron unas semanas de vacaciones.

 

Habían pasado dos semanas desde que se soltó al paciente, ya se tendrían que saber algunos resultados así que Ana se levantó temprano esa mañana para ir al laboratorio.

Se dirigió a la cocina dispuesta a hacerse el desayuno, iba a ser un día distinto porque volvía al trabajo después de dos semanas. Mientras desayunaba pensaba en como habrían sido los resultados del seguimiento del paciente, si todo había ido bien el sujeto se habría comportado de una forma ejemplar en el trato con los demás ciudadanos y estaría dispuesto a ayudarles en todo, conducta que hasta el momento el sujeto nunca había tenido, ni siquiera se arrepentía de sus asesinatos, sólo vio en el proyecto la oportunidad de salir a la calle.

El videoteléfono comenzó a sonar y Ana tiró un poco del café sobre la mesa del susto que se llevó, aquel sonido la había sacado de sus pensamientos y la había devuelto a la realidad. Acercó la mano al mando a distancia y encendió la videoconferencia, había apagado su cámara para que no la pudieran ver con la ropa propia de una mañana de verano.

-Ana, esto es importante.- Se escuchó la voz de Rubén.

-¿Qué pasa? Sólo son las 7 de la mañana.- Contestó Ana casi sin darse cuenta de la preocupación de Rubén.

-No salgas de casa, las carreteras están cortadas, está cundiendo el pánico en la ciudad.

-¿Pero qué ha pasado?- Ahora empezaba a darse cuenta de la gravedad de la situación.

-Me han llamado del laboratorio.- En la pantalla se podía ver como la gente a sus espaldas corría sin saber muy bien a donde ir.- Nuestro experimento fue un éxito, lo supieron desde el tercer día y los muy cabrones comenzaron a producirlo en serie sin consultarnos. Algo les ha pasado. Desde el laboratorio decían que no se podía controlar el incendio y que el gas se había liberado.

-¿El gas Empatía? ¿Pero qué cantidad habían creado ya? Serán estúpidos….-Ana empezaba a asustarse.

-La cantidad suficiente como para abastecer una ciudad entera.- Rubén miró hacia atrás asustado, una nube densa de humo giraba la calle central de la ciudad y se acercaba hacia su posición.- Ana cierra todas las ventanas, intenta aislar la casa, el gas se extiende muy rápido. Aún no sabemos los efectos que se pueden dar a largo plazo.-

-Rubén sal de ahí.- Gritó Ana desesperada.

-Ya no puedo huir. Casi lo puedo oler. Este olor… me gusta, se parece a algo que olí en la infancia o al menos me lo recuerda… Esto lo creamos nosotros, nunca pensé que lo olería.- Abandonó el teléfono en el suelo. Se le podía ver como se acercaba caminando hacia la densa niebla en la que se perdió por completo.

-¡¡¡Rubén!!!!- Ya no podía oírle.

Ana corrió hacia las ventanas, las cerró todas, puso trapos en las rendijas y debajo de la puerta. Parecía que ahí estaba segura.

La nube se podía observar al otro lado del cristal de la ventana, no se veía nada más, sólo niebla, blanca, como si hubiesen borrado la ciudad para volverla a dibujar. Ana estaba sentada en el suelo apoyada en la pared, en el lugar más alejado de las puertas y ventanas.

Pero de pronto el olor que describía Rubén, ese olor, ese recuerdo, empezó a sentirse en la cabeza de Ana. Era casi imposible evitar que la niebla entrara, si entraba aire, entraba Empatía.

 

Gota a gota el agua fue despertando a Rubén. Su cara estaba apoyada sobre un charco. En su lengua un extraño sabor junto al de asfalto mojado empezaba a devolverle la memoria. Estaba a punto de levantarse cuando de pronto una mano le agarró por el brazo y le preguntó- ¿Estás bien? Déjame que te ayude.

-Gracias, necesitaba una ayudita. –le contestó Rubén.

Rubén se levantó del suelo con la ayuda de aquel desconocido. Aquel hombre se alejó a ayudar a otro que se acababa de despertar. Rubén miró a su alrededor y vio como se ayudaban a levantar unos a otros. Los que se acababan de despertar del corto pero intenso sueño estaban un poco desorientados, empezaban poco a poco a recordar la extraña niebla y miraban a un lado y a otro por si la niebla seguía ahí.

 

Ana abrió los ojos sin saber que ocurría. Al poco tiempo fue recordando algunas cosas y entonces miró hacia la ventana. La niebla se había ido. Los cristales estaban empapados de gotas de agua. Ana se puso la ropa que tenía preparada para ir al trabajo, cogió su móvil y salió a la calle a ver qué había sucedido. Para ella era una parte más de su trabajo, descubrir como afectaba la toxina a la gente.

 

Pasaban ya tres días desde la contaminación de la ciudad con la toxina Empatía, la lluvia había evitado que la toxina se expandiera a otras ciudades. Todo había cambiado, la delincuencia había desaparecido por completo, las cárceles fueron cerradas el mismo día del incendio del laboratorio y pusieron en libertad a sus presos. Nadie en la ciudad cometía un solo delito, se podían observar en las calles como los que una vez habían odiado a todo ser vivo ayudaban a la persona que tenían a su lado siempre que lo necesitaran, tal era la situación que el Ministro de Lucentum, máxima autoridad, tuvo que prohibir la entrada en la ciudad de las personas ajenas a ella para evitar que se rompiera el clima de compasión y caridad que predominaba en la ciudad y así también evitar que  se pudieran aprovechar de esta situación alguna persona que no hubiese respirado la toxina. 

En la calle no se veía un sólo mendigo, porque con la nueva situación nadie podía dejar en la calle a una persona, los divorcios se redujeron a cero de un día para otro. Todos se preocupaban de la persona que tenían a su lado como si de ellos mismos se tratase. Las negociaciones con las otras ciudades para suministrarles la toxina Empatía eran complicadas. Con sus ciudades vecinas no había problemas pero algunas ciudades lejanas que se enteraron de la noticia querían la toxina para someter así a sus ciudadanos o peor aún, para someter a las ciudades vecinas y así tener una mano de obra obediente incapaz de revelarse ni levantar la mano a otro ser humano.

Las ciudades de alrededor se comprometieron a defender Lucentum ya que el ejército lucentino se vería incapaz de atacar a una persona aunque le estuviera apuntando con un arma.

 

 

Eran días de mucho trabajo para Ana, casi hubiese sido imposible llevarlo a cabo si no fuese por la ayuda de sus compañeros, si alguien tenía un hueco procuraba ocuparlo ayudando a otro compañero.

Ana salió del laboratorio para reunirse con Rubén en la cafetería Parnaso situada en la calle central. Ella se notaba extraña estos últimos días, más feliz que de costumbre, como uno de esos días en que todo te sale bien y no te lo puedes creer. Pero sabía muy bien a qué se debía, la toxina Empatía era todo un éxito. Caminaba por la calle y todo era tranquilidad, los jóvenes se entretenían ayudando a algún anciano a llevarle la compra, un albañil a pleno sol recibía una gorra como regalo por parte de un vendedor de ropa deportiva. El dinero estaba perdiendo su valor.

Ana respiró hondo después de ver todo aquello y se alegró de haber contribuido a la causa.

-¡Ana!- Le llamó Rubén desde la esquina de la calle.

Ana se acercó hasta la esquina y lo abrazó con fuerza. -¿Qué tal el día?- Le preguntó ella.

-¡Genial! Me ha acercado en coche un vecino con el que nunca había hablado.- Respondió Rubén. – Vamos dentro y hablamos de nuestra nueva ciudad. Hoy invito yo, si el camarero me deja…-

Al entrar se podía escuchar en la televisión las noticias del extranjero. – En la costa este de África, la ciudad de Faro está reuniendo tropas para enviarlas a aguas internacionales. Se desconoce el motivo. Sus dirigentes han cortado toda relación con los países de los demás continentes.- Decía la voz dulce de una reportera del canal de noticias.

-Algo está cambiando también ahí fuera.- dijo Ana con la preocupación en su rostro.

-Les vendría bien un poco de Empatía a esos estúpidos- Después de decir esto Rubén pidió la carta al camarero.

-Necesitarían tres fugas como la nuestra para que les hiciera efecto.- Ana comenzó a reírse, a pesar de ello la situación le preocupaba bastante.

Rubén y Ana comieron tranquilamente hablando de sus cosas, pocos problemas tenían porque siempre había alguien dispuesto a ayudarles, al igual que ellos estaban preparados por si alguien necesitaba su ayuda.

Mientras terminaban el café Ana miró a Rubén con una sonrisa en la cara y le preguntó. – ¿Te puedo preguntar una cosa Rubén?- Rubén se quedó mirándola extrañado.-Desde que te conozco, hace 5 años, nunca te he visto con novia, ¿no te gustan las relaciones serias?. Ahora es un buen momento para empezar una. Con el efecto de Empatía convivir con alguien es mucho más sencillo, ambos se preocupan el uno por el otro.

-No lo había visto de ese modo, pero quizá sí sea más fácil, de todos modos no es la dificultad lo que hace que no tenga pareja, simplemente es que no he tenido tiempo con los estudios, me encanta mi trabajo y me ha costado mucho conseguirlo, pero ahora todo da sus frutos.- Prosiguió con otro tema para desviar por completo la conversación. –Por cierto, ¿has visto las noticias del incendio de una casa? Dicen que un hombre salvó a dos niños pero al intentar rescatar a un tercer niño quedó atrapado por las llamas y murieron ambos. Eso me ha hecho pensar. Si no hubiese respirado Empatía no hubiera sacado la fuerza para rescatar a los niños del incendio y ahora estaría con vida él y los niños habrían perecido. Nuestro trabajo está cambiando la personalidad de la gente hasta tal punto que no tienen miedo a morir.

-Así es. Las personas por primera vez se comportan como personas y no actúan sólo en beneficio propio. La sociedad necesita más gente que salve niños que otro ser egoísta que se pasa el día sentado en el sofá. Les hemos dado lo que necesitaban, un empujoncito para que ahora puedan ser ellos mismos y contribuir a la sociedad. El “conócete a ti mismo” ha dejado de ser un consejo a ser una realidad. La gente es feliz porque ahora es libre, puede hacer lo que quiera por que tiene la fuerza para ello, conocer el estado de ánimo de alguien hace que te preocupes tú si él está preocupado, la felicidad de una persona ahora es la felicidad de los demás.- Platicó Ana que ya empezaba a hacerse un lio ella misma.

-Si todo ello está bien, pero y si alguien creara una toxina para que la gente se odiara, la clave de Empatía reside en que ordena los recuerdos de la gente y asocia un recuerdo al estado de ánimo de otra persona por eso actúa así, si alguien asociara recuerdos horribles al estado de ánimo de la gente, las personas podrían llegar a odiar tanto al sujeto que acabarían matándolo. El sentimiento de odio, de un recuerdo horrible, como el asesinato de un familiar en la guerra, es lo que lleva a esa persona a encrudecer más la batalla y desear con más fuerza la muerte de la otra persona aunque ésta haya estado ajena a la muerte de ese familiar.- Rubén acabó de un sorbo su café, miró hacia la ventana y vio a un niño que se observaba a través del cristal.

Ana miró a aquel niño también y cuando vio levantarse a Rubén, le entró una sonrisa. Ana ya sabía por qué se levantaba Rubén.

Rubén se acercó al mostrador de la cafetería y cogió una chocolatina que estaba de moda entre los niños, salió a la puerta de la cafetería y se la dio a aquel niño. El niño, chocolatina en mano, le dio las gracias y salió corriendo hasta un grupo de niños que jugaban en la calle.

-Tenía que hacerlo.-Dijo Rubén, sentándose de nuevo en la mesa.- No soportaba más la pena de ese niño.

-Ja, ja, ja, ja …- Se rio Ana.- Ha sido todo un éxito la toxina, hasta las cosas más triviales se vuelven fundamentales.

-Si no se hubiera acercado, ni siquiera me hubiera dado cuenta de que estaba allí, está claro que la toxina sólo afecta a la persona cuando otra se acerca. Menudo dolor de cabeza sentir los estados de ánimo de todo el mundo a la vez, no sabría ni a quien ayudar.- Rubén se levantó, dejó el dinero en la mesa y salió de la cafetería acompañado de Ana.

 

 

Al día siguiente todo era confusión, las comunicaciones con el exterior de la ciudad se habían perdido. Lo último que se sabía es que las ciudades de alrededor estaban preparándose para un ataque de las tropas de la ciudad de Faro. Se desconocían los motivos, pero todos sabían que aquello que buscaban era conseguir la toxina a toda costa y antes que nadie.

Desde el centro de la ciudad de Lucentum se podían observar lejanas columnas de humo procedentes de las cinco ciudades que la rodean. No todas las ciudades estaban igual preparadas para la guerra, la que mejor preparada estaba era Sator, contaba con uno de los mejores ejércitos y estaba acostumbrado a la batalla, sin embargo Rotas era la ciudad más débil de la cinco, colarse a través de ella era lo más sencillo y el enemigo lo sabía, así que no fue difícil que un comando penetrara en Lucentum.

 

 

Ana y Rubén se disponían a salir del edificio del Laboratorio cuando las circunstancias cambiaron los acontecimientos.

-Rubén, mañana tendremos que acabar los informes.- Le dijo Ana.

-Mañana los tendrás a primera ho…. ¡Pero qué coño!- Rubén divisó un coche que corría a toda velocidad dirigiéndose hasta ellos.

Del coche bajaron cuatro personas equipadas con armamento militar, hacía días que no se veía un arma en toda la ciudad. Uno de ellos llevaba gafas de sol y se le podía distinguir una herida de bala en el brazo, la llevaba tapada con un trozo de tela sucio.

Un hombre que se disponía a entrar en el edificio vio el estado del militar y se dirigió hacia él.

-Perdona, deja que te lo cure, soy médico, en el edificio hay un botiquín de primeros auxilios.- Dijo cuando se acercaba al militar.

-¿Trabajas aquí?- Le preguntó uno de los militares.

-Sí, soy el ayudante del médico de este edificio.- Respondió ya a casi tres metros de distancia de los militares.

-Entonces no te necesitamos.- Al acabar de decir esto uno de los militares disparó su arma contra el ayudante del doctor que cayó al suelo sin vida.

La gente que observó la escena desde lo lejos de la calle salió corriendo y gritando. Los que estaban allí no sabían cómo reaccionar, allí la gente necesitaba su ayuda, pero eran incapaces de defenderse de aquellos hombres, nadie tenía un arma ni la voluntad para usarla. ¿Cómo se podía ayudar a alguien dañando a otro? La toxina Empatía no les permitiría dañar a nadie.

Rubén lo vio todo claro, no podían defenderse así que lo mejor sería entrar en razón con ellos, si se podía.

-¿Qué es lo que buscáis?- Les dijo Rubén, aunque ya sabía muy bien qué era lo que buscaban en la puerta del Laboratorio.

-¿Trabajas aquí?- Los militares no querían perder el tiempo.

-Sí, soy el jefe de este laboratorio- Rubén era consciente de que eso era mentira, pero era lo único que se le ocurrió decir para que no le dispararan.

-Venimos a por la toxina, en cuanto la tengamos nos iremos de aquí.- Le aclaró el militar que parecía el jefe con las gafas de sol.

-No la tenemos aquí, aquí sólo se investigan sus resultados.- Rubén sabía que no se lo creerían.

El militar más bajito disparó a una mujer en la pierna, un hombre se acercó a ella para intentar cerrar la herida pero también le disparó.

-Dejaros de tonterías, sólo lo preguntaré una vez más. ¿Dónde está la Toxina?- Detrás de sus gafas la mirada se centraba en Rubén.

En ese momento todo se convirtió en un descontrol. Un helicóptero de guerra de Sator se acercó al lugar. Habían descubierto la localización de los militares infiltrados y tenían que pararlos. Del helicóptero bajaron soldados de Sator y la puerta del Laboratorio se convirtió en un campo de batalla. Un helicóptero de Faro comenzó a disparar y a dejar soldados en tierra. En ese momento una explosión se produjo cerca de la entrada del laboratorio y todo se volvió gris, una niebla gris de olor a pólvora y tierra.

 Ahora ya estaban de todos los bandos dentro de la ciudad. Los ciudadanos de Lucentum ayudaban a los heridos sin importarles el ejército al que pertenecían. Estaban cavando su propia tumba y sin embargo no querían hacerlo de otro modo.

 

 

Al abrir los ojos vio una pared de madera y un hombre sentado en una vieja silla que le miraba fijamente.

-Aquí tienes tus gafas de sol- Le dijo Rubén. El hombre levantó el brazo para cogerlas pero no pudo, le dolía todo el cuerpo. Hizo un segundo intento y, ahora sí, pudo alcanzarlas.

-¿Así que es verdad lo de la toxina? Os vuelve incapaces de defenderos de ningún ser humano. Encima nos ayudáis sabiendo que os queremos matar. Esa toxina es peor que una enfermedad. –El hombre se rio, no se lo podía creer.

-Tienes que estar cansado. La herida se te curará en unos días pero recibiste un golpe muy fuerte en la explosión. Ana y yo te sacamos de milagro de allí y te trajimos a las afueras, aquí parece todo más tranquilo.- Rubén se levantó a coger un vaso de agua y se lo ofreció a aquel hombre.

-¿Por qué lo haces? Lo último que recuerdo es que iba a matarte y ahora me ofreces agua… -El militar cogió el vaso y bebió de un golpe todo el vaso.

-La pregunta es más bien por qué nos hacéis vosotros esto.-Rubén le llenó otro vaso de agua.

El militar primero se bebió el siguiente vaso de agua que le ofreció y después le contestó.- No sabemos hacer otra cosa. Nuestra ciudad ha sufrido guerras durante más de doscientos años. Todos mis antepasados murieron en una batalla. Guerras que vosotros provocáis y financiáis. ¿Quién crees que construyó las armas con las que os atacamos? Agotasteis nuestros recursos y nos dejasteis olvidados. Ahora era nuestra oportunidad de vengarnos de vosotros, ahora sois vosotros los débiles y los que tienen un material valioso y a por eso hemos venido, no tenemos nada que perder.- El cristal oscuro de las gafas le daba un toque aún más aterrador.

Rubén no sabía que decir, nunca se había parado a pensar por qué esas ciudades estaban en guerra. Ahora se había dado cuenta de que Lucentum al igual que Faro se había metido en una guerra sin quererlo y de la que ya no se podía salir. –¿Pero qué pensáis hacer con la toxina Empatía? ¿Buscáis lograr lo mismo que nosotros?.- Rubén deseaba oír la respuesta.

-¿Lo mismo que vosotros? No- Se echó a reír.- No. No queremos destruir nuestra ciudad como os ha pasado a vosotros. Supongo que lo que buscan nuestros dirigentes es conseguirla para someter a las demás ciudades, ahora nos toca a nosotros.- La sonrisa seguía en su cara.

-Nosotros sólo buscábamos una solución a los problemas de la convivencia. Todo iba de maravilla hasta que llegasteis vosotros. ¿Alguna vez has tenido un amigo? Pues imagina serlo de todo el mundo, eso es lo que sentimos después de inhalar la toxina. Es algo que la gente tendría que experimentar. No odiar a nadie.-Rubén se sentía orgulloso de ser uno de los creadores de Empatía.

-¿Te consideras amigo mío? Eso sí que tiene gracia. Es que no ves que es imposible lo que buscas, sino míralo. Estáis en una guerra por querer ser felices. La felicidad absoluta es imposible.-Al militar le empezaba a gustar discutir con Rubén.

-Pero hay esperanza en que algún día se logre. Lo que nos llevó a crear Empatía fue el sentimiento de deseo de un futuro mejor. Todo puede mejorar, hemos estado a punto de comprobarlo, pero todo cambió. No tenía que haber sido tan drástico, la prueba de Empatía tendría que haber sido gradual, no toda la ciudad a la vez.-Rubén miró hacia Ana que entraba por la puerta.

-Perdonad que os moleste chicos pero se acercan dos personas a la casa- Ana sabía que comenzaban más problemas.

Rubén quería salir solo a la calle pero Ana le seguía, no lo podía dejar solo ante esos desconocidos. Cuando Rubén y Ana salieron a la calle se quedaron cerca de la puerta de la casa. Podían ver a dos militares con el mismo uniforme que su amigo de gafas oscuras. Antes de que empezaran a hablar, Rubén y Ana se dieron cuenta de que tenían un punto rojo cada uno en la frente. Una mirilla laser les apuntaba a cada uno y parecía que los forasteros tenían prisa por continuar su camino.

-Apartaros de nuestro camino.- gritó uno de ellos.

-¡Para!.- Dijo el otro.- Déjamelos a mí. Poneos de rodillas. Esto va a ser rápido.- Al decir esto se rieron los dos.

Rubén miró a Ana y le dijo.- ¿Crees que merece la pena? No hemos conseguido nada. Me acabo de dar cuenta de que no existe un futuro mejor.-Ana se quedó en silencio sin saber que responder, sólo hacía que mirar el punto rojo que tenía Rubén en la frente.

El gatillo comenzó a apretarse cuando por detrás de Rubén saltó un hombre mientras gritaba.- ¡Pero aún hay esperanza!.- El disparo atravesó aquel cuerpo tirando las gafas al suelo. En ellas se reflejaba el cuerpo sin vida de su dueño.

En ese momento una ráfaga de disparos acabó con los dos extraños. A lo lejos se podía escuchar las voces de los soldados de Sator que corrían hacia la casa.

 

En aquel coche blindado viajaban Ana y Rubén junto con otros cinco soldados. Se dirigían  hacia una base improvisada cerca del centro de Lucentum.

-La que habéis montado.- Les dijo un soldado con la voz distorsionada por el casco que llevaba-Tenéis suerte de que estuviéramos siguiendo a esos dos. Las noticias no son buenas, se rumorea que han encontrado todo lo necesario para fabricar Empatía. Ahora en lugar de impedirles entrar les estamos impidiendo salir. Si salen con la toxina y la usan nadie les hará frente.-El soldado los miraba esperando que continuaran la conversación para amenizar el viaje.

Rubén continuó la conversación, tenía muchas cosas que decir.- Todo esto para nada. No hemos descubierto nada. Quisimos adelantar en un paso algo que lleva un proceso largo. Las personas pueden cambiar por sí solas. No se les puede hacer que cambien de la noche a la mañana. La toxina Empatía no sabe responder ante situaciones complejas. Ayudan a los mismos que matan a los que les ayudan. Se podría decir que ayudan a matar a los que les quieren ayudar y encima eso les hace felices.- Rubén ahora estaba seguro de que Empatía era como una enfermedad más.

Ana también quería decir algo.- ¿Sabes lo qué creo? Que las personas pueden llegar a desarrollar un comportamiento con mejores resultados de los que dio Empatía. Mira sino el militar herido.- Rubén le cortó.- Tienes razón, al final dio su vida por un sentimiento, por la creencia de que todo aquello que vivió se podía cambiar, por lo que le dije, por la esperanza de que esta vida se podía mejorar. La diferencia con nosotros es que él sí eligió de entre todas las reacciones posibles la suya, a nosotros la reacción nos viene impuesta por la toxina. Que felicidad mayor que la de escoger tu propia reacción y encima escoger la mejor de todas las posibles, rechazando todas las demás. A veces no sólo se trata de escoger sino también de rechazar. Rechazar lo erróneo.- Rubén estaba bastante cansado.

-Menudo infierno. Si no llega a ser por nosotros…- Dijo el militar que no había entendido nada de lo que Ana y Rubén querían decir.

De pronto pasó un avión de combate enorme de las tropas de Sator por encima de ellos que venía del centro de la ciudad. El blindado se paró en seco.

-No pueden ser capaces de…-Comentaban los soldados con miedo de acabar la frase.

Rubén  miró a lo lejos por una rendija que había en el blindado y observó como una luz enorme que procedía del centro de la ciudad arrasaba todo dirigiéndose hacia ellos.

-Tranquilos, ya no hay nada que temer…-  Acabó Rubén de decir esto y agarró fuertemente la mano de Ana.

Aquella luz lo devoró todo. Un enorme desierto sustituyó el lugar de aquella ciudad que por fin encontró la paz y la tranquilidad.

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